La frontera (I)

Uno nunca llega a suponer con acierto que va a ser traicionado, que en el instante más inesperado en el que el peligro a doblado la esquina, o la calma se ha asentado como el agua sobre la arena ya mojada, se pierda la confianza y se tema realmente por la vida propia, pues la ajena ya se ha procurado un hueco libre en la salvación, lejos de lo terrible, de lo hiriente y la desesperación. No se desea llegar jamás a tal situación, ni siquiera de pequeños al presentir que vamos a ser arrancados de los brazos de una madre, aunque ésta sólo necesite unos segundos para poder cumplir mejor con sus veces de cuidadora, o en la adolescencia cuando el amigo, querido y fiel, se desembaraza de ti para los efímeros besos que la pareja le proporciona a solas. Todos aquellos instantes se van recogiendo pero se esparcen al olvidarse, y se crece, con la misma angustia de que pueda volver a ocurrir, pero siempre como un primer soplo helado, un miedo que comienza de la nada otra vez, aunque haya sido vivido en distintas situaciones tiempo atrás.

He podido exigir un epílogo mejor que este, pero he sido simple y he optado por el desagradable y desaliñado, el raudo y certero, el sencillo para los que se han tenido que encargar de mí. Noto que la tierra está comenzando a cambiar de temperatura. Ingenua, no sabe que mi cuerpo le lleva varios cuartos de hora de ventaja, en esta carrera inversa hacia la noche, hacia la desaparición y la nada y la llegada de la luna, luna, temible como en todas las historias poéticas. Es muy distinto cuando lo vives en carne propia, sentir que la tierra se va acolchando y se hace barro y suave bajo tu vientre; la sangre que está dejando de pertenecerte cuando más cerca está del suelo y la cobertura de tus ropas, porque así era más fácil, porque el disparo no te dejaría en un estado de quejidos y vinagre en el estómago, sino un paso a negro rápido, al cerrarse los ojos, al haberlo elegido tú, culpable bajo el halo de la luna, luna. Y comienzo a recordar unos lejanos versos que no dejo de repetir y hacer que me incordien por lo irónico y lo semejante a la imagen escrita con la mía real del instante final. A mi cuerpo le puede quedar mucho tiempo, quizá hasta el mediodía siguiente con demasiada desgracia, y balbuceo a algún dios que una manada de perros o lobos acabe conmigo para aliviar el trabajo mal hecho de quienes eran los verdaderos encargados. Mi cuerpo ha sido traicionado incluso hasta para dejar de ser una posesión, mío, ya nunca más. Ahora lo observo en sus últimos alientos, que mueven la arena que rodea la boca, nariz y ojos; vías de escape que no llegan a nada. Pero resisto unos instantes, quizá me río, no llego a percibirlo, ya la luz es demasiado baja. ‘El niño la mira, mira. El niño la está mirando’. Qué imbécil incrédulo, cómo te dejaste engañar. Demasiado tarde para los reproches y los insultos a un cuerpo inmóvil ―pero, sin embargo, se mueve― en mitad del desierto americano, el anochecer hará lo que desee con él, ya no me incumbe. No hay lágrimas ni consuelos posibles, he pasado a atravesar el humo y palpar con la mano el otro lado, sin temor a las huellas y el sonido de pisadas, pues cuando finalmente se es fantasma, el qué dirán sólo pasa a ser un recuerdo desechado de tu humanidad débil, olvidable y despechada, como piedras al límite del caudal, como la traición primeriza y todavía no demasiado impune. Camino de forma más liviana, aquí las imágenes se parecen a la tierra, y sus escenarios y ciudades antes cotidianos, pero en el pecho me desgarra una línea, y bajo el vientre siento arder los borbotones calientes que perdía en mi consciencia ultimada por una bala encargada, y encuentro tierra fría entre mis dedos, froto pero no se cae al suelo ―si mi suposición me permite creer que lo es, y no verdaderamente restos de éter―, se roza contra mis palmas y uñas; escarbo pero no recuerdo.  Quizás la línea y las manchas son más rojas al estar pensando en lo apartado, en cómo fui muerto y resguardado en esta carcasa de aire invisible que me permite ver, oír, vagar a propia voluntad donde me plazca, pero recordar, y ahí es donde el color se hace más intenso; trazos, casi púrpuras, sobre mi ropa que me señalan hacia los acontecimientos. Pero, ¿quién puede pensar que existe interés en saber o escuchar los desvaríos de algo que no será nunca más presente, que no tocará ni hablará? Aquí las palabras se pueden hacer tan extensas… La línea se ensancha en mi pecho, a veces se oscurece, no llega la luna a iluminarla. Tendré que rendirme, una vez más, y rendir cuenta a lo que no me permite continuar, y ofrecerle mi historia, la causa de mi voz perdida y resonante, la perdición que trajo aquella casualidad y que actualmente me tiene convertido en uno de esos seres en los que no se suele creer.

