Primeras impresiones al otro lado del Atlántico

Es una constante, y eso que aquí es invierno, no es tanto el calor, sino la humedad del ambiente la que me hace tener esta sed y los sudores por la espalda. Para calmar lo primero, estoy bebiendo agua de un coco que he comprado en uno de los múltiples puestos del pueblo. El coco, seguramente, ha sido cogido esta misma mañana de una de las palmeras que forma la hilera que me separa de los escasos metros que tengo hasta el mar. En Brasil, el oficio de cogedor de cocos, cortador de ramas y quemador de hormigas de árboles está muy extendido. En parte por la extensa vegetación del país, que necesita de su cuidado, y en parte porque en Brasil hay trabajos para todo; como el que cubre con una red al que corta el césped o el relaciones públicas de los autobuses que incita a subir a la gente en cada parada, incluso cuando el posible cliente ya le haya dicho que no va por esa ruta.

Detrás de mí, ahora estoy en un pequeño pueblo de costa, hay una plaza llena de gente que cocina en pequeñas barbacoas un pescado que, también, probablemente, hayan pescado esa misma mañana. Suena de cada grupo una percusión o un altavoz con música a la vez que, en todo el pueblo, habla la emisora local 24 horas al día a través de megáfonos situados en todas las calles, cementerios y autopistas. Yo he pedido un Acarajé para comer, un plato típico, una especie de empanada frita con harina de mandioca rellena de camarones y verdura. El cocinero que me lo prepara reproduce costumbres originarias de África, pues para preparar este plato es necesario estar iniciado en el Candomblé, una religión que llegó a Bahía cruzando el Atlántico y que ahora, aunque en África suene a leyenda, marca la vida de los brasileños de este estado. Brasil es un país muy religioso, sea cual fuere ésta.

Los medios europeos nos previenen de enfermedades transmitidas por insectos lejos de las fronteras Schengen, por eso a menudo me quito los mosquitos a manotazos o con un repelente que, metafóricamente, nos cuenta que esta tierra no está del todo colonizada y que quizás no sea tan nuestra, tan humana. Brasil es más selva que el amazonas y, en donde no hay edificio, hay mata espesa y animales.

Cuando cae la noche me recojo, soy un blanco fácil, literal, tras la llegada de millones de esclavos a Brasil desde África, la población de Bahía, puerto de llegada, se tornó en negra y aquellos que me saludaban por la mañana, aquí todo el mundo te saluda, son los mismos que me avisan que al irse el sol la calle no es buen sitio para gringos.

De vuelta para la ciudad en el autobús me asaltan vendedores que montan en cada parada ofreciendo variados productos; cervezas, palomitas, chocolatinas, bollos caseros, tarjetas SIM para el móvil, chicles, inciensos o toallitas. A ambos lados de la carretera se ven condominios, fincas enormes con varios chalets dentro y protegidas por altas vallas de alambre de espino. El brasileño se protege de si mismo pienso o las vallas son un símbolo más de clase social.

Cuando llego a Salvador se oye música, al ser martes de batucada todavía hay policía militar en cada esquina vigilando a los turistas de un peligro que aún no sabemos cuál es. Hoy han barrido a los consumidores de crack que ayer lunes invadían el centro y las luces de los barrios de alrededor parecen hoy más tenues, como si no quisieran que saliésemos del colorido círculo turístico.

Me voy a dormir pronto, por su posición cercana al Ecuador aquí amanece temprano y anochece de la misma forma. Los monos, los mosquitos, gallos, sapos y cigarras no me invitan a dormir, pero el mecer de la hamaca, una mosquitera bañada en permitrina y el sonido del mar de fondo me llevan a soñar rápido.

Amanezco en un hostel en Pelourinho, el centro histórico y turístico de Salvador, llamado así en referencia al palo donde fustigaban a los esclavos. En cada esquina todavía sigue un policía militar dispuesto, también, a fustigar a todo aquel que moleste al turista que porta su particular pelourinho, aquel que engancha a su móvil cuando se hace un selfie. Veo desde un alto que hay, dos calles más para allá, lo que cualquier europeo diría que es una favela, y otras dos más, al lado, y con vistas a la pobreza, grandes edificios y centros comerciales de lujo; la desigualdad en Brasil se ve andando pocos metros, es impune y desvergonzada. La clase se mide por el color de la piel.

Los medios europeos me dirían que no salga pero atrás dejo el Pelourinho, con casas coloniales de colores y restaurantes hipster con influencia de ciudad gentrificada, fuera de él, los edificios, aunque con gente viviendo, parecen abandonados y grises, la vida comienza a ser real en Salvador; hay relaciones públicas en cada tienda, como en los autobuses, que con un micrófono cantan las ofertas del día y miles de vendedores ambulantes, cualquier espacio es bueno para montar una tienda, incluso aquel que cuelga el producto a vender de imperdibles agarrados a su camiseta. Algunos llevan un chaleco de vendedor oficial ambulante, otros, los que más, lo hacen ilegalmente aunque, en Brasil, con un 40% de falsos autónomos, se respeta bastante que cada uno se busque la vida como pueda; malandros los llaman ellos. Neoliberalismo en estado puro lo llamo yo.

Perrito más zumo por 0,50€, la calle huele a aguas estancadas y a frutas tropicales, a veces no hay asfalto, perros callejeros y alguna gallina que les ayuda a quitarse las pulgas, toda la gente en chanclas, las Havaianas son vendidas hasta en las carnicerías, como las tarjetas SIM o los geladinhos. A mi derecha dejo el mar, siempre lleno de brasileños surfeando y pescadores buscando la cena, algunos con caña, otros con red y los más, con una cuerda y un anzuelo. A mi siempre me saludan, será porque sostengo la mirada para ver si, a pesar de todo, me regalan las sonrisas que en los anuncios de la tele siempre dan los brasileños.

Termino mi recorrido en la plaza de la catedral, al lado de una estatua de Zumbi, el primer esclavo negro que escapó de una fazenda y montó el primer quilombo, las favelas de otros siglos. Curiosa ironía.

Esta tarde me voy, algo menos de un mes y ya dejo Bahía. El aeropuerto resume mi estancia en este estado, no hay ninguna persona de color tomando vuelos y todas limpiando los baños. La esclavitud racista no es una página.

El diario de viaje continúa en @ulltramarinos

Acerca de Luis Aguilar

Gato al sur del Manzanares, hormiga del globo y okupa del Cyberespacio. Su pasión por la comunicación le llevó a licenciarse en Publicidad y Relaciones Públicas y, aunque es más de esto último, adora el creativo resultado al juguetear con las palabras. Convive con el estrés a la espera de un traficante de tiempo y, mientras tanto, le roba a la vida más de lo que le puede dar. Cuando descansa, coge aire en las comas y a veces, consigue pararse en los puntos.
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