Porteñas

Adentrarse en el complejo universo de los diferentes criterios, opiniones, comentarios más o menos personales y estéril polémica cuando se trata de debatir sobre el sexo femenino es poco menos que un suicidio social si de una disputa pública se trata, o de una gran imprudencia temeraria y sin vuelta atrás cuando lo haces tomando mate con tres parejas de amigos en una charla abierta cualquier tarde lluviosa de Domingo.

Como quiera que sea, relajado con mi café y mis puchos, sentado con la serenidad que me ofrece el entorno confiado de mi hogar de madrugada, me dispongo a quebrantar esa fina y delicada línea para penetrar con honestidad y sin tapujos en el universo femenino a la vez tan fascinante como intrincado de la mujer porteña. Mis opiniones como foráneo vienen avaladas por numerosas horas de observación, litros de mate con amigos porteños desguazando a unos y a otros y, como no, por una década de compartir con una de ellas varios hijos e innumerables quilombos cotidianos. Tomo asiento pues, analizo y me aventuro.

“Las mujeres son todas iguales”, escuchamos constantemente de quien no quiere, no sabe o teme ver más allá de su experiencia con el sexo opuesto. Afortunadamente los hay que no pensamos lo mismo y somos capaces de diferenciar entre unas y otras, como con el resto de los seres humanos y de valorar más o menos justamente qué nos gusta y qué nos desagrada cuando entablamos una nueva relación. Yo he conocido un buen número de mujeres en mi vida, de distintos países y condiciones sociales, por lo que mi visión, siendo simplemente una más entre todas, se yergue tan válida que la del resto de los mortales.

Dicho esto, hoy rompo una lanza en favor de la mujer argentina. A decir verdad, por la mujer argentina que yo conozco, la porteña, pues desgraciadamente me pillan aún lejos el resto de provincias y no sabría explicar cómo se desenvuelven las féminas en Santiago del Estero o Jujuy por poner un ejemplo, aunque puedo imaginármelo a tenor de las injusticias sociales sobre las zonas más deprimidas del país. Dios atiende en la capital, escucho. Y la broma, el chiste, se tornan dramáticos si lo analizamos objetivamente.

Pero vayamos al asunto. Si algo llama poderosamente mi atención de este género femenino bonaerense es la gran capacidad de adaptación al medio hostil que le rodea, entendiendo por éste una vida cargada de complicaciones, poca guita, mucho apuro y una suerte de inestabilidad que a menudo pasa desapercibida o se minimiza por el otro género, el de los hombres, quienes lo queramos o no tenemos la vista mucho más estrecha y el colchón bastante más ancho.

Me explico: cuando a los hombres, en su generalidad y asumiendo el riesgo de parecer una boludo feminista o chupa medias, nos preocupa cómo vamos a arreglar el auto después del último golpe en la General Paz, la carencia de cerveza en la heladera o la última bronca con el jefe, la mujer porteña tiene la mente puesta en jubilar ese auto que no aporta apenas sino gastos, la carencia de carne y huevos en la misma heladera de la que hablábamos hace un momento y hacer malabares en la oficina para que ‘su’ jefe (porque las mujeres también tienen jefes) la valore igual que a él pese a haber llegado tarde o faltado al laburo varias veces en un mes atendiendo a los eventos de la escuelita de los niños o sus eventuales enfermedades respectivamente.

Pero lo curioso es que lo hacen y continúan la marcha. La mujer porteña se ha licenciado, además, en economía por la universidad de Carrefour, tiene un postgrado en plomería, electricidad y bricolaje en general para aquellos momentos en que el departamento dice hasta aquí llegué, y se pone a pintar la pieza de los nenes, pañuelo a la cabeza y mezcla de colores ‘made in home’ cuando la ocasión lo requiere. ¿O será más bien porque las paredes ya se están cayendo a trozos?.

No es de extrañar pues que a diferencia de otras culturas en otros lugares que he tenido la suerte de conocer, la mujer porteña dedique buena parte de su escaso tiempo libre a este tipo de menesteres en vez de levantar un teléfono y pedir ayuda, o bien al marido, o bien a un profesional que la saque del aprieto. Y la plata de la cartera, por supuesto. En otros lugares se compraría una canilla nueva. Aquí no. Aquí se le cambia el cuerito. En otros países se visita el súper de moda, que cuelga carteles con ‘La semana de Italia’. En Buenos Aires, la mujer tipo se recorre media ciudad en busca de la oferta del día en carne, fruta o ese 2 x 1 de Coto en las cervezas del marido, las mismas por las que blasfemaba él antes del partido de River pero que no se preocupó de reponer a tiempo.

¿Duro?, ¿excesivo?, ¿exagerado quizá?. Mírate al espejo amigo y dime qué ves o disimula y date la vuelta.

La mujer porteña se viste apurada, prepara el desayuno de los peques apurada, lista de compra en mano baja por el bloque de departamentos, apurada claro, y sin pintar corre como loca después de dejar a los nenes en la escuela para completar el ‘make up’ en el colectivo, justo a tiempo antes de llegar a la oficina, al comercio o la fábrica, donde llegan como princesas, o no, pero siempre dignas y cuando por fin, ya algo más relajadas, se preparan el primer mate del día.

Entonces se les concede el beneplácito de respirar un poco y el bendito centro de trabajo aunque siempre haya excepciones se constituye en aquel bálsamo de paz donde la mujer de este ciudad, paradojas de la vida, descansa por unas horas.

