Y pintaba

Y pintaba, a un ritmo lento, demasiado para el pincel, que ya cansado comenzaba a soltar alguna de sus aún miles de cuerdas, agarradas en un aro de latón, oxidado en los extremos circulares, uniéndolos a la fina madera, podrida.
Sus ventanas estaban completamente abiertas, permitiendo que entrase el frío calor al brumoso ambiente que se agolpaba en el estudio, que hacía que el aguarrás se hiciese demasiado denso como para poder acariciarlo al hundir pintura en él, que la esencia de trementina comenzaba a evaporarse, creando varias de las manchas verdosas que salpicaban las paredes del lugar. Hacía casi una hora que la modelo se había marchado ya, pues incluso ese tipo de gente agradece durante sus horas de trabajo posado algo de conversación ligera, trivialidades del tiempo, de hechos ocurridos a familiares cercanos, y demás banalidades de esa índole. Pero Dorta sólo atendía lo que en el lienzo puede suceder por su mano, rápida en pocas ocasiones, lenta la mayoría de los trazos.

Paró un momento, pues tanto silencio cuando se encontraba acompañado le pareció extraño, y vio que ella no estaba, pero él había continuado su tarea impasible, centrándose con el de lengua de gato en cada uno de sus cabellos castaños, que caían de forma delicada en su hombro izquierdo, destapado por la prenda de color burdeos. Se sorprendió más de la cuenta, quizá por vanidad propia más que por otra razón, de cómo la tela cubierta de colores había absorbido su atención, si él estuviese entre las propias fibras pálidas del lienzo, creando aquella maraña de líneas y tonalidades, sin la necesidad de estar mirando a ninguna joven, que a pesar de su encanto natural, se deshacía del aburrimiento, pero también por el tórrido ambiente del estudio.
Era momento de frenar la actividad, sobre todo cuando la nube tóxica de los líquidos que se mezclan con óleo llega a penetrar en la carne, y hacen sudar veneno al artista, permitiendo que se nuble su juicio. Dorta ya conocía esa sensación, pues aunque fuese la materia que le unía a su pausada actividad, no debía nunca envolverse en ella, pues el resto de personas que no lo practican, y observan fascinados sus lentas creaciones, terminan por volverle la espalda, aislándole frente a un cuadro blanco, y así caer en el vacío.
En la calle ya jugaban los niños, pues aunque no hubiese llegado el mediodía, aprovechaban cada segundo para poder disfrutar con un desgastado balón unos cuantos pases, para así poder provocar alguna riña, una pelea necesaria para evidenciar ante los compañeros de juego quienes son los más fuertes, y así imponer su ley en la calle, en sus futuros encuentros. ‘Ellos están locos’ pensó Dorta lleno de seguridad, ‘siempre la gente dice que son los seres más llenos de inocencia, de candor, pero no es verdad, porque uno de jovencito ya va dándose cuenta de que va esto, se va percatando de que uno tiene que trazar sus propias líneas, así como las niñas lo hacen a saltos en una rayuela, pero eso es otro nivel. Ellos conocen el mal desde muy temprano, ahí abajo, entre goles y asfalto’.

Al fondo de la calle observó como la chica que posaba para su pintura conversaba con un anciano, pero no les distinguía muy bien, aunque que de ella se tratase era seguro, pues se había llevado la tela color burdeos, posada todavía sobre su hombro. Si no fuese porque quedaba demasiado para que el sol se retirase, podría darse el gusto de pensar que ella le podría aliviar los casi apagados vicios a aquel viejo sentado, o por el contrario, que él la ofreciese alguna solución para los suyos, aquellos que sólo ofrecen la felicidad si navega por la sangre y la ralentiza para su disfrute, a cambio de una cantidad injusta, por supuesto. ‘Pero tampoco hace falta una posición solar especial para ese tipo de cosas’ pensó, ‘si te pierde el deseo, lo acabarás haciendo de todos modos’, y acto seguido miró su lienzo, casi terminado, su figura en una pose sensual (a pesar de encontrarse sentada en un atípico taburete negro), sin que se viese demasiada zona de carne que levantase pudor, y la mirada que dominaba la pintura. No era el punto dorado del lienzo, pero era demasiado llamativa, sus ojos verdes acuchillados con vetas azules no eran naturales, y para que el resto del cuadro fuese llamativo debería cambiarlos por unos castaños, más simples, pero no se atrevía a tocarlos, ni siquiera con el más fino de sus pinceles. Era una mirada insomne, pero no había ojeras dibujadas, era una mirada felina, pero sus pocas palabras intercambiadas antes de la sesión sólo delataban un carácter manso, de una sumisión que conmovía, pero también hacía levantar otro tipo de pensamientos.
Volvió al balcón, ella continuaba su charla, levantando dudas sólo a Dorta que la observaba obstinadamente desde su posición, indiferente al resto de personas que transitaban por allí. Era misteriosa, podía ver como algunos rayos hacían que su pelo se tiñese de miel, pues el sol del verano cambia los colores de las personas, pero llevaba cubiertos sus ojos con gafas, y hacía bien, su mirada es peligrosa, producía nubes y claros en los hombres. Dorta se encendió un cigarro, se lo merecía, bien por el trabajo en su obra, bien por las vistas.
Sin esperarlo, vio como besaba al anciano en la frente, se acercaba a su oído y susurraba algo, incomprensible a la distancia, y se alejaba con soltura calle abajo, y se fijó sin haber caído antes en la cuenta, que estaba descalza, pero con algunas manchas de color en sus tobillos. Estaba tal y como Dorta la había pintado en el lienzo. Pero él sabía que era mejor pintor que la propia realidad, y se volvió a observar su lienzo (acción infinita en cualquier pintor que se precie), pero éste se encontraba vacío, sin la chica y su tela burdeos, solo el taburete negro. Esa muchacha puede que nunca hubiese venido a posar, Dorta no recordaba nada claramente, quizá por el calor, quizá el vapor del óleo. Sólo sabía que pintaba, mientras jugaban los niños en la calle, y las risas de aquel anciano subían hasta el lugar, todo en silencio.

 

Imagen: David

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.