 

Yo sí creí aquel mayo en la suerte reidora y generosa, inalcanzable la mayoría de las veces, en la que te sorprende y se te tiende como una mano amiga, que yo besé en el momento de ser presentados, segundos antes de abrir el paseo por la Croisette hacia el edificio donde tendría lugar aquella nueva edición del festival de Cannes. Mediados de los ochenta y casi del año, el calor empezaba a ser generoso, se podía optar entre los esmóquines de encargo, cuellos solapados que huyen del tostado sol de costa, o ligeros conjuntos que ayudasen a respirar ante el oleaje fotográfico en los laterales, tras las vallas, como diques de contención, y algunos cedían. El mar, en cambio, estaba de lo más calmado. ‘Valérie’ me dijo con deleite, y apartó su extremidad enguantada para no perder el tiempo, pues no osó quedarse atrás a la hora del baño de masas. Como un escualo amanerado, se zambulló sobre la línea roja ―más ancha y pisoteada que la que permanece sobre mí―, y paseó la alfombra con gracia y aire de posesión, de seguridad. Era su terreno y todos debían aceptar la evidencia con una sonrisa. Ninguna de las demás estrellas ―aquí obviaré mencionar nombres, pues seguramente son de sobra conocidas los ejemplos referentes, también por precaución― igualaban el paso de Valérie de Lencquesaing, musa re-emergente del cine francés, tan crecida en su pedestal, donde los vientos no llegaban a la alta cumbre de sus lacados ―mucho, lo aseguro― peinados. Besos al aire a la derecha, a la izquierda, un saludo, un guiño, frases incomprensibles por muy altas que son dirigidas, todo acompañaba la multitud y la pólvora de la apertura de Cannes, cada año más exuberante, aun cuando pretendía pasar por recatado o austero. Y en absoluto.

Salí, me escabullí más propiamente dicho, para poder refugiarme en uno de los cafés más cercanos al bullicio, por si se me fuese a requerir para algún asunto, extorsión, por qué no, o ensayo de agasajamiento para conseguir lo que más se codicia en los festivales cinematográficos, y que siempre se tapan con la cortina de la competición y la entrega de premios: el dinero para financiar una película. No solía darse la situación, había gente más preparada que yo para esos menesteres, más mayor sobre todo, con menos conciencia. Me topé con el primero, Café Fabert, y me senté en la terraza para poder vigilar la algarabía de la prensa y los actores y directores. Cuánto ruido, a veces eran como frescos pompeyanos que habían cobrado vida, cuerpos en movimiento, vigorosos y de diamantes, que sienten constantemente el temor de ser robados y devueltos a su inmovilidad, por flashes en ese caso. Qué insoportable en el recuerdo, no sé por qué me decidía siempre ir a todos. Quizá la asfixia de los Estados Unidos durante los rodajes, los muros beige de los estudios de Los Ángeles, quizá el estar siempre fuera de lugar y tener que apoyarte en el exterior, como una baranda fría, para saber que te puedes encontrar con la oportunidad, extraña palabra, más aún si se produce. Tras siete años en el negocio, seguía a la espera, y ya comencé a considerarme en una postura inútil, romántica en su aspecto más peyorativo. Tras haber pasado por ser lector de guiones en un diminuto cubículo de los estudios Warner, había fichado por otra productora emergente, peleona e inusual en el círculo hollywoodiense, una mejora en mi diletante currículo, en la cual pude llevar a cabo la asistencia de producción de la, ligeramente conocida en Europa, Johnny Panic and the Bible of Dreams, un vodevil de acción, trasunto excesivamente libre de la obra literaria homónima, pero con buenos resultados de taquilla en Norteamérica y Canadá. Datos peculiares los de la taquilla, pues ni siquiera yo tenía seguridad en el proyecto, pero salió adelante: el director, en mi misma posición sentimental respecto al filme, firmó con pseudónimo y evitó gastar el total del presupuesto. Y ya está, triunfó, sí. Para mi beneplácito y mis apariciones y viajes al viejo continente, Johnny Panic… no consiguió la distribución adecuada en el mercado internacional al otro lado del Atlántico. Aquello de lo que se suele quejar uno en miles de ocasiones se vuelve en su contra y le da una palmada en el hombro, por clemencia, por ayudar, y me sentí de lo más aliviado de que, tanto en Francia, como España, Italia, Alemania o Inglaterra, no se uniera mi nombre al de semejante bodrio. Ya había comenzado mi huida, mucho antes de morir en mitad de un desierto, ya se prendió la mecha con anterioridad, pero delante de mi fachada ―una cerveza, un cigarrillo merecido, una terraza del sur de Francia atestada de turistas tornasolados―, tras mis gafas y bajo el sol negro de Cannes, yo no podía sospechar nada.

