47 minutos de autobús camboyano

El verdor de la vegetación se mezcla con el marrón brillante del barro que lo domina todo de tal forma que ni siquera se sabe si la carretera es de asfalto o simple y llana tierra. Por encima está el cielo, de un gris homogéneo y claro. A ratos llueve, a ratos diluvia tanto que desaparece el horizonte, o más bien la difuminación de líneas que se conoce como horizonte se acerca hasta tan solo unos metros de distancia. Algunos campos anegados aparecen cuando el frondoso verdor que lo oculta todo deja un poco de espacio. Entonces puede verse la planicie vastísima, cubierta de vida, diríase que respira, diríase que late, solo interrumpida por algunas elevaciones; meras colinas, pero imbuidas de toda majestuosidad y desdibujándose en aire pesado, plomizo, melancólico. Cruzamos un río ancho y sigiloso como una robusta serpiente. También pasamos por algunos pueblos, en general una docena de casas de madera sobre pilotes que las elevan un poco para protegerlas de las inundaciones y la humedad. La sordidez de la madera oscurecida por el clima contrasta con las brillantes y coloridas mercancías que cuelgan en las paredes de las casas más cercanas a la carretera. Más cerca aún, el borde de la carretera se convierte en un nido de toldos y sombrillas de propaganda que anuncian cerveza Angkor o cerveza Cambodia, bajo los cuales se vende de todo: varios tipos de frutas que cuelgan en racimos, cocos, algunas veces gasolina, agua y refrescos metidos dentro de unas neveras naranjas que están por todas partes e incluso paquetes de galletas de marcas occidentales que nadie sabe cómo llegaron en medio de un puesto en la carretera ni cuanto tiempo llevan ahí, palideciendo bajo el sol en el interior de una vitrina manchada de barro. Las paredes de ciertas casas están hechas aprovechando uno de estos grandes lienzos de cerveza Cambodia, no obstante en otros muchos casos se prescinde de las paredes, lo importante es el techo.
El capital les hizo ya hace tiempo el regalo de la vanidad y poseer una moto parece más indispensable que poseer un tractor o una mula mecánica. Las gallinas picotean el suelo libremente  en cualquier rincón.
Cruzamos otro río. Enorme, pasivo, en sus orillas unas flores rosas rompen con la verde monotonía. Grandes camiones cisterna, algunas veces con doble remolque, son, a excepción de alguna moto conducida por un joven en mangas de camisa, los únicos vehículos que nos cruzamos por el camino. Varios van cargados de alquitrán. Otros llevan carteles que informan de otras mercancías peligrosas.
Pasamos por un pueblo que tiene incluso edificios de ladrillo. Sus calles están hechas de escombros y basura. En el centro atravesamos un gran mercado donde las vendedoras espantan las moscas que rondan los alimentos, cargados en grandes cestos de poliexpan ennegrecidos y deteriorados. Las sombrillas que las cobijan de la lluvia son tan viejas que ya no se puede leer la marca de la cerveza que las patrocina. Al final del mercado tres vacas y varios pollos están devorando un amasijo de bolsas, botellas de plástico y demás desperdicios. Detrás del pueblo puede verse un magnífico lago con palmeras que emergen de su interior, rompiendo el claro espejo que forma su superficie inalterada.
Arrozales y arrozales inundados y algún animal cercado tras una escueta verja. Otras veces los únicos indicios de presencia humana son las vallas publicitarias con propaganda del gobierno, casi los únicos anuncios que compiten con la cerveza. En ellas se puede leer “Cambodian People’s Party” entre otras cosas escritas en jemer, y aparecen los rostros de dos tipos que, al parecer, son los dos presidentes del gobierno, votados por nadie por supuesto, pues en caso de ser derrotados en unas elecciones sería preciso cambiar estos rostros que te observan cada cinco kilómetros por todo el país. En un tramo recto del camino un camión ha tenido un accidente y ha quedado volcado, mitad en la carretera mitad metido en una acequia.
Volvemos a cruzar un río. Esta vez hay una pequeña pagoda en la orilla, rodeada de nenúfares. Cerca del río se han arremolinado pequeñas cantidades de basura que parecen esperar a que la corriente o las lluvias torrenciales las transporten a otra parte, simulando su desaparición. A medida que nos acercamos a Phnom Penh aumenta el tamaño de los pueblos y el numero de motos. En el siguiente mercado que cruzamos pienso en las cestas de fruta que las vendedoras ofrecen, antaño de mimbre y hoy de plástico de colores chillones. Alguien les trajo la maldición del plástico, la maldición del progreso. Paralelo a la carretera, un poco por encima del autobús, discurre ahora un indescriptible amasijo de cables sujeto por postes. Detrás de éstos, de las palmeras y de las señales con salpicaduras de barro ha comenzado a salir el sol.

Acerca de Adán Cuesta

Manchego y caballero andante por los humeantes páramos del Imperio en busca de vida inteligente. Huyendo. Exprimo a las palabras mientras afuera crecen las ruinas, intentando que enuncien el rostro de nuestra decadencia, intentando que enuncien una verdad que no se puede conocer de otro modo. Libertario y Antiautoritario. Porque aquel que no es capaz de oir la música siempre piensa que los que bailan están locos
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