Distopía presente

Fue en marzo de este mismo año.

Fue en una ciudad cualquiera de Estados Unidos.

Y la chica… la chica apenas tenía 15 años.

No llegué a ver el vídeo en directo, de haber podido me habría negado. Pero no se puede huir del mundo y en el mundo eso fue noticia… La masa, enloquecida, utilizó la red para viralizar los datos y el vídeo no tardó en llegar a mi pantalla.

Bastó un segundo, un segundo de esos ojos inyectados en sangre, de esa garganta que aullaba sin voz, de esa cara retorcida de dolor y teñida de púrpura. Un segundo y vomité. Vomité, gemí y lloré mientras, impotente al respecto, escuchaba el sonido del video procedente de mi teléfono, que disfrutaba un baño gástrico a la sombra de mi retorcida y espasmódica sombra.

Una vez me hube relajado y mi teléfono me hubo dado el gusto de morir, no sé si ahogado o consumido por mis ácidos, me permití disfrutar del silencio hasta que un grito de impotencia proveniente de mis más oscuros e ignotos abismos quebró mi conciencia.

Esos ojos moribundos y vidriosos; esa luz que volaba lejos,  movida por la repentina desaparición de toda inocencia infantil; ese grito vacío y esa tez tallada en dolor; esos inmaculados labios, desgarrados por la necesidad de expresar horror, me laceraban, corrompiendo mi ser y produciendo, con los restos de mi espirituales entrañas, la más titánica de las iras y las más diabólica  de las voluntades.

Durante unos momentos, un ser profundo, primitivo, incógnito y esencial se apoderó de mí. Mis ojos helaron, mis músculos ardieron y mis muelas se comieron las unas a las otras. Sentí lo oscuro que había dentro de mí.

No tardé en rencontrarme. Me tranquilicé y pensé que no podía ser para tanto, que la violencia no estaba tan extendida y que, en ningún caso, el uso de la misma solucionaría nada. Que si nos manteníamos apegados a la educación, a la incitación y promoción de valores positivos, a la libertad y a la civilización todo se arreglaría. Que ese era nuestro camino, que ese era el camino hacia el cambio.

Pero al mes siguiente violaron a otra niña. Cristina, suiza, once años. Al siguiente, las víctimas fueron dos, María, una adolescente italiana y Antonio, un chico español.

En Junio, tres meses después de la primera desgracia, se produjeron más de cien emisiones en directo de violaciones a través de varias plataformas online. Todas las grandes corporaciones, presionadas por gobiernos y masas de ciudadanos asustados, trataron de pararlo, pero era demasiado tarde. La violación en directo era el nuevo espectáculo. La masa lo quería, la masa pagaría y, por supuesto, no faltaría quien quisiera dárselo, quien quisiera enriquecerse con la sed de sangre, de violencia y depravación que el Público, de enormes fauces e insaciable estómago, estaba empezando a desarrollar.

Mucho se habló. De reforma, de educación, de responsabilidad, de una lejana y ya perdida humanidad.

Pero daba igual, la masa siempre quería más, siempre más. Quería dolor, gritos, sufrimiento, lloros y desgarros. Primitiva, exigía y obtenía los más deplorables estímulos; mordía y rasgaba la sensatez; olvidaba su educación, su valor y su potencial virtud y, al final, por más que se hiciese, retornaba a asesinar y disfrutar, pues su hambre de sangre y vísceras, recién surgida, ya no se podía saciar.

Yo sufría todo esto, confuso y perdido, en las oscuras llamas de la impotencia consumido. Trataba, desesperado, de encontrar una solución, de hallar un camino que me permitiese salir de aquel sinsentido.

Hablé, con alumnos, con maestros, con amigos. Todos en lo abstracto, todos encerrados en sus mentes. Todos ausentes de la realidad incoherente que nos rodeaba.

«Educación, política, reforma, valores, religión…»

Que mas da, todas respuestas vacías, todas desperdiciadas energías.

La violencia no dejó de aumentar, ya no se retransmitía en directo. Habían empezado a vivirlo. Habían empezado a reunirse en almacenes, prostíbulos y demás rincones del despiste.