Las palmeras se mecieron sin apenas acompañamiento de brisa, las sombras diagonales me recorrían entero, también a la mesa y el par de toldos que protegían la entrada del café. Me abatió lo repentino que supuso esos instantes de calma con la fijación y la extrañeza de unas ramas, salvajes, columpiarse sobre mí. Intenté evadirme, despreocuparme, existir de verdad frente al mar, no elegir entre la nada o los años pasados y sus consecuencias. Yo, de repente, en otra parte.

Como de sombra, una mano vino a interrumpirme, posándose con fuerza sobre mi hombro.

―¡Increíble, inaudito!

Me volví, tras el previo brinco por el alegre exabrupto y la exagerada exclamación de mi futuro acompañante de mesa, para nada un cualquiera, pues de sobra, y a mi pesar, conocía a Jerome Fontinoy, productor de vieja escuela, como se acreditaba en las presentaciones o entrevistas ―lo segundo cada vez menos frecuente que lo primero―, y granuja imprevisible y atemporal. Conmigo, en cambio, siempre había demostrado una curiosa amistad, sonreía con sinceridad, y era entonces cuando más se asemejaba a un decadente Jack Palance.

―¡Jerome! ¿Tú en un festival europeo? Se nota que estás empezando a envejecer ―y procuré cuanto antes el abrazo, sin saber la alargada puñalada que supondría.

―¿Ves extraño encontrar un productor rondando por un festival de cine?

Hizo que me fijase en su brillante combinación, para resaltar la evidencia de sus intenciones, resumidas en su pregunta. Le gustaba hacer eso, darle la vuelta a las cosas, volverlas contra el interrogante y restregarlas por el rostro. No importaba si los fines eran buenos o personales.

―Tú, eres el que llevas tiempo fuera de plano, querido. ¿Qué te ocurre? ―me preguntó. Yo no supe encontrar una réplica decente, me limité a beber un trago e ir sacando otro cigarrillo, escondiendo bien la cajetilla bajo mi palma, pues no opté por la caridad tabacalera con Fontinoy. Ni nunca con nadie, al menos en un primer acercamiento.

―He querido alejarme, sólo una temporada.

―También los Fitzgerald se alejaron aquí una temporada, y fíjate como acabaron, ¡locos y borrachos, más si cabe! ―y Fontinoy se sentó a mi lado sin dudar ni un segundo, el chirriar de la silla al ser arrastrado no hubiera expresado mejor la molestia interior que sentí al dejarme embaucar por su negro encanto.

―¿Qué tomas?

―Pues ―e incliné el vaso para fijarme mejor en el licor, quizá cerveza, o sólo refresco, para darle una respuesta o evitar una muy larga conversación, pero me cortó.

―¡Chico, lo mismo para mí! ―y chasqueó los dedos y me señaló, mientras gritaba a la entrada del café.

No había nadie asomado, tardarían demasiado en traerle lo mismo que a mí ―y ojalá hubiese sido una buena copa de arsénico―. Miré hacia la Croisette, seguía siendo alto el número de energúmenos periodistas y estrellas de cine embobadas en su ritual de presentación. Entre la espada y la pared. Me quité las gafas en un intento de ofrecer una desaprobación visual más directa hacia Fontinoy, pero él repitió mi gesto comprendiendo que aceptaba su visita, sonrió más.

