Mitad de figuras

Desde el final de la espalda lo sentía demasiado ceñido, se pegaba a mí y me ajustaba el sostén. Aproveché que no miraba para poder ahuecármelo y permitir una leve brisa entre mi piel y el tejido, que bajaría desde el cuello hasta el broche de inicio de la falda, muy prieto por la rectitud de mi silueta sobre aquel taburete. Era elegante el conjunto, lo admito, aunque en el espejo que había en la pared cercana, me veía como la trasunto de un muñeco de ventrílocuo, acicalada y sólo polvorienta de maquillaje.

¿Cuál sería el resultado? Lo ignoraba por completo, estaba más preocupada en las tiranteces de la sisa que en la finalidad de la situación. Por un manido ejercicio de mente en blanco, por evasión de la moda en la que me veía sometida y aprisionada, me acordé de Marguerite Duras, en la portada reciente de su libro Moderato Cantabile. Estaba sentada frente a su escritorio y su incansable máquina de escribir, no sé si una Olivetti o una Hermes o una Remington o una Imperial, el límite de la imagen me impedía divisar más allá de tres hileras de teclas. El brazo derecho, oculto y enfundado en un suéter negro de manga larga, uniforme y sin posibilidad de blancos en sus sombras; el brazo izquierdo se revela en su punta con una mano que sostiene un cigarrillo. No está empezado, quizá la novela o cuento a desarrollarse en su máquina tampoco. Y no debe importarle demasiado, porque Duras desvía la mirada de su zona de trabajo para observar lo que hay a sus espaldas. Quizá atendía una petición de quien tomó la fotografía, puede que quisiese dedicar alguna frase ingeniosa a quien(es) tuviera detrás: Dionys Mascolo, Yann Andréa, Mitterrand, Benoît Jacquot… No, estaba mezclando épocas, como ella hacía con sus palabras, y los rumores del Mekong y los silencios de las viviendas. Todos parecen uno y se repiten en su cabeza, una y otra vez hasta el arrebato y fin de sus días, aunque la vida para ella no existiese. ‘No es. Nunca hay centro, ni camino, ni línea’ como escribió en El amante.

Quien piensa que L’après-midi de Monsieur Andesmas es su mejor obra narrativa es el escritor barcelonés Enrique Vila-Matas. A veces un segmento de su propia obra, a veces un dandi; un amable extraño siempre, cambiante, por qué no. Toda su carrera a contracorriente junto a sus máquinas solteras shandys, enfrententando y luciendo su mal de Montano por todos los lectores que ha ido sumando, hallando nuevos frentes que detonar con su mirada à la Duchamp, llena de citas reales y falsas y no tan verdaderas, fruto de su incansable lectura de los escritores que le rodean, ya sean de Varsovia o Valparaíso. Me gusta particularmente en Suicidios ejemplares, con traje y corbata muy sobrios, como de oficinista neoyorquino (y cómo le gustaría a él este símil) que está siempre dispuesto a preferir no hacer nada. Se oculta la mitad de su tez con su mano, alzada y con cigarro a medio terminar. El humo esparcido se difumina en el cabello. Debe ser una tradición literaria, porque él tampoco presta atención alguna al objetivo; unos ojos de halcón cercados por dos perfiladísimas cejas que se desplazan de su lugar y se agrandan según se apartan de los párpados. Siguen la norma de sus personajes, ‘Lo correcto es largarse’, antes de que la certeza llame por la puerta y los demonios de las artes salten por la ventana. Y hay duda en la mirada, y debe ser así, porque de lo contrario no habría literatura.

