La Guajira, donde la gasolina es más barata que el agua

A pesar de las informaciones turísticas que apuntaban el clima como tropical seco, la mañana amaneció diluviando. La niebla, o puede que las nubes, impedían ver las montañas al otro lado del valle, ésas que en los días soleados habíamos disfrutado mojando unos cereales en leche de cabra recién ordeñada. Estábamos en mitad de la nada, metidos en una cabaña con vistas al monte y con nuestra casa, a la que ahora llamamos mochila, a buen resguardo.

La noche anterior habíamos decidido viajar rumbo al norte en busca del Caribe colombiano, el vallenato y la gente que, tranquilamente, camina marcha atrás. Una hora después de esperar a que la lluvia parase, sin éxito y con mochila y cuerpo rodeados de imprescindibles chubarqueros Quechua, comenzamos el paseo hacia la estación de San Gil.

16 horas de autobús pueden ser muy productivas si te organizas, más dada la comodidad de los transportes colombianos; asientos reclinables, apoya brazos y pies acolchados, espaciosos pasillos, buena temperatura y un no parar de películas que nadie elige al volumen exacto para que lleguen a temblar los cristales. El paisaje es increíble, el valle del Chicamocha a nuestra derecha es sólo una pequeña parte de los Andes que a nosotros se nos hace muy grande. Lástima que al conductor no le guste tanto y nos lleve a 80km/h por una carretera con curvas de 180 grados sin quitamiedos y adelantando a camiones al borde de un precipicio a 1200m de altura. Un saco de dormir y una camiseta a modo de almohada consiguen que me duerma a pesar del miedo a los frenazos, los niños gritando y Fast and furious en latino y al volumen 29 de 30.

Al despertar y salir del autobús, la humedad tropical y el calor dejaron caer al suelo el saco de dormir, las botas, el chubasquero, la camiseta y, si me descuido, los calzoncillos. Estábamos en Rioacha, la capital de La Guajira, ese departamento colombiano que todo el mundo conoce por la famosa canción “Guajira guantanamera” pero que nadie imagina como un desierto de cactus, aguas turquesas en su mar Caribe y ausencia total de agua dulce.

El Caribe se encuentra con las dunas.

La ciudad ofrecía poco más allá de pitos de muchos coches en un lugar con apenas tráfico, motoristas sin casco, venta de fruta ambulante, gente descalza, gente de color y la primera impresión de que la idiosincrasia (y el bolsillo) en los departamentos caribeños distan mucho de las poblaciones en la parte media de Colombia más, si me permiten el etnocentrismo, occidentalizadas. Así que, y tras esquivar ofrecimientos de transporte que variaban entre un burro y un barco, nos dirigimos hacia el último supermercado que veríamos en unos días. Y digo esto porque nos habían advertido que en la Alta Guajira, hacia donde íbamos, no había absolutamente nada; dos garrafas de agua, diez latas de conserva, arroz, cereales, fruta no perecedera, crema solar y antimosquitos para cerrar el gringo pack.

La puerta de entrada al desierto de la Alta Guajira es Uribia, una jungla de asfalto e intento de civilización de la tribu indígena de la zona. Allí nos esperaba Wellingtong, un tipo gordo de la propia tribu Wayuu cuyo nombre no parece ir mucho con sus orígenes tribales, aunque, según nos enteramos después, ha tenido la suerte de no tener otros nombres mucho más influenciados por los americanos como Onedollar (por el billete) o Usnavy (por los letreros de los barcos americanos que llegaban a los puertos de Colombia).

Wellington nos montó en su ranchera 4×4, colocó un pendrive con más de 2000 canciones y le dio volumen al vallenato que introdujo todo el resto del recopilatorio; cumbia, salsa, bachata y reggaetton con altos niveles de romanticismo machista.

A nuestra derecha, una vía con un tren interminable que transporta carbón. La Guajira, como punto más al norte del subcontinente, es un lugar estratégico para el transporte de mercancías, legales e ilegales, “los narcos esconden la droga bajo las dunas y la cargan en barcos que unas veces cruzan el Caribe y otras, incluso, el Atlántico” nos dijo Wellington, “La Guajira es un resguardo indígena, una república independiente con sus propias leyes y aquí muchos Wayuu han ganado dinero ayudando a los narcos a cruzar el desierto, muchos cambiaron las cabras y las piedras por grandes motos y AK-47”.

En Colombia cualquier territorio, aunque sea un desierto, es escenario para el conflicto violento que por desgracia ha marcado al país el último siglo. Desde el año 1997 un grupo de paramilitares, bajo las órdenes de los hermanos Castaño, comenzaron a entrar en la zona con la excusa de controlar a los “insurgentes” Wayuu, matando, violando y desplazando a multitud de familias con el objetivo y la consecución de controlar posiciones estratégicas y arrebatárselas a los cárteles de la droga. “Las noticias dijeron en 2010 que los grupos ya estaban desmovilizados, pero aquí siguen saliendo barcos sin luces en mitad de la madrugada”.