―Eso, acomódate…

―¿Decías?

―No, nada, algo de tos ―y me froté el pecho.

―¿Estás malo? Yo te encuentro mejor que nunca, querido. ¿No habrás pedido unas semanas de retiro para tirarte a unas cuantas francesitas por semana, verdad?

―No, Jerome. No sabría que códigos usar para tales argucias, ninguno de tus compañeros ha querido explicármelo. Quizá tú puedas ilustrarme.

―Ah, no, no ―dijo mientras volvía a colocarse las gafas de sol para mirar la playa―, hay veces en las que no es mejor compartir. Con la carne, mejor cuanto más egoísta seas.

Vi a Fontinoy escudriñar el paseo marítimo, las varias escaleras que llevaban a la arena, y a todas las mujeres, muchachas y chicas que por ellas circulaban. Las devoraba. Como en las películas de detectives, lo captado por él se vería a través de un filtro con dos agujeros en la mitad que simulasen la mira de unos prismáticos, para acercar más lo que, seguramente, desearía lamer y manosear.

―Los años pasarán, pero la sangre ahí abajo te sigue fluyendo a la perfección, Jerome.

Salió de su estado de estupefacción, me miró y se rió enseñando su dentadura, brillante como su reloj de pulsera; unas líneas de dientes que parecían ir a castañetear como si les fallase la sujeción.

―Con suerte, querido, a medida que envejeces la sangre dejar de bombear lo suficiente en el cerebro para regar con mejor fuerza tu polla. Las ideas no me interesan demasiado. Sí, dirás que un productor debe ser el espejo en el que se reflejan las miles de ideas que llega frescas de las bocas de directores tiernos y ambiciosos. Pero no, a mi lo que siempre me ha interesado es el sexo. Bombear y correrme, y si no gasto demasiado pues mejor.

Tuve que beber más, hacía tiempo que no oía semejantes barbaridades de alguien, de él, del mundo en el que me había educado una vez decides lanzarte al abismo del cine.

―Y a parte de follar como un jubilado de Miami, ¿qué ha hecho que te dejes caer por Cannes, Fontinoy?

―Uf, cuando nombras mi apellido es que algo de mí te está molestando, querido ―y me golpeó el hombro con un puño, con una camaradería que en absoluto deseaba. El camarero trajo su bebida.

―No, no, no es eso ―miré hacia el suelo, las palmeras todavía pintaban de negros los intervalos de la terraza con su sombra―, simple curiosidad. Por habernos encontrado, y tal.

―He recibido varias llamadas, y superiores me han ordenado que viniese hasta el sur de Francia para encontrar un actor, quieren hacerle una prueba para un policiaco, se rodará a comienzos de septiembre, si la cosa marcha bien. Está en alza, no es demasiado joven pero todavía es moldeable.

―No caigo.

―Sí, querido, sí. Espera ―y hurgó en su chaqueta y me tendió un pequeño póster, doblado por la mitad, al lado de mi copa, como la fotografía de un sospechoso en una mesa de interrogatorio. Me señaló uno de los nombres.

―¿Buscas a Willem Dafoe?

Fontinoy chasqueó los labios y empezó su copa ―era un Manhattan, nunca variaba en cuestiones alcohólicas― para explicarme con más tino todos sus propósitos.

―Así es, querido. Vauxhall, el director, mi socio, se puso en contacto con el productor, Irving H. Levin, y al hilo de comentarle su próximo proyecto, Levin le invitó a que se pasase por la sala de proyección de la compañía para poder ver una copia del filme y elegir a cualquiera del casting para que encontrara el actor más indicado para ofrecerle el papel protagonista. Fue así, y como consecuencia de ello, aquí me hallo en busca del señor Dafoe, dispuesto a negociar las condiciones para su contratación inmediata.

―Qué rápido se ha vuelto todo en mi ausencia.

―La década va camino de acabarse, pero nunca los negocios, querido.

―Te confieso que no la he podido ver todavía.

―¿No? Ya me extraña. Funcionó medianamente bien, e incluso fue premiada aquí, en el Festival de Cine Policíaco de Cognac. ¡Supuso el regreso de Friedkin, querido! De verdad se nota que andas un poco perdido desde la última vez que nos vimos.