Lo hacían en vivo, como una representación, con entrada más consumición, con sillas y gradas para levantarse y gritar, para restregarse y gozar como demonios de la antigüedad. Todo era cada vez más real, y, cada vez más, los ojos rojos y los dientes apretados de aquella primera niña, su garganta vacía de voz y su mirada sin luz me atormentaban, arrollaban y acusaban. Los restos de una infantil moral me acuchillaban la espina dorsal e, introducidos en mi cuerpo hasta haber alcanzado el centro, me desgarraban por dentro al ritmo de un terrible cantar cuyo único verso era «inútil» y cuya única melodía eran los gemidos de la niña al morir.

Fue entonces cuando, en lo más hondo del terrible y seco calor de ese verano, aquel impulso negro toco mi alma y la llenó con la rabia animal y la necesidad visceral que son capaces de llevar al justo a matar y de transmutar el bien en mal.

Hablé con quien tuve que hablar, pagué a quien tuve que pagar, inquirí en busca de la dirección, del nombre, del momento.

Y todo estaba tan extendido que no me ocupó mas de un día encontrar el templo maldito a la fechoría.

Un garaje periférico, gris y rojo, tercer piso al fondo. Un olor morboso, a sudor frio, a miedo y a dolor sufrido. Una atmosfera opresora, pesada. Y una turba, vociferante, excitada, que exigía su espectáculo, su ración de dolor.

En el centro de todo un espacio en blanco, un cuadrado de no más de siete metros de lado bien iluminados. No había nada en él para que, desde cualquier ángulo, se pudiese apreciar en la mejor definición cada momento y cada detalle de la terrible y próxima acción.

Me introduje en la turba multiforme compuesta por hombres y mujeres de distinta procedencia y ascendencia. Sobacos que olían a cebolla y cuellos llenos de joyas, miradas bizcas y cocaína repartida a pizcas, bocas húmedas y excitadas, las almas abandonadas en la entrada.

Atravesé esa confusión y me adjudique una buena posición, en primera fila, cerca del verdugo, cerca de la víctima.

De repente, todos callaron y empezó: un hombre calvo de venas anchas y palpitantes en la frente, de ojos hundidos y poco elocuentes, surgió de la turba con una chica rubia, menuda, de labios rojizos, semidesnuda. Un pecho se le salía y las pequeñas y sucia bragas apenas la cubrían.

Pero a ella eso no le importaba, lo que se acercaba la había dejado sin habla, solo el miedo ya le había arrebatado el alma.

El hombre la tiró al suelo, al centro del cuadrado blanco, inmaculado.

La turba gritó, se excito y empezó a exigir más.

-MÁS, MÁS, MÁS-.

Las manos, grandes y temibles, sujetaron el cuello y cadera de la niña, forzando la posición canina.

-MÁS, MÁS, MÁS -.

Bragas retiradas y el sonido de una bragueta al bajar. Una mano asfixiaba, la otra sometía. Todos callaron por un momento y, al segundo, la sierpe del demonio estaba dentro y golpeaba como ariete.

-MÁS, MÁS, MÁS-.

Y la niña no podía dejar de gritar

-MÁS, MÁS, MÁS-.

Un lloro rojo invadía el lugar.

-MÁS, MÁS, MÁS-.

Desgarro muscular, rotura fibrilar y el chillido que me hizo estallar. Levante mi brazo, armado, listo para matar. Nadie lo notó, nadie se percató hasta que el disparo sonó y la bala atravesó la sien izquierda de aquel cabrón.

Un silencio repentino, un gritar vacío y un exclamar sin ruido.

La sangre caliente borboteaba tiñendo de un negro tinto la malvada cara del secuestrador.

La masa estaba quieta y callada, confusa y desilusionada.

La niña se giró, observo el cadáver y sonrió. Después, al ritmo de su grotesco carcajeo, se levantó y se acercó a mí.

Mi brazo, aún tenso y estirado, delator de mi homicida acto, la apuntaba. Ella, sin temor, sin inocencia, se acercaba riendo cada vez más, enloquecida quizá.

Se detuvo delante del cañón, lo chupó y, mirándome al alma, con un susurro me rogó:

-Más… más… más…-.

 

Cuando el humo empezó a salir del cañón, su descabezado cuerpo aún no había tocado el suelo y sus cabellos dorados aún flotaban en el aire.

-MÁS, MÁS, MÁS-.

 

📷 Max Newhall

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