Avalón

‘Es antes del anochecer, sí’, se recordó a si mismo Enrique. ‘No debo perder el tiempo, me han hablado demasiadas veces de la fiesta a lo largo de la semana. Sería una falta gravísima por mi parte no asistir esta noche’, y golpeaba con los dedos, sin fuerza, sobre las teclas de su ordenador. Con la otra mano, empuñaba su pluma frente a un folio en blanco.

El despacho comenzaba a guardar el calor acumulado de la mañana, visible en las esquinas de los ventanales que hacían frente a la espalda de Enrique, donde se aglutinaban las manchas de lluvias pasadas. Hacía tiempo que la sequedad no abandonaba la temperatura de Madrid. Un otoño particular, con un verano indio que se resistía a relevar al frío.

Ya no escribía ni abría portafolios para revisar los documentos de su sobremesa, pues se encontraba profundamente sumido en su torrencial anotación mental que le indicaba la importancia del evento nocturno. ‘Estarán todos. Todos allí, con la etiqueta a estrenar, para beber y pasárselo bien’. Cierto que dicha celebración había sido el tema principal de las pausas en los pasillos, ascensores y el recibidor techado en la entrada del edificio, donde todos se reunían para desgastar la rabia de sus cometidos en cajetillas de tabaco. Enrique se enteró por la amiga de un conocido de la tercera planta —él trabajaba en la séptima—, el lunes durante el almuerzo.

—Tengo el presentimiento de que no nos va a gustar lo que organicen.

—¡Qué poca paciencia! —exclamó la amiga.

Enrique, sentado en la mesa contigua, siguió escuchando el resto de la conversación. Ni su amiga se había percatado que se encontraban en el mismo lugar  y a la misma hora. ‘Es antes del anochecer’, fue lo último y definitivo a lo que prestó atención antes de cerciorarse de que no podía faltar a tan comentada fiesta.

Enrique, acomodado en un despacho entre la amplitud de los pasillos que recorrían el séptimo piso, era el jefe de la sección de ventas internacionales. Contra las pocas puertas, sin contar las metálicas del ascensor, y la moqueta burdeos se chocaba el silencio de los largos pasillos. Su puerta raramente era abierta por otra persona a excepción de él, su madera sólo conocía sus nudillos y sus palmas. Enrique, en aquella séptima altura, siempre aguardaba.

El viernes aparecía cercado en todos sus calendarios y agendas electrónicas personales con un círculo tan rojo como el contorno de un labio roto. Llegó, y aquella mañana sintió una terrible necesidad de vomitar. Entre sus sábanas se revolvía, apretaba su vientre y pectorales con las manos, por unos inesperados nervios, recién llegados desde algún momento de su adolescencia en los que padecía dichos ataques de pánico. Ya recompuesto, se preparó un tibio almuerzo y cogió el coche de camino a la empresa. Pero sus ojos no veían la carretera, las calles y sus cruces, las viviendas deshabitadas que ocupaban las afueras de la ciudad, las salidas a la autopista, y demás trazas de hormigón y asfalto. Enrique visualizaba las luces de la fiesta, al espíritu de celebración, desde el misterio que le provocaba, inconsciente y peligroso al cederle más importancia que al volante.

No corrieron las cortinas verticales del pasillo, Enrique caminaba a tientas por la séptima planta una vez dejado el ascensor. Se extrañaba del vacío del lugar, algo insólito, pues salía a su mismo escenario desde hace más de nueve años.

La moqueta burdeos adquirió un tono azul en la penumbra, bajo los pasos temerosos de Enrique, uno tras otro, despacio, como si temiese despertar a los muertos.

Todo continuaba en el mismo orden religioso. ¿Qué esperaba tan ansiosamente? Una sorpresa, globos y confeti esparcidos tras el estallido de matasuegras y guirnaldas de colores, quizás. Sin que él lo hubiese previsto, tras su puerta, esperando, después del desértico y negro pasillo, de un azul falso, irreal. No. Enrique se sentó y realizó las llamadas pertinentes a sus superiores y sus subordinados, sus únicos momentos de alzamiento de voz, tanto al cielo como a la tierra. Hubo un silencio de tres minutos, los pudo contar con su reloj de pulsera. Se obligó a cumplirlos, hoy era un día especial y pretendía darse el honor de perder el tiempo.

Apartó momentáneamente las fantasías para husmear en su libreta Moleskine, de cobertura parda, obsequio de empresas afiliadas a todos los miembros del edificio. Pasó varias hojas con rapidez, no le interesaban. Descartada la mitad, fue copiando diversos nombres y direcciones telefónicas a uno de los folios que siempre tenía a mano para imprevistos.

