Negra ingratitud

Desde el asiento trasero comenzó a llegarle el olor a plato rancio de mediodía. Natalia detuvo el coche en el arcén como bien pudo, presa del susto y mareo que supuso la silenciosa vomitona que su hijo había proyectado con parsimonia. Los bultos acuosos de papilla y verduras se habían esparcido por el rostro y ropas del pequeño, con visibles gotas salpicadas en el cuero negro, botones de macramé color carne, y bolsillo trasero del asiento del conductor. ‘Joder, ya podías haber avisado, dicho algo. Mierda’ farfullaba la madre, aprovechando que, sorprendentemente, Martín no se había despertado de su letargo, y su madre limpiaba sus restos como si de una marioneta se tratase. ‘Podrías haberte aguantado’ dijo lanzando los pañuelos de papel húmedos al campo, verde de trigo, ondulante por el viento. El niño carraspeó y abrió los ojos, aturdido, desorientado, la tripa vacía y la cabeza sin sueños. Todo había quedado fuera unas cuantas curvas más atrás. Natalia se limpió las manos con toallitas, no necesariamente nuevas, que guardaba en la guantera, con cuidado, temiendo manchar. Miró al pequeño Martín, a punto de llorar y todavía sin abrir los labios —pequeños como las plumas de un flamenco recién nacido—, reconfortando su posible llanto con la caricia de la mano en sus piernas, ya limpias, todo limpio.

No arrancó con inmediatez, sacó el teléfono de su bolso, ambos negro azabache, y ojeó las noticias en una página de Internet. Las coincidencias —en Internet, nunca— y los datos guardados de anteriores visitas hicieron que se le apareciese una noticia relacionada con su pueblo, reciente, publicada en el portal del Diario de Soria. ‘El mejor pueblo, siempre revive cada verano pese al número de habitantes’ leía entre dientes, y así varias líneas más de las recogidas en el escrito virtual. ‘Qué se creerán, todos ellos. Ojalá se arrepientan de promover tanto ese maldito lugar. Lo harán. Mierda’. De haber estado el diario en modo físico en sus manos, hubiese estrujado el papel hasta que la tinta se emborronase, por la furia, y las yemas le quedasen tiznadas.

—¿Estás bien, cariño? —preguntó al pequeño Martín, embobado por el baile del trigo verde en el campo, silencioso detrás del cristal subido.

Se movía y el niño lo escrutaba con mitad de sus dedos metidos en la boca, masticando en falso, los ojos bien abiertos, como todos los niños que se aburren. Los pañuelos manchados emprendían el vuelo, sus manchas de colores úricos, bajo un cielo grisáceo.

—Sí… —contestó el pequeño Martín, algo de baba resbalándose en su comisura. Pero ya está. Todo limpio.

Natalia introdujo las llaves y arrancó el motor. Levantó la cabeza con decisión y observó el horizonte desde su salpicadero. San Esteban de Gormaz quedaba a escasos metros, ni siquiera un kilómetro, la travesía estaba terminando. No accionó ni reanudó la marcha por un mareo. El aire en el coche, per se anegado de plástico por los juguetes de Martín y el aroma que soltaba la tapicería, no se había desprendido al completo del ambiente de vómito. Abrió la ventana superior hasta la mitad. ‘No se resfriará, tan sólo son unos minutos hasta la casona’ pensó dirigiendo una mirada a su hijo, en su mundo, en el viento de trigo inmaduro y pañuelos.

Otra vez en la carretera y después de tantos años. Sus dedos se adhirieron al cuero del volante como la hiedra en la pared virgen, con seguridad para no sentir caer todo el peso de las edades de golpe, y quedarte seco, sin savia ni palabras que decir, aunque en esta ocasión nadie saldría para recibirla, para constatar el cambio, el crecimiento, nuevos brillos y tactos. Nada esta vez. Martín intentaba coger uno de los juguetes que habían caído al suelo durante la parada, Natalia le escuchaba gimotear intentado deshacerse del doble cinturón cruzado en su pecho, tarea imposible. La carretera iba mostrando su única meta, guardada entre maizales sin sembrar, pero ella sabía que lo eran por los viajes pasados. ‘Aún no han crecido, han de ser regados en abundancia’.

