7 días a bordo de un barco por el río Amazonas

Manaus no es el resultado de la ciudad que un día intentó ser; la París amazónica. Más bien se ha quedado como una ciudad brasileña caótica con multitud de tiendas y venta ambulante, olor a orín y fruta y un intento de modernización a través de un servicio de alquiler de bicicletas públicas que nadie usa. El teatro Amazonas, símbolo de la ciudad, es el único edificio que todavía conserva esa majestuosidad llegada con la fiebre del caucho a finales del siglo XIX. Por aquella época multitud de europeos venían a la capital del Amazonas a aburguesarse, forzar a esclavos a extraer borracha (el famoso caucho) y crear en el Nuevo Mundo, que ya no lo era tanto, una ciudad a imagen y semejanza de lo que tanto añoraban de su Europa envejecida.

A Manaus todavía siguen llegando europeos, viajeros que pretenden encontrar los secretos del Amazonas a través de excursiones guiadas tipo inserso gracias a la multitud de empresas que ofrecen dudosas experiencias de ecoaventura en donde se pescan pirañas, se atrapan caimanes y se hacen selfies con tribus indígenas que hace tiempo dejaron de serlo. Otros viajeros, generalmente nativos, dejan Manaus tras su visita al hospital o a la familia y vuelven a sus pequeñas aldeas ribereñas, las más alejadas, a unos 1500km, llegan a hacer frontera con otros países sudamericanos; un viaje en barco por el Amazonas no siempre de ocio y en una de las partes, aparentemente, más inhóspitas del planeta.

Alrededor del puerto unas cuantas decenas de vendedores ambulantes venden pasajes diarios para diferentes puntos a lo largo del río. No hay un precio fijo y lo lógico es regatear aunque el billete no se regala. En dirección este, cuando vas a favor de la corriente, los precios son más bajos. Al contrario, aquellos que van dirección Colombia o Perú demoran más de 7 días de viaje y por unos 80€ tienes derecho a colocar tu hamaca, barra libre de agua mineral y tres comidas al día.

Un gran número de barcos esperan en el puerto de Manaus a diario; pequeños pesqueros, lanchas que hacen recorridos turísticos, hoteles de cinco estrellas y ese del que hablaba que llega hasta Colombia, el nuestro, ya con las hamacas de los que “acampan” un día antes de que zarpe para coger los mejores sitios.

El día que salía el barco madrugamos bastante y nos levantamos con el ánimo del que sabe que va a viajar, Colombia nos esperaba y, tras el tratado de paz con las FARC, más de brazos abiertos que nunca. Desayunamos bien por no saber las comidas que nos esperaban embarcados, cogimos nuestras mochilas y emprendimos camino al puerto bajo el sol y la humedad que caracterizan al clima amazónico.

El barco que nos esperaba, Sagrado Coraçao de Jesús, es realmente un barco de carga, en su sótano encontramos toneladas de productos para dejar en diferentes poblados a lo largo del río; harina, arroz, feijao, motores para pequeños barcos, juguetes, cementos, lavadoras, puertas, una bicicleta, vodka, altavoces y, principalmente, cerveza. Encima del sótano, y a pesar de que faltaran 4 horas para zarpar, ya había unas 100 hamacas más de las que había el día anterior cuando compramos los pasajes, un trajín de gente con maletas, cajas llenas de comida, televisores, ventiladores, la biblia como única literatura y mantas de franela que nos decían que a lo mejor no habíamos llegado tan preparados para las noches del Amazonas. Vimos un hueco en el medio de la planta donde entraban, justitas, dos hamacas como las nuestras, iba a ser nuestro hogar durante la próxima semana y, aunque no parecía muy cómodo, el viajero de larga duración se bate constantemente con la entrada y salida de las zonas de confort que va generando. Saludamos a nuestros vecinos de rasgos indígenas, como casi todos en este estado y como la gran mayoría en el barco, sus hamacas estaban colocadas a escasos centímetros de las nuestras (2cm para ser más exactos) y no conseguimos del todo apartar todo su equipaje ni a sus dos niños que ya correteaban libres por los pocos espacios vacíos que había en el barco. El padre de familia había colocado un poco sus bártulos y nos miró buscando un agradecimiento pero yo solo me le imaginaba roncando mientras se balanceaba a 2 centímetros de mi oreja.

