Rutas del conflicto, contando la verdad en tiempos de posverdad

En un mes de caminar por Colombia, Melettea consiguió pintar un esquema medio cojo de lo que fue y sigue siendo el conflicto colombiano. La desinformación, la mala información y la falsa información de los medios que se han dedicado a reducir la violencia en una guerra contra el narcotráfico y el terrorismo, han desviado la atención de lo que nuestros entrevistados pretenden mostrar, la verdad.

La historia de la violencia colombiana es anterior a la creación del famoso grupo de las FARC y, quizás, las causas iniciales se remonten a tiempos en los que la conquista rompió unos esquemas socioculturales que predominaban en todo Sudamérica. Casuística histórica aparte, millones de colombianos y no colombianos desconocen un conflicto que compromete a diversos actores; estado, paramilitares, guerrilla y narcos principalmente.

Al final, con tantos nombres, partidismos políticos y sensacionalismos, se sacó de la noticia, o se despersonalizó, a los verdaderos afectados. Por eso nos interesamos y preguntamos a Juan Gómez, subeditor de Rutas del conflicto, un proyecto que ha puesto a las víctimas en el centro de su trabajo periodístico.

 

¿Qué es Rutas del Conflicto? ¿Cómo surge y a quién está dirigido?

Rutas del Conflicto es un proyecto periodístico que busca proveer información, organizada y confiable, sobre el conflicto armado y la construcción de paz en Colombia. El trabajo interdisciplinar de esta joven sala de redacción pretende acercar a los colombianos mediante el intercambio de experiencias de resistencia en el marco de la guerra. Para esto, nos hemos valido de investigaciones a profundidad, la construcción de bases de datos periodísticas, la promoción del periodismo ciudadano y la exploración de nuevas narrativas digitales.

Rutas surge como una iniciativa por dimensionar el horror vivido en el país mediante una propuesta única, que ha documentado en detalle y visualizado cerca de 750 masacres perpetradas por todos los actores armados que han participado en el conflicto durante los últimos 35 años en Colombia. Lo que siguió a la primera fase fue el chequeo de esta información desde las voces de sus propios sobrevivientes en el proyecto “Yo Sobreviví”, buscando visibilizar las historias de aquellas personas que han sufrido las injusticias de la guerra. Sobrevivientes que quieren contar sus historias y que nunca han tenido un espacio en la opinión pública.

Últimamente, la redacción también se ha concentrado en explicarle, ojalá desde la pluralidad de voces, las complejas dinámicas del conflicto al citadino que normalmente no lo ha entendido, porque nunca se lo han explicado adecuadamente. Combatir el desinterés por la violenta situación que afronta nuestra realidad social incluye el desarrollo y el uso de piezas multimedia y herramientas interactivas que respondan a las lógicas actuales del consumo de información.

Lo documentado en la página web funciona como un recurso de consulta para investigadores, profesores, periodistas, jueces y funcionarios públicos, pero también para el ciudadano de a pie interesado en reconocer su historia y para el sobreviviente de la guerra que quiera corregir la información existente o añadir una nueva.

 

En la novela Los Ejércitos, Evelio Rocero describe en primera persona cómo Ismael, un anciano profesor, desconoce el porqué de la guerra que sufre su pueblo y toda Colombia. ¿Ocupa el proyecto un vacío de desinformación histórico?

Nuestro trabajo parte de una premisa fundamental: el periodismo ha fracasado al contar la guerra en Colombia. ¿Por qué? Porque así como Ismael, el colombiano promedio no entiende el porqué de la confrontación. En la mayoría de los casos no reconoce quién es quién, cuáles son sus intereses y qué es exactamente lo que está en juego. La tarea de Rutas del Conflicto es identificar las respuestas a estas preguntas, sumando variables de tiempo y lugar. Es decir, a través del aprovechamiento de la multiplicidad de lenguajes que confluyen en la multimedia, se pretende esclarecer, de manera sencilla e incluyente, el contexto histórico de la violencia en cada región y momento, por lo menos, de nuestra historia más contemporánea, para que esté al alcance del entendimiento de cualquier ciudadano.

