Qué es el sistema

Nos encontramos en un mundo que se reinventa constantemente y no deja de cuestionar su propia naturaleza. Dos tipos de leyes comandan esta algarabía, la que nos ha sido dada y la constituida por los hombres para vivir en sociedad. La primera, después de 10.000 años de ciencia transmitida de boca en boca y de letra en letra, sólo ha revelado una pequeña parte de lo que está por descubrir, y eso que ya nos hemos aventurado en la exploración del cielo que nos alumbra, de la tierra que nos alimenta y de los mares que nos vio nacer; y sin embargo, seguimos sujetos al azaroso discurrir del cosmos. La segunda es una invención del hombre, por y para él mismo, que establece relaciones de poder y jerarquiza según factores objetivos, materiales.

 

El ser humano descubrió pronto como de los placeres mundanos emanaban goces imposibles de experimentar por otras vías. Los dioses se pusieron al servicio del antojo de los hombres, sirviendo en algunos casos como justificación para las tropelías cometidas. Los predicadores de la conciencia divina imponían al temeroso pueblo normas de comportamiento cuyo incumplimiento suponía una estancia exenta de comodidad en un lugar metafísico en el que el fuego nunca se apaga.

 

Pero el tiempo, que no cesa de llevar a cabo su labor, fue transformando el imaginario sociocultural. Los excesos que bajo la etiqueta de la religiosidad tenían lugar no pasaron inadvertidos entre algunos sectores de población. Incluso algunos reyes, recién inaugurada la modernidad, se enfrentaron a los organismos eclesiásticos vigentes. Y los que querían ser señores fueron desechando los mandamientos que les impedía escalar en las instancias de poder. Pero despreciar la sutileza con que la religión había penetrado en el interior de las personas habría resultado una necedad. Por ello, la vida pública de los nuevos poderosos no podía desmarcarse hacia una dirección laica tan bruscamente. Sin embargo, en los nuevos círculos de la cúspide, se estaba fraguando un nuevo valor que conformaría irrenunciablemente la posición de cualquiera que lo ostentase: el dinero.

 

El afán de conocimiento, la sed de riqueza, y el sentimiento nacionalista que comenzaba a brotar, empujaron a los países europeos a la búsqueda de nuevas fronteras. Con las expediciones llevadas a cabo entre los siglos XV y XVI se inauguraba el proceso colonizador. El sometimiento a los indígenas y la imposición de una cultura ajena implantaron el germen que en los siglos venideros abocaría en la globalización.

 

Los que ansiaban el poder contaron con el apoyo de las masas populares que creían entrever una mejora de su situación precaria con la caída del Antiguo Régimen. Así, el siglo de las luces proporcionó el marco teórico cuyo reflejo en la práctica se dio mediante las revoluciones a ambas orillas del atlántico. Estos acontecimientos supusieron una nueva forma de percibir el mundo. Si bien es cierto que las mejoras sociales alcanzaron niveles hasta entonces no conocidos, llegaron a un porcentaje de la población bastante restringido.

 

La revolución industrial trajo consigo la división del trabajo. Con la nueva forma de producir, en el tiempo que antes se confeccionaba un alfiler, ahora la fábrica expedía trescientos. El sistema feudal imperante durante más de quince siglos quedó definitivamente obsoleto. La nueva organización exigía consumidores, el dinero debía fluir entre la población para mantenerse a flote. Dicho paradigma económico recogió la teoría de Montesquieu sobre división de poderes que habría de asumir un estado para su correcto funcionamiento. No cabe duda que en la práctica no se aplicó la rigurosidad que venía implícita en los textos. Los dirigentes del Estado se posicionaron al lado de los nuevos productores, por lo que las leyes se reservaron al beneficio de una minoría selecta.

 

Los obreros fueron los primeros en conocer el lado más deshumanizado de la nueva sociedad industrial. Las masas que habían aportado su para un nuevo orden jerárquico, se veían relegados al lugar que siempre les había correspondido: al pie del cañón, ennegreciendo sus manos a cambio de una recompensa ínfima.

 

Las guerras del pasado siglo representaron mejor que ningún otro acontecimiento hasta donde puede llegar la barbarie humana. No voy a incidir en lo terrores y las vidas que arrastró consigo los intereses materiales de un conjunto de líderes nacionales cegados por la avaricia. Si algo bueno puede extraerse de ese sucio monto que no debemos olvidar, son algunas de las consecuencias. Me refiero a la proposición de unos Derechos Humanos y un reforzamiento del Estado del Bienestar.

 

Y ahora, ¿en qué situación nos encontramos? De una forma u otro, somos hijos de nuestro pasado. Pero el futuro no tiene dueño. En la actualidad, es difícil hacer un diagnóstico que arroje una luz pura cuando los que manejan el cotarro mienten con tanta impunidad. Vivimos una época en que los medios tergiversan la información para influir al ciudadano. Las escuelas son fábricas cuya consigna es trazar la línea divisoria entre productores y consumidores. Los mercados son los nuevos reyes, y han impuesto la libertad como no-interferencia dejando a un lado la libertad como no-dominación. La globalización hace esclavos y los pone a dormir al lado del vertedero, como sucede en África. Llevamos a cabo guerras infundadas (si es que hay alguna que de verdad se pueda fundar) en busca de armas de destrucción masivas y aunque, para nuestra sorpresa, tales armas parecen haberse volatilizado, usurpamos su petróleo. Damos un Nobel de la Paz al que no duda en mandar a su ejército a acabar con todo aquél que no claudique a sus peticiones. Colocamos dictadores para que mantengan a su pueblo en la miseria mientras dejamos que otros metan la mano en nuestros bolsillos. Y nos coronamos culpando al chino, al islamista, al otro.

Hablo en nos porque el sistema somos nosotrosSin creyentes no hay dioses, sin súbditos no hay reyes, sin explotados no hay explotadores. Tenemos las herramientas, y cuando nos falten, estarán las personas que ayuden a rellenar las carencias que nos alienan. Internet nos ha convertido en vecinos virtuales, pero jamás debemos olvidar el calor del bis-a-bis. La globalización puede ser sana cuando se hace con fines nobles, pero no cuando lo que se busca es maximizar las ganancias. Sino, explíquenme como se puede estimar a una persona con la que no compartes experiencias o a una tierra que jamás has pisado. Eduquemos y eduquémonos con tolerancia. Hoy acontece lo que ayer parecía imposible.

 

“Si el pueblo no teme el peligro,

le amenaza el peor peligro.

 No padezcas por tu casa estrecha,

No padezcas por tu vida pobre.
No permitas la pena y no la sufrirás.”

 Lao Tsé

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