Los Panero y Felicidad

‘Pobrecito’

He aquí las ratas que molestan a las ratas

en el inmenso albañal que se llama vida.

Salir de la cloaca es sólo un artificio

es nuestro destino vivir entre las ratas.[1]

 

Dice Leopoldo María que «el loco yerra pero no miente».

Me sorprende mirar hoy cómo discurrieron las vidas de quienes «fundaron sus causas sobre nada». Quizás porque es muy mentira que alguna vez creyeran en esa causa de la nada.

Muchos de los que siguieron esa idea de Max Stirner, tomada del verso de Goethe[2], han acabado bebiendo de la más pura contradicción, paranoica, que no esquizofrénica, de la adicción al castigo y al enclaustramiento más dependientes. Porque paranoica, explica Leopoldo María, «es la locura que lo pasa mal». La locura esquizofrénica es, sin embargo, «una preciosidad».

Los anárquicos, que no anarquistas, pintaban muy bien, por ellos y en el Otro, cuando descreían de causas tan insoportables como las ideas de Humanidad, Dios, grupo, libertad…, para luego terminar en un egoísmo mucho peor entendido. Ese egoísmo de quien te da la matraca con su libérrima libertad. Pero siempre en una cárcel o en un manicomio sin los cuales ya no se sabe vivir con otro pretexto que el de la antipsiquiatría más propsiquiátrica. Eran, sin embargo, y para mí, los únicos creíbles de principio. Aquellos que partían sin causa estaban tan libres de sospecha como el maravilloso Peter Sellers de Being There. Era un principio precioso en el que ya casi nadie cree. Fundar tu causa en nada te deja tiempo para cuidar de las causas otras y de los otros.

Aun así, mucho peor y contradictorios fueron los anarquistas que alguna vez creyeron en la idea de ‘pequeña comunidad’ y en sus bondades. Esos, generalmente, fundaron su causa en todo, a condición, claro está, de que ese todo oprimido por la norma y lo común les quedara lejos y no entorpeciese sus «ventanas de negocio». Más claro: El egoísmo de resulta comunitarista les venía mal a la hora de la siesta. La causa perentoria que salvar no valía la pena si era poca cosa, tan poca como lo es un congénere que ya tienes cerca. Empecinados en cargarse al Estado, o a su pueblo, no hubo tiempo tampoco para ocuparse de otros, por más que individuos y familiares. La idea era buena, pero fallida, otra vez. Demasiada admiración por la belleza y el dinero para ocuparse de bondad política alguna.

Ahora que miro en seguido El desencanto, de Jaime Chávarri, y Después de tantos años, de Ricardo Franco, veo en la leyenda de la familia Panero una confirmación de algo que ya sospechaba: la gente de mejor tono para los demás es, sin duda, la que ha basado su causa sobre nada. Ni Juan Luis ni Michi, ni, tampoco, o mucho menos, Leopoldo María lo consiguieron. No sé si acaso alguna vez lo intentaron.

Fundar una causa en nada, decía, te deja más tiempo para los otros. Los de las causas enormes están siempre muy ocupados de sus grandes conflictos. Estos muchachos eran, sin embargo, tan ociosos como cultivados, tan literatos como zampatorrijas y vagos, y así leyeron a Stirner. Una pena: empezaron bien y con casi todo a favor, con Felicidad o sin ella, pero de Stirner se quedaron con la bondad que resulta de comerse uno mismo, y no otro, su propia torrija.

Leopoldo María, antes de intoxicarse el cerebro de vodka y estricnina (o insulina, tanto da) se lo llenó de lenguaje lacaniano y posfranquista, como sugiere en algún sitio Juanjo Millás, pero con más agudeza que bondad. Creo yo.

«La cárcel es el lugar donde mejor me lo he pasado. […] En la cárcel se rompe la odiosa dicotomía entre lo público y lo privado. Se rompe con la odiosa estructuración social del aislamiento […] es el único lugar, como se suele decir, donde es posible la amistad. Una amistad que dura lo que dura el tiempo de prisión. Porque luego me he encontrado fuera de la cárcel con amigos de la cárcel y eso ha sido un desastre […]. Se ve que la cárcel es el útero materno y que fuera de él el Yo se fortalece, y empieza por lo tanto la guerra más inútil y más sangrienta. La guerra por ser yo, para lo que haría falta que el otro no existiera. Eso es lo que origina el intercambio de humillaciones que, más que el intercambio mercantil, es lo que estructura la sociedad actual».[3]

Después de todo, sigo creyendo que los anarco-egoístas, fuera de sus cárceles mentales, tenían razón en esto: No hay comunidad ni Estado bondadosos que no dejen bien en paz al individuo; de lo que no se deduce, sin más, que haya libertad negativa posible que valga, ni tampoco positiva. Como arranque literario, sin embargo, tan precioso como la ‘esquizofrenia’ de Leopoldo María cuando quiso fundar su causa sobre nada.

[1] Leopoldo María Panero, ‘Pobrecito’, Contra España y otros poemas NO de amor + inéditos de Mondragón.

[2] Primer verso del poema de Goethe, Vanitas! Vanitatum Vanitas!, citado por Max Stirner en Lo único y su propiedad [1845], Libros de Anarres, Buenos Aires, 1976, pág. 13.

[3] Leopoldo María Panero. Fragmento de El desencanto. Jaime Chávarri, 1976.

 

📷: Livia Federici

 

Acerca de A Cuenca

Todólogo en muy mal sentido, y de casta diletante populista, disfruta un café casi tanto como contrariar sin noticia a quien tercie coincidir al otro extremo de su café. Fuentes autorizadas aseguran haberlo visto en iguales disputas ociosas mucho después de que la víctima criatura hubiera abandonado ese otro extremo del café con mucha prisa porque había quedao. Entre su extenso currículo intelectual permítasenos destacar con mención especial el prestigioso diploma que acredita su segundo puesto, obtenido echando leches, en el concurso de ripios para matemáticos de la Escuela Parvularia a Distancia de Taifuk (e-PeDeTe).
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