Lima y su antagonía sudamericana

Para no variar, amanecimos en la terminal terrestre de alguna compañía de autobuses tras una noche de curvas andinas, ronquidos indígenas y películas que sólo ve el azafato del autobús, ése que nos sirve la cena que incluye el viaje y que de vez en cuando coge el micrófono para decir obviedades que nadie escucha, “por su seguridad abróchese el cinturón” que nos va a salvar la vida cuando caigamos en uno de los típicos precipicios de mil metros Andes abajo. Perdidos, pues en Perú cada empresa de autobuses tiene su propia terminal, desayunamos en la misma unos Smacks, pero no de Kellogs sino caseros, que las caseritas de aquí venden en cualquier esquina. Mientras, mirábamos de reojo un programa al estilo Diario de Patricia en el que una señorita dio en adopción a su hijo y ahora se lo reclamaba al hermano, custodio del niño, que, a su vez, estaba ennoviado con el padre biológico del pobre menor y por tanto ex novio de ella ahora homosexual, muy difícil de explicar; aquí las telenovelas no son tan novelas.

Una vez nos quitamos las legañas salimos a la calle en busca de una micro que nos llevara a Miraflores, el barrio que Booking y el boca a boca nos había recomendado para pasar unos días en la capital del Perú, La ciudad de los Reyes. La calle del terminal, llena de basura y puestos ambulantes de refritos, nos dan los buenos días. 200 metros adelante y 15 minutos después de intentar cruzar una calle atascada de coches y de pitos, dos taxistas intentando pegarse; con este tráfico y este ruido es normal, pienso, tengo ganas hasta de meterme yo a dar ostias.

El ayudante de chófer de una micro en la que no cabía un pedo gritó – ¡Miraflores! – y subimos a recorrer la Avenida Arequipa oliendo algún sobaco hasta nuestro destino. El paisaje cambiaba a cada cuadra; universidades tecnológicas, alamedas con carril bici, restaurantes caros y gente arreglada tomando café, coches limpios, señoras jubiladas que no venden comida en la calle, chalets residenciales con garaje privado, paradas de autobús, menos pitos y en general una sensación de orden que nos hizo recordar a Medellín donde, como Miraflores, nos alojamos en el barrio más acomodado de la ciudad, El Poblado, lejos de la realidad sudamericana y en un ambiente artificial y pseudoestadounidense sin perros callejeros ni ladrillo visto tipo favela.

Una vez bajamos, una avenida llena de pistas de tenis de tierra batida entre edificios altos y salida directa al Pacífico nos dio la bienvenida. Era el Club Miraflores, una institución clasista en la que jubilados que nunca habían cogido una raqueta y surferos ninis echaban la mañana. A los tres segundos un tipo con una chaqueta azul en la que ponía municipalidad de Miraflores se nos acerca muy educadamente a preguntarnos si necesitábamos algo, responde nuestra duda y nos acompaña, mientras nos cuenta varias historias de su etapa en el servicio de inteligencia peruano, hasta nuestro hostel, un hospedaje lleno de israelitas.

Cuando decidimos salir a pasear, y después de acomodarnos en otra nueva casa, ya era viernes noche y los barrios de Barranco y Miraflores nos invitaban a dar un paseo entre sus edificios de lujo, restaurantes con reserva a año vista, el paseo marítimo repleto de europeos que salen a hacer footing, cuidadoras de perros paseando a unos caninos que ni le importan y muchos centros comerciales. Otro mundo. Miraflores es como un piso piloto hecho realidad, todo es perfecto.

Como el presupuesto no nos da para resacas, fuimos al día siguiente temprano hacia la zona del centro histórico con su arquitectura colonial típica de lo que un día fue la capital del Virreinato del Perú y el puerto más importante de Sudamérica. Todavía hay resquicios del robo colonial, una estación de trenes que no lleva pasajeros pero si mercancías; de los Andes al puerto.

La catedral gobierna la Plaza de Armas, a su derecha el palacio presidencial justo a la hora del cambio de guardia y en la puerta lateral de entrada al mismo unos cuantos manifestantes apoyando al actual gobierno justo un día después de que todos los ministros se fueran al garete.

  • ¿Qué es lo que ocurre? – Le pregunto a un tipo con una pancarta con las siglas del partido gobernante, PPK.
  • Puuuta, el fujimorismo sigue en el congreso y nos quiere cagar.

Unas cuadras de calles peatonales atrás, está el río Rímac, nombre original de la ciudad y que en Quechua significa hablador. Llamado así porque entre las galerías que se formaban en la rivera se escondía un oráculo sacerdote al que la gente iba a consultar. Los españoles, que no pronunciaban muy bien el idioma andino, lo españolizaron y le pusieron un nombre que nada tiene que ver con la fruta oriental, Lima. Por la tarde pude comprobar cómo algunos citadinos todavía le hacen honor al nombre originario de la ciudad. Todos los días en la Plaza de San Martín, grupos de solo hombres se juntan para, a través de un mediador, guiador del debate o Rímac, discutir acerca de diferentes temas como política, astronomía, religión, sexualidad o literatura del siglo XVI. Como yo también soy hombre me acerqué y, a través de una pizarra en la que un tipo hacía esquemas, pude entender la compleja situación política del país en la que, y a pesar de la presidencia ejecutiva del PPK, el congreso estaba gobernado por el partido de la oposición, un grupo político en el que Keiko Fujimori, hija del encarcelado expresidente Fujimori, lideraba una lucha que ganó derribando a toda la cartera de ministros.

