Sueñete y miedos nocturnos

Dice Ray Bradbury en alguna parte que todos los grandes están siempre atareados en amar y en odiar.

«La vida es corta, la desdicha segura, la muerte cierta. Pero entretanto, en su trabajo, ¿por qué no transportar esas hinchadas vejigas con las etiquetas de Garra y Entusiasmo? Con ellas, en viaje hacia la tumba, yo me propongo azotar a un espantajo, acariciar el peinado de una linda chica y saludar a un muchacho subido a un caqui».[1]

Cuando Sidney Pollack leyó uno de los borradores del guion de Sense and Sensibility temía, como productor ejecutivo, que el público moderno no entendiera esa película: «¿Por qué estas mujeres no salen a buscarse un empleo? Yo soy de Indiana. Si yo encontré uno, cualquiera puede hacerlo».

Llevo dieciocho días, con todas sus noches, sin dormir. Ya sé que lo sabes.

Miro en internet. La primera predicción de búsqueda por palabras clave para «cuánto aguanta un cuerpo sin dormir» me engaña y acaba así: «Cuánto aguanta un cuerpo sin tener sexo». De ese primer artículo en búsquedas naturales salto a la página de RENFE, y ahí me quedo hasta que sé salir. Mi cerebro tiene ganas de marcha. Leo en Twitter que alguien ha escrito un artículo sobre el pene conceptual y su impacto en el cambio climático. ¿Otro Sokal? Por fin encuentro lo que busco: He batido el récord mundial de insomnes. ¡Aquí! En un cuarto chiquito de un pueblo del sur madrileño.

Como no soy de darme importancia, sigo a lo mío.

Hay un título que quiero encargar. Grandes pelmazos de las letras universales. Se compra. ¡Enrique Gallud Jardiel es tan bueno poniendo títulos! Lo acabo de descubrir. No puedo evitar añadir a la cesta su Séneca, Quevedo y otros plastas por el estilo. Ya los leeré cuando me despierte. Veo en algún blog que el ahora excampeón de insomnes se llama Randy Gardner. Nombre demasiado redondo y demasiado inglés para tan segundón. No he leído a Gallud Jardiel pero sí a su abuelo, y me conformaré con una pizca de esa genialidad. ¿Te acuerdas de Angelina? ¡Qué rimas! Solo el deseo de la lectura inminente da vida a mi vigilia.

 

«Las ideas extremistas
van dominando a ojos vistas
incluso a la gente seria.
Ayer leí yo en ‘La Iberia’
que en Madrid hay petardistas-
-¿Es posible?.- ¡Qué bochorno!
-Las conciencias son un horno
con tantos materialistas…»
-«Hay demasiada invención.
demasiada novedad,
y ellas las culpables son
de lo que pasa.-¡ Es verdad!
¡Ese maldito Edisón
con tanta electricidad!
Y máquinas por doquier…
Si no existe un solo bípedo
que no invente algo.- ¡Hay que ver!
El sifón, el velocípedo,
la máquina de coser…».[2]

 

Con Gallud Jardiel me pasa como con Manuel Delgado, el antropólogo: me caen tan bien que no tendría yo ninguna gana de conocerlos personalmente.

Se me ocurre que, si quieres caerle bien a alguien, debo decirte, no hay nada como halagarlo con mentiras. Adulación.

Uno de los primeros estudios de investigación política molones ocurrió en Inglaterra en 1867. Benjamin de Israel y William Gladstone se batían como candidatos para Primer Ministro. Hubo un equipo de investigadores que los puso a prueba. De Israel y Gladstone tuvieron una cita con la misma mujer, quien, tras cenar con cada uno de ellos, eligió a su candidato preferido. Después de verse con Gladstone, la mujer contó al equipo de investigación que ese hombre le había parecido la persona más inteligente de Inglaterra. Luego, una vez que cenó con De Israel, la señora explicó que aquel hombre hizo que ella se sintiera la persona más inteligente de Inglaterra. De Israel fue quien más gustó a la mujer. Fue quién más gustó a todo el país.

Este tipo de gustos inducidos, sobre la base de la psique y la autoayuda, tiene sus consecuentes históricos. Recuerdo ahora al peluquero de Hitler. La hipoteca del barbero. Los muebles de IKEA con sus bisagras y tornillitos. Imagino ahora a Friedrich Schmeed. Atribulado.

«Como declaré ante el tribunal de Nuremberg, no sabía que Hitler era nazi. La verdad es que durante años pensé que trabajaba para la compañía de teléfonos. Cuando al fin me enteré del monstruo que era, ya era demasiado tarde para hacer algo, pues había dado un anticipo para comprar unos muebles. Una vez, casi al final de la guerra, contemplé la posibilidad de abrir un poco la sábana que Hitler tenía atada al cuello y dejar caer por su espalda los pelitos que acababa de cortarle, pero, en el último instante, me traicionaron los nervios».[3]

Si el señor Schmeed hubiera hecho tal cosa se habría quedado sin muebles, probablemente.

Tengo que sacar ataúdes a la calle y no me apetece nada. El profesor de Ionesco, que se ha cargado ya a cincuenta alumnas, tiene ganas de más.

El profesor. — Sí, María, sí. (La cubre.) Hay el peligro de que nos

detengan… Imagínese, con cuarenta ataúdes… La gente se asombrará. ¿Y si nos preguntan qué contienen?

la sirvienta. — No se preocupe tanto. Diremos que están vacíos. Además, la gente no preguntará nada, pues ya está acostumbrada.

el profesor. — De todos modos…

la sirvienta. (saca un brazalete con una insignia, quizá la svástica nazi).