Y me acordé de otro, supe cómo romper esa monotonía huidiza. Javier Marías, un caballero, y quizá más a la antigua usanza. No aguanta chanzas y se lanza óptica y pacientemente hacia la cámara. Es una mirada serena, sujetada por una mano que despunta el índice, quién sabe si por similitud a otros modos de retratos, más románticos o renacentistas, o puede que no tan lejanos en el tiempo. La americana verde presenta tonalidades sombrías, de arbustos nocturnos, que se rompen y se deshacen ante su camisa de lino grisácea. No hay corbata, el cuello está desabrochado, respira, qué envidia. El brazo sobrante está extendido sobre su mesa de despacho, cigarrillo en ristre, y cenicero a escasos milímetros, es precavido. La encuentro en varios de sus libros: Cuando fui mortal, El hombre sentimental, El siglo, Tu rostro mañana… ‘¡Qué deshonra es para mí recordar tu nombre! ¡O conocer tu rostro mañana!’ Todos los que compran un libro podrían pensar eso si la adquisición ha sido decepcionante tras su lectura, pues el acto pasa cuando se llega al final, pero el autor ha de aguantar el mal sabor dejado para siempre ante dichas páginas despreciadas, encerradas entre la cubierta y contraportada. No creo que en la imagen él se preocupe por ello, lo desafía incluso. Su batallón de papel parece interminable tras él en la estantería, también unos diminutos soldaditos de plomo que descansan a los pies del mueble, en la esquina inferior izquierda. Su mejor arma, por delante: su Olympia Carrera de luxe, blanca, para que, pese a todo, quede lo escrito, y mañana en la batalla pensemos en ello, pero en mi caso no desesperaré ni moriré.

Un caballero más, y vuelvo por tierras catalanas para traerme la sonrisa afable de Eduardo Mendoza. Aunque la primera novela suya que leí no me cayó demasiado en gracia ―a pesar de ser comedia, ‘desternillante’ según las voces que me habían recomendado con creces leerla―, los posteriores sí me resultaron increíbles, de una ironía cáustica extremadamente fina, que se deslizaba entre los párrafos como la resina de la corteza arrancada en un pinar. La misma finura es la que encontramos en sus achinados ojos, debido a la amable risa que ofrece al fotógrafo. La edad no es precisamente corta, pero parece incluso que el paso de los años haya sentado bien al autor de La ciudad de los prodigios o El extraño caso de la modelo extraviada. Uno ve ese rostro entrañable y puede llegar, tópicamente, a pensar ‘Le confiaría mis ahorros encantado’. Pero cuidado, no deja de ser un señor, la camisa blanca, informal y desabrochada bajo la muy inglesa gabardina negra no dejan de advertir que, ante todo, distancia y respeto.

Empezaba a estar bastante harta, cada dos por tres debíamos realizar una pausa por tal o cual razón o necesidad o impedimento o urgencia. Enervada era poco como adjetivo para describirme en aquella escena. El lápiz de ojos no lo traje yo, me habían convencido para dejarme hacer allí, bajo un personal supuestamente autorizado. Qué necesidad de perderme en estos vértigos. No dejaba de admirarme en el espejo y los espacios cóncavos de los focos, que para mi entretenimiento ―qué remedio― creaban zonas de reflejos. Y mientras tanto la tirantez de la falda. No tenía aspecto de finalizar nunca.

Si uno de aquellos focos hubiese llegado a romperse, ¿soportaría el fuerte y recubierto metal el estallido? El espejo efímero que se creaba entre los destellos del metal y la luz quedaría cubierto de grietas. Esperaba no llegar a tanto.

Cristina Fernández Cubas sí me apreciaría esta reflexión, hija del más profundo tedio, porque ella mejor que nadie sabe encontrar lo más interesante y perverso que puede albergar detrás de una rendija, de un quiebro en una pared, y a través de ella mostrarnos una oscuridad, que siempre ha estado ahí, que sólo nos va a hacer arrastrarnos hacia ella. Ella te hace ver lo seductor de las habitaciones vacías en las que de repente comenzamos a escuchar lamentos de extrañas hermanas, de secretos en las herencias en El ángulo del horror, del regreso a un tenebroso pueblo en el que se debe hacer el esfuerzo de recordar según Los altillos de Brumal, de maldiciones en una habitación de hotel marroquí, de los peligros que encierra el hecho aparentemente inofensivo de hablar con viejas… Ahí, sentada en la terraza de un bulevar parisino, frente a dos hileras de características sillas de respaldo beige trenzado, vacías, Cristina piensa un nuevo cuento, durante la calada a su cigarrillo ―puede que un Gauloise o un Gitane― y la ligereza que le otorgan su chaqueta y camisa y el ajetreo de sus pendientes de aro. Sus delineadas cejas, sobre unos lunares ojos azules, se extrañan. Es posible que detrás de quien hizo la foto algo estaba ocurriendo. Algo se estaba rompiendo y desprendía un aroma de incienso y niebla. Llegaría alguna tempestad hasta su mesita y la turbaría hasta el punto, tan deseado por cualquier cuentista, de regalarle una historia que contar, aunque ya por escrito te helase la sangre.