Al otro lado del río, vigilantes como en todas las ciudades sudamericanas, están las lomas repletas de casas construidas con bajos recursos, formando un cinturón de “seguridad” alrededor de la ciudad, los barrios se fueron construyendo a medida que el terrorismo de Sendero Luminoso desplazaba a las poblaciones agrarias que, sin recursos, se “colocaron” en las dunas desérticas que rodean la capital. Hoy, en un país centralizado en el que las comunidades de los Andes y la Amazonía han sido abandonadas por el gobierno, y sus ríos y montañas vendidas a empresas contaminantes extranjeras de minería, sale mejor vivir en casas sin ventana dentro de barrios violentos de ladrillo visto. Lima es gris, no sólo porque sus omnipresentes nubes bajen hasta los 500 metros de altura, sino porque sus edificios y montañas desérticas de sus alrededores no pintan mucho más el paisaje.

Ya se hacía de noche y las recomendaciones eran de no subir a la loma. En el paseo por encima del río, no el que ocupa la Panamericana, había varios puestos de comida ambulante con anticuchos a buen precio, palomitas e Inca Kola, un refresco de sabor a chicle que Coca Cola Company ha tenido que comprar para no verse desplazada del mercado. Con el pack completo nos fuimos sentando en diferentes anfiteatros pequeños en los que había clases de baile, humoristas y más “Rímacs” haciendo previsiones políticas sobre un posible cierre del congreso como ya hizo Fujimori cuando dio su famoso golpe de estado. Lima es un hervidero de opinión pública.

Camino hacia la “parada” del bus de vuelta a la falsa realidad de Miraflores dimos con la calle de los libros. En general las calles sudamericanas son muy gremiales y puedes encontrar una calle entera repleta de ópticas, otra de peluquerías, otra de rollos de papel para limpiarte el culo, otra que solo vende arroz, una calle llena de tiendas de huevos. ¿Para cuándo una calle en la que solo haya bares? La calle de los libros de Lima es un lugar para melancólicos, piratas y charlatanes en donde pararse a hablar con los libreros que, al menos parece, se han leído todos los libros de sus estanterías. Para melancólicos porque encuentras revistas de cualquier año, de cualquier tipo y de cualquier país como una Interviú con tetas sesenteras. Y para piratas porque, por suerte o por desgracia, la mayoría de los libros que se venden en este país son fotocopias de sus originales a bajo precio, ¿qué pensará Vargas Llosa cuando vea La ciudad y los perros a 2,50€?

El barrio chino de Lima, que visitamos al día siguiente tras asistir a un debate político casero en plena calle, es una locura situada junto a la locura del mercado central, un edificio repleto de pequeños puestos de cualquier cosa que un humano pueda necesitar a lo largo de su vida. Decorada su entrada tipo Chinatown nuestra mayor decepción fue no encontrar a ni un solo chino por sus calles ni por sus restaurantes chifas.

  • Perdona – le pregunto a un amigo peruano por la calle – ¿Dónde están los chinos?
  • Los chinos ya no trabajan en las tiendas, trabajan en los rascacielos – y me acordé de un pueblo perdido en mitad de los Andes donde las cholitas recogían miles de paltas que iban directas hacia China y Japón.

Lo que si había era comercios con productos chinos y un mercado en cada cuadra especializado en diferentes productos; uno de ellos, con tres plantas, vendía productos de cocina, otro con más de 50 tiendas, elementos decorativos para cumpleaños y celebraciones varias, el último que enumero por no aburrir y que más me sorprendió, una enorme galería comercial que sólo ofrecía zapatillas de andar por casa. Todo el mundo compra de todo.

  • ¡Arroz con leche y pastel de chocolate a solsito no más! – ofrecía una señora que vendía dulces en la puerta del portal de su casa. Habíamos comido media hora antes pero la oferta a un sol (0,25€) era irrechazable.

Asustados por la amenaza de un cielo completamente encapotado, que más tarde supimos nunca descarga más allá de un poco de garúa (chiribiri, orbayu),  comenzamos a caminar rápido entre la locura de vendedores ambulantes del barrio chino y alrededores. Una calle peatonal, la de La Unión en el centro histórico, nos esperaba tras zigzaguear varios coches atascados en una avenida por culpa de unos vendedores de plátanos que no dudaron en cortar el tráfico para, a grito por el megáfono, regatear los precios de sus productos. Mientras, y junto con los coches de detrás de los fruteros, unos taxis clandestinos pitaban a todos los transeúntes ofreciendo su servicio de taxi compartido hacia un destino que el conductor mostraba con un cartel que sujetaba a través de la ventana.

Por las calles peatonales del centro histórico, unas mamitas se escondían de la policía que les impedía vender palomitas cerca del cine, un espectáculo callejero repleto de chistes machistas congregaba a mucha gente y un cierto olor a pollo frito, no muy del gusto de Gastón, simbolizaban la ciudad y lo que es Sudamérica, un restaurante ambulante.

Treinta minutos más tarde, Miraflores nos esperaba con sus calles llenas de bancos, jardines y papeleras, los carteles que prohibían pitar a los coches bajo multa, los restaurantes de la comida que ha hecho Perú famosa por su gastronomía, y la vida que le da la espalda a la realidad de un país que en el campo y en lo urbano, sigue siendo armoniosa y sorprendentemente salvaje.

Acerca de Luis Aguilar

Gato al sur del Manzanares, hormiga del globo y okupa del Cyberespacio. Su pasión por la comunicación le llevó a licenciarse en Publicidad y Relaciones Públicas y, aunque es más de esto último, adora el creativo resultado al juguetear con las palabras. Convive con el estrés a la espera de un traficante de tiempo y, mientras tanto, le roba a la vida más de lo que le puede dar. Cuando descansa, coge aire en las comas y a veces, consigue pararse en los puntos.
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