Apuntes tras leer una vida subterránea

Siempre me he topado con una sensación contradictoria respecto a la lectura de textos biográficos, ya sean epístolas o diarios o simples narraciones de una vida. Una vez salidos de la imprenta, todos adquieren la forma de libro. Y al lanzarme a sus páginas, aun teniendo en cuenta las advertencias de la portada, título y texto de contracubierta, no dejo de asimilar lo que estoy leyendo como una historia imaginada, no sólo una sucesión de hechos vividos o pensados. Una ficción, además de una realidad pasada.

Esta contradicción, confieso, no me ha animado a leer excesivos textos de semejante índole, sin que esto suene peyorativo, ni mucho menos, pues algunos los he disfrutado. Con Una vida subterránea. Diarios 1991-1994 (Errata naturae), de Laura Freixas, me alegro de constatar una reconciliación con este género.

La casualidad quiso este verano que, gracias a la participación de la autora en una presentación, me interesase en conocer su obra literaria, pues de Freixas no conocía más allá de su labor periodística. Me hice con su primer libro, El asesino en la muñeca (Anagrama), una interesante recopilación de cuentos, tan confortable como afilada. Pero una vez terminado, llamó mi atención el más reciente, en el que relataba sus primeros años de formación y búsqueda después de la publicación de su ópera prima, hacia 1988.

Una vida subterránea… no llama a engaños: es un diario. Es cotidianeidad, anhelos, secretos, análisis. Son las páginas escogidas de los diarios que abarcan los cuatro primeros años de la década de los noventa; los momentos que permiten entrever el lento, maravilloso y exasperante, por tramos, proceso de creación unido al proceso de asentamiento vital. Una obra inacabada. Se puede contestar a esta presentación con un simple: ¿Y a mí qué me importa la vida de una escritora? ¿Por qué va a ser interesante el día a día de una persona así? Y es un error dejarse guiar por estos primerizos pensamientos, tan superficiales como molestos o insustanciales.

Con la voz de Laura Freixas se tocan las claves que aparecen en cualquier (buen) libro al que pensemos dedicar una parte de nuestro tiempo. En sus páginas asistimos a viajes, ya sean mudanzas o periplos, a comentarios que se debaten entre la justa frivolidad y la profundidad hacia sí misma y sus coetáneos escritores, hacia las obras publicadas, premiadas —lo que alegra y duele ver cómo se premian a los que te rodean, pero tú todavía aguardas el momento—, a críticas emitidas y recibidas, a visitas y despedidas, a las amistades y las ilusiones, las que abrasan y las que son bálsamo; a la aventura de ser madre, pero sobre todo, al empeño por ser reconocida como escritora, y por tanto, terminar una novela —verdadero eje de los cuatro capítulos—. En resumen: emoción, suspense, ironía, reflexión, tristezas… ¿No son engranajes de la literatura?

En mi caso, la empatía hacia lo contado y las preocupaciones escritas han hecho que ese vínculo se produzca, pues con las diferencias evidentes, el deseo de formar parte del mundo literario, y el acto de escribir, acarrean un océano de dudas, de tardes encerradas entre cavilaciones y folios por rellenar, que se repite y salpica hasta la saciedad, por muy diferentes que sean las edades y tiempos entre quien escribió y quien lo lee.

He de resaltar, con placer, la dedicación hacia las novelas decimonónicas, y los pasajes de aire flâneur que dedica Freixas a la ciudad de Madrid, en la que decide instalarse, y la cual va descubriendo a través de paseos, interminables, necesarios para despejar nubosidades variables y temores, pero también gracias a lecturas, como las referencias a Galdós, o encuentros y charlas entre literatos. En ella visita museos, organiza sus talleres literarios, compra en desaparecidas librerías —aquí su tono melancólico resulta excelente—, acude al cine, etc.

Matizaré algo mencionado con anterioridad. Es una obra inacabada, sí. Pero es que no podría ser de otro modo, pues mientras quien escribe, vive y crea, una obra no puede ser clausurada. Menos incluso tratándose de un diario, donde uno se sienta cerca del abismo y coloca y ordena su muro de triunfos y desasosiegos, para que no le pesen, para entenderse mejor. Completar un año, y el siguiente. Y después seguir escribiendo.

Sean bienvenidas, pues, las próximas entregas.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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