Desde la quietud de páramo que anegaba su despacho, y los deshabitados colindantes al suyo, llegó el hilo de una música. Encerrada, parecía una canción proveniente de una radio, una reverberación hueca de altavoz, metálica y susurrante. Enrique cesó su incomprensible copia de contactos y prestó atención a las notas inexactas, a la batería y voz que le golpeaban a través de los muros. Débil, como una picadura que no hemos descubierto sobre la piel tapada. Enrique se aproximó a la pared. El tacto de gotelé se le marcaba en el rostro. Se alejó un segundo y se acurrucó mejor. Eran pasos, disfrazados, y volvió el mismo malestar. Arañó las burbujas compactas de la pared, se manchó las cutículas de blanco. Se lamió para evitar rastro alguno en sus dedos. Enrique se peinó hacia atrás, con fuerza en el paso sobre sus cabellos para que esa absurda preocupación y música de otra habitación pudiesen caer al suelo y abandonarle en aquel día importante. Vital, incluso. ‘Al anochecer’.

Ya marcaban las tres. Él temía que, de la tensión acumulada, las manecillas saltasen a su brazo como recordatorio, en su cuenta atrás constante que le impedía cualquier desliz dentro de sus cuadriculadas acciones a lo largo del día, antes de que llegase la fiesta. Bajo su chaqueta, se sacudió algunas virutas negras de su tweed, impoluto.

Llamó a Villalonga para bajar a la cafetería situada al otro lado de la calle. ‘Termino en cinco minutos’ le informó con apuro desde el otro lado de la línea.

En el trayecto de ida, no menos de seis minutos, Enrique apenas movía el torso al caminar. Sudaba, y cada círculo mojado bajo su camisa era un desgaste en su pose calmada. Pero no se lo podía permitir. Villalonga apenas pudo percibirlo, hablaba cabizbajo, tras sus gafas de sol. Su camisa cerrada hasta el cuello, bajo una boca que no cesaba su catarata de insensateces, todos los cotilleos de las plantas inferiores: una infidelidad entre un viejo matrimonio y el nuevo y sexual uso del cuarto de contadores de la planta segunda.

Dos menús continentales. Era una costumbre, desayuno en lugar de comida, y una compra aparte en un supermercado próximo si lo anterior había sido demasiado nimio para sus tan poco exquisitos estómagos. Enrique nunca había presentado objeción alguna, fue Villalonga quien le había presentado el sitio. Le agradaban los carteles de bailarinas de los años veinte, de rostro desdibujado y vivaz y faldas estilo flapper que cubrían las paredes, entre fotografías de las afueras de Madrid. Las que mostraban una ciudad que se expandía, edificios a medio construir. Una idea incierta de principio o final de la civilización, acompañada de olores a huevos o ensaladas con vinagre de Módena.

—Puede ser una pregunta estúpida —interrumpió durante el café Enrique—, pero imagino que, si no me equivoco, asistirás esta noche a la fiesta que están organizando.

—No le he prestado mucha atención —respondió Villalonga, sin más rodeos que los de la cucharilla en su taza.

No separó sus labios en lo que restó de pausa. Enrique, ante la ausencia anímica de Villalonga, desvió su atención a los reflejos que se abrían paso entre las ventanas y las cabezas del resto de comensales, porque, ante la evidencia de la caída hasta el suelo de aquella luz cálida, aún merecía ser contemplada, mientras en las mesas resonaban los estallidos de cuchillos y salpicaduras de agua.

Al regreso, Enrique, saciado con la escasez de su refrigerio, recogía las palabras perdidas que encontraba entre los distintos puestos que separaban la entrada del edificio hasta el ascensor. Taxis con retraso, atascos permanentes en la Castellana, un choque frontal en Argüelles, calle Tutor esquina con Altamirano, ibuprofeno para el dolor de cabeza. ‘Sí, dolor’ repitió antes de abandonarse hacia las alturas.

 

En el transcurso del aseamiento y vestidura, como los rigurosos y rancios actos oficiales, Enrique había encontrado una paz perpetua que le pudo permitir serenarse antes de acudir al baile. Porque él esperaba un baile, y repetía esas cinco letras mientras abrillantaba sus zapatos. Según su expresión, haciendo carrera con el tiempo de la cita, todo estaba preparado y dispuesto para efectuar la aparición.

Se levantó con demasiado entusiasmo. Recordó la oscuridad burdeos del pasillo, azulada en la mañana negra. Templó el ánimo y sacó un cigarrillo Royale. El primero en muchos meses. No importó romper la promesa, la gracia del momento lo disponía. Sin saberlo, la última noche, pues las precedentes no habían encontrado reseña alguna en su vida, pronunció antes de cerrar la puerta: ‘Me voy’.