Una vez dejamos de ver las vías de tren, el paisaje se convirtió en arena, cactus y espejismos de agua. A lo lejos, borrosas, se veían las montañas que indicaban la costa y nuestro destino. De vez en cuando se cruzaba alguna cabra, plato estrella de la zona, y alguna vaca famélica en busca de agua. Las rancherías, que así se llaman las aldeas Wayuu, trazaban a ratos una carretera imaginaria que Wellington seguía, “las rancherías son varias casas juntas pertenecientes a una familia Wayuu, son clanes con sus propias leyes, economías y con un territorio definido que pueden defender a muerte” nos decía mientras señalaba la suya, un conjunto de unas 7 casas hechas con palos de cactus y en mitad de la nada, bajo un sol que un día secó el poco agua que ha tenido estas tierras. Desde el coche vimos niños correr y jugar con basura que había alrededor. Cuatro mujeres subidas a la misma moto y con todo el cuerpo tapado como si fueran musulmanas, saludaron a nuestro guía.

Casas típicas Wayuu.

Un par de horas después de bajar del autobús que nos trajo desde Los Andes, ya teníamos nuestra tienda de campaña montada a escasos metros del  mar Caribe; estábamos en el Cabo de la Vela, el punto más turístico de la Alta Guajira y no más que una calle sin asfaltar con hostales y restaurantes construidos con cuatro palos, sin agua corriente y con electricidad limitada. Por unos 3€, teníamos derecho a guardar nuestras maletas, un cubo de agua al día y un techo para proteger nuestra tienda de una, poco probable, lluvia.

A lo largo de toda la calle había mujeres Wayuu vendiendo sus famosas artesanías, unos bolsos coloridos cuya elaboración lleva más de una semana de trabajo manual. Como soy un curioso y me gusta hablar con todo aquel que me cruce, intenté sacar alguna sonrisa a aquellas mujeres de pocos dientes y, también, de pocos amigos; el pueblo Wayuu no es muy amable con el hombre blanco y todavía le producimos desconfianza. Quizás sea porque piensan, acertadamente, que venimos a robarles su territorio como no lo lograron los españoles en el siglo XVI pues se dice que fue el único pueblo indígena que los colonizadores no lograron someter.

Paseamos por la orilla, el color del agua, multicolor, transparente, Caribe puro, contrasta con la desoladora imagen del desierto. Nos cruzamos con algunos pescadores y como llevábamos numerosas y deliciosas latas de conserva, además de un presupuesto ajustado, no pudimos degustar los manjares autóctonos a precio de risa; langosta con arroz y patatas a 7€, carne de pez raya casi regalado si ayudabas a los pescadores y, cuando había suerte, carne de tiburón cuya grasa, los Wayuu, también aprovechan como medicina para los dolores y como remedio contra la impotencia, o eso me dijo Turizo, un vendedor que al reconocer mi acento español me confesó que le encantaba ver Mortadelo y Filemón.

Pescadores recogiendo peces raya.

Cuando cayó la noche, y con unas pocas bombillas improvisadas, nos metimos entre cuatro paredes con el cubo de agua que nos correspondía y redescubrimos un nuevo concepto de ducha. Frescos, nos sentamos a ver cómo algunos windsurfistas recogían sus materiales, a mirar las estrellas que también relucen en el desierto y a oír las tímidas olas que el Caribe deja en esta zona. Este único sonido de la noche fue Morfeo.

A las 5 de la mañana del día siguiente, los mismos que habíamos llegado, pusimos rumbo a Punta Gallinas, el punto más al norte de todo Suramérica; teníamos que cruzar en tres horas de coche la parte más árida del departamento bordeando las bahías y viendo un amanecer que llegaba casi a los 40 grados. Cuando salió el sol paramos, “La Guajira es el único lugar del mundo en el que la gasolina es más barata que el agua” nos dijo Wellington mientas repostaba en una gasolinera improvisada en mitad de la nada. “Toda la gasolina llega desde Venezuela, a 70km de aquí, de contrabando. Cuando las cosas estaban bien allí, los Wayuu utilizaban los bolívares, moneda venezolana y muchos emigraron para hacerse ricos. Ahora, alguna mañana, he encontrado cuerpos sin vida de venezolanos que intentan cruzar el desierto”.