―He visto otras películas entre tanto.

―Películas, películas ―se acomodó en su silla y se llevó los brazos a la nuca―, no se terminan nunca…

―Tu preferirías únicamente ver vídeos de Robert Palmer, ¿no?

―¡Mejor seleccionar a las modelos que en ellos salen! ―y se repitió su puño contra mi hombro y una estrepitosa risa.

Me llevé las gafas de sol hacia el inicio del pelo y me acerqué a la pequeña affiche de la película para observarla con detenimiento y ahorrarme las cada vez más excesivas vulgaridades de Fontinoy. A modo de sangrante contraste, era un productor de lo más aplicado y competente en sus funciones, he de admitirlo aunque me pese, atento incluso, y cada mil lunas o mil decenios, una persona delicada. Vivir y morir en Los Ángeles, de William Friedkin, repasé con los ojos, aún nublados del cambio de luz. ‘William Petersen a la cabeza, la foto por Robby Müller, música de Wang Chung’ musitaba. Tenía buen aspecto. Es importante que una película presente tal salud desde el momento en que el espectador distraído ve por primera vez el póster, y la historia congelada en él, para que como el mejor de los cantos de sirena, le convenza ciegamente y le lleve a la sala. Vivir y morir, y ahora nada más que recordar. Sí, ahora la desgracia me permite esclarecer y me otorga el placer de encontrar dónde se produjo el primer falso movimiento, el farol que me haría caer en la absoluta desgracia. El poster, maldito sea él y la película y Fontinoy y su dañina labia. Es cierto eso que una vez oí en una de esas perdidas conversaciones de espera, no sé si en una gasolinera o un restaurante, en las que se comentaba que el engaño no es más que una sucesión de notas disonantes pero correctamente ordenadas. Todo suena extraño al inicio, pero si se agudiza el oído, se perciben las escalas y arpegios que han hecho que tus manos sean atadas y te des cuenta de aquel trato que nunca deberías haber aceptado. Sí, ahora Fontinoy se vuelve a llevar las manos a la nuca y se ríe sobre mi tumba, que es ninguna, y tampoco fue benigna su perorata acerca de aquel actor y aquel proyecto de rodaje. Nada, en seguida se destapó su jugada y puso sus envenenadas picas sobre el tapete.

―Bueno, lo confieso, tendré que verla en cuanto vuelva a Los Ángeles. Encargaré una copia y llamaré para comentarte.

―No.

―¿Perdón?

Fontinoy se volvió de su libidinoso espionaje playero ―rozando, sin que yo me diese cuenta, los límites de la visión pederasta― y bebió un largo trago del sudoroso Manhattan que se deshacía como su saliva ante las jóvenes bañistas. Un ‘no’ que sonó demasiado brusco, demasiado para llevar cierto mareo ocasionado por la bebida y el calor amistoso ―o su intención, al menos― de la conversación casual ―o así lo parecía, al menos―.

―No. Lo importante no es la película. Tampoco la que está por hacer. No me interesan, no he venido a Cannes por asuntos de trabajo.

Me bajé las gafas de sol, preferí cubrirme, se avecinaban palabras de tempestad, los auténticos negocios las poseen.

―Ni una sola frase, ni una te puedo entender, Jerome. ¿Qué está pasando? ¿Por qué estás aquí?

Fontinoy, soberbio, cogió el póster y se volvió a guardar, esta vez en el bolsillo de fuera, introduciéndolo con violencia, arrugándolo, despreocupado por un asunto que no es real y que ha hecho que el telón caiga, desde muy elevada altura.

―No me importa nada de todo lo que te he hablado hasta ahora. Nada de lo que hay en esta ciudad de mierda. Nada, excepto aquello ―y señaló hacia el cine donde tenía lugar el Festival.

―¿Y que hay allí?

―Quién, mejor dicho, querido.

―Bien ¿Quién, entonces?

―Valérie de Lencquesaing.

Tuve que reír, mucho. Aquel que me había cogido desprevenido para hablar y despotricar con alusiones sexuales, aunque el tema no versara sobre ello, y enredos de estudios y contratos, tuvo todo el tiempo en mente una sola figura, muy alejada desde nuestra mesita, al lado de la espuma de flashes y mar, a la actriz Valérie, a su madura afrodita cinematográfica.

