Negativo original – Almudena Sánchez

Fuera de un libro, queda la realidad. Si uno se asoma por encima de las páginas abiertas, por encima del lomo, se dará cuenta que ha estado escondido detrás de cualquiera que fuese la historia leída. Con La acústica de los iglús, de Almudena Sánchez (Palma de Mallorca, 1985), uno podría regodearse infinitas horas en los diez cuentos que componen, como un inmenso iglú, el refugio a la realidad de un mundo que hiere. Pero se ha der cauto, pues entre las palabras de la escritora se encuentran hitos disimulados, resbaladizos como el hielo, que te hacen comprender lo que hay dentro, y después lo exterior. Ese tropiezo cura y duele a partes iguales.

 

 

Las palabras

 

—En una entrevista afirmaste que empezaste a escribir, que sentiste esa necesidad, después de pasar una experiencia en un hospital. ¿Tiene relación con el primer cuento, La señora Smaig? Porque creo que en él se hacen ciertas metáforas respecto a las etapas de una enfermedad.

Sí, ese cuento está relacionado con una mala experiencia que tuve en el hospital. En el cuento se hablan de dichas etapas, pero más de la locura que se experimenta cuando estás enfermo y encerrado en un hospital. Sobre todo cuando es una enfermedad repentina y no tienes una edad razonable para estar en tal condición. ¿Cómo asimila eso una adolescente? ¿Cómo ve a los de alrededor? Hay una vitalidad ahí encerrada que no puede salir, que está enferma, que necesita vivir, experimentar cosas que no están a su alcance. Hablo de eso y también de la incomunicación. Es una situación llevada al límite: una adolescente en un hospital, que no encuentra ‘humanos’ con los que se pueda comunicar. Y es entonces cuando dice que con los animales es con quien se puede entender mejor. Con una mirada o lo que sea. Se siente protegida por los animales, pero incomprendida por los humanos.

—¿Qué tiene de atractivo la adolescencia para ti? Ya que es la edad de varios personajes en los cuentos.

Para mí, la adolescencia es una época en la que cambias de repente. En la infancia se es de una manera, y en la adolescencia te transformas. Es como una revolución dentro del cuerpo y la mente. Y me interesa mucho ese giro repentino, esa mirada diferente a todas las cosas. Lo veo un despertar. Creo que se nace en la adolescencia, más que en el propio nacimiento. Quiero decir, los niños viven, pero están muy protegidos. Después hay que buscarse la vida. Y eso es un aterrizaje muy difícil, ¿no? De repente, te ves en un terreno que no dominas ni controlas ni comprendes. Y me gustaría explorar mucho más esta etapa. Pero no solamente el adolescente como el típico chaval que va al instituto, se relaciona con los amigos, liga con chicas… No, no. Quiero ahondar más psicológicamente, más cuando el corazón se ve afectado por esa enfermedad que es la adolescencia. La adolescencia es dolor.

—Dos de los mejores cuentos del libro, según mi modesta opinión, Apuntes desde la bóveda celeste y El arte incrustado, esconden, pese a su aire alucinado y ficticio, sendas críticas hacia aspectos de la sociedad: el primero, el problema laboral frente a la elección de los estudios; el segundo, la saturación que produce el aprendizaje, perfeccionar hasta el extremo.

—Apuntes desde la bóveda celeste es, digamos, mi cuento más social. Empieza con un despido, puro y duro, de una chica que está en su oficina. Sin apenas explicación. Entonces, al respecto, yo quería tratar también en el libro, no sólo una parte sensorial, que la tiene, sino una vertiente social. De pies en la tierra, podríamos decir. Por ello, Apuntes… se inicia tocando el suelo. Me interesaba esa parte terrenal. Y en realidad, ese cuento habla de una situación cotidiana, de una causa laboral, pero yo quería incluir también el desamor. De cómo se necesita ir al espacio exterior para olvidar a alguien y a los demás. A su madre, a su jefe. Es una historia de alguien que necesita desaparecer, en el sentido total de la palabra. Para curarse.

Con El arte incrustado quería hablar de mi concepción del arte. No creo que deba ser algo mecanizado, pero acaba siéndolo, y hablo de sus consecuencias. Y también quería tratar el sexo. Porque tanto el arte como él son caminos libres, sin necesidad de indicación, que no orientan. Están ahí para ser descubiertos y para el placer.

—Consigues transmitir esa visión, lo admito. Tengo que darte la enhorabuena, Almudena, porque tu libro va por la séptima edición. ¿Quizás haya sido uno de los libros de cuentos más vendidos, no digo el único, en España? Y si es así, dime cómo te lo explicas, porque has llegado a ser finalista de un importante premio.