— Tome. Si tiene miedo, póngase esto y nada tendrá que temer. (Le

coloca el brazalete.) Se trata de política.[4]

Dice Walter Benjamin que además de leer cosas muy gruesas hay que leer otro tipo de cosas.

Leo que hay un tipo de alucinación no patológica. Alucinación hipnopómpica. Ocurre quizá mientras te piensas dormido y has descansado poco porque preparas una oposición que no aprobarás, o acaso por el ruido del bar. Podría valer. Me ha interesado el asunto. No es que yo les susurre a los caballos. Es el caballo el que me está dando una homilía en este preciso momento. Aquí no hay sitio para los dos. Tiene rizos como caireles y buena dicción. Es un caballo enjundioso. Yo le digo (si no le disgusta que desvele nuestra íntima conversación):

—Mire usté, señor caballo, hay dos tipos de nacionalismo: el nacionalismo visto desde arriba y el nacionalismo visto desde un lado.

El caballo, pensativo unos segundos, se resuelve:

—Pues dice usted que no, pero una cosa es verdad y segura, entre tantas que yo he aprendido de ustedes, y es que en esta vida hay dos tipos de persona: las del primer tipo, por un lado, y las del segundo tipo, por el otro.

Acabo de terminar La desfachatez intelectual por consejo de un amigo y he tenido pesadillas en duermevela con Sánchez-Cuenca y Zarzalejos. Este último, como Ricci, le decía al primero, o sea al autor: «Pues yo estoy en contra del sexo antes del matrimonio, porque te lías, te lías y acabas llegando tarde a la ceremonia». El caso es que Sánchez-Cuenca, que es analítico el hombre, se defiende en un epílogo de su séptima edición ante las críticas de Zarzalejos, que es más holístico, sin embargo. Yo no he leído la disputa hasta ahora mismo. La he soñado palabra por palabra ¡Y lo compruebo leyendo esas últimas páginas de La desfachatez, justo cuando te lo cuento! Vuelven los miedos nocturnos. Qué literalidad de sueño.

¿Soy machista discursivo también cuando duermo? ¿Qué dirá Gambetta? Quiero leer ese artículo del pene conceptual. Pero tengo la página de RENFE en favoritos.

Aunque a mí las peleas de metagéneros me despistan mucho, busco ese pene por si de ahí me saliera una tesis. Encuentro otra cosa. Para el caso, también cierra bien:

Un estudio realizado por la Universidad de Georgia en Estados Unidos demostró que los hombres homofóbicos tienen un nivel mayor de excitación al ver pornografía homosexual.

[…] Al darles a conocer los resultados a los hombres, estos afirmaron que no se excitaron al ver la pornografía gay; sin embargo, el resultado de la prueba demostró lo contrario.[5]

Circulo por el subterráneo buscando escuela de nuevos ‘filosofers’ y ‘politikers’ que regalen su doctrina para luego exigirla, en favor de un buen rollito, de lo común y de lo colectivo.
Tomo asiento. Recogidita la nidada, como es mi costumbre. No me despatarro porque está feo invadir el asiento del otro. Pero en este último viaje a la estación de ‘El más pirao, gana’, con lo que dicen unas y lo que replican otros, ya no solo me ocupo en respetar los límites de mi vecino: ‘los cojones’ de los demás, los de ellas y los de ellos, se me han hecho también enormes, agresivos. Bolas de demolición. Tan prohibidos como muslos desnudos de antañazo en las muchachas. Oigo de fondo Big Balls de AC/DC.[6]

Abro Facebook. Lo cierro por si me salpica alguna torta. Más tarde regresaré sobre cuestiones de género e ideología con mucha enjundia. Luego te cuento.

Mañana enfrentaré otra vez ese auditorio abarrotado y, lo mismo que Chico, le diré a Groucho:

«¿Qué digo?», «Diles que no estás aquí», «¿Y si no me creen?», «Te creerán cuando empieces a hablar».[7]

[1] Ray Bradbury, Zen en el arte de escribir. Minotauro, Barcelona 2002.

[2] Angelina y el honor del brigadier, Enrique Jardiel Poncela.

[3] «Para acabar con las memorias de guerra: Las memorias de Schmeed», en Woody Allen, Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, Tusquets, Barcelona 2007, págs. 28, 29.

[4] Eugene Ionesco,  La Lección. Alianza, Madrid 1996., págs. 138, 9.

    [5] Adams, Wright y otro. “Is homophobia associated with homosexual arousal?” (citado aquí —hipervínculo tautológico:      https://es.wikinews.org/wiki/Un_estudio_afirma_que_los_homof%C3%B3bicos_se_excitan_m%C3%A1s_con_la_pornograf%C3%ADa_homosexual).

[6] https://www.youtube.com/watch?v=gJ3tqIukBKg

 

[7] https://www.youtube.com/watch?v=38N5OcZx3ko A night at the Opera (el doblaje español no vale: destroza los chistes  marxistas).

 

📷: Rolling Spoke

Acerca de A Cuenca

Todólogo en muy mal sentido, y de casta diletante populista, disfruta un café casi tanto como contrariar sin noticia a quien tercie coincidir al otro extremo de su café. Fuentes autorizadas aseguran haberlo visto en iguales disputas ociosas mucho después de que la víctima criatura hubiera abandonado ese otro extremo del café con mucha prisa porque había quedao. Entre su extenso currículo intelectual permítasenos destacar con mención especial el prestigioso diploma que acredita su segundo puesto, obtenido echando leches, en el concurso de ripios para matemáticos de la Escuela Parvularia a Distancia de Taifuk (e-PeDeTe).
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