Como llegamos temprano, hicimos turnos para investigar el barco mientras esquivábamos a la multitud de vendedores ambulantes que ofrecían imprescindibles para la travesía; cargadores móviles, fruta que no se pone mala, linternas, mini radios (para nuestra desgracia) y las típicas bolsas de patatas para picar entre horas. A ambos lados de la jungla de hamacas, unos pasillos paralelos al río llegan a otros espacios comunes, la cocina y comedor donde se sirven las comidas, una fuente de agua bien fresca potabilizada y unos baños que dejaban bastante que desear, aunque menos de lo que esperábamos, por su olor y los aproximados cuarenta grados que hacía dentro de ellos. Subiendo unas escaleras se llega al espacio de ocio del barco, un chiringuito con una terraza y vistas al río y a toda la selva amazónica, todo un lujo.

Antes de salir ya estaban todos los enchufes del barco ocupados, los que tuvieron esa suerte aprovecharon para enviar algunos mensajes antes de ir río arriba y encontrarse en una situación de conexión intermitente tirando a nula, los que no, comenzaban a conocer a sus vecinos, ésos con los que pasarían respirando el mismo aire durante los próximos 7 dias.

A las 13:00h del 28 de junio, zarpamos.

Hoy es el quinto día, las horas transcurren más o menos como ayer y más o menos como serán mañana, hemos vuelto a desayunar un pedazo de cuscús, una patata morada y un pan, en España más conocido como medialuna, con un toque de mantequilla para que no se nos haga bola. Probablemente la comida y la cena se compondrán de lo mismo que los anteriores días; arroz, feijao, pollo y farinha, todo mezclado como gusta aquí en Brasil. La gente hace cola para los tres turnos de comida, a las 6, a las 11 y a las 17, aunque no creo que sea más por hambre que por aburrimiento pues, realmente, es la única obligación del día entero. La comida cansa, no por mala y si por repetitiva aunque, mientras escribo esto y veo a la cocinera quitándole los callos de los pies a su compañera, me replantee cambiar los adjetivos.

La mañana transcurre en el piso del ocio donde se pueden ver las relaciones que se han ido estableciendo a lo largo de los días, la mayoría unidas por la edad, otras por vecindad o por idioma, los pocos hispanohablantes que somos, 5 entre 200 pasajeros, hemos hecho un pequeño grupo en el que coincide nuestra lengua y el ser los únicos turistas del barco, cada uno nos contamos historias de nuestra vida, el mexicano nos habla de cuando fue secuestrado por el cártel de su ciudad en México y dos amigos cubanos que conocimos ayer, castristas convencidos, cuentan historias de la revolución y de las dificultades que tienen ellos para viajar a los países, mayoría, donde les piden visado. Los más pequeños no dejan de jugar al escondite y al pilla pilla desde que se levantan y también los hay que aprovechan para encontrar el amor de su vida, anoche, una de las veces que me sentí obligado a dejar mi hamaca y orinar, pude ver que una pareja que se había conocido en la travesía se besaba a escondidas, como es típico en Brasil, bajo la íntima oscuridad que da el Amazonas.

El chiringuito que tanto prometía se convierte en nuestro mayor suplicio desde el momento en el que enciende el altavoz a las nueve de la mañana y no deja de sonar reguetón y pachanga estándar hasta casi media noche. Los brasileños lo disfrutan bastante, uno de los mayores pasatiempos es echar la tarde entera bebiendo cerveza y tirando las latas vacías al río desde la parte trasera del barco, justo frente a un cartel que especifica esa acción como prohibida y rodeados, literal, de contenedores de basura y pequeñas papeleras puestas a disposición. Todo lo tiran al Amazonas.

