El olor del papel

Reflexiones de un gallego: El olor del papel

 

El olor de los libros es único. Los nuevos te transmiten una fragancia limpia de edición, de imprenta; una frágil virginidad entre las manos; los viejos, proyectan no solo la historia de sus páginas, sino, de alguna manera, con su aroma añejo, la de las personas que los leyeron también.

Avenida Santa Fe, 1860. Buenos Aires. Domingo por la tarde.

Virginia es una mujer sexagenaria, con clase. Es muy elegante en su vestir. Hoy lleva una blusa blanca de seda y una falda negra por la rodilla. Su cabello cano le da un toque de distinción. Bien peinada, pero con un flequillo algo caprichoso, podría pasar por una institutriz británica de los 70’s con una pincelada de rebeldía. Sus buenas formas, tacones altos y ojos azules la vuelven singularmente atractiva para su edad.

Julián debe tener treinta y tantos. Lo imagino antimiltarista, solitario y algo díscolo. Tiene una barba corta y bien cuidada. Lleva un sombrero negro, una remera del mismo color, jeans y zapatillas de deporte sin marca.
Ambos se encuentran leyendo en el Ateneo, sentados uno frente al otro. En la butaca del medio se encuentra un anciano menudo que parece estar dormido, con sus gafas en el medio de la nariz apuntando a un libro bien gordo entre las manos. En la mesita, tres o cuatro libros más.

La vista es impecable desde el segundo piso de este gran templo de la literatura. Asomado a su baranda circular de mármol, atisbo un gran silencio entre las personitas que deambulan por sus pasillos y estanterías: de la novela histórica a la arquitectura, pasando por el ocultismo y las autobiografías para detenerse en el arte argentino; otros llevan un buen rato hojeando libros esotéricos y descubro a un tipo desaliñado que devora con avidez un volumen de autoayuda. Se desplazan como hormigas, van y vienen, se detienen, agarran un título, lo abandonan; vuelven a curiosear y continúan su camino. Es un enjambre humano unido por el amor, a veces solo curiosidad, al universo de la lectura.

Virginia y Julián continúan sentados. Por la postura corporal y su pausado modo de pasar las páginas intuyo que llevan allí un buen rato. Me acomodo en la baranda sobre los codos. Mis manos sujetan la cabeza por la barbilla. No les quito ojo.

─¿Nos conocemos? ─pregunta Julián.
─¿Perdone? ─se sorprende Virginia, que levanta la cabeza muy despacio.
─Lo digo porque lleva usted mirándome desde que se ha sentado ─aclara el muchacho.
─No me diga ─contesta Virginia con sarcasmo ─Yo estoy leyendo. Como usted, quiero pensar.
─Y sí. Soy yo el que lee, efectivamente. Usted no ha pasado ni una hoja todavía ─replica el pibe con atrevimiento.
─¿Y cómo está usted tan seguro si dice estar concentrado en su lectura? ─sentencia Virginia, muy firme.

Se impone un pequeño silencio. La mujer sonríe y agacha la cabeza hacia su libro de nuevo.

─Mire, la verdad es que pensé que nos conocíamos ─comenta Julián, nervioso ─Al menos usted a mí, aunque a decir verdad su cara también me es familiar. Igual, perdone la molestia. No sé siquiera por qué le he dicho nada.

El pequeño hombrecillo que parecía dormitar, cierra su libro momentáneamente y los manda a callar. Llevándose el índice a los labios susurra:
─¿Pueden ustedes hablar más bajo? Aquí se viene a leer. Si quieren charlar, váyanse a la cafetería.

Se levanta apurado dispuesto a marcharse cuando se le caen las gafas al suelo. Las recoge muy ufano y abandona la mesa con cara de pocos amigos.

Virginia mira a Julián. Julián mira a Virginia. Ninguno puede aguantar la risa. Se produce de nuevo un silencio incómodo, provocador. Se miran de nuevo.
─Le invito a un café ─comenta Julián.
─¿Un café dice?, No sé, bueno, ¿qué hora es? ─responde Virginia algo alterada.

La primera vez que pisé el Ateneo en la avenida de Santa Fe me enamoré de él, de su olor a libros nuevos, su decoración barroca y hermosa, sus plateas llenas de ejemplares y sus hormigas que, en silencio, merodean entre la filosofía, el arte y la novela policíaca.

Desde entonces, todos los domingos me doy un paseito por este templo de las letras para calmar mi alma y mi sed de literatura. A veces compro alguna obra y a veces solo hojeo los libros que se me antojan más atractivos; pero nunca falto a mi cita. Hoy he seguido desde mi platea del segundo piso a unos adolescentes de otras épocas, cuando no había celular, que, entusiasmados con unos libros de historia entre sus manos, charlaban animosamente en sus estanterías.

El pasado fin de semana me pareció distinguir a Virginia y Julián agarrados de la mano por el vestíbulo de entrada, pero cuando intenté acercarme un poco más, audaz y curioso, su imagen se disipó entre el resto de visitantes y no volví a verlos.

El Ateneo es así: un universo de páginas vírgenes, de tinta impresa e historias ensoñadas; un mundo íntimo de conversaciones imaginadas desde las alturas y de historias de amor en cualquiera de sus versiones, reales o no, pero presentes en las estanterías de sus plateas y lo que antaño representó un patio de butacas lleno de público en pleno corazón de Buenos Aires.

+ relatos sobre Buenos Aires en Reflexiones de un gallego.

Acerca de Vicente Aguilar

Como dice mi buen amigo Joaquín la pasión deja cicatrices. A mi no me queda piel sana ya entre tatuajes y ‘pasionaduras’. Nací de la pasión y apasionadamente (estoy seguro, aunque nunca me lo dijeron). Esto sucedió en Madrid el siglo pasado. Vivo pues desde la pasión, para la pasión, por la pasión, tras la pasión …. y podríamos acabar casi con todas las preposiciones pues encajarían como un puzzle en el día a día de mi agitada vida. Cocino, como, hago el amor o follo (según se tercie), río, lloro, trabajo o escribo con pasión y eso es todo lo que puedo ofrecer. No entiendo de otra cosa. Es por ello que, desde aquí quiero comunicarme apasionadamente y recibir el calor de vuestra compañía que confío esté a la altura de este secretillo mío que ahora acabo de desvelar.
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