 

¿En qué se diferencia vuestro trabajo de lo que ya se ha creado?

A pesar de que el tópico conflicto armado (o “terrorismo”, según el momento histórico) ha sido ampliamente cubierto por la prensa nacional e internacional en los últimos cincuenta años, esta es la primera vez que un proyecto periodístico va más allá del conteo de muertos que diariamente nos acompaña en la prensa. Normalmente, piezas periodísticas sin mayor contexto. Esta ha sido la primera vez que un grupo de periodistas se ha preocupado por darle primacía a los relatos de las víctimas, como una manera para sumar a la construcción colectiva de memoria sobre la guerra en el país.

 

El proyecto también ha sido reconocido como una iniciativa innovadora por contar con contenidos que con autonomía combinan formas tradicionales de periodismo y otras nuevas maneras. Mediante la investigación, el manejo de datos y la narración periodística se exploran y explotan los recursos que nos ofrece lo multimedia en la búsqueda de mejores maneras a la hora de contar nuestras historias.

 

Esta es también la primera vez que un equipo de periodistas, diseñadores y desarrolladores se unen para construir bases de datos que documenten, visualicen y geolocalicen cientos de crímenes en el marco del conflicto armado en Colombia. Rutas se ha convertido en un verdadero servicio público que pueda iluminar al público y honrar la memoria de las víctimas.

 

¿Cómo pueden ayudar las nuevas tecnologías a la construcción de memoria?

La Colombia rural y la Colombia urbana son dos países opuestos, que pocas veces se encuentran y reconocen. El primero ha sido mucho más golpeado por la violencia y el segundo, en su mayoría desentendido del conflicto, cuenta con mayores oportunidades, como el acceso a avances tecnológicos. Por ende, las nuevas tecnologías se presentan como una oportunidad única para el intercambio de experiencias que c­ontribuyan a la construcción de memoria: al reconocimiento colectivo del sufrimiento y de la resiliencia de los más oprimidos. Es necesario, sin embargo, que existan puentes de comunicación entre estos dos mundos.

 

Rutas del Conflicto no solo es un puente, también funciona como un repositorio virtual de memoria, que le permite a las comunidades más afligidas por el conflicto revisitar su pasado, contar su propia historia y compartirla con el resto de los colombianos.

 

Otro ejemplo es la actual creación de la dimensión virtual del Museo Nacional de la Memoria, que busca contar lo que ha pasado en los últimos más de 60 años de conflicto a través de interfaces digitales dirigidas a aquellas personas, que por diferentes razones, no podrán desplazarse a la versión física del Museo, en Bogotá.

 

¿Cuáles son vuestras fuentes para generar la información?

Las fuentes a las que acudimos dependen del caso. En las investigaciones a profundidad sobre las lógicas de la violencia en alguna región o en cuanto al mapeo de crímenes, por ejemplo, procuramos cruzar todas las fuentes disponibles: documentales, archivísticas, testimoniales, entrevistamos expertos, etc. En el proyecto “Yo Sobreviví” las fuentes son los sobrevivientes directos de masacres perpetradas en Colombia y los familiares de sus víctimas. En el proyecto “Desde sus ojos” son los jóvenes de los pueblos más azotados por la guerra quieres cuentan sus propias historia y la de su pueblo. Esto lo hacen en un sitio web propio, tras capacitaciones en herramientas de comunicación y varios talleres que funcionan como consejos de redacción.

 

¿Está el rural colombiano explicándole el conflicto a la urbe?

Lo intenta, porque lo conoce bien y puede hacerlo, pero el mensaje casi no llega por falta de canales de comunicación.

