La frontera (II)

(Continúa de la anterior: Tras la proposición, o más bien imposición, de Fontinoy hacia el protagonista para conseguir que pueda contactar con la actriz Valérie, y así poder tener con ella  un encuentro sexual y nada romántico, nuestro narrador se dispone a dar los primeros pasos en su complicada tarea)

 

Desde el interior del salón de proyecciones se escuchaban las palmadas, más o menos efusivas según vinieran de las primeras o últimas filas, pues al no poder ver las manos mi oído me llamaba a engaño para poder hacerme una vaga idea de cuál había sido la valoración del público y el jurado ante la película. Las puertas se abrieron y comenzaron a salir, me levanté de las escaleras que llevaban hacia las gradas superiores para poder abordar a la actriz, ‘La Actriz’ resonó en mi cabeza, con las voces de Fontinoy y la mía mezcladas al evocarla. Los primeros comentarios me envolvieron junto a las personas que los soltaban, a bocajarro, como si fuese una necesidad de esputar: ‘Bueno, puede que si la vuelvo a ver… ’, ‘No sé, ella está forzada’, ‘Muy buena, excelente’, ‘Horrible. Detestable. Falsaria gilipollez’, ‘Un clásico, lo sé, acabamos de ver un clásico’, ‘Ha renacido, ella ha vuelto’, etc. Ella había vuelto, sí. La prensa cercaba en esta ocasión con mayor ahínco al Festival de Cannes, por ella, pues se suponía que los ‘años del arroyo’ de Valérie de Lencquesaing ya habían terminado, y aquel mayo serían las cenizas de las cuales se alejaría emprendiendo un renovado vuelo. Igual de ágil se colaba entre las hojas de los periódicos como en la muchedumbre a la salida de su proyección. Acompañada de uno de los productores y sus compañeros de reparto ―más jóvenes, por supuesto―, se escurrió de los posibles peligros y atentados que una celebrity de su categoría podría sufrir en tal ocasión: halagos desorbitados, firma de autógrafos, admiradores de comisuras brillantes por la baba que cae al mirarla. No, la actriz Valérie ya tenía ases ocultos para saber deshacerse de los estorbos. Con un solo pose en el hombro de su productor, consiguió que el rumbo de salida cambiase al que deseaba, y pudo llegar en cuestión de segundos a las escaleras que mostraban una Croisette desierta, roja, muda. Imité su táctica y superé, con más dificultad, el abultamiento humano que discutía e intercambiaba opiniones, defendiendo o ultrajando una simple obra de hora y media ―e incluso la duración era motivo de queja o celebración―. Atravesando en soledad la alfombra, la actriz Valérie caminaba sin detenerse, quizá con miedo de volver la vista atrás y sentir deseos de quedarse, en un sitio que ya no le pertenecía del mismo modo que hace treinta años, se negaba a saborear la amargura de un exilio impuesto que había finalizado, pero la libertad ganada nunca volvería a ser igual. En las escaleras la observé, su vestido diáfano hacía más precioso el tejido que lo pisaba, parecía dispuesto únicamente para su lucimiento. En mi inexperiencia como espía, me propuse seguirla con sigilo, con el riesgo que dispone estar los dos solos, frente a su espalda, que empequeñecía entre el paseo francés frente al mar, entonces más enervado. Sus pasos dibujaban ondas oblicuas en los pliegues, pensaba que ocurriría lo mismo en su piel, en la espalda descubierta, tan bien delineada, y los muslos que se entrecruzan. Al confiarme demasiado, se volvió. El miedo de la sorpresa me ahogó, del corazón a la nuez, como si hubiese sido pisado sobre el asfalto. No alcancé a divisar la expresión en su rostro, el viento le entrecruzó los cabellos con los rasgos, se quedó sin rostro al pretender descubrir quién era. De nuevo me encontraba, entero y frágil, en otra parte. Continuó sin alertarse, siguió desfilando para mí, llegó hasta la acera, terminado el trayecto de alfombra al Festival. Desde otro tiempo, llegó un coche a recogerla. Ella esperaba, como una esbelta cariátide que sabe de sobra el atractivo que ejerce sobre los que la miramos y deseamos, y no se movió hasta que el Morris-Léon Bollée se detuvo a su altura, con la puerta trasera a la distancia exacta de su brazo, tan blanco sobre la carrocería negra, parecía débil. En un coche que no había previsto, la perdí.