Por eso te digo: la mujer porteña es un todoterreno humano de baterías de litio, un ser que se reinventa a diario e incluso varias veces en diferentes momentos de la jornada dependiendo de la ocasión. Un pilar social que sabe pelear por dignificar la vida propia y la de los suyos en una ardua lucha por llegar a fin de mes y no morir en el intento, quien tiene una responsabilidad con la que toma mate a diario y ha sabido leer y entender su papel en esta función cuando las cosas están jodidas, que es por desgracia la mayor parte de las veces.

Otra característica de la mujer de acá es la autenticidad y carencia de ornamento innecesario. En cuanto al modo de vida en el día a día no seré yo quien desvele el secreto y además, dicen, todas las comparaciones son odiosas, pero me he encontrado con lugares en otros países donde las mujeres llevan a sus nenes a la plaza a jugar portando taco alto, vestidito de seda estampado, corpiño a la última y peinado profesional impecable. Arregladas para la ocasión. Y uno se pregunta en esos momentos : ¿para qué ocasión, si estás llevando a los nenes a jugar en la arena y a romperse la crisma en las hamacas?. Pero el problema no es ése ya que la mujer luce espléndida y como se dice por ahí, a nadie le amarga un dulce. El asunto es cuando todo se convierte en un escaparate, en una función de títeres donde el público aplaudirá o desaprobará tu aspecto por encima de la diversión de los enanos que a buen seguro les importa un huevo si su mamá está hoy más o menos visible al resto del mundo. La mujer porteña, sin embargo va a la plaza en zapatillas, jeans y remera como corresponde. Tal vez lleve corpiño, o no, pero en jeans o ropa holgada cargando además, eso sí, la mochilita con agua, galletitas y su mate. Si te cruzas con el vecino, le ofreces y compartes, pero no te disfrazas. No hay tiempo para el disfraz en la vida de la mujer de acá. Ni lo hay ni interesa y el corpiño y el peinado los dejamos para esa cita romántica, la fiesta de fin de año del laburo o la boda de tu hermana. A la plaza, cómoda. A la oficina visible al menos y para vestir elegantemente cuando la ocasión lo requiera y a no envidiar a nadie con un gusto y una belleza mestiza que ya querrían muchas barbies de corpiño de Dior.

Si habitualmente las mujeres en todo el mundo históricamente se han echado la vida a sus espaldas, la mujer porteña se echa la ‘no vida’ a las suyas y es solo por ese pequeño detalle que son dignas de mi eterna admiración. Cierto es que esa infringida impresión de carácter a veces las convierte en seres más aguerridos y distantes en cuanto a la facilidad que se espera para acercarse a ellas. A una porteña no le vas a vender tú nada ya sin que te muestre las uñas o simplemente no quiera comprar. Esa actitud de defensa en diferentes situaciones de forma histórica le ha dado una autoridad que puede llegar a initimidar o confundir. De cualquier manera yo siempre lo entendí como un estado natural enfrente del mundo y nunca como una actitud hostil hacia nadie.

Así, como extranjero en Buenos Aires y dicho con todo el respeto del mundo para con el resto de féminas de otros lugares, la mujer porteña, sin ser más o menos mujer sí se me aparece como un punto más auténtica que otras muchas, acostumbrada a lidiar con una inestabilidad social que le conmina a anticiparse, planificar y ejecutar con mucha más precisión que al resto de compañeras de faena en otros lugares del planeta, más habituadas a un engañoso equilibrio que no por ser real podría tornarse peligroso en el hipotético caso de un cambio brusco en la economía o el sistema de valores. Y como estas cosas suceden, mejor estar preparados.

A la mujer argentina, como al resto de argentinos ya nada les agarra por sorpresa. Se nace aprendiendo a que hoy puede haber y mañana no, a que ahora es blanco y después negro, a que la vida está en manos de quien no se preocupa por el precio de la verdura o la leche porque puede pagarlo igual y a que si hay suerte este año nos vamos de vacaciones unos días.

Y en el mientras tanto ellas más que nadie, sin pintar y corriendo por las escaleras a tomar el colectivo de madrugada, planean el disfraz del nene para la función de fin de curso, la compra de la semana en Coto incluidas nuestras cervezas y se disfrazan esta vez sí de magas, para que la vida siga rodando sin que la inflación, la política y esa inestabilidad de la que antes hacía mención hagan mella en su calidad de vida o equilibrio mental y por encima de todo, sobre la felicidad y el bienestar de los suyos.

 

+ relatos sobre Buenos Aires en Reflexiones de un gallego.

 

Acerca de Vicente Aguilar

Como dice mi buen amigo Joaquín la pasión deja cicatrices. A mi no me queda piel sana ya entre tatuajes y ‘pasionaduras’. Nací de la pasión y apasionadamente (estoy seguro, aunque nunca me lo dijeron). Esto sucedió en Madrid el siglo pasado. Vivo pues desde la pasión, para la pasión, por la pasión, tras la pasión …. y podríamos acabar casi con todas las preposiciones pues encajarían como un puzzle en el día a día de mi agitada vida. Cocino, como, hago el amor o follo (según se tercie), río, lloro, trabajo o escribo con pasión y eso es todo lo que puedo ofrecer. No entiendo de otra cosa. Es por ello que, desde aquí quiero comunicarme apasionadamente y recibir el calor de vuestra compañía que confío esté a la altura de este secretillo mío que ahora acabo de desvelar.
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Un comentario

  1. Excelente relato de “Porteñas”!!! me encantó

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