Carne de yugo

 

Una tarde fría de Diciembre, Miguel caminaba con la cabeza metida en la punta de sus viejas botas, pitillo de medio lado en la comisura de la boca. Vestía sobre su cabeza, una gorra colocada de manera ladeada. Volvía de terminar la jornada vendiendo verdura en el mercado de la Cebada. Cuando se retiraba con las cuentas que podían restar el hambre, tornó la última esquina de camino a la casa de huéspedes, donde escondía el miedo a ser reconocido en una habitación alquilada. Al momento, una emoción encadenada al silencio gritó para sus adentros, provocando al momento, una palidez que hacía temblar sus delgadas y firmes piernas. En esa misma calle, en el número 2, cuatro personas aguardaban con una actitud algo nerviosa la llegaba repentina de algún vecino. Esa noche comenzó la lucha de Miguel por sobrevivir en la cárcel de Porlier.

Miguel, llevaba encarcelado cerca de dieciocho largos años. Los mismos con los que fue sorprendido en Madrid, allá por 1939. Hacía tiempo que pasó a ser veterano de la prisión. Su mente ya hacía estragos, a causa de las sesiones de tortura que de forma programada había sufrido su cuerpo. Pero seguía manteniendo su curiosidad. Los años pasaban de forma mortífera en un patio robusto y gris, donde el monótono movimiento que podía despejar la mente de los presos era únicamente circular. El recorrido restringido y duramente vigilado, no había logrado socavar la dignidad del espíritu colectivo. Y eran miles las fantasías que mantenían a los presos con vida.

Un día, mientras Miguel volvía a la galería con los demás presos, divisó un pequeño pájaro petirrojo que se posó en lo alto del muro del patio central de la prisión. Sus colores y su canto, causaron una sensación de alivio y paz en el ánimo de Miguel, que si bien apenas gozó de unos segundos de aquella imagen y de aquel sonido, fue suficiente para despejar la nube gris de sus pensamientos. Rápido, la atención de los guardias se centró en recordar quién marcaba la norma, y con un severo golpe en el lateral de su cadera lo empujaron para los pasillos laterales de la prisión. Aún así, aquellos pocos segundos de paz recrearon en su mente un vuelo fugaz, por encima de los muros que le mantenían preso, y desde donde podía divisar los campos verdes de su pueblo.

Con la ilusión de un niño, que sueña con la esperanza ciega, se mantuvo algo distraído el resto del día y parte de la mañana siguiente. Durante la noche, algo se le había ocurrido. La soledad de una celda mohosa avivaba los sueños. En la hora de comer, Miguel guardó un mendrugo de pan duro. Era sorprendente poder ver este tipo de gestos. Pues el hambre que sufrían los presos era fuerte, hasta el punto de llegar a la simple subsistencia. Algo importante tenía que estar recorriendo los pensamientos de su cabeza, pues rápido, tras el primer aviso de vuelta a la celda, salió corriendo como si le fuera la vida en la carrera. Entró en su celda. Rápido se puso sobre la cama, y con el temblor aún en las manos, comenzó a desmigar el pan duro sobre el cerco de la pequeña ventana, por donde pasaba lo único que podía percibir de la otra vida. Cielo, sol y viento.

La mirada de Miguel quedó fija en el resquicio de cielo que asomaba por su ventana. Acompañó la espera, de silbidos ligeros, como intentando imitar la llamada amiga de algún pájaro. Siguió realizando la maniobra durante al menos una hora. Momento en el que la esperanza se presentó frente a sus ojos, en forma de una pequeña ave. Que de ser atrevidos, podríamos decir que se parecía al petirrojo del día anterior. Miguel no cabía en sí, el pecho se le aceleraba y su sangre brotaba de nuevo viva. Vio comer al pájaro con la mayor de las alegrías, con la misma mirada de un niño en el 6 de Enero. En su deleite, se fijó en una pequeña herida que el petirrojo traía sobre su ala izquierda. Enseguida buscó cualquier cosa que pudiera ayudarle a curar a su pequeño compañero. El pájaro se dejó coger, con tranquilidad puso su devenir sobre las manos de aquel hombre, que mantenía el amor a pesar de estar condenado a muerte.

Durante varios días, Miguel estuvo cuidando a Pichón, ya bautizado por todos los presos de la cárcel de Porlier. Con el ala ya recuperada, Miguel con cuidado colocó a su nuevo compañero sobre el borde de la ventana, intentando no llamar la atención de los guardias que miraban hacía los muros de las celdas. Con delicadeza, abrió las manos y le susurro, – Vuela, Pichón, que ya eres libre-. El pájaro enseguida abrió sus alas rojas y echó a volar con la alegría de volar libre de nuevo.

