De Cartagena de Indias a Guatapé, ¡a la orden!

– Tenía altas expectativas puestas en la aclamada ciudad que pudo cambiar la historia del continente americano, si a principios de 1741 el almirante británico Edward Vernon hubiera hecho realidad su sueño de conquistar el puerto, por entonces español, de Cartagena de Indias. Camino a la ciudad, la ventanilla de un camión se encargó de anticiparme las primeras impresiones… -.

 

Llegamos al terminal, perplejos y en autobús, con más horas de viaje de las que indicaba Google Maps y después de quince días por el caribe colombiano en la mochila. El paisaje de ventanilla se había ido entrecortando con ciénagas desbordadas de basura en las que niños, escasos de ropa, correteaban en zig-zag entre casas flotantes y pescadores ganándose el pan. Todavía nos quedaba una hora de buseta hasta llegar a las puertas de la gran ciudad amurallada.

De nuevo sobre ruedas y sentados como buenamente podíamos, si queríamos ahorrarnos un taxi el macuto y la mochila tenían que ocupar solo nuestros asientos, que por si acaso, eran pequeños y estrechos. Apenas alcanzaba a ver los helados que los vendedores ambulantes ofrecían, por supuesto, en el interior. Me pasé el trayecto pegada a la ventanilla y no solo por llegar a respirar el poco aire que corría.

– Disculpe, ¿falta mucho para la parada del centro?

– Justo es la siguiente.

– ¡Muchas graci…!

La buseta iba algo más que llena cuando nos bajamos con cuidado de no llevarnos ninguna cabeza cartagenera con la mochila, la tienda y el saco. Lo hicimos, lo más rápido que pudimos que aquí los autobuses no esperan. Los vendedores ambulantes aprovechaban la parada para ofrecer por las ventanillas cerveza, jugos y helados. Antes de que los dos pies tocaran el asfalto nos ofrecieron a gritos un taxi, otra buseta y un tour, y por si no tenía suficiente, un hombre intentaba coger mi mochila para colocarla ya en su moto-taxi.

– ¡No, no, no! ¡Vamos por nuestra cuenta! ¡No, gracias! ¡Otro día! ¡Vamos a pie!…

Caminábamos en busca de un lugar donde dormir. Estaba cayendo el sol y aún así el calor era aplastante. Por hacerlo más llevadero, sucumbimos a un caribeño mango callejero extrañamente aderezado con sal. No fue nuestra única compañía, cada taxi y moto-taxi con el que nos cruzábamos camino al interior de la muralla nos pitaba, se paraba a nuestro lado y nos invitaba, insistentemente, a subir. Las busetas también. Dos de cada tres aminoraban la velocidad a nuestro paso y sus relaciones públicas se dejaban colgar por la puerta delantera chillándonos el destino, por si aquel era a donde pensábamos llegar. Nos sorprendían, les ponen nombres como Olaya, Socorro o Ternera y no les falta como decoración pegatinas Nike o siluetas de mujeres ligeras de ropa. Todas las que vimos tenían avisos religiosos, versículos u oraciones en la parte trasera, delantera y en el interior (“Dios es mi salvación”, “Si Dios está conmigo, ¿quién contra mí?, “Disfruta de la vida con Cristo”…), con la música sonando en su interior a gusto del conductor, casi siempre, vallenato o reggaetón. Es chistoso hasta que el conductor pisa el acelerador.

Buseta Cartagena Melettea

Relaciones públicas de una buseta de Cartagena de Indias

Ya con el sudor entre las cejas y siguiendo instrucciones de un simpatiquísimo paisa (denominación para los oriundos de Antioquía), tuvimos que esquivar más vendedores de tours, carretillas llenas de mamoncillos y aguacates, puestos de jugos de lima y mandarina y minutos para el móvil y hasta mesas ocupadas por señores con máquinas de escribir listas para hacerte la declaración de la renta. Todo esto mientras lidiábamos con el humo de las típicas fritanguitas.

Vendedores ambulantes Cartagena

Puestos para que te realicen la declaración de la renta

La venta ambulante aplastaba incluso más que el calor y las bocinas de los coches. Se nos secaba la boca de sed y efímera cortesía.

Nos sudaba la espalda cuando cruzamos la muralla. Nos paramos en la Plaza del Reloj, antiguo mercado y matadero de recién llegados esclavos africanos. Las expectativas se enfriaron. La belleza colonial que fue apareciendo ante nuestros ojos poco o nada tenían que ver con la ciudad que llevaba más de una hora observando por una ventanilla. Estábamos atónitos. Seguimos caminando, con el sudor resbalando hacia el ombligo llegamos hasta Getsemaní, brazo estratégico de la ciudad amurallada, el barrio que se desangra a manos de la colonización urbana y que da alojamiento entre su arte urbano a la mayor parte de los mochileros, artistas y bohemios.