Habían colocado un semáforo especial para controlar el tráfico de entrada a la localidad, no lo recordaba, no estaba la última vez que vino, muchos años de pausa. A la altura del puente que cruza el Duero hasta pasados unos veinte metros en la avenida de Valladolid, a mano izquierda. ‘Para joder, de verdad, aquí todo invento nuevo lo hacen para joder al personal’. Detenida ante la inmensa señal roja, escondida tras el tráiler de un camión que se había adelantado, para pesar e incremento de su cabreo, Natalia se retocó el rímel y se aseguró el lápiz de labios, que al menos algo estuviese en orden. Más de tres minutos, y todo pronóstico apuntaba una espera más larga, le estaban conduciendo a la absoluta exasperación. ‘Vamos, coño, vamos, si no necesito meterme hasta la plaza. ¿Dónde irá toda esta gente? ¿No serán fiestas? A ver si termina esta condena ya’ se dijo a sí misma, con la furia mínima para no volver a despertar a su hijo, vencido por la tediosa espera.

A su memoria llegó el atajo que siempre cogían para llegar antes a la casona, para no adelantar la llegada y lo que esta noticia supone en un pueblo: la obligación de presentarse con inmediatez ante los vecinos, amigos o nada más, acudiendo a sus casas o en la barra de algún bar, constatando la presencia física para los lugareños. Sí, ya hemos venido. En la elevación del puente, se desviaba un estrecho camino sin asfaltar, recorría el borde de la alameda, asediada durante este nuevo siglo con esqueletos de edificios de dos plantas, abandonados, sin necesidad de promesas para que se finalicen, no importan, ya pertenecen a los árboles. Natalia miró atrás y adelante, había hueco suficiente para maniobrar y sacar el coche de una fila que no veía el momento de avanzar o deshacerse, sólo explotar de la rabia acumulada por todos los conductores, más aún si son hombres, peligro al volante.

Con la señal marrón ‘río DUERO’ enfrente, giró hacia su derecha y descendió con paciencia, quedaba poca, para no salirse del camino marcado con ramitas de chopos y ortigas. Avanzando entre las subidas y bajadas que la ausencia de asfalto daba a su ruta, vislumbró los tejados de la casona, con sus tres mansardas cerradas a cal y a canto, con tablas de palet clavadas en sus marcos. El niño Martín, sin querer llamar la atención de su atribulada madre, abría los ojos al peligroso camino, a la aventura que suponía manejar el coche tan cerca de un río, en una carretera, ni eso, sin quitamiedos. Su mirada reflejaba el miedo a que se ahogasen sus juguetes.

‘Ya está, hemos llegado, cariño’ y el coche frenó en seco, se levantó polvillo.

Martín se estiraba, sus tiernos dedos recorrían sus mejillas, le picaban, dio un par de pasos rápidos, estaba deseoso de pegarse buenas carreras en aquellas vacaciones, o puente o fin de semana o lo que fuese, para cansarse y estar callado, y que el ambiente le sorprendiera. No solía contarle estas cosas a su madre, pensaba rápido, hablaba lo justo. Natalia lo sabía, estaba tranquila, todo es heredado.

El jardín se dividía en tres rectángulos, en su recuerdo, perfectos. La envidia de los parterres en todo el comarcal de Gormaz, pero desprovistos del cuidado requerido cuando, al acercarse y abrir la verja para aparcar, vio que las hierbabuenas y las malas se habían apoderado de la exactitud que se les había impuesto, cuando las manos jardineras de sus padres y tíos ocupaban horas y horas agachados para que todo pareciese sacado de un lienzo de Monet.