―Nunca pensé que fuera a encontrarte enamorado de una actriz, Jerome. Tú las prefieres de más baja estofa. No creo que sea mujer suficiente para ti.

―Porque una mujer brille más que otras, porque salga más en una pantalla de cine que el resto, ¿es ya motivo para que no la merezca?

―No, Jerome, no me refería a eso. Tus ligues, cómo decirlo con tacto, siempre se han movido más en el mercado prostibulario.

―¡Oh, querido, no siempre ha sido así! Estás demasiado anticuado, ya aparté algunos de mis vicios.

Cogió con aire heroico su Manhattan y bebió unos segundos. Descansó la copa. ‘Algunos’ añadió al guiñarme.

―Pierdes el tiempo hablando conmigo entonces. Corre, la película que ha venido a promocionar es la que abre el concurso, debe de ser dentro de unos siete u ocho minutos. Imagino que ella ya estará en el patio de butacas.

―Qué excitante, en el patio de butacas ―musitó Fontinoy, haciendo ya el amor a su actriz con el más absoluto de los pensamientos pornográficos―, pero no. De este modo tan directo no puedo llegar a ella.

―Vaya, sí que te tiene cogido por los huevos, Jerome.

A mi opinión, Fontinoy respondió con un violento manotazo sobre la mesa, un golpe que implicaba el silencio de mis pensamientos respecto a su actriz. Los vasos temblaron, en ellos los hielos bailaron y crujieron contra sus paredes de cristal. Fontinoy me agarró de las solapas para acercarme a su expresión de terror, las gafas de sol se me cayeron, pero ni el factor sorpresa de su reacción ni el ruido suscitado hicieron que los pocos clientes que aguantaban el sol se volviesen para remarcar el espectáculo que mi descerebrado amigo estaba dando. No me arrepiento de lo dicho, era cierto que Fontinoy se sentía domesticado por la imagen de la actriz Valérie. Ella, sin saberlo, tenía atado con una  herrumbrosa cadena sus muy adulados atributos masculinos.

―¡Ni una puta broma ni sarcasmo más por tu parte, me entiendes pedazo de mierda! La quiero, consíguemela.

Me soltó, con la mirada de un perdonavidas, y en verdad agradecí que la sangre no llegase al río, él era capaz. Algo aturdido por el zarandeo, pensé que lo mejor, para escapar de aquella insensatez de propuesta, era mostrar compasión y un intento de aceptación.

―Bien, ¿cómo quieres que te la presente?

Fontinoy vaciló, no se llegó a creer de primeras que, de repente, le facilitaría de buen grado una cita con la actriz Valérie, pero el alcohol ya evaporado eliminó sus pocas trazas de suspicacia, cayendo en mi engaño, y yo recíprocamente en el suyo.

―Querido, eres todavía joven, y para desgracia mía, más atractivo. No se te debe subir esto a la cabeza ―y se fue sacando un par de tarjetas de otro bolsillo de su chaqueta―, pero yo seré el que lleve la voz cantante en nuestra operación, en nuestro… trato. Harás lo que se te diga, hasta que al fin consiga estar a solas con ella. Tú, únicamente, la guiarás hasta mí.

Hablaba despacio, su timbre se volvió sedoso, era un discurso que traía trabajado, repasado y muy afianzado. No hay mejor actor que un productor de cine. Me tendió las tarjetas bajo la mano, las colocó bajo ella como quien esconde la perla en una ostra falsa. ‘Te llamaré, llegado el momento recibirás más indicaciones’ me dijo al oído, como apunte final de su magistral clase de persuasión. Fontinoy se alejó de la terraza, no sin antes dedicarme una sonrisa antes de cruzar la carretera y enfilar sus pasos hacia cualquiera de los hoteles en los que estuviese alejado. Se esfumó como mejor sabe hacer el Diablo una vez cumplido su propósito. No se había terminado su bebida ―yo tampoco―, las gotas se deslizaron del borde hasta la mesa, rodearon la copa y mojaron la sombra negra de las palmeras, todavía inquietas. Yo también.

 

 

Si te ha gustado el texto, continúa con La Frontera (II)

 

📷 Fotografía: Elena-lu

 

+ relatos de Luis Bravo aquí.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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