Salvador de Bahía: Nadie dijo que fuera a sonar fácil

Os presento a mis días; dinámicos que no rápidos e intensos que no cansados. No, no empiezan madrugando, soy más de trasnochar. Me gusta empezar por el atardecer, cuando las frescas capas de chapa y pintura de Pelourinho aumentan su saturación. Y no, no empiezo la semana por los malditos lunes. Cada martes la Praça da Sé me recibe con un cálido abrazo y el guiño de Zumbi, representante de la resistencia negra a la esclavitud, que da comienzo a las conocidas batucadas de la terça feira, coincidiendo también, con las misas de última hora, donde el aire de la calle entra y sale de los portones abiertos de par en par. Cruzo la plaza y paseo la batucada por el Largo do Pelourinho donde el «blanco» de Michael Jackson dejó huella. Los ultramarinos que por la mañana te vendían pan y huevos ahora se han convertido en un bar improvisado con la Itaipava de 600 ml rodeada de un enfriador de plástico amarillo. Ya a estas horas, muchos de los furgones de policía militar que clavaban ojos y armas durante el día se han recogido cumpliendo el horario, hoy menos que otros días, algunos valientes turistas acompañan mi batucada.

 

Sigo a mi ritmo, hasta que mi compañía pasa de estar formada por turistas y bahianos a, mayoritariamente, usuarios de crack en busca de algún real o «cigarrillo» con el que calmar el mono. Camino hacia el Salvador que más me gusta, dos calles hacia fuera. Comienza a amanecer, la luz hace visible que el color de los edificios que en el centro de Pelourinho deslumbraban aquí hace tiempo que se han ido y que las calles son la cama de muchos dependientes. Ni rastro de turistas, mi compañía son los bahianos que acuden a ganarse el pan. Los edificios se aguantan solo por el calor de sus vecinos y descansan en la similitud de sus comercios. En pocos minutos me acompaña el ensordecedor ruido de los viejos ônibus y los modernos carros. Las calles empiezan a ser compartidas por cientos de havaianas y pequeñas botas militares que, uniformemente, acuden con suerte a la escuela. Son las seis de la mañana y la vida en la ciudad ya está a pleno rendimiento. Me dejo llevar hasta la avenida Joaquim Seabra, toca seguir con el trabajo, cientos de altavoces me están esperando, se han convertido en una herramienta fundamental para comercios y demasiados vendedores ambulantes. En cada uno de ellos voy dejando una música distinta aunque intento que en conjunto todo tenga sintonía. Soy bastante folklore aunque cada vez más me piden música internacional, en estos casos, intento que la letra haya sido doblada al portugués, no es raro que se me caiga algún Ed Sheeran o Justin Bieber por ahí. Alrededor de las doce del medio día Salvador es un hervidero comercial, la gente viene y va, se cruzan, se saludan, preguntan, regatean, compran algo de comida ambulante y se van.

 

Por las tardes no me gusta fallar en el Mercado Modelo, continuo por la avenida y cruzo el casco histórico para llegar al Elevador Lacerda que uno ya no está para trotes, el primer ascensor del mundo en servir como transporte público. En 22 segundos y por 15 centavos de real me planto en la Cidade Baixa, antiguo centro financiero de la ciudad, hoy día abandonado a la suerte de pequeños comercios diurnos, ocupas y pocas cosas buenas al anochecer. Antes de cruzar hacia el Mercado Modelo me paso por un puesto de venta ambulante de CDs para encender el ritmo y los bailes a todo aquel que se anime antes de pegar el ônibus de vuelta a casa. A pesar del cansancio y algunas gotas de sudor en la frente de los transeúntes no faltan sonrisas en sus caras y algún movimiento de cadera al son de mis aires. Con esta alegría de cada día entro en el mercado, suelo tener bastante trabajo, a los turistas les gusta probar los instrumentos de percusión brasileiros y no falta el día en que no forme un efímero e improvisado concierto al compás de sus curiosidades.

 

Hoy mi día termina distinto, empieza el crepúsculo de nuevo, salgo del mercado y cruzo hacia la Avenida da França donde voy a coger el último ônibus hacia Arembepe, con suerte acompañado de una charamusca que por desgracia me venderá algún niño en su camino de vuelta a casa. Me ha salido un currillo por allí, hay que aprovecharlo todo. Me dirijo a un taller de coches que instala gigantescos altavoces en los maleteros, esta noche se anima la cosa por allí. Tengo que poner a sonar varios de ellos, hoy muchos bahianos se juntan en el taller para tomar unos tragos al ritmo de sus maleteros.

 

Nadie dijo que ser música en Bahía fuera fácil.

 

El diario de viaje continúa en @ulltramarinos

Acerca de Lucía Barba

Madrileña inquieta. Curiosa por naturaleza y optimista por definición. Apasionada de la vida y de todas las cosas que le ponen los pelos de punta. Hablando por los codos la escucharás unos gramos de “sabes” y un kilo de “porqués”. Fan de las personas y las marcas. Eligió la publicidad como el viaje que le permitiría estudiar a las personas. Le encanta agitar las cosas, darles la vuelta, cambiarlas, descomponerlas y volverlas a componer. De ahí Melettea, un baúl abierto y volátil con destino la inspiración, donde poder volcar su curiosidad y agitar más de un pensamiento.
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