Ser mosquito

Él estaba advertido desde su nacimiento, su madre antes de morir le dijo:- “vas a vivir dos minutos”. Su instinto buscaba ser auténtico, innovador. El mosquito nació en el metro de una gran urbe, transporte extremadamente veloz.

Primeros 5 segundos de suerte en la vida. A los 6 segundos de vida ya estaba escuchando en el tercer vagón del metro una teoría que lo haría triunfar: la selección de las especies de Darwin y la herencia de los caracteres adquiridos de Lamarck.

Él iba a hacer que su especie viva más de dos minutos, aunque más vale pájaro en mano que mil volando.
A los 17 segundos de vida escuchó otra teoría: de la relatividad, que útil. Todo en la vida es relativo, incluso el tiempo.
El metro ya estaba próximo a la estación final: ‘Parque Apobalta, descenso por el lado derecho” escuchó y voló sin dudar.

A los 27 segundos de vida por primera vez respiraba aire puro mientras se preguntaba por qué había que vivir tan rápido y con tan poco tiempo.  ¿era acaso una bendición o un castigo para su especie?

Inhaló bien profundo y se dedicó a jugar, iba colocándose en los brazos de las personas y antes de que se venga la palmada huía volando.

Ya iba por los 47 segundos de vida, ó 1 minuto y 13 segundos para su muerte.  No sabía de qué forma pensarlo.
De pronto, recordó algo de su vida pasada: había sido tortuga y ellas viven hasta 1000 años, es decir, vivió dos guerras mundiales, la Guerra Fría y alguna otra apocalipsis pequeña de la humanidad. Se posó en una hoja de árbol e imaginó que viajaba en el tiempo. Las tortugas tienen caparazón, seguramente eso las hace longevas y se colocó la hoja cual caparazón.

Se subió al hombro de una niña que se estaba hamacando, quizás si la picaba,  con su sangre, podría volver a ser un mosquito pequeño. Lo logró. Así volvió al segundo inicial, a los primeros instantes de vida. Vivió todo de nuevo, dos veces lo mismo y el tiempo no había transcurrido. “Eterna juventud”, pensó.

Pronto se dio cuenta que vivir siempre lo mismo no era muy auténtico e interesante. Decidió aceptar y dejar de contar los segundos y sus subdivisiones.

Nadó por la laguna, comió un poco y se dedicó a disfrutar.

Después de todo, reflexionó de sus aprendizajes: a nacer, a escuchar, a aprender, a razonar, a intuir. También a colarse en el metro y picar a una niña indefensa.

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