Capítulo 1. Llámame Nico

 Los cambios 

 

Vivo en Carabanchel. A cualquiera este dato puede no aportarle nada pero para mi lo significa todo. O casi, porque uno es de donde le lleva la vida, eso está claro. Yo me enamoro habitualmente de todo lo nuevo: unos pantalones, un cambio de peinado, de empleo, nuevos vecinos, nueva serie de TV … Ni te cuento cuando visito una nueva ciudad o llego a un apartamento de playa por vacaciones. El lugar en sí puede ser muy cutre pero yo siempre le encuentro un encanto especial. Creo que todo esto se debe a esa media obsesión que tuve siempre por estrenar o encarar algo desconocido que me aporte, primero ilusión y después puro entretenimiento o placer. Superado esto y para mantener esa suerte de pasión por las cosas, pasado ya un tiempo, se necesita adaptación. Y yo me sé adaptar.

 

Pero mi barrio es auténtico y la razón por la que un día tuve que salir de allí y sin pensármelo un instante obedece a la historia que más adelante pasaré a relatar.

 

 Mi barrio 

 

Mi calle está siempre sucia. Es así y punto. Creo que si algún día la limpiaran a fondo perdería el encanto de ese Madrid del sur que tanto nos entusiasma a los que crecimos allí.

En mi calle, de unos quinientos metros de largo, hay doce o trece bares. Solo en un pequeño tramo entre la Av. Del Gral. Ricardos y el Camino Viejo de Leganés, donde vivo o mejor dicho vivía, cuento cuatro. Hay árboles sin color, una pastelería-tapadera que ha pasado por más de diez dueños desde que la conozco, muchos latinoamericanos y el famoso quiosco de periódicos de la Puri, que en paz esté. Ah ! y La Completa, legendaria lencería con bragas a tres euros y fajas color carne que alguien deberá comprar alguna vez. En su día La Completa vendía además material escolar y es éste uno de los recuerdos más maravillosos que guardo de mi infancia cuando de la mano de mi mamá cruzaba la estrecha calzada para alcanzar la tienda y la vieja me compraba uno de aquellos lápices interminables negros y amarillos, nuevecitos, o una goma de borrar MILAN que los niños invariablemente acabábamos comiéndonos. La Completa no ha cambiado su cartel de la calle en cincuenta años. Ni falta que hace porque tiene los clientes de hace cincuenta años, quienes apuesto no aprobarían nunca un cambio por la modernización. Además … no sería lo mismo.. Creo que en el escaparate de La Completa hay un sujetador del 76, pero no estoy seguro. Su maniquí sin cabeza ni brazos llegó al barrio en los 60’s con su raza aria a cuestas pero hoy, casi medio siglo después, podría perfectamente hacerse pasar por colombiano o brasileño.

Amo mi calle. El taller de Carlos, sus bares y el olor de los cuatro bollos que hornea la pastelería de al lado de mi portal cuyo patio y mis escaleras llevan flirteando desde que se levantó el inmueble. Me temo, como decía, que en ese local se cocinan algo más que croissants, palmeras de chocolate o ensaimadas. Pero yo no he visto nada y tú no estás imaginando mucho más tampoco, vale ?. A veces la vida se trata un poco de eso.

Me encanta el barrio, sí. Sucio y todo. Cada vez que me cruzo con Tinín, viejo amigo de mi hermano e irremediablemente alcoholizado, me comenta lo mismo: “ Qué pasa Boliche ?. Aquí, a ver si me tomo mi manzanilla “.

Su ‘manzanilla’ es el whisky más barato. Su saludo, la cuenta atrás. Tinín es un buen tipo pero se va a morir pronto. Otros cayeron ya. Podría contarlos por docenas. A Tinín, Tiago y demás sobrevivientes carabancheleros de aquella quinta los extraño ahora en la distancia y me pregunto de alguna manera que será de ellos. Llevo sin pisar mi casa cuatro largos años…

El encuentro 

 

Aquel día 13 de Julio no hacía calor. Madrid vivía un infierno en llamas a una media de 42º desde los últimos diez días. En Madrid no hay humedad. No es el calor de Canarias o Buenos Aires que te hace sudar recién salido de la ducha. En Madrid las toallas secan de verdad aunque ni siquiera hacen falta. El calor de mi Madrid quema.

