La comunidad

Sur de Madrid. Dieciséis de agosto. Nueve y cuarenta de la noche.

Hace un calor denso, insano.

Tercero B. Antonio se quita el cinturón. Gordo. Rematadamente gordo, pelos del pecho desbordando su camiseta de tirantes blanca y sudada, da un latigazo sobre la mesa de la cocina bramando improperios. Inocencia lo mira aterrada mientras Tony se inyecta en la pequeña habitación del diminuto piso. Ésta, entreabierta, proyecta la imagen cursiva del adolescente en cueros sentado sobre la cama en la penumbra, una goma, una cucharilla quemada y una jeringa; un gran crucifijo cuelga de la pared.

Faltan cinco minutos.

En el segundo piso los búlgaros toman whisky con cola. Whisky, cola. Y otro trago más, por separado. Al parecer, así se bebe allí. Debatiendo sobre fútbol Mitko sale de la ducha.

— Va tú a llegar tarde, Micky —dice Stefan en un torpe español mientras enciende el televisor.

— Pues ve tú, hombre. ¡No me jodas!─le contesta Micky malhumorado.

En la puerta de al lado, el A, Javier devora su enésima cerveza mientras la Juani amamanta a la pequeña Sonia de dos mesecitos. Entretanto, sobre el raído sofá verde, Paula llama desde el móvil a su novio y se acaricia el clítoris a escasos metros de la escena, ajena a todo.

—¡Te he dicho mil veces que no quiero que hagas eso aquí, delante de tu madre y la pequeña. Métete en la habitación al menos, guarra!─grita Javier lleno de cólera.

—Vete a la mierda, papá─le replica Paula con desprecio.

Sale del cuarto Ramón. Javier escupe al suelo y se enciende un cigarro. La Juani pierde su mirada hacia los visillos de la ventana que se mueven al compás de una brisa templada; y Paula, dale que te dale al clítoris mirando a la pared, teléfono en mano. Hace mucho calor. Sin decir palabra, se va el muchacho dando un portazo. Son las diez en punto de la noche. El agua de lluvia entra por la ventana y está empapando ya al otro sofá.

Se ha apagado el portal y solo una escasa luz proveniente de los bajos de los hogares ilumina ligeramente el suelo de la comunidad, proyectando la sombra de ácaros e insectos.

Abajo la señora Carmen mira televisión. Dan la telenovela. Llueve afuera pero el calor sofocante del verano de su barrio le hace liberarse de la blusa. Antes no lo hacía. No cuando estaba él. Pero ahora sí, porque ahora vive en paz. Unos pequeños pechos decrépitos coquetean con los pliegues de su abdomen y la piel de sus brazos que cae hacia el infinito del brutal paso del tiempo. Se ha preparado una tortilla francesa, y así, desnuda de medio cuerpo para arriba, despeinada y paranoica mirando con un tic a izquierda y derecha, devora su manjar en tres bocados. El televisor no funciona desde hace más de un mes.

Varios gritos sordos y golpes de alcoba llevan la muda escena al Bajo A, única vivienda en la planta después de haber convertido el B en un almacén de trastos viejos y juguetes rotos. Todos estuvieron de acuerdo al morir Tomás, quien, sin familia, naufragó desde el alcohol a una mejor vida. Los vecinos querían a Tomás. Los vecinos aún echan de menos a Tomás.

—No grites tanto, puta—se escucha nítidamente pese al intento por suavizar sus palabras en un inútil y falso susurro.

Sudando, El Fali mira a la puerta, muy agitado, mientras continúa violando a su única sobrina, Noemí, de catorce años. Noemí no grita. Noemí se muere despacito a garras de un destino sin final después de cuatro años de agresión. Sus ojos sin vida ya no albergan lágrimas. Él continúa a lo suyo.

Es la hora.

En el rellano de la escalera espera, puntual, doña Juana. Es la presidenta de la comunidad. Doña Juana es gitana, madre de seis varones; viste siempre con chaqueta y faldón negros, en invierno y en verano. La Juana es una mujer mayúscula y tiene cuatro colosales arrugas en la frente. De su cuello cuelga una maciza cadena de oro puro; en sus pies, zapatillas negras de lona rotas. Hoy ha traído una silla de playa amarilla y verde que le da un toque estrambótico de color al lúgubre gris de la comunidad y a sus paredes agrietadas. La gitana se propone dirigir al grupo de bestias que poco a poco se van uniendo a la reunión. Llevan diez meses sin verse las caras. Calle de El Suspiro, número doce.