‘¡No corras mucho, Martín!’ le gritó nada más abrir las puertas de barras metálicas, negruzcas y oxidadas según qué tramos, pero el pequeño ya inspeccionaba con su  curiosidad inquieta los muros de aquel lugar, primera visita, resultaba excitante, no importaba que le perteneciera, él no lo sabía, ese significado nada interesa a un niño si no sirve para realizar juegos y divertirse.

La casona, vestigio de tantos atardeceres como de alegres celebraciones, había cobrado un aire lóbrego con el paso de los años y el abandono, gota a gota. Todos los ladrillos, in illo tempore rojizos como los labios de una persona enamorada por primera vez, estaban recubiertos bien con musgo, en la cara trasera, o con tallos secos de enredaderas, formando una nueva dermis con la pared. Natalia las conservaba, a pesar de haber envejecido también sus ojos, con un verde insultante, más que los chopos que acompañaban aquel lugar a orillas del Duero. Frente a ellos, la parte derecha de la isleta que coronaba aquel emplazamiento, un enorme conjunto de arena y arboleda, sujetado con fuertes raíces a las profundidades de la corriente, un paraíso que dividía San Esteban de Gormaz y que su familia disfrutaba como si de la mejor cala playera se tratase. Cualquiera tenía acceso, la zona estaba habilitada con alguna mesita y una escalera que la conectaba con el puente, pero no hubo allí mejores cumpleaños que los celebrados en honor a Natalia, con invitados locales y de otros pueblos cercanos. Terminada la tarta y sopladas las velas de cifras derretidas, tenía por costumbre ponerse una pamela perteneciente a su abuela, y los niños convertidos en sus acólitos, la perseguían entre los ojos del puente, al intento de atrapar las tiras beige que sobresalían del lazo. Cuántas estampas de luz irrepetible.

Natalia sacó las dos maletas del coche, aparcado a poca distancia de los parterres, y se plantó en las escaleras de entrada. El blasón de la familia parecía ser el indulto de un asedio continuado de humedades y hongos, lucía firme la indumentaria militar, la flor de lis incluso, ésa que Natalia tanto buscó en el jardín, presa de una broma de su tío Víctor.

‘Tranquila, vamos, coge aliento’.

Crujieron las tablas que comenzaban con los primeros pasos tras abrirse las puertas, también carraspeó el picaporte. Sentó las maletas cerca del sofá, el primero de los tres que ordenaban el espacio del recibidor, antes de llegar a la escalera de roble. El aire decimonónico condensado en este tipo de construcciones, y mayor al ser abandonadas durante tiempos inexactos, tiende a enrarecerse, se crean climas que sólo llegan a encontrar paz y liberación cuando alguien se acuerda y regresa, abre y deja puertas o ventanas entreabiertas, y la rabia melancólica queda y ocupa el cuerpo del visitante. Natalia lo sintió, un bufido le movió los cabellos, teñidos en caoba días antes de salir de Madrid. Buscó una rebeca y se la echó sobre los hombros, quedaron colgantes los extremos, las mangas se movían, pero ningún niño se quedaba detrás para alcanzarlas y ganar algún premio, quizás un beso a escondidas.  El pequeño Martín no acompañó a su madre, siguió su propia ruta, removía algunas plantas, los signos de algún tipo de huerto, arrastraba hojas secas con los pies, levantando mucho las piernas, así, una y otra, aumentando ese sonido descascarillado, ras, ras.

Natalia tocó los muebles que iban apareciéndosele en el pasillo superior, tenían un tacto mojado. Debió llover antes de que cruzasen Ayllón u otros pueblos de la provincia de Segovia, una lluvia de anticipo. Las habitaciones ya no tenían puertas, las bisagras estaban podridas o fueron arrancadas. La moqueta estaba desgastada de tanto ajetreo, color de vino picado, como si perteneciera a un hotel antes del derrumbe. Olía a gota fría mezclada con herrumbre, a pañuelos desechos por tierra, que se han colado por el viento y los despistes. Era así con sus hermanas, cuando las noches estaban para ser vividas debajo de las sábanas y los monstruos los inventaban ellas para vengarse de los malentendidos surgidos al saltar a la comba.