 

La penetración de Internet en Colombia es de aproximadamente el 32.5%. Teniendo en cuenta que las zonas rurales han sido las más afectadas por la guerra. ¿Cómo traspasáis el mundo digital?

Frente a esto hemos intentado dos estrategias. En primer lugar, alianzas con medios locales, como emisoras comunitarias, que puedan difundir nuestros contenidos. Rutas del Conflicto tiene una versión radial, que si bien está en línea, son podcasts descargables que pueden navegar las ondas radiales. La segunda estrategia tiene que ver con buscar otras maneras más análogas para acercarles esta información: principalmente mediante la circulación de artículos impresos y de exposiciones fotográficas y audiovisuales en lugares públicos. Últimamente hemos planeado otro tipo de exposiciones públicas, donde se muestren visualizaciones de datos construidas con materiales físicos de bajo presupuesto, para que en los pueblos también se dimensionen los efectos de la violencia, tanto local como nacionalmente. No obstante, está todo por inventarse. La promoción del arte y la educación, por ejemplo, son vitales en esta cruzada.

 

¿Qué significa el proyecto para las personas que han sufrido directamente el conflicto?

Aunque nunca nos hemos sentado con ellos a preguntarles, puede que signifiquemos un aliado. Hay algo que siempre nos dice Oscar Parra, nuestro director, “ellas, más que nuestras fuentes, son nuestras compañeras de trabajo”.

 

El proyecto va más allá que la recopilación de información y datos. ¿Qué se quiere cambiar?

Justamente eso, ir más allá. Muchas redacciones que trabajan con datos, globalmente, le dejaron el trabajo a un estadístico, más que a un periodista. El periodista no solo interpreta los datos, también los construye según una atmósfera, como construye un artículo noticioso o una crónica reportaje. Recorta elementos de su realidad y los pega en una pirámide, desde la punta de un cono sentado y les da un sentido, un mensaje, claro y sencillo. En ese proceso, solo hay personas a las que le pasan cosas, como a uno.

 

El Estado colombiano ha sido muy criticado históricamente por su papel activo en el conflicto. ¿Cómo apoya el Estado a las instituciones que intentan esclarecer la verdad?

La Ley de Víctimas obliga al Estado a mantener en funcionamiento una institución que compila informes académicos e iniciativas relacionadas con hechos que contribuyen al archivo de la memoria del conflicto armado en lo que ha llamado “memoria histórica”. Entre las funciones del Centro Nacional de Memoria Histórica, CNMH, está intentar explicar el conflicto que se ha dado en el territorio a nivel nacional y documentarlo en diferentes plataformas, tanto análogas como digitales; también está a cargo de la construcción del Museo Nacional de la Memoria. Entre sus funciones está apoyar logística y económicamente iniciativas de memoria en las comunidades golpeadas por el conflicto.

 

El apoyo a instituciones no gubernamentales y a otros proyectos se ha dado sobre todo en el sector de las Tecnologías de la Información, con soporte digital, y desde las convocatorias públicas del Ministerio de Cultura que recompensa algunas iniciativas. Entidades territoriales, con autonomía, también han apoyado a un número de proyectos. Sin embargo, los recursos destinados a la recuperación de la memoria requiere de esfuerzos mucho mayores. Es necesaria la creación de políticas públicas que faciliten el actual acceso a recursos públicos para objetivos trascendentales como la construcción de paz en todos los niveles territoriales y a escala nacional. Hoy en día, la gran mayoría de recursos que apoyan fundaciones y proyectos como el nuestro viene de la contribución de terceros, bien sea vía cooperación internacional, con dineros privados o a través de campañas de crowdfunding.

 

En nuestro caso, el CNMH contribuyó con un capital semilla durante el primer año del proyecto, en 2013. Desde entonces, el trabajo es independiente de recursos estatales.

 

¿Qué papel ha jugado el periodismo en el proceso de paz?