Ciudad amurallada Cartagena

Interior de la ciudad amurallada de Cartagena de Indias

Cuando íbamos en la buseta, camino a la muralla, cruzamos la ciudad pero también su miseria: basura, mendicidad y drogas. Las murallas teñidas de ocre por el sol protegen hoteles de cinco estrellas, tiendas de souvenirs, calesas de caballos, restaurantes de lujo, edificios de colores, más vendedores ambulantes, balcones de flores por los que no se asoma nadie y a nosotros, los turistas. Lo gris, lo sucio y lo triste se barre hacia fuera.

Afueras de la ciudad amurallada

Afueras de la ciudad amurallada

 

Tres días después volvíamos al terminal, nos íbamos de Cartagena dejando atrás el calor y la hipocresía. Metíamos los macutos, de nuevo en un autobús, con ayuda de un conductor asombrado con dos españoles que hablaban tan bien español.

Así comenzaba el viaje hasta Guatapé, nuestro siguiente destino, en un moderno autobús guiado por viejas carreteras y con más acelerador de la cuenta.

Intentamos dormir durante trece horas a ritmo de curvas y frenazos. Nos acompañaban tres conductores. El que no conducía ni hacía compañía al que conducía se dedicaba a recordar que el aseo no estaba para las necesidades más intensas, a rezar un Padre Nuestro y poner las películas. La última que entreví, ya llegando a Medellín, se titulaba “Dios no está muerto” y trataba de convencer de la existencia de Dios a un chico de universidad que se había empezado a replantear su existencia.

– Disculpe, ¿esta es la Terminal Sur de Medellín?

De nuevo, un terminal. Comprobamos que llevábamos todo. Se oían los gritos de los vendedores de boletos, querían llenar los últimos asientos antes que su competencia, que por cierto, es mucha. Aprovechamos. Regateamos. Y de nuevo en la carretera. Le iba cogiendo cariño a las busetas.

Dos horas y muchas curvas después, llegamos a Guatapé. La buseta no iba llena y no bajamos rápido. En la puerta no nos esperaba ningún vendedor ambulante ni moto-taxi.

Corría hasta el aire, me puse una chaqueta.

Guatapé Melettea

Calle del Recuerdo en Guatapé

Caminamos hacia el centro del pueblo acompañados del sonido de los pájaros y grupos de adolescentes que volvían a casa después de la escuela. Las señoras mayores, aquí de piel blanca y ligeros rasgos europeos, aguardaban en las puertas rodeadas de zócalos de colores. Pasamos varios bares, temprano conquistados por sombreros y bigotes jugando al billar sin agujeros. Nos cruzamos con cafeterías llenas de gentes tomando el primer tinto, que aquí es café solo, el mejor después del que se exporta. Vimos polideportivos, panaderías, fruterías y ¡hasta carnicerías! El pelo se cortaba en la peluquería y los moto-taxis habían sido sustituidos por moto-carros con menos predilección por la velocidad y el claxon.

Zócalos Guatapé

Zócalos representando la cotidianidad de Guatapé

Paseamos flanqueados por casitas bajas llenas de zócalos de colores en su base y sin chapa en lo más alto, con más de un ambiente, sofás y frigoríficos sin compartir espacio, jardines y patios. De sus balcones colgaban macetas abarrotadas de flores, también de colores. Los restaurantes te invitaban a pasar dándote los buenos días y en las plazas los músicos callejeros buscan con qué continuar.

Plaza de los zócalos en Guatapé

Plaza de los zócalos en Guatapé

 

Guatapé tiene otro tempo, genuinos colores y ni rastro de miseria.

Colombia y sus mil colombias. Tocaba lo de siempre, buseta y a continuar el viaje.

Acerca de Lucía Barba

Madrileña inquieta. Curiosa por naturaleza y optimista por definición. Apasionada de la vida y de todas las cosas que le ponen los pelos de punta. Hablando por los codos la escucharás unos gramos de “sabes” y un kilo de “porqués”. Fan de las personas y las marcas. Eligió la publicidad como el viaje que le permitiría estudiar a las personas. Le encanta agitar las cosas, darles la vuelta, cambiarlas, descomponerlas y volverlas a componer. De ahí Melettea, un baúl abierto y volátil con destino la inspiración, donde poder volcar su curiosidad y agitar más de un pensamiento.
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