Sí, he sido finalista del Premio Setenil, por lo que estoy muy contenta, ya que había finalistas que eran maravillosos y a los que admiro. Tanto humana como profesionalmente. Así que no puedo pedir más para un primer libro. Y ya es un premio el hecho de que no paren de leerte. A todo este fenómeno, sólo puedo darle las gracias. No lo comprendo, pero lo agradezco mucho. Que La acústica de los iglús vaya funcionando a través del boca a oreja y del entusiasmo de los lectores, es muy gratificante. Me hace sentir satisfecha, me empuja a seguir escribiendo. Un poco de presión también hay, sí. ¿Qué voy a hacer en el siguiente?

—Bueno, es la presión necesaria. Justa y necesaria.

Claro, y bueno, prefiero esto, al silencio de un libro que acaba de salir. Hay libros buenísimos que no tienen tanta suerte, y me pregunto por qué me pasa a mí y no también a esos otros que lo merecen. Creo que se mezcla un componente de suerte y del trabajo empleado en el libro.

—¿De dónde viene esta acústica de los iglús? Es un título muy gélido para unas historias tan apasionantes, no en el sentido romántico.

La acústica de los iglús hace referencia a un tipo de eco que tiene que ver con la música que hay dentro del lenguaje, y que aparece bastante en el libro. La música, insisto, debía estar en el libro, porque, tanto en la prosodia que yo tengo como en los temas, está presente. Los iglús son el frío, evidentemente. Y es que en mis relatos siempre hay personajes que tienen frío, o que sufren contrastes de temperaturas. O que mastican estalactitas, ¿no? Hay una mujer que cae al agua y se sumerge en escalofríos al sacarla. Es por tanto, el título, la unión de ambos factores.

—Natalia Ginzburg, Clarice Lispector, Thomas Bernhard, Eloy Tizón. ¿Qué más autores te ayudan, te estimulan en el proceso creativo?

Pues mira, una escritora que me ayudó mucho fue Marina Tsvetáyeva, porque leí un libro de la editorial Acantilado, Mi madre y la música, en el que hablaba de su relación con el piano y su madre, tormentosas ambas. También un libro que llevo mucho, como una biblia sobre lo que significa escribir, es Cartas a un joven poeta, de Rilke. Cuando estoy desanimada, lo abro, lo leo y digo: ‘Bueno, ya podemos volver a escribir’.

—¿Crees que está cobrando un mayor sonido el cuento en el panorama narrativo español actual?

Creo que el cuento está bien. Tiene sus lectores, e irá teniendo más. Es mi sensación. Pero siempre se habla del cuento como algo que tiene que subir un escalón más.

—Como que le falta una transición, ¿no?

Sí, porque nunca se pregunta ‘¿Crees que la novela tiene una buena consideración?’ Así que de tanto hacer esa misma cuestión, pero referida al cuento, lo estamos minusvalorando nosotros mismos. Mucha gente me dice: ‘El cuento no se vende’. Y es que la novela tampoco se vende. Ni el ensayo, ni nada. Y la poesía muchísimo menos. La pregunta sobre el cuento la decimos ya como si fuese una frase hecha, y no es así. Por ejemplo, el libro de Lucia Berlin, Manual para mujeres de la limpieza, que ha estado entre los más vendidos, al lado de Patria de Aramburu. Por tanto, no tiene sentido preguntarse si el relato está en un buen momento. El cuento, el relato, sigue su camino. Los lectores lo buscan. También ayudan editoriales como Páginas de Espuma, dirigidas en especial a este tipo de narrativa.

—Y más allá de esta partitura de iglús, ¿se avecina nuevo material?

Sí, estoy escribiendo una novela. No llevo mucho, voy por el principio. Pero bueno, creo que es un material diferente, un punto de vista diferente, conservando mi forma, un poco alucinada, de ver el mundo, pero es distinto, sí. Al ser novela, me hace tener otros planteamientos. Es un reto, y estoy poniendo toda mi energía en ella.

—Me alegro. Para terminar, si quieres hacer alguna recomendación literaria o cinematográfica a los lectores, adelante.

Vale, voy a recomendar un libro que se llama El nervio óptico, de María Gainza, que ha salido en Anagrama, y está genial. Un libro inclasificable, pero muy bueno.  También los relatos de Katya Adaui, Aquí hay icebergs, en la editorial Mondadori. Y una película, A Ghost Story, de David Lowery. Onírica, fantástica, muy atrevida.

 

El test

 

¿Cuál es tu palabra favorita? Naturaleza

¿Cuál es la palabra que menos te gusta? Irremediable

¿Qué es lo que más te causa placer? El tiempo libre

¿Qué es lo que más te desagrada? Las ganas de hacer daño

¿Qué sonido o ruido te agrada más? El silencio

¿Qué sonido aborreces escuchar? Los tubos de escape

¿Cuál es tu palabrota preferida? ¡Coño!

Aparte de tu profesión, ¿qué otra profesión te hubiese gustado hacer? Nadadora

¿Qué profesión nunca ejercerías? Relojera

Si el cielo existiera y te encontraras a Dios en la puerta, ¿qué te gustaría que te dijera al llegar? Aquí todo es gratis

 

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Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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Un comentario

  1. She is so wonderful person. I like that you tell about her life and career. Keep in touch.

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