Muerto se vea

No debía ser una mujer en exceso ordinaria, pero en debidas ocasiones, dejaba soltar las riendas de su porte y se bajaba de la montura para poder disparar todas sus envenenadas frases hacia quien fuese el blanco de su odio. Aquella media tarde de domingo, en horas que pasan sobre cualquier ciudadano normal como un corcho sobre una balsa de aceite, incluido un servidor, se vio interrumpida por una muy acalorada discusión de una chica cercana a la madurez (no mental) que se disponía a cruzar una pequeña calle cercana al metro del sur de Madrid, sirviéndole de atajo posiblemente para llegar a su domicilio. La mano derecha se aseguraba firme en sus bolsas blancas de la compra como la de un niño pequeño a una bola de nieve antes de una pelea inminente en el patio con sus compañeros, y las barras de pan se bamboleaban en su interior. Vagaba de un lado a otro de la calle, construyendo su propia dirección al ritmo de su cada vez más acalorado discurso. La mano libre aspaventaba con sus movimientos al aire a los pocos transeúntes que tenían la desgracia de cruzarse en su camino, arriesgándose estos a producírseles, por el roce de sus anillos, un corte en la mejilla si se les ocurría pasar a unos pocos centímetros de tan airada señorita. Su moño, propio de las mujeres de etnia gitana, o las que pretenden burdamente imitarlo, se iba abultando más en la parte superior debido a que la velocidad de los giros, o lo sangrante de sus frases, iba haciendo que se fuese liberando de las horquillas, llegando a un límite grotesco, como una escena ensoñada del mismísimo Fellini. Su falda de lunares, bailaba.

Mi aburrimiento estaba llegando a peligrosas ocurrencias, pues había encontrado la muy poca, pero gratificante en aquel momento, diversión de ordenar y limpiar cada uno de los volúmenes de la pequeña biblioteca de mis padres; sólo las novelas o trilogías, no los libros de historias individuales. Comencé con En busca del tiempo perdido, para continuar con Herrumbrosas lanzas y Los tres mosqueteros, y añadir, si el tiempo me favorecía antes de comer, los tres tomos de El señor de los anillos. Mientras frotaba con esmero el lomo de uno de ellos, al no haber música en el salón, comenzó a llegar el ruido de la calle, en un principio inexistente o vago, pero levemente fue enturbiándose con una serie de frases entrecortadas y párrafos que destilaban una veraniega sensación de violencia (aunque era finales de marzo, el sol ya se hacía notar). Acabé por prestar más atención a lo que aquella mujer vomitaba a su móvil que a los cuidados tomos de las grandes obras de literatura universal en los que había puesto un primordial y absurdo empeño en limpiar. Me apoyé suavemente en el alféizar con el antebrazo izquierdo, y con la mano contraria fui anotando las frases que a mi ventana escalaban. No pude completar la conversación debido a que el saber universal de la estantería me había retenido la atención en un principio, pero la lucha invisible que tenía aquella mujer con el individuo (más adelante sabría que se trataría de su novio o pareja en proceso de separación) que permanecía en sombra me atrapó. He aquí lo que clamaba, también al resto de vecinos curiosos, pues su tono no era discreto, por supuesto:

—¡Pero Carlos, Carlos, escúchame! ¡Tú, escúchame! Porque yo sé la verdad Carlos, que yo la sé, porque tú te crees que yo soy tonta, y no es así Carlos, no es así. ¡Hijo de puta, hijo de puta que eres! ¡Qué no tienes perdón de Dios, Carlos! ¡Por la raza!, que ya sabe todo el bloque que te estás tirando a esa guarra. Que el otro día la Noemí me lo dijo delante de sus hijas, ¡delante de sus hijas! Que te la estás follando, sí Carlos, te las estás follando. ¡Y a mí me has tenido que pegar el sida, Carlos, el sida de todas las veces que te has tirado a esa zorra! ¡Porque es lo que es Carlos, hijo de puta, cabrón de mierda, Carlos, que es una zorra sidosa! ¿Y tus hijos, Carlos? Que le das dinero sólo a ella, Carlos, a esa zorra. ¡Y a tus hijos nada! ¡Qué no pueden comer, Carlos! ¡Que nus murimos, Carlos! Nos  matas, hijo de puta que eres, y nos matas, Carlos. Que no eres nada ya, ya no eres gitano Carlos, ¡que tus hijos sí lo son, pero tú ya no! Qué vergüenza debería darte, que te estás follando todos los días a esa zorra, Carlos, que no nos das dinero pero te follas a esa zorra, sí. ¿Te crees que no lo sé, verdad? Pero no soy tonta Carlos, que eres un sin vergüenza. Si me han dicho tus amigos, y asina el Isra y la Vero lo saben, que te la llevas cuando estás con tus amigos de robar, ¡que sí!, que yo lo sé, y me lo ha dicho también el Parro, que es un chivato y lo larga todo, mierdas. Que me dijo la Noemí que se lo dijiste una vez borracho, que estabas borracho hijo de puta, y se lo dijiste delante de sus hijas, que te la llevabas. ¡Y robas sólo pa’ ella! Hijo de puta, que no te sabe sólo suficiente bien con follártela, que lo sabe todo el barrio ya, ¡y no importa que me oigan ahora!… ¡Pero Carlos, de verdad, por la raza! ¿Me estás chillando?, ¿me estás chillando Carlos? ¿Por qué me chillas? ¿Por qué me llamas zorra a mí? ¿No soy tu gitana, Carlos? ¿Por qué te has buscao otro coño, Carlos? Que robas pa’ella sólo, Carlos, que de mil euros tú la dabas cien, que de dos mil euros tú la dabas doscientos, Carlos. ¡Que lo sabe todo el barrio Carlos, que no tienes nada! ¡No tienes familia, no tienes casa, no tienes coche, no tienes furgoneta, sólo la zorra esa que te follas! ¡Y quien lo mienta, muerto se vea! Que yo te voy a matar Carlos, que no me conoces ¡No me grites Carlos, porque vas a perder! Que sólo te follas a esa sidosa, y vas a perder, y te vas a arrepentir, mierdas, que es lo que eres tú y tus amigos. Qué has dejado solos a tus hijos, y vas a pedir al suelo perdón de rodillas, te vas a caer, hijo de puta, que ya no eres gitano, ¡y ellos sí!, y no eres ahora nada Carlos…

 

De vez en cuando se dejaba entrever un pequeño amago de romper a llorar, pero rápidamente se recomponía y continuaba su venenoso monólogo. Sin duda, no querría ser el tal Carlos, quizá tan apabullado al otro lado de la línea por tantas frases llegadas de su boca, como cañones recortados. O no. En mi hoja todas las frases tomadas estaban desparramadas por las esquinas o el centro, o los laterales o la carpeta que me servía de apoyo. ¿Acabaría con el muy mencionado Carlos una vez se encontrase con él? Todo dependerá de que lo que llevase en aquellas bolsas: un par de colonias, el pan, algunos yogures, una navaja de afeitar…

 

Fotografía: wolfgangfoto

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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