Su cuarto era el mejor parado, el tono verdoso del papel pintado no presentaba muestras de haber sido repintado, tampoco mantenido. Allí estaba, sobre la hilera de tablillas que sostenían el colchón, su camafeo de cubierta nacarada, única herencia en vida, en primera adolescencia, de su padre —venía de su bisabuela, todo un largo recorrido hasta sus manos adultas—. Lo cogió con una mano por debajo y otra encima, un gesto que le llevó a otro cometido uno o dos años atrás, en el Hospital Santa Bárbara, con los dedos de su padre, con los ojos entrecerrados, en el lugar del valioso camafeo.

No había vuelto a hablar Natalia con Bárbara ni Ana María desde lo sucedido, ni un correo en el año nuevo, llamadas de felicitación o noticias de menor contundencia. Sus vidas se habían separado de manera líquida. El final del pasillo, el ascensor a punto de cerrarse del hospital, fue la última esquina testigo de ver a las hermanas reunidas, mientras su padre dormía hacia dentro, ahogando su voz y sus pulsaciones. ‘Ya queda poco, ya queda poco’ se repetía Natalia al bajar los pisos. ‘Ya está, no pasa nada, descansa’. Dejó el camafeo en su sitio, prestó atención a una especie de chorreo, venía de la planta baja, no estaba segura.

Martín llevaba rato sentado a orillas del Duero, en la parte que la arena gana a la hierba y da el suficiente pego para, en un día soleado, creerse en una piscina natural. Los tejados de San Esteban sobresalían por las altas ramas, alguna nube asomaba las esponjas azuladas por la muralla del castillo. Se había pinchado con un rosal, tenía un dedal de lamé rojo, no salía mucho, chupaba su herida para que se pasase, no hay por qué llamar a mamá, aquí se está bien. El pequeño estaba ensimismado con el río, tan potente, ¿por qué pasaba uno por aquí?, se demandaba a sí mismo, no lo veía necesario, con el pueblo y la casa ya estaba sobrado, era accesorio.

A un lado, la cama con su padre debatiéndose en un vaivén de pulsaciones, cada media hora más bajas. Natalia tenía la cabeza gacha, se frotaba manos y muñecas, dando vueltas a sus pulseras, por esa época solía llevar algunas muy caras. No se atrevía a mirarle, su mente estaba fuera de la habitación, del hospital, cruzaban sus pensamientos todos los meandros hasta la decisión que finalmente llevaría a cabo. Sus hermanas, en el quicio de la puerta, fueron avisadas de su intención. ‘La casona de San Esteban me pertenece’ ‘¿Cómo?’, exclamaron al unísono, horrorizadas. Ana María, de ojos llenos de clorofila y odio, descargó toda su incomprensión sobre su hermana. ‘¿No te estarás atreviendo en serio? ¿No tendrás la poca decencia de insinuar tal cosa con nuestro padre, aquí, al borde de morirse, Natalia?’. El aludido hizo vibrar sus párpados, en un vano intento de calmar una disputa entre sus tres hijas, tres lobos.

El suero goteaba, despacio como una erosión. El cuerpo del padre se derrotaba ante los gritos, que no podía oír ni apaciguar.

‘Me pertenece, por derecho, es como mi abalorio, mi sangre’ afirmó tajante, de un modo patoso, presa de los nervios y el atrevimiento, ¿demasiado meditado? No retrocedería, y las hermanas contraatacaron con golpes bajos, con secretos que sólo fueron entre padre e hija, salían a la luz en pos de impedir tal injusticia. ‘Renunciaste a ella hace demasiado tiempo, Natalia. Papá me lo contó hará tres semanas. Renunciaste y negaste hacerte cargo de la casona. Inventaste las mayores estupideces para no cargar con este muerto. Eres la peor hija que se puede desear. ¿Hablas de sangre? La tuya, que fue de tu padre, se ha podrido en ti, desperdiciada. Me avergüenzo profundamente de lo que estás haciendo, Natalia. Ninguna de las dos hubiésemos esperado nunca esto por tu parte’.