Lejos de dejarse vencer por la impaciencia, dio un rodeo y se adentró en la capital. Dos horas de ventaja antes del inicio festivo. Enrique atravesó el Paseo del Prado para girar en Atocha y recorrer la calle de Alfonso XII a baja velocidad, a pesar de la posible multa por entorpecimiento del tráfico. Las verjas del Jardín Botánico y el Parque del Retiro se reflejaban sobre el capó y los retrovisores. Un reflejo de selva terrosa que se cernía sobre su vehículo, como si talasen todos los árboles y las hojas alfombrasen el asfalto. Las ramas recorrían con deseo la luna del coche, diminutas venas negras que se disolvían sobre el cristal conforme las dejaba atrás. Las primeras calles, Espalter y Alberto Bosch, terminaban aquella travesía de ensueño, envarada bajo la voluntad de Enrique de demostrar su importancia sobre el resto de los habitantes de Madrid. Algo inútil, nadie sabría nunca acerca de su papel de invitado a la fiesta.

Los últimos rayos, cruzados entre los ventanales de los rascacielos de la Castellana, despedían la ciudad. Las estaciones se vaciaron, y los cines iluminaron sus neones.

Habían vaciado el amplio hall y, maquillado con tonos rojos y destellos verdosos y discretas máquinas de humo, a los ojos se mostraba el trampantojo de una sala de fiestas. Descomunal y barroca, inabarcable para las cuerdas vocales si un grito quisiera rodearla. Un Odeón hollywoodiense resucitado. Instalaron plataformas con escaleras de pasamanos dorados como unión entre las mismas, micrófonos y un inmenso bufet con forma de L.

Allí en el centro, la orquesta. Su música, bajo una tapicería azul. Un tono deteriorado, como una pisoteada caja de Gauloises.

Creyó advertir una llamada para recoger su copa de champán, que cambió mejor por un cava por recomendación de Villalonga. Los cuerpos delicados de las mujeres se abrazaban a los masculinos, y así en diferentes combinaciones de parejas de baile. A golpe de contrabajo, el ritmo aceleraba la sangre y la carne pedía ser frotada contra el esmoquin más negro de la noche. ‘Copas, síncopes y músicos sincopados’ deslizó Enrique de comentario a la oreja de Villalonga. No se dignó a responder ante semejante estupidez. Ambos continuaban asentados en la esquina, pero fue Villalonga el adelantado el huir del tedio. Se encendió un Royale e indicó a una compañera de la tercera planta que le urgía la necesidad de baile. ‘Urgir la necesidad’ reflexionó Enrique. ‘Maldito pedante’, y bebió del cava ofrecido.

En la soledad de la fiesta, se sucedían los delirios y los besos robados ejercían de espejo frente a los fotógrafos que los guardaban en sus cámaras, esos ojos perseguidores. Le bastaba una sola mirada para que Enrique estuviese dispuesto a sacar a bailar a cualquier mujer, pero los parpadeos no se llegaban a suceder ante su expectación. La bossa nova inaguantable machacaba sus oídos, prefería esperar nuevas oportunidades en el turno de la samba.

Horas y horas que cedían a minutos, que se adelantaban como Fórmulas Uno en Mónaco. Velocidad en los golpes de batería. Las manos de las baquetas esparcían las gotas de sudor entre la canícula de la sala de fiesta. Todas las parejas giraban disfrutando de su condición privilegiada, y en las mesas se veían reflejados en el dorado del alcohol.

Entre las mesas vacías cercanas al bufet, una chica —y así lo pensó, por su carácter más grácil y liviano— bailaba a espaldas del furor festivo oficial. Daba vueltas sobre sí misma, ondeaba su falda rosada cuyo tacto se hacía espumoso a vista de cualquiera. Rechazó a todos los que se ofrecían acompañarla, todos excepcionales pretendientes de chaqueta blanca —no estaba entre ellos el arrebatador Villalonga—. Extendió los brazos y recogió algunas flores de los jarrones que decoraban las mesas. Estrujaba los pétalos entre sus dedos, los dejó caer sobre un zapato de tacón, inmóvil y testigo de todas sus extrañas piruetas.

‘¿He sido invitado a la fiesta?’ Fue la duda que cegó a Enrique. Sentía frío en aquel emplazamiento cálido y ruidoso. Entendió, reposada su copa y su impecable atuendo, que debía guardar silencio, para siempre. Volvió a formularse la pregunta, antes del anochecer, cuando la niebla se replegó alrededor de las figuras, y se empezó a ocultar de Enrique, en soledad y paciente, aquella isla.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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