 

Y fue aquel día 13 que me enamoré de unas pestañas tan largas cono auténticas y de una piel aceitunada con la que aún sueño despierto y en ocasiones acaricio dormido. Aquella mañana de pie sobre le vereda fue el día en que le regalé flores a una desconocida cuya voz escucho hoy, embelesándome los despertares, cuando me ducho, trabajo, me masturbo o subo al colectivo.

 

-Ché, disculpá ! Vivís por acá ? Sabés desde donde puedo llamar barato a la Argentina ?. Ah, me “shamo” Gabi

 

-Hola Gabi. Hay un locutorio a un par de bloques de aquí, cerca del mercado, pero no te consejo ir sola, tía. Es algo peligroso. Si quieres te acompaño. Yo soy Nicolás. Bueno, llámame Nico

Aquella habitación 

 

-¿Querés unos mates ? ¿Probaste ‘sha” el mate ?

 

La habitación de Gabi era muy pequeña, con persianas verdes de madera, un colchón en el suelo y unas zapatillas blancas.

-Nunca he probado el mate. A qué sabe eso ? Es cómo el té, no ?

 

Como una imagen nublada sabiamente por mi subconsciente aún hoy veo a Gabi salir de la cocina con unos shorts rosa palo muy cortitos y una camiseta de tirantes blancos, sin sujetador. En sus manos y acercándose hacia mi, el mate. En las mías, mi corazón. No recuerdo haber besado más apasionadamente nunca ni haberle hecho el amor a una voz como aquella antes. A mi mente llega, nítido, el color negro de una cabellera larga semitapando su belleza insultante y un olor de piel sin perfume que no deja de perseguirme todavía desde aquel 13 de Julio. Jamás sudé tan intensamente entre gemidos, ambos violentos sobre aquel colchón, testigo único de un primer asalto brutal que acabó con nuestros cuerpos completamente desnudos, de pie contra la pared, piernas dobladas y completamente exhaustos.

 

Gabi llegó a Madrid para completar su tesis doctoral. Llevaba en el barrio solo cuatro días.

 

Salí de su casa a la mañana siguiente quedando en vernos por la tarde con la intención de disfrutar unas cañas con tapa, cine, sexo y mates argentinos. Y sin embargo allí mismo y parado en el umbral de la puerta despidiéndome, fue la última vez que la vi.

 

Si te perdiste el primer relato de esta serie, Llueve en Buenos Aires, podrás encontrarlo en el siguiente enlace:

http://www.melettea.com/2015/03/buenosaires1/

 

Acerca de Vicente Aguilar

Como dice mi buen amigo Joaquín la pasión deja cicatrices. A mi no me queda piel sana ya entre tatuajes y ‘pasionaduras’. Nací de la pasión y apasionadamente (estoy seguro, aunque nunca me lo dijeron). Esto sucedió en Madrid el siglo pasado. Vivo pues desde la pasión, para la pasión, por la pasión, tras la pasión …. y podríamos acabar casi con todas las preposiciones pues encajarían como un puzzle en el día a día de mi agitada vida. Cocino, como, hago el amor o follo (según se tercie), río, lloro, trabajo o escribo con pasión y eso es todo lo que puedo ofrecer. No entiendo de otra cosa. Es por ello que, desde aquí quiero comunicarme apasionadamente y recibir el calor de vuestra compañía que confío esté a la altura de este secretillo mío que ahora acabo de desvelar.
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2 comentarios

  1. Los felicito por el material de lectura, los cuentos son muy buenos.
    Cristina

  2. Gracias Cristina por seguirnos y leernos. Es un placer para nosotros saber que disfrutas con Melettea. Un abrazo

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