Atocha 17

En el número 17 de la calle Atocha hay una comunidad de vecinos formada por individuos que aparentemente no se conocen de nada. Ellos, como es habitual en este tipo de relaciones, sólo se intercambian algunas palabras al cruzarse por las escaleras pues es un edificio antiguo de Madrid y su estructura arquitectónica de principios del siglo pasado, no da pie a la incorporación de tan moderno aparato, el ascensor.

Esto último le duele a Pedro, un vecino que, según él, perdió las dos piernas defendiendo los intereses de España en Irak aunque, realmente, se pasa el día jugando a juegos de guerra con un mando entre sus móviles manos y frente a una pantalla. Ahora, y a falta de ayudas gubernamentales, sube las escaleras hasta el primer piso sobre los hombros de su madre, quien, acto seguido, vuelve a bajar para recoger la silla de ruedas.

Este acto es contemplado todos los días por Catalina, una jubilada y viuda señora que reparte su tiempo libre en dos actividades principales, pegar el ojo a la mirilla y escribir relatos sobre la soledad que ahora publica en una web que su nieta, uno de los contados días que la visitó, logró crear para ella.

El lento golpeo de las teclas de Catalina pone enfermo a Jose Luis, vecino que vive justo sobre ella, en el 2ºA. Jose Luis estudia ingeniería informática, se mudó a Madrid hace cuatro años y ahora trabaja en su proyecto de fin de grado, desarrollo de prótesis con impresoras 3D para personas con deficiencia o falta de extremidades. Desde hace un año comparte piso con Carlos, con el que no habla desde el día que entró. Carlos se gana la vida desnudándose delante de una web cam, es homosexual, aunque no lo reconoce, y se masturba habitualmente pensando en el vecino que ve a través del patio interior, Javier.

Carlos y Jose Luis habitualmente escuchan llorar a la del 3ª, María, una joven influencer en redes sociales que se siente sola. Le gusta leer blogs de moda aunque, especialmente, lee con asiduidad catalinalasolitaria.com, un blog sobre la soledad de una señora que solo se tiene a sí misma. María se gana la vida probándose ropa y haciendo críticas a través de Youtube, Instagram, Snapchat y demás medios sociales. Tiene muchos seguidores pero ningún amigo.

Uno de ellos, de sus seguidores, es Javier, el vecino del 2ºB. Javier es adicto a internet y al gimansio.  Se pasa la tarde en el primero, viendo cómo la gente cuenta sus vidas a través de la red y la noche disfrutando de su placer más oculto, chatear con hombres de la zona que se desnudan en pantalla a cambio de dinero. A Carlos y a Javier les acerca una pantalla y les separa una cuerda para tender la ropa.

En el 3ºB vive Mariano, un señor mayor que riega sus flores de Atocha 17 desde niño. Se pasa el día bajando y subiendo las escaleras y hablando del tiempo con todo vecino que se cruza. En vistas de que ninguno le hace caso, y recordando sus tiempos mozos cuando todos los vecinos se juntaban en el patio, ha dejado un cartel en el vestíbulo animando a todos a crear un grupo de whatsapp que facilite las relaciones en la comunidad.

Nada.

Mariano un día se cansó. Cogió unos alicates que sólo escondió al pasar por la puerta de Catalina, pues sabe que espía por la mirilla, y se metió en el cuarto de contadores. Cortó todos los cables.

A los pocos segundos se empezaron a oír las puertas de cada casa.

Una conversación fluida e intensa empezó a reinar en el portal de Atocha 17. Catalina, del 1ºA, comenzó a protestar porque no pudo guardar su último post para catalinalasolitaria.com. A las risas de todos, por imaginar a una anciana con un blog, le siguió el llanto de María que rápidamente abrazó a su vecina, ahora convertida en héroe de carne y hueso.

Carlos, que estaba a punto de terminar su primera pierna ortopédica, cuando el corte de luz apagó su impresora, comenzó a especular sobre las longitudes, diámetros y posiciones de la extremidad que podría fabricarle a Pedro, con quien acordó, no sin antes discutir sobre videojuegos, que sería el primer minusválido al que haría andar.

Su compañero de piso, José Luis, preocupado por otros derroteros y desnudo y con una máscara, farfullaba al perder dinero por minutos teniendo clientes al otro lado de la cam; Al reconocer su torso, Javier, fetiche sexual tras las cuerdas para uno, y tras la pantalla para el otro, no tardó en invitarle a subir al 2ºB.

Mariano contento subió y volvió a regar sus plantas, ya un poco faltas de comunicación.

Diseño GIF: María Salgado Santana. @salgada

Acerca de Luis Aguilar

Gato al sur del Manzanares, hormiga del globo y okupa del Cyberespacio. Su pasión por la comunicación le llevó a licenciarse en Publicidad y Relaciones Públicas y, aunque es más de esto último, adora el creativo resultado al juguetear con las palabras. Convive con el estrés a la espera de un traficante de tiempo y, mientras tanto, le roba a la vida más de lo que le puede dar. Cuando descansa, coge aire en las comas y a veces, consigue pararse en los puntos.
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