Como buena y pérfida jugadora, Natalia sacó su as de la manga. Invitó a Ana María, un manojo de nervios, y a Bárbara, mutis por el shock, a mirar por la ventana, daba directamente a uno de los aparcamientos. Abierta, sacó el brazo para indicarles su coche. Sí, muy bien, ¿y qué quería demostrar? No, ella se refería al aparcado dos filas más adelante. La furgoneta de papá, con el remolque lleno de cajas y maletas, las vestimentas envueltas en plásticos.

Los siguientes movimientos están confusos, se remueven con dificultad en su memoria, no se asientan los posos. Puso en manos de sus hermanas unos escritos, modificaciones testamentarias, sobres, una doble orden de alejamiento, autorizada en sus carnes, un manojo de llaves. Todo sellado, no hubo espacio más que para el silencio. Ni una voz se volvió a alzar.

Bajó a la cocina. Sobre la antigua mesa de comidas y reuniones para decidir el paseo o excursión del día, los restos de cinta que precintó la propiedad, por fuera de la verja. Amontonada, parecía una boa esperando la presa. Debajo del animal de plástico, hojas putrefactas y cruces de papel, ensuciadas por la humedad.

El sonido acuoso parecía reverberar en aquella estancia. Natalia buscaba con cierta angustia la fuente de la fuente, irónico. Abrió los cajones de la encimera y estantes, vacíos, algunos con nidos de roedores, todos muertos. Chilló ante el espanto de un gato comiendo los restos de una paloma en la puerta que da al cuartillo, detrás de la cocina, a mano izquierda. Quiso vomitar. No, aumentaría su enfado. Pobre Martín, había sido demasiado dura con él en el coche. ¿Dónde estará ahora? Mientras no saliese de la isla…

‘Ha de ser sólo tuya la casona, Natalia. Allí has pasado los mejores momentos de tu vida, me consta, más que Bárbara o Ana María. Yo lo he hecho posible, ellas sabrán entender este gesto que hago para agradecerte lo importante que has sido para mí. Hija mía, mi vida’. ‘No, papá. No lo merezco… En fin, tendré que aceptar a regañadientes, ¿no?’ y hubo un abrazo entre ambos. Fue de noche.

‘No, papá. No merezco este lugar por tu amor, por tu gratitud. Es aquí donde todo sucedió como yo deseaba, porque yo era el centro, y así debe seguir siendo, y ninguna hermana o pariente ha podido impedirlo, y arrastraré a quien se oponga’.

Hacía otro frío al tomar contacto con esas escaleras, el cuartillo estaba sumido en la más absoluta oscuridad. El interruptor había sido inutilizado, pero se guió por el sonido arrullador del agua, parecía más fuerte allí abajo. Estaba enfangado, imposible advertirlo, sus zapatos de tacón corto se quedaban atrapados por el suelo pringoso. Volvió a la superficie, se tambaleaba. Le pareció oír un chillido, agudo, de niño.

Natalia hablaba recorriendo otros salones y muebles aparte de la sala de estar, pero sólo repetía el nombre de su padre, lo babeaba, en tono de imploración, a punto de lágrima. Los tacones conservaban algo de barro, verdoso, mezclado con restos de tierra cercana a los chopos, también algunos olmos —los plantaron las tres hermanas, tiempos más dichosos—, iban dejando un mapa indeciso de huellas por toda la casona. Chapoteaba.

