Xin Qian

Reflexiones de un gallego: Xin Qian

 

Un paso. Y otro más. No sé si quiero seguir avanzando o detenerme. Hace un calor irritante.

Un denso olor a pescado emana de un comercio sobre Montañeses y se arremolina en la vereda con el humo de los autos y la fragancia de una ciudad tensa que no descansa ni se relaja nunca.

Otro paso más. Creo que voy a desfallecer. Los colores se atenúan.

Necesito tomar.

Escaso de fuerzas entro en el primer súper que encuentro a tan solo dos cuadras de mi destino. Allí está ella, tía o mamá, sobre una silla de plástico abstraída en su celular. Dentro, los colores de los productos están difuminados como en una foto abandonada al sol durante días. El azul no es azul y el rojo no es rojo. Las verduras tienen un verde inerte. El vidrio de las botellas es opaco. La luz del local lo apaga todo aún más y el piso está sucio. La mujer es un reflejo vivo del ambiente, robotizada con su juguete ente las manos, impasible y perenne. Se encuentra en el centro geométrico del recinto pero podría estar en cualquier rincón. No se advierte. Sólo parece encontrarse allí.

Saludo sin respuesta.

Busco entre las heladeras. Abro una sin luz. Se me pegan los dedos. Alcanzo una gaseosa. Estoy transpirando.

Me acerco a la caja. Vestidita de blanco, una pequeña niña parece recomponer unos papeles con cinta scotch cuidadosamente sobre el mostrador.

Le muestro el producto. Reacciona sin mirarme. Lo importante es la venta y sus pequeños ojitos rasgados están a la altura de la botella. No hace falta más. Yo no importo. Asumo ese rol.

Benidorm, creo entenderla y me viene a la cabeza la localidad costera del mediterráneo español.

Le doy los ventidós pesos y observo su belleza delicada. Pelo negro. Piel muy blanca y vaporosa. Largas pestañas y manitos pequeñas, pacientes. Continúa trabajando sobre el papel mientras guarda la plata en el pequeño cajón de metal.

Como cualquier mercancía llegó a Buenos Aires hace poco más de un año, pienso. La trajeron unos tíos de Shanghai para trabajar durante años y saldar una deuda. Se ha abstraído a su suerte y no parece afectarle. Me aterroriza esta idea.

La contemplo desde arriba. Ella sentada. La perspectiva solo me ofrece el brillo excepcional de su cabello y el blanco del papel sobre el que continúa trabajando. Pasan unos segundos eternos. Desde el precipicio de mis ojos presiento una angustia sorda. Debe tener ocho o nueve años.

– Hasta luego, gracias.

Nadie contesta. Antes de abordar la vereda de nuevo, botella en mano me vuelvo. El robot de la silla no ha levantado la cabeza aún. O quizá sí. Mi linda e inocente cajera sigue a lo suyo también. Me revelo y entro de nuevo.

– ¿Cómo te llamas, bonita?

– Xin Qian.

No sonríe, sin embargo intuyo un pequeño gesto a medio camino entre la sorpresa primero y la desesperanza después. Sabe que solo pregunto desde mi lugar de adulto curioso sin pretensión alguna de sacarla de allí. Continúa trabajando el papel.

Abandono el lugar. Un paso más, y otro. Abro la botella. Doy un largo sorbo. Unos niños cruzan por mi lado jugando y gritando con un inusual brío a cuarenta grados de térmica. Ríen y se alejan corriendo. El sol nos insulta a todos.

Xin Qian. Me detengo y consulto mi celular. Xin Qian, ‘hermosa y feliz’.

Se ha parado todo fuera. Me giro de nuevo y la observo a escasos metros. Sé que ella lo percibe. Despacio, alza la mirada y clava sus pequeños y lindos ojitos en los míos. Es entonces cuando me pregunto, vencido, por qué a la vida le cuesta tanto juntar las dos piezas de este simple puzzle y completar su nombre.

 

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Acerca de Vicente Aguilar

Como dice mi buen amigo Joaquín la pasión deja cicatrices. A mi no me queda piel sana ya entre tatuajes y ‘pasionaduras’. Nací de la pasión y apasionadamente (estoy seguro, aunque nunca me lo dijeron). Esto sucedió en Madrid el siglo pasado. Vivo pues desde la pasión, para la pasión, por la pasión, tras la pasión …. y podríamos acabar casi con todas las preposiciones pues encajarían como un puzzle en el día a día de mi agitada vida. Cocino, como, hago el amor o follo (según se tercie), río, lloro, trabajo o escribo con pasión y eso es todo lo que puedo ofrecer. No entiendo de otra cosa. Es por ello que, desde aquí quiero comunicarme apasionadamente y recibir el calor de vuestra compañía que confío esté a la altura de este secretillo mío que ahora acabo de desvelar.
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