Algunos días después de la liberación de Pichón, cuando la hora de paseo por el patío acabó, Miguel subió rápido a su celda y con mucho cuidado puso algunas migas de pan en el marco de yeso de la pequeña ventana con barrotes. Había repetido este gesto en otras ocasiones, y había guardado la esperanza de volver a ver a su compañero. Pero esta vez, comenzaba a pensar, que se había marchado para siempre. Desanimado, pasó a tumbarse en la raquítica cama que rellenaba el vacío de su celda, para leer algo parecido a un poema, que los compañeros de prisión le había pasado en un papel de fumar durante el paseo circular matutino. Apenas había comenzado a leer, cuando escucho un minúsculo aleteo que le abrió el pecho de par en par. En la ventana se posaba de forma graciosa un pequeño pájaro petirrojo, -Hostia, Pichón- exclamó, a la vez que saltaba de la cama. Enseguida se puso en pie, y con el mayor de los cuidados posó su mejilla en la fría pared para observar como comía. Pichón apenas se inmutó con la presencia de Miguel, y continuó comiendo sin pausa las migas que este le había puesto. Miguel disfrutó cada miga que entraba en el pico de Pichón, imaginó como sería estar de nuevo fuera de los muros y ver desde las alturas las praderas de Carabanchel, donde había tenido lugar su juventud, jugando sin parar en el Campo de la Bota. Finalmente, tras el banquete, Pichón volvió alzar el vuelo y se perdió tras los muros grises de Porlier.

Miguel volvió a realizar el mismo rito una y otra vez, logrando susurrarle algunas canciones y versos a su nuevo compañero. Miguel estaba encantado, su compañía mitigaba la soledad y el frío de la celda. Pichón le devolvía la cordura y la imaginación. Los días dejaron de contar para Miguel, su mente se centro en respirar la compañía de Pichón. Volaba con cada segundo de su compañía.

Un día, como ya lo había hecho durante tantos otros, Miguel puso el pan en el marco de la ventana y esperó. Todo había sucedido tal y como venía ocurriendo las dos últimas semanas. Pero esta vez Pichón no aparecía. Pichón había dejado de acudir a los muros de Porlier. Miguel volvió a una imagen cabizbaja. Durante los días sucesivos, su salud mental se deterioraba de nuevo, en la soledad de su condena a muerte. Apenas quería comer y se mantenía más ausente en los paseos por el patio que de costumbre. Su amigo, había dejado de acompañarle en las tardes de hastío de un preso condenado a la desesperanza. No quedaba nada más cuerdo que esperar que de la saca apareciese su nombre.

La esperanza de volver a ver a su amigo, hizo que Miguel comenzase a sacar el brazo por las pequeñas aperturas de las rejas, para poder así, acercarse un poco más a la esperanza de su vuelta. Los compañeros le avisaron de que tuviera cuidado, pues los guardias de las torres estaban muy atentos de evitar aquellas manifestaciones que pudieran salir por las pequeñas ventanas de la prisión. Estaban bien vigilados y nada ni nadie podía entrar o salir de las paredes que enjaulaban la libertad de miles de hombres y mujeres.

Una semana después desde la marcha del ave, Miguel volvió a ver a Pichón, o eso pensó. Decidió salir corriendo con el mendrugo de pan en la mano y con la otra sujetando el pantalón que apenas sostenía su famélico cuerpo.

Entró rápido en la celda, se subió a los pies de la cama para ver mejor por la ventana, sacó su mano con migas de pan con la esperanza viva de nuevo. Al ver que nada pasaba, decidió asomar su frente un poco más para ver si la vista le alcanzaba para volverlo a ver.

Al momento sonó un disparo, y Miguel cayó desplomado sobre el suelo de su celda. Muchos de los presos que se encontraban camino a sus celdas corrieron a su celda, pero ya su esfuerzo y sus consejos era yertos, Miguel yacía en el suelo con un tiro en la mitad de la frente. Rápido, en un acto de desesperación cogieron el cuerpo inerte de Miguel, que apenas pesaba uno 60 kilos, con las palmas extendidas llenas aún de migas. No pudieron hacer nada. Cuando llegó la noche, Miguel se extinguía en el frio metal de una camilla en la cárcel de Porlier.

 

Acerca de Pedro López

Nací por el azar del desenfreno, como casi todos. Fui a crecer en el genuino barrio de Carabanchel, donde la noche se extiende al día y el ruido de pasos acelerados y las palmas no cesa. Debe ser por las palmas por lo que tengo los pies inquietos y es el sonido del caminar de las personas lo que me lleva dormir poco y pensar mucho. Me atraen las mentes sexis, esas que tienen las piernas largas y no cesan en su caminar, por lo que decidí estudiar Recursos Humanos, aunque cuatro años no me valieron para desaprender que lo humano no puede ser un recurso sino una prioridad. Así que me vi obligado a desempolvar la curiosidad para desobedecer a la rutina insípida. Ahora busco palabras en las experiencias esperando que desordenen mi cabeza.
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