Encontraron a su padre desplomado en la cocina, a los pies del horno, la puerta cerrada eliminaba la posibilidad de un intento de suicidio, pero no estaban seguras. Natalia llegó la última, había acompañado a una tía a la misa celebrada por algún santo, patrón festivo o parecido. El charco de sangre se alargaba, tres dientes partidos por la caída, temieron que fuera una rotura interna por la cantidad ingente de hemoglobina. No era la palabra que más se repetía, al llamar la ambulancia, al volverle y observar el rostro ido y demacrado —la vejez, imperdonable—, en el camino a Soria. Una negación continua que permitiera a las tres hermanas haberle visto un segundo antes, una negación que borrara el ahora.

‘¡Martín!… ¡Martín!’ gritaba al otro lado de los ventanales. Fuera, el coche, el puente a lo lejos, no se veía por la frondosidad, algunas casas de San Esteban, pero ni rastro del pequeño. No habría sido él, seguiría dando vueltas por ahí, es tan curioso, se decía en su fingido papel de madre preocupada.

Abriendo un sinfonier repleto de manteles y cubertería, tan ruidosa, volvió a escuchar el mismo sonido pausado del agua, pero el foco estaba arriba esta vez. Natalia estiraba el cuello, localizaba puntos de humedad, posibles charcos en el techo, en las esquinas de los zócalos. Nada, salvo una inmensa grisura.

‘¿Una tubería rota? A saber, en esta casa abandonada. La cantidad de cal es exagerada, siempre he dicho que se debería hacer algo al respecto’ se recriminaba. Natalia dudaba si pisar de nuevo la escalera de roble, se sintió cansada. De súbito, unas manos gruesas sobre sus hombros que la empujaban hacia abajo, después la cabeza. El murmullo acuoso, otra vez, persistía en los pisos superiores. ¿También en la buhardilla?

‘Seguramente esté en el jardín de la abuela Mercedes, en la parte este de la isleta, escondido entre sauces llorones. Los encargó especialmente de la China, ella hacía ese tipo de cosas sin consultar a nadie. Mucho del capital que poseía junto  a su marido, permanecía y era disfrutado exclusivamente por ella. Es increíble cómo en aquella época una mujer tenía tanta manga ancha para ese tipo de caprichos. Lo llamaba así, su capricho, pero ningún arte floral resplandecía en él. Era un reflejo de su coquetería. Todos pensábamos que enloquecía cuando se paseaba entre los geranios con disfraces alquilados, vestidos de gala, con telas vaporosas amarillas. ¿Dónde los conseguía? Nos daba la espalda, creíamos que era algo obligado según sus secretos cánones de belleza. No la entendíamos, a pesar del cariño profesado. La abuela Mercedes sí quería a papá. En el pueblo la odiaban, era una excéntrica de ciudad exiliada en el campo. La veíamos desde el ojo de buey en la pared de la salita de té. Vaya, esa ventana… Es extraño, ya no puedo verlo, se lo ha llevado el río’.

La alarma del coche pitó como un animal desollado. Al segundo, se ahogó. Flotaba. Otra vez los gemidos infantiles. En la buhardilla y patio trasero, sendos portazos, y el viento era escaso para haberlos provocado. Un torrente cayó por la escalera de roble, barrió a Natalia, obnubilada y los labios trémulos, tenía las manos cruzadas en señal de rezo cuando se la llevó la corriente.

La casona fue dando pistas del fatal desenlace, pero la cabeza de Natalia se había llenado con anterioridad con la voz de su padre, como burbujas que reventaban sus venas y licuaban su ser, ‘y arrepiéntete, arrepiéntete por lo que has hecho, has aniquilado a la familia’, de la negra ingratitud, a la más adversa de las hermanas. En alguna parte del aire, le deseaba todo lo peor en su herencia de papel mojado.

La isla de San Esteban de Gormaz desaparecería una vez entrada la noche. Una nube cortó tres a su paso, de fondo el cielo naranja. El semáforo continuó alargando las colas de tráfico a la entrada del pueblo, se perdían en las dos carreteras. Era de un niño el peto vaquero que flotaba oscuro sobre las aguas del Duero.

 

 

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Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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