 

¿Es diferente si agonizo cuando estoy muerto que en el instante de enamorarme? Qué curioso, no recuerdo haber emitido sonido, quejido o bramido alguno durante los segundos que me llevó perecer de forma física; agarré con fuerza el polvo que me rodeaba para soltar mi última bocanada, y nada más. No hubo, no existió ese final literario que se busca en el lecho de muerte. Ahora lo rememoro, es ridículo verse así, ya me parece algo tan lejano e inútil la pose de cadáver. Qué necio.

Su funesto coche dobló por una de las calles que más abajo se perdían en la rectitud del bulevar, no quise seguirlo a la carrera porque el traje de aquel soleado día era alquilado y yo no era ningún héroe de comedia romántica. Sí me retumbaban las sienes por las últimas frases de Fontinoy, su gravedad de fondo marino en la voz e indicaciones que debía recibir con prontitud para poder cazar a su presa. Volví a mi hotel visualizando las sábanas de mi cama, sobre las que me lanzaría de cara para con un poco de suerte quedarme inconsciente y no hacer más caso de la realidad que se comenzaba a tornar demasiado absurda. Volví al hotel, previo paso ―de hora y media como mínimo― por el bar, y acabé encontrando de nuevo esa calma que había perdido con muchas horas de anterioridad. Claro que, en estos instantes, en mi estado, que hable del tiempo y su calma producida es una imbecilidad. Pero no dejo de olvidar que ya no me envuelven carne y huesos, sino humo y velos grises, que me harán reposar para siempre, lo desee o no. Medio vacío y en penumbra, entré en el bar para colocarme a mis anchas en la barra. Al camarero, después de descifrarle su muy marsellés, aunque amable acento, le pedí un Manhattan. No es que la belleza de la actriz Valérie me hubiese supuesto un revuelo para mis asentados gustos y cánones femeninos, sólo pretendí probarme la piel de Fontinoy, su posición y formas. Si debía realizar un acercamiento en su nombre ante una estelar mujer, pero todavía ―y más― una desconocida, nada mejor que sentirse otro con la bebida preferida. No estaba mal al primer sorbo, los tres siguientes no borraron mi apreciación inicial, al vaciar el vaso me observé en el espejo de los estantes de botellas, buscaba mi reflejo entre otros cristales ocres, pero no vi nada excepto  un pobre beodo. Con el estómago alcoholizado, Fontinoy en líquido me desbarató las entrañas, si bien ya lo había hecho desde fuera aquella mañana. Mientras luchaba por no caer rendido al suelo como un adolescente en su primera escapada etílica, el bar del hotel se fue llenando progresivamente con público y demás grueso de alojados. Voces y pasos enérgicos y entusiasmos y saludos en voz alta se iban aglutinando en la espaciosa sala que, según parecía, se había reservado aquella tarde para poder realizarse una serie de entrevistas a directores, escritores y otras variadas profesiones artísticas de foco o pluma. He acudido, como fan y trabajador en mis principios, a muchas sesiones de ese tipo, pero tuve suficientes llegado el momento: todo se volvió una película demasiadas veces montada, con el negativo a punto de quemarse. Aterrado por el pensamiento de quedar hundido entre una posible avalancha de cámaras fotográficas, televisivas y los fans que siempre las acompaña, me esforcé en espabilar y huir de allí. Entre la algarabía, junto a mi chaqueta cuidadosamente doblada sobre la barra, alguien se había dejado una serie de ejemplares, dos pequeñas novelitas que seguramente tenían como destino ser firmadas por su autor correspondiente. Cansado y abrumado por el apoteósico suceso, cogí mi chaqueta y los libros y subí las escaleras de tres en cuatro, pues ni a la tibia conversación de ascensor quise dejar lugar. Negándome el placer que traía en mente al principio, me tumbé boca arriba sobre la cama y bajo la calma de mi habitación. Di gracias a Dios, y no lo recuerdo haber dicho con más satisfacción en ningún otro momento de mi vida. Intenté dormirme, pero el sopor y el gusto que me pinchaba desde el interior de la garganta me llevaban a girar con lentitud los ojos, rodeaba con ellos el espacio, desde la televisión hasta los muebles y la sombra que se alargaba desde el baño, las paredes añiles con papel barato; la puerta entreabierta se balanceaba y mi atención cambió hacia la terraza: una corriente se colaba y me obligaba a estar más despierto. ‘Se acabó’ y me desinteresó relajarme, el miedo ―adolescente― de vomitar de más por las arcadas candentes. Erguí mi torso, sin la precaución de hacerlo de lado, y me llevé la cabeza entre las rodillas, colgadas en el final de la cama. Me había dejado puestas las gafas de sol, y con razón el cuarto llevaba una oscuridad de más, a pesar que todos los hoteles costeros me han parecido siempre los lugares más tétricos de la tierra, más que un cementerio inglés o una pasarela de moda japonesa. Estiré la mano hacia mi chaqueta en busca de las dos novelas que habían abandonado. Eran ediciones más o menos recientes, una con tres años de antigüedad. Cigarrillos de Harry Mathews y El azul del cielo de George Bataille. ‘Buena falta me hacen ambas cosas’ dije dejándolos con desaire sobre el colchón. Me froté mis bullentes párpados, necesitaba salir de aquella asfixia. Desde el balcón, con el zapato acodado entre los barrotes metálicos, observaba la costa de Cannes. Me adelanté por cuestión de minutos al atardecer y la retirada de los últimos bañistas ¿Seguiría Fontinoy su vigilancia de jóvenes vírgenes, o simples jóvenes, por los paseos y cafés? Así va la industria… Me encendí un cigarrillo, el día ya se había alargado lo suficiente. No hay mejor manera de borrar lo ocurrido que fumar, lenta y sanamente, sin masticar el humo tras la calada. Fumar distingue a las personas, la marca, la postura en la que descanse entre los dedos, los lugares, el instante. Nunca he sabido por qué ese odio tan poco infundado hacia el tabaco. Ahora estoy muerto, pero me fumaría encantado uno, cualquiera que me ofreciesen, no estoy en condición de hacer ascos. Tan perdido en mis pensamientos como ahora, tardé en darme cuenta que el teléfono comenzó a sonar.