Acompañando a la cerveza, la actividad principal es jugar al dominó en varias mesas del barco reuniendo espectadores y apuestas económicas. No llegamos a entender muy bien el fanatismo por el juego, principalmente cuando, cada vez que colocan una ficha, golpean fuertemente la mesa y miran efusivamente a su rival. A veces tenemos que hablar a gritos, sobre todo cuando se juntan el juego, la música y una televisión siempre encendida que nadie ha conseguido del todo sintonizar. Parece que no les importa esta incomodidad sonora.

Otros más tranquilos se dedican a mirar el imponente paisaje, el río más caudaloso del mundo con la selva más grande de fondo. Al navegar a contracorriente, el barco remonta pegado a la orilla. Ignorante de mí o urbanita, nunca imaginé que el margen del río más salvaje del mundo estuviera lleno de pequeñas casas de madera, algunas solas y otras en aldea, construidas sobre palos para evitar las crecidas del río y en las que, gracias al ex presidente Lula, hay electricidad y comunidades bastante desarrolladas con colegios, lanchas a motor y, cómo no, campos de fútbol e iglesias. Nosotros nos sentamos en la parte de arriba del barco mirándoles e imaginando las vidas de aquellos que viven en mitad de la “nada” y nos da pena la soledad de su existencia en esta gran inmensidad. Lo mismo pensarían ellos de nosotros si nos viesen por una mirilla esquivando gente por la Gran Vía o sentados durante horas frente a un ordenador. La soledad tiene un significado relativo.

Para descargar algunos productos del sótano y que se bajen varios pasajeros, antes de ayer hicimos la primera parada del viaje en lo que, comparado con las pequeñas aldeas del camino, se podría decir que es una ciudad. Aunque no creo pase de los 5 mil habitantes, ignorante de mi de nuevo, pude comprobar que allí no faltaba de nada tanto que, en vistas de toda la carga que faltaba por sacar del barco y dejar en Jutaí, pedí cita en la peluquería, pude echar la quiniela y estuve mirando precios en una tienda de motos.

En otra ocasión paramos en mitad de la noche en Amaturá, el pueblo con mejor pinta de todo el recorrido, también bajamos; el río no parecía un vertedero, la vegetación estaba recortada intencionalmente y se veían modestos hoteles, restaurantes y hasta parques infantiles con contenedores para reciclar, novedad absoluta en nuestro periplo por Brasil. Llegamos justo en lo que entiendo serían sus fiestas patronales, ya que entre otras pistas como las luces de verbena, sonaba en grandes altavoces Despacito, y me sorprendí de ver mujeres maquilladas y con tacones y hombres engominados y de traje.

Hay vida en mitad de la selva.

Me hubiese gustado saber más de flora y fauna para valorar bien donde estoy, el pulmón del planeta es verde hasta donde alcanzan mis ojos pero mi desconocimiento no me permite diferenciar los millares de árboles diferentes, aves o delfines (si, y de color rosa) que puedo ver. Me limito a contar los colores con los que aquí se pone el sol, a asustarme, reconozco, cuando llega la noche y todas las estrellas no alcanzan a alumbrar la impresionante oscuridad que reina todo lo que rodea el barco y, más especialmente, los días que la lluvia se convierte en un manto que no te deja ver 5 metros más allá de tu nariz.