Hay que tener cuidado frente a lo que pueda ser borroso. Siempre encierra el secreto que ansía ser revelado, y Marcos Giralt Torrente es todo un experto en esta asignatura, aprueba con nota. Tanto en Los seres felices como en París se asiste al desgranamiento de los pequeños detalles que fuimos sorteando, con mucha consciencia, dado que sabíamos de su trascendencia y peligro en nuestra cotidiana y construida realidad presente. Qué abrumador me supusieron ambas. Él sí sabe cómo llegar hasta los recovecos de las decisiones abismales que nos asaltan cada día hasta en las situaciones más nimias, que nos retumban en la cabeza como una pelota de ping-pong sobre la mesa de juego. Todo, además, en espacios cerrados, donde podemos confundirnos con la comodidad. Pero Marcos sí parece cómodo en el sofá o butacón o canapé o silla. La foto se termina a la altura de su pecho, el plano medio corto sólo me concede escrutarle la parte superior de su cuerpo. Posa con la cabeza ladeada hacia su derecha. No hay cigarrillos, ni máquinas de escribir, ni atisbos de vientos o apariciones no anunciadas. Su quietud puede parecer sacada de la escena de un filme de Ingmar Bergman. Blanco y negro y sobrio y literario.

A veces los mismos escritores pretenden serlo, más incluso que sus propios trabajos. Quieren hacerte creer, o desean hacerlo por encima de ti y tu lectura, que son una extensión de sus kilómetros de letras, de sus páginas. Françoise Sagan, anunciando su presencia con un rotundo Bonjour, Tristesse; Venecia, Capri, cinismo, o lo que fuese que se pusiera por delante de su bólido, tan veloz y burbujeante como un desayuno de alka-seltzer en la cafetería del casino de Niza. Con los brazos cruzados, la mirada perdida y su cabello teñido de rubio sol de playa, Françoise decide saltarse todas las señales en pos de conseguir una buena narración. ¿Y Marta Sanz? No, quizá vaya a cometer un sangrante pecado de exageración, porque ella al menos ha admitido siempre que escribe de lo que le preocupa, de lo que le duele (su Clavícula recientemente); sabe sacar un gran tesoro narrativo de la realidad española, ‘galdosiana y garbancera’ como la oí decir una vez. Apoyada sobre la barra metálica de su terraza, demuestra fragilidad ―bien contrapuesta a sus frases y sentido del humor, más hiel que miel, véase su Farándula―  y ternura frente a una céntrica calle madrileña. ¿Y Jean Echenoz? Bueno, él es que siempre está de viaje. Difícil tarea es localizarle en un solo punto, se expande hacia demasiadas direcciones, en el texto y en el mundo. Sonriente, de perfil y trajeado delante de una pared llena de grafitis. ‘Me voy’ debe pensar siempre que cambia de capítulo, y puede que el lector también si entra con prejuicios a su obra. Rubias peligrosas y L’Équipée Malaise es mejor tenerlas listas, junto al marcapáginas, al lado de unos billetes de vuelo. Y también…

―Señorita, por favor, ¿quiere dejar de moverse y hablar en voz baja? Me está desconcentrando, y supongo que tanto usted como yo queremos acabar cuanto antes la sesión e irnos a hacer otras cosas, ¿no?

Olvidé mi falda y su punto de polémica al final de mi espalda. Me coloqué los laterales del pelo para evitar abuelillos, miré por última vez los espejos, los dispuestos en el estudio y los misteriosos creados.

―A ver, vamos allá. ¿No querrá salir borrosa en su foto de solapa?

―No, en absoluto.

 

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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