―¿Dígame?

―Ah, querido. Mi pequeño mirlo, mi queridísimo joven mirlo…

―¿Fontinoy?

―¿Acaso no he hecho el suficiente énfasis en lo de querido? Parece que seamos recién presentados, joder.

―¿Estás borracho?

―Preguntas, preguntas  y más preguntas… ¡Sí, querido, así es! Yo prefiero decir ‘achispado’ o ‘alegre’ ―y empezó a reírse, tanto que el sonido se enlataba entre su teléfono y mi oído.

―Si no te importa, en estos momentos no me tengo demasiado en pie para escenificar que me importas o interesan tus desvaríos. Llámame más tarde, si acaso mejor mañana.

―No cuelgues. Ni se te ocurra.

La voz de Fontinoy volvió a sus mareas huracanadas, más incluso por el agravante que le proporcionaba la pobre calidad de telefonía hotelera. Aunque con temor, me hice el frío, jugué con la ventaja de que no me mirase a los ojos.

―Si te inquieta algo, y no puedes esperar a dormirte sobre tu propio vómito, suéltalo ya.

―No te hagas el sarcástico, no se te da nada bien. Hemos dado por empezado nuestro juego, querido. Las reglas ya están dispuestas para que puedas comenzar a hacer uso de ellas, siempre bajo mi dirección de mando.

Espanta lo lúcido que sonaron aquellas, por otra parte, lunáticas frases. ‘¿Hemos?’ pensé. ¿En qué momento mi peligro y deuda improvisada con Fontinoy se habían pasado entre manos, a un plural que no conocía y seguramente fuese así su anonimato hasta el final de la partida? Cerré las puertas de la terraza, me lo permitió el alcance, percibí ser observado.

―Bien, tú dirás ―contesté, más serio y centrado.

―Mañana has de hacer un viaje. Conoces bien la ciudad, que eso no te inquiete ni despiste de tus ocupaciones. A primera hora te dirigirás a la estación, irás con lo puesto, puede ser lo que llevabas hoy, no te sentaba mal. En una de las consignas recogerás una pequeña maleta, tiene ropa, seiscientos mil francos, y demás enseres necesarios para sobrevivir durante la persecución. En la taquilla, un billete a mi nombre (estás protegido, querido, en ningún momento tu nombre será desvelado). Llegarás a Saint-Lazare sobre las nueve de la mañana. Desde el momento en que estés en París, eres tan libre como prisionero de las acciones que consideres necesarias para llegar hasta ella. No he podido averiguar su alojamiento, queda al tanto de tu perspicacia. Duerme, y cuando debas, despierta.