A pesar de lo curioso de todo lo que sucede dentro del barco, de la increíble monotonía paisajística del río y la selva, las horas pasan lentas y cualquier cosa excepcional, por puntual que sea, se convierte en motivo de entretenimiento. El segundo día nos asaltaron lo que yo pensaba que eran unos piratas, una pequeña lancha se acercó hasta pegarse al barco y de ella comenzaron a saltar a nuestro sótano unos cuantos niños que, finalmente, solo querían vender açai, una exquisita fruta amazónica que nos entretuvo una parte de la mañana. Se ven pequeñas embarcaciones por el Amazonas, muchas de ellas conducidas por niños. Ayer, y ya acostumbrado a lo que pensaba que era un asalto, otra barquita se acercó y se cargó entera de arroz bajo la lluvia, al no tener puerto su pequeña comunidad, es la única forma de hacerse con los pedidos que le hicieron a la gran ciudad. A la tarde del tercer día, no sé si por aburrimiento o por lo divino del paisaje, asistí a una improvisada misa que mi vecino, el que como intuía no para de roncar por la noche, ofreció a todos los que se animasen a dar un par de palmas. Esto ya se ha convertido en costumbre. Anoche descubrí entre las hamacas que se organizan partidas de PlayStation en una pantalla de 40 pulgadas que todavía no me pega mucho ni con el barco ni con su gente, el volumen de la Play, como todo en este barco, está altísimo y se mezcla con el sonido de la radio 24 horas encendida de un tipo que dice ser dj en un pueblo del Amazonas, los llantos de algunos bebés mientras sus madres les cambian el pañal y fichas de un dominó al que juegan los niños a escondidas desde el tercer día.

A la tarde, después de cenar a las 17h y prácticamente recién levantados de una siesta que empieza a las 12:30h, subimos a ver atardecer y a conversar entre la misa, la música y el dominó.

  • Vocês sao de onde? Argentina?
  • Somos da Espanha.
  • Madrid o Barcelona? – Cuando quiero conversar digo la verdad, cuando no, digo Albacete que nadie lo conoce y si lo conocieran no hay mucho que contar.
  • La vocês tem muitos predios vazios, tiram às pessoas das suas casas e tem muito desemprego, ne? – Marca España, si, y eso que el Real Madrid ganó la Champions hace poco y sería un tema más recurrente del que hablar.

Cuando se va el sol nos bajamos a nuestra rede, así la llaman aquí, y leemos o vemos cine, ayer, que estuvimos un rato parados, había una especie de profeta un poco pirado hablando, a través de un megáfono, sobre el fin del mundo desde el puerto de Sao Paulo de Olivença, el espectáculo valía mucho más la pena que lo que decían nuestros libros así que nos apoyamos en la barandilla y escuchamos el apocalipsis dictado por este anciano al que nadie le hacía caso. Una vez más, la contaminación acústica no molesta, yo que me imaginaba el Amazonas con solo el sonido de los gorilas, los pájaros y el deslizar de los caimanes.

Cada vez hay menos gente, se han ido bajando en las diferentes paradas del camino y tenemos bastante espacio. Rodeados de muchos bebés que no lloran, sorprendentemente teniendo en cuenta que sus madres no pasarán de los 20 años, inventamos cosas que hacer como estas líneas.

El balanceo de la hamaca me está dando sueño, es lo último que escribo desde el barco y desde Brasil, ya queda nada para bajarnos en Leticia, pueblo colombiano, y, la verdad, no sé si quiero. Hemos vuelto a crear nuestro hogar en este microcosmos al que ya también pertenecemos. La gente nos saluda y cuenta su vida, ayuda, se ríe de nosotros durante las comidas y, la verdad, es fácil adaptarse a no hacer nada más que leer, ver cine, amanecer en la mayor naturaleza, atardecer en ella, y sorprenderse a la vez que comprender unas Maneras de vivir que ni imaginábamos que existían.

El diario de viaje continúa en @ulltramarinos

Acerca de Luis Aguilar

Gato al sur del Manzanares, hormiga del globo y okupa del Cyberespacio. Su pasión por la comunicación le llevó a licenciarse en Publicidad y Relaciones Públicas y, aunque es más de esto último, adora el creativo resultado al juguetear con las palabras. Convive con el estrés a la espera de un traficante de tiempo y, mientras tanto, le roba a la vida más de lo que le puede dar. Cuando descansa, coge aire en las comas y a veces, consigue pararse en los puntos.
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