Apuntes sobre un viaje a Brasil

5.000 km después de llegar a Salvador de Bahía, salimos del país por la triple frontera con Perú y Colombia después de siete días surcando aguas amazónicas y dos meses recorriendo el nordeste brasileño.

Antes de nada, perdonad si a pesar del esfuerzo por serlo cuanto menos, encontráis entre estas impresiones vestigios de etnocentrismo europeo. Soy más de documentarme durante y después del viaje que en el previo pero, en esta ocasión, por tratarse de un «viaje» bien distinto fue inevitable no hacerlo. Me llovió una cantidad ingente de información demasiado dispar. Aún así o más aún, los conceptos preconcebidos y los prejuicios aprehendidos estaban ahí.

 

La intranquilidad de las primeras semanas

 

 Mentiría si dijese que no tenía algo de miedo antes de viajar a Brasil. Había leído y escuchado más sobre asesinatos y asaltos que sobre samba y caipiriñas. Solo pensar en coger un taxi o Uber (siempre con una puntuación superior a un 4,8 como me habían recomendado) en el aeropuerto de la capital de Bahía me ponía los pelos de punta. La curiosidad que me producía las entrañas de este país y que fue el vuelo de ida más barato que encontramos hizo que, efectivamente, cogiéramos un Uber, arriesgamos al 4,7. Con dos tarjetas de débito, una de crédito y un par de fotocopias del pasaporte y el seguro médico dentro de una riñonera escondida entre la ropa interior y el pantalón, nos sentíamos más seguros.

Los primeros días en Brasil una mezcla entre inseguridad y tensión te recorre el cuerpo cada vez que pones un pie en la calle, te fijas hasta en los cordones del de al lado, miras el final de las calles antes de tomarlas y te piensas dos veces si sacar la cámara o el móvil.

La desigualdad te da en las narices. Las favelas están literalmente apegadas a lujosas urbanizaciones privadas, aquí llamadas condominios, coronadas de policía militar, pinchos y alambres. Los niños venden chocolatinas, en horario escolar, dentro de los ônibus y te encuentras a personas de color hasta las cejas de crack y pegamento durmiendo en las mismas calles de cascos históricos de la UNESCO transitadas, por el día, por blancos turistas adinerados.

No solo la hipotética inseguridad y la patente desigualdad hacen intranquilas las primeras semanas. Una bomba de estímulos, a priori incomprensibles, te golpean todo el rato; «¿por qué ponen el aire acondicionado extremadamente alto?, ¿por qué hay tanta basura en la calle?, ¿por qué hay perros callejeros?, ¿por qué ponen la música tan alta?, ¿por qué se reparten tantos folletos para ponerse brackets?, ¿por qué usan la bocina del coche como intermitente?, ¿por qué venden cerveza y papas fritas en el bus?, ¿por qué hay tanta policía militar?, ¿por qué las paredes gritan #ForaTemer?»

 

(Y a pesar de todo, el primer “susto” de una imberbe mochilera en Sudamérica vino, curiosamente, de la aclamada y agradecida, públicamente, segurança. Íbamos en busca de dos tomates, dos cervezas y un kilo de pasta en un pequeño y aparentemente tranquilo pueblo turístico, Jericoacoara. Me paré en seco entre el pasillo de la pasta y la verdura cuando vi un guardia de seguridad con chaleco antibalas y pistola, ¡en un supermercado!)

 

Te acostumbras a la vida brasileña

 

 Con los días, la mezcla entre inseguridad y tensión, por suerte, se rebaja. Empiezas a tener más confianza en acercarte a los brasileños y establecer relaciones más cercanas con ellos. Pura amabilidad. Siempre dispuestos a ayudarte, con una sonrisa en la cara, en cualquier momento o situación. Se nos hacía difícil pensar que esas mismas personas fueran a hacerte algo de lo que dicta la televisión. No podíamos evitar preguntarles: «¿Brasil es realmente peligroso?». Tristemente, la respuesta siempre era unánime: Brasil es un país violento.

Con el paso de las semanas nuestra esperanza de obtener otro tipo de respuesta se fue desvaneciendo y nuestras agallas de comprobarlo, obviamente, inexistentes. Simplemente te «acostumbras» a vivir con más cuidado (más rápido de lo que imaginas). Al menos ya no se te ponen las piernas de mantequilla cuando te cruzas con la policía militar, aunque sigue siendo inevitable que se te congelen los pelos de los brazos cada vez que pasan por tu lado con pistola en mano.

 

(En las fiestas juninas de São Luis, envueltos en una masa de personas que nos trasladaba por momentos a nuestro querido San Isidro, pequeños batallones de policía militar paseaban entre la galera con sus manos ocupadas en desenfundadas pistolas y metralletas mientras buscaban grupos de personas de color a los que registrarlas de arriba a bajo sin la más mínima explicación.

 Esas mismas fiestas nos ayudaron a comprender mejor lo que gritaban las paredes. Un concierto, el día de la música, desde un balcón terminaba al ritmo de:

– cuando yo digo Fora ustedes dicen…

– ¡¡¡Temer!!!).

 

Te acostumbras a la música a todo trapo, lo que al principio te hacía taparte los oídos o dar un asustado brinco, termina por convertirse en pequeños movimientos de cadera e incluso en los primeros pasos de forró. Te acostumbras a escuchar Despacito seis veces al día, ¡hasta en el supermercado!