Ya están todos. Empieza el espectáculo.

—Yo solo quiero saber quién va a pagar la puta pintura─Se adelanta Antonio con su remera empapada en sudor y un ojo morado.                                                                                           —Cállate, borracho de mierda─contesta El Fali.                                                                                                                                        —Señores, hemos venido aquí a hablar. ¿Entienden ustedes eso?—les reprocha doña Juana.

—¡A mí no me llamas tú borracho, violador!─ salta Antonio quien se abalanza hacia El Fali.                                                                                                                                   —¡Señores, ya está bien! A la Juana no le vais a joder una reunión, os lo aseguro─la gitana los separa con ambas manos.

Continúa:

—Quedan quinientos cincuenta euros en la cuenta y el resto lo tendremos que poner entre todos.

—Yo no pago una mierda más. Que os jodan─ dice Antonio quien mira con desprecio a sus vecinos, arroja el cigarrillo al suelo con desdén y se da la vuelta; comienza a subir las escaleras de nuevo haciendo un receso en el primero. Su obesidad y el calor lo derrotan a cada peldaño. Continúa ascendiendo mientras todos lo observan.

Se ha creado un extraño silencio en la comunidad. La luz vuelve a apagarse. Apenas se vislumbra entonces el contorno del resto de residentes que en semicírculo murmullan de un modo gris.

De repente, se escucha un fuerte gruñido y enseguida un golpe opaco en el suelo.

Doña Juana enciende la luz mientras una adolescente desnuda y pálida deja caer un enorme cuchillo sobre las baldosas de mármol. El sonido del metal los lleva a todos a girar su cabeza hacia el suelo donde yace ensangrentado el cuerpo del Fali. Sus ojos, muy abiertos, miran hacia ninguna parte; sin camiseta, se aprecia nítidamente su cuello cortado de oreja a oreja y la sangre, que sin parar de brotar, le tapa lentamente los tatuajes de pecho y brazos. En pocos segundos ha inundado el resto de su cuerpo y una gran parte de las baldosas a su alrededor.

Los vecinos abandonan el rellano. Doña Juana rebusca nerviosa en los bolsillos de su faldón.

Un lejano eco de sirenas completa la melodía muda de una noche de agosto al sur de la capital. Llueve torrencialmente y huele a basura. La pequeña calle donde se aloja el inmueble se torna aún más dantesca por el parpadear de dos de sus decadentes farolas. Se apaga una de ellas dando un chispazo. Apenas se ve nada. Doña Juana espera en el umbral de la puerta de la comunidad mientras unos chavales pasan corriendo por la acera de enfrente. Acaban de saquear un auto y la alarma no para de sonar.

Desde afuera se advierte la sangre del Fali deslizándose lentamente desde su cuerpo hacia los pies de la mujerona gitana quien, sin advertirlo, abre el paraguas y sale a esperar a la policía que ella mismo llamó. Las gotas de lluvia aporrean los coches y su paraguas de un modo muy violento provocando un sonido seco y turbador. Un vecino del portal de enfrente fuma un cigarrillo tranquilo, asomado a la ventana desde el segundo piso, sin quitarle ojo a la presidenta quien, por fin, ha decidido sacar la silla y esperar sentada en el vano de la puerta.

Los búlgaros siguen tomando whisky. Va a empezar el partido.

Acerca de Vicente Aguilar

Como dice mi buen amigo Joaquín la pasión deja cicatrices. A mi no me queda piel sana ya entre tatuajes y ‘pasionaduras’. Nací de la pasión y apasionadamente (estoy seguro, aunque nunca me lo dijeron). Esto sucedió en Madrid el siglo pasado. Vivo pues desde la pasión, para la pasión, por la pasión, tras la pasión …. y podríamos acabar casi con todas las preposiciones pues encajarían como un puzzle en el día a día de mi agitada vida. Cocino, como, hago el amor o follo (según se tercie), río, lloro, trabajo o escribo con pasión y eso es todo lo que puedo ofrecer. No entiendo de otra cosa. Es por ello que, desde aquí quiero comunicarme apasionadamente y recibir el calor de vuestra compañía que confío esté a la altura de este secretillo mío que ahora acabo de desvelar.
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