Claramente coyuntural. La mayoría de medios de comunicación en Colombia han concentrado sus esfuerzos en hacer el cubrimiento de la noticia que sale en relación al proceso de paz. Titulares informativos que, si bien son necesarios, quedan muchas veces de colección… Una noticia más: pensarán algunos. Son pocos los periodistas que van más allá, que analizan, proponen soluciones, llegan al fondo, plantean desde la innovación. En ocasiones es desinterés, estado de confort con la rutina, difusión fanática de alguna ideología o simple falta de tiempo porque sus tareas diarias los abruman demasiado. Hay un déficit preocupante, también, de ética en algunos sectores del periodismo colombiano, que han confundido la información con la opinión y así mismo, se la han vendido a la gente.

 

La guerra, durante décadas, nos ha moldeado a todos de alguna manera. Colegas de ferviente convicción política, que no han sabido cómo manejar sus odios (al igual que tantos colombianos) se presentan como personajes equilibrados, cuando en el fondo continúan exacerbando el clima político del país. No obstante, un proceso de paz no es fácil y su cubrimiento, también un gran reto, pero la fórmula no puede ser siempre la misma. No podemos seguir consultando a las mismas fuentes de los tiempos de la guerra. Necesitamos más voces: víctimas, exvictimarios (un línea muy sensible, y delgada en muchos casos, que exige el mayor respeto y responsabilidades del periodista), la voz de la población civil, líderes comunales, entidades públicas, la academia y organizaciones sociales, entre otros.

 

La transición es lenta, pero el periodismo está quedado. A veces se siente, por ejemplo, que algunas maquinarías de comunicación detrás de campañas políticas para elecciones han entendido mejor a las audiencias digitales que los mismos medios de comunicación. Esto gracias al denominado “marketing político” que ofrecen dentro de su oferta de estudio varias universidades. Todos los semestres se gradúan personas estudiadas de las redes sociales y del manejo del comportamiento de masas digitales que van a parar en esas campañas, muchas llenas de odio en su discurso. Lógicas de un mundo completamente diferente, donde el ‘lector de titulares’, un tipo poco crítico, juega un papel determinante.

 

La politización fanática del acuerdo de paz entre la guerrilla de las Farc y el Estado colombiano ha devenido no solo en la polarización del país, sino también en el empleo de estrategias que desinforman, ya sea por la carencia de pasos necesarios en la producción periodística de calidad o por el empleo de estrategias mediáticas ya conocidas en eventos políticos de magnitud mundial. Algunos hechos aún se recuerdan como fenómenos políticos de polarización digital, como las elecciones del Brexit, la última presidencia de los EEUU y el plebiscito que naufragó en su misión por refrendar los acuerdos de paz. Actualmente, a este momento histórico de desinformación cibernética lo hemos conocido alrededor del mundo como el periodo de la ‘posverdad’.

 

¿Cómo se posiciona Rutas del Conflicto respecto a los acuerdos entre guerrilla y Estado?

Valoramos esta oportunidad histórica y nos hemos convencido de que, a pesar de la lentitud del cambio, el esfuerzo conjunto de los diferentes sectores de la sociedad será lo único que nos permita vivir en un país que resuelva sus conflictos con métodos libres de violencia.

 

Este momento abre una posibilidad única: comenzar, de una vez por todas, a hablar francamente de lo que nos ha pasado para que no se repita. A pesar de que la divulgación de las memorias de la guerra no es una garantía completa para la no repetición de hechos violentos, creemos que en Colombia no hemos dimensionado en verdad el horror que hemos vivido.

 

¿Dónde estaréis dentro de cinco años?

En cinco años, Rutas podría funcionar como una enciclopedia digital y dinámica que contribuya al esclarecimiento de la historia del conflicto armado y a la divulgación de memorias locales, que puedan fortalecer los procesos de reconciliación en los pueblos afligidos por la violencia en Colombia.

 

En lo personal, espero estar haciendo otra cosa.

 

 

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