Los perros callejeros que al principio evitabas terminan siendo una fiel compañía, te alegras de volver a verlos al día siguiente, a la misma hora en el mismo lugar, les das de beber, los acaricias y hasta les pones nombres propios.

Entiendes que es normal que mientras te comes un cangrejo en un chiringuito de la playa un hombre se acerque a venderte camarones o que detrás de un concierto en una terraza de un bar haya una familia vendiendo unos churrascos con cerveza junto con una improvisada terraza con mobiliario de su propia casa.

Te acostumbras a ver a Dios en todos lados. Paredes, cierres de comercios, automóviles, hamacas y tatuajes agradecen su existencia y su fidelidad. Aquí el libro que más acompaña es la Biblia.

Te acostumbras a la impuntualidad, a las camas cortas y a que nunca tengan cambio.

 

 Te gusta la vida brasileña

 

 Le acabas cogiendo gustillo al mingão, algo así como un batido de leche con maíz flotando, a la tapioca, a las patatas moradas y al cuscús para desayunar. Mientras, sueñas con el próximo brigadeiro, açai y agua de coco.

Te gusta el reggae bien pegadito, que en invierno sea verano y el café con mucho azúcar.

Pero sobre todo lo que te gusta es su gente, su paciencia, tranquilidad y alegría (envidias su contemplación). Su diversidad, la mezcla y el sincretismo. Sus ganas de compartir y contarte historias.

(Misa, una mujer afrodescendiente de 80 años, nos contaba, en el centro de creatividad de São Luis, mientras decoraba un pequeño buey de cerámica el secreto mejor guardado detrás de los tambores criollos que llevábamos días escuchando. Era el principal medio de comunicación, secreto, entre los esclavos que querían escaparse de las haciendas y los quilombos, comunidades de esclavos fugitivos. Cuando sonaban los tambores los esclavos sabían que era el momento de escapar).

 

Te da pena tener que dejar Brasil

 

 Nos quedan pocos días para dejar el país, la desigualdad y los contrastes no han cesado y por ende no han dejado de sorprendernos.

En el estado de Piauí, Parnaíba y su Delta parecen pertenecer a países diferentes. En el estado de Bahía, caminar por Salvador y coger un avión en su aeropuerto es como viajar de África a Europa en 40 minutos. En el estado de Maranhão, el mismo 4×4 que te lleva desde Barreirinhas a la turística Lagoa Bonita en el impresionante Parque Natural Lençóis Maranhenses, te pasea por caminos de tierra llenos de cabañas hechas a mano donde sobreviven familias enteras bajo un mismo techo.

Desigualdad y contrastes que la política todavía hoy no ha querido, no ha sabido o no ha podido aplacar. Sí, las paredes del nordeste gritan #ForaTemer pero sus principales medios de comunicación no parecen recogerlo. Brasil reclama libres elecciones ante lo que se considera un golpe de estado muy premeditado y un clamor absoluto por Lula, del que muchos, no todos, asumen que sí, fue corrupto pero que al menos hizo y mucho por las clases más desfavorecidas del pueblo brasileño.

No hemos dejado de sorprendernos de la gran mezcla de la que está conformada el pueblo brasileño. Escribo estas líneas en mitad del Amazonas rodeada de hamacas y familias con rasgos indígenas, no hay negros y solo somos tres blancos en el barco. En Bahía, éramos pocos blancos, muchos negros y no atisbamos rasgo indígena. En Rio Grande do Norte abundaban los rasgos indígenas y también se veían negros aunque los menos. Y así todo el rato.

Aquí la música es tan omnipresente como Dios. Desde mi hamaca, la bandera de Brasil, donde escribo estas líneas en una parada del barco que nos lleva de Manaus a Tabatinga, Amaturá suena un domingo por la noche sorprendentemente fuerte. En lo que ellos llaman puerto hay un pequeño bar donde sus altavoces no descansan, el conocido reggaetón no parece incomodar el sueño de mis vecinos. La música acompaña religiones, bares y comercios ambulantes o no.

Pese a todo, siempre hay cosas a las que es complicado acostumbrarse como que no sea fácil que la botella de Jesus, el guaraná que Coca-cola solo deja vender en el estado de Maranhão termine acompañando cualquier acera o que una lata de cerveza aterrice en mitad del Amazonas. A la feijoada a todas horas o a que las casas huelan a pan con aceitunas.

Y es curioso que a pesar de la distancia, aquí también los atardeceres muevan masas, los niños vayan a la playa con la azul pelota de Nivea y que la gente camine más pegada al móvil que a la acera.

Volveré, Brasil.

 

El diario de viaje continúa en @ulltramarinos

 

 

 

Acerca de Lucía Barba

Madrileña inquieta. Curiosa por naturaleza y optimista por definición. Apasionada de la vida y de todas las cosas que le ponen los pelos de punta. Hablando por los codos la escucharás unos gramos de “sabes” y un kilo de “porqués”. Fan de las personas y las marcas. Eligió la publicidad como el viaje que le permitiría estudiar a las personas. Le encanta agitar las cosas, darles la vuelta, cambiarlas, descomponerlas y volverlas a componer. De ahí Melettea, un baúl abierto y volátil con destino la inspiración, donde poder volcar su curiosidad y agitar más de un pensamiento.
Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.