Fontinoy me colgó, también del aliento, con sus manos frías y delicadas, como un guante de alta sociedad. Recordé que me había dado un par de tarjetas antes de despedirse aquella mañana en el Café Fabert, las busqué en los bolsillos de mi camisa y chaqueta. Sólo encontré una, la otra debió de caerse en mi intento por llegar lo más rápido posible al hotel. Las esquinas estaba arrugadas, decoloradas por el sudor o el fondo de bolsillo, beige como el tejido. La destrocé sin leerla, sin permitir que lo que en ella escrito se dirigiese a mis ojos y me diese información de más, un hecho que, vista la situación en la que Fontinoy me había enjaulado, pudiera adquirir un peligro de insospechada magnitud. Me daba un saber que, llegado el momento, se volvería acción, ¿pero contra qué o quién? ‘No, no la leas, no lo menciones. He aceptado un trabajo peligroso, he acordado algo con todo un psicópata. Es decididamente una de las amistades ―¿es el término correcto?― más afortunadas que puede tener un futuro muerto. Vamos, vamos, no exageres, tómalo como un riesgo asegurado, una aventura, la posibilidad de alcanzar aquello que se suele cazar una sola vez en la vida. Veré la luz en las tinieblas, le daré sentido, y cuando finalice este viaje secreto, encontraré el amor olvidado. Bueno, más bien, lo haré entregar a otro, a quien lleva las manos frías y sucias’.

Llegué a París en un paréntesis de indecisión. Fue breve, no había sitio para arrepentirse, para el colapso, ya había aceptado el billete a un nombre y la maleta con el dinero, puede que robado, hurtado, honrado incluso. ¿Y la propia maleta y el resto de contenido? A saber. El mareo que me circulaba de un lado a otro del cerebro era considerable. Pedí un aperitivo para llevar en uno de los puestos que habían instalado cerca de los andenes, todavía grises y repletos de pasajeros vaporinos, de rostros impenetrables y gabardinas negras que saltaban para llegar cuanto antes a sus cometidos, puede que no tan limpios como su oscura indumentaria. Sí, había llegado a la ciudad que, entre otras, sabe guardar bien el misterio entre su tan fotografiada amplitud urbana. París, como el motivo que nos empuja, conviene conocerlo con exactitud, pues si no estás condenado a perderte.

Hay ocasiones en las que realmente alcanzamos la fortaleza, la que nos ofrece una inmensa recompensa aun sin haber realizado acto alguno, para nosotros o para otros, ella llega y nos desarma para llegar a la raíz de nuestra piel, nos ofrece la posibilidad y queremos llegar al final victorioso. Poder, y contadas veces se te ha podido presentar sin saberlo. Me fijé en la publicidad de una marquesina, el letrero blanco sobre el anuncio de una agencia de viajes: ‘Cae, cae eternamente, cae al fondo del infinito, cae al fondo del tiempo, cae al fondo de ti mismo cae lo más bajo que se pueda caer, cae sin vértigo’. Pequeño mirlo, cómo llegaste a temblar al pararte y leer aquellos versos tan mal utilizados al ser acompañados de imágenes de un avión y una familia a punto de embarcar. Tirité, caí, y volví a la realidad.

Me acerqué a los espacios parisinos por excelencia, crucé las calles Saint-Lazare y Du Rome para llegar al venoso bulevar Haussmann, todavía un río que guarda los sonidos de siglos anteriores, proustianos; llenos de fiestas y carruajes desgastándose por el peso de los fracs, junto a los ecos más modernos, con guapas mujeres que ejercen de maniquíes momentáneos a la vista del transeúnte, y hombres veloces, puede que sin rostro fijo según dependiese del día u horario, pendientes del reloj y la programación televisiva. En un quiosco vecino a la boca de metro Havre-Caumartin ojeé los distintos suplementos y periódicos dispuestos por el propietario, escudado en su montaña de papeles, enjuto y con una mirada que eludía todo intento de amabilidad ―por su edad, no se puede esperar otra actitud en mitad de la ciudad―. El hombrecillo empezaba a impacientarse, se encendió un cigarrillo. Temí que el muy suicida quisiera prender fuego a su propio puesto de empleo con tal de que me largara y le disturbara con mi expresión extranjera y desencajada (no todas las emociones las tenía digeridas aquella mañana), que una de las azarosas cenizas rojizas se me enredaran en las manos o cabellos por el toque de su cigarrillo entre sus dedos, que con un único aspaviento me hiciese arder, añadir quemazón a mis ya prendidos nervios. Recogí varios y pagué sin dedicarle gesto alguno, puede que pagase de más mientras caminaba bulevar abajo, rumbo a la rotonda de la Place Diaghilev; la válvula que enviaba y organizaba a las hordas de compradores de las Galerías Lafayette y las invitaba a diseminarse por otros distritos. Era una plaza que ejercía como tal: imponía su dirección sobre los paseantes. ¿Hacia dónde yo?

 

 

(Continuará)

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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