Más tarde supe que los cuerpos venezolanos no eran los únicos que yacían en estas tierras; desde hace algunos años la empresa Cerrejón, la misma que utiliza las vías de tren, está explotando carbón en la zona con la mala suerte de haber descubierto una gran reserva bajo el único río que recorre este desierto. La empresa, y a la espera de la aprobación gubernamental para desviar el río y explotar los recursos, ha ido contaminando las aguas que dan de beber a gran parte de la población. La historia de Suramérica reproducida en esta pequeña región; genocidio indígena y explotación de las tierras desde su “descubrimiento”. Todo esto sumado a un país, Colombia, que tras firmar la paz con los diferentes actores armados propietarios de muchas minas ilegales, no ha perdido el tiempo en vender estas tierras, sin conciencia ecológica, a cualquier empresa y llenar los corruptos bolsillos de sus políticos. “Este año ya van 56 niños muertos de sed y desnutrición” nos dijo Wellington mientras esquivaba a unos niños que se abalanzaron sobre el coche al vernos pasar cerca de su ranchería.

El agua es un bien escaso en La Guajira.

Temprano llegamos a Punta Gallinas, un lugar mágico rodeado de pequeñas bahías de aguas azul turquesa, flamencos rosas, áridos acantilados y caimanes que siguen a las pequeñas embarcaciones. Allí hay un hostal con 300 hamacas, un restaurante y varias duchas de las que sale agua salada. Nosotros plantamos nuestra tienda y evitamos pagar por la multitud de diferentes excursiones que allí se ofrecen, salimos a pasear y encontramos, como mayor atractivo turístico, varios cementerios Wayuu con motivos cristianos, “Sancho, con la iglesia hemos topado”. La biblia llegó a los lugares más recónditos del continente y los indígenas, bajo un evidente sincretismo religioso, acogieron y adaptaron sus rituales precolombinos a la palabra de Dios. En las rancherías de alrededor hay niños descalzos que se acercan para vender artesanías o empanadas de langosta a bajo precio. Juegan con cualquier cosa y, cuando no queda otra, la diversión es tirarse la basura que rodea sus casas. No son muy amigos del turismo y, la mayoría, solamente habla Wayunaiki aunque conocen algunas palabras clave, “lo que necesitamos es pura plata güevón” decía uno después de recibir el caramelo que le daba un gringo. Todos están sucios y delgados y a algunos ya les faltan varios dientes.

Para cuando amanecimos en nuestra carpa, mar al frente y desierto a la espalda, todos los guías que se encontraban en Punta Gallinas andaban hablando por teléfono y con caras de preocupación; había llovido en el desierto y esto es algo que solo ocurre, de media, tres veces al año. Algunos de los coches turísticos que venían hacia donde nosotros estábamos ya se habían quedado encallados en el barro y la mayoría de los caminos amanecían borrados.

Wellington y otros guías nos subieron a los turistas a sus 4×4 y nos llevaron por el único, aunque más largo, camino posible: la serranía.

De vuelta a casa bien acompañados.

En las montañas de la Alta Guajira, cuando llueve, el agua resbala rápido y el suelo se mantiene árido por lo que los caminos no se borran. “El único problema es que en este desierto la vegetación tarda dos horas en crecer cuando cae agua y la montaña se llena de arbustos que relucen verdes impidiendo, a veces, el paso de los coches.” A lo largo del recorrido descubrimos que los arbustos no era lo único que impedía el paso de los coches como apuntaba nuestro guía, cada pocos kilómetros, niños nos cortaban el paso con dos palos y una cuerda en mitad del camino, una especie de peaje artesanal a veces en mitad de la nada que hacía parar nuestro coche. Al principio no lo entendíamos pero estábamos en lo más profundo del resguardo indígena y aquí, cada ranchería, cobraba su propio impuesto al turismo, al hombre blanco, el mismo que ahora le quitaba el agua para extraer carbón y las tierras para cavar a ver si sale petróleo. Durante las tres horas siguientes hasta volver a Uribia, la situación del peaje se repetía sin que pasaran diez minutos. Niños descalzos, sucios, sin dientes, escuálidos que levantaban la mano primero para parar y después para pedir sin saber nada de multinacionales ni de estado.

Nosotros aportamos casi un kilo de choco krispis y ha sido lo más egoísta que he hecho en mi vida.

Acerca de Luis Aguilar

Gato al sur del Manzanares, hormiga del globo y okupa del Cyberespacio. Su pasión por la comunicación le llevó a licenciarse en Publicidad y Relaciones Públicas y, aunque es más de esto último, adora el creativo resultado al juguetear con las palabras. Convive con el estrés a la espera de un traficante de tiempo y, mientras tanto, le roba a la vida más de lo que le puede dar. Cuando descansa, coge aire en las comas y a veces, consigue pararse en los puntos.
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