Chiloé, la última isla del mundo

A las 12 del mediodía vuelve a sonar la sirena que me recuerda que estoy en Chile. Dedo arriba en la ruta esperando que algún camionero nos levante, dejamos atrás Pucón y La Araucanía con la decepción de no haber conocido a ningún Mapuche. Nuestra dirección es la isla grande de Chiloé y el conjunto de pequeñas islas de alrededor, nos separan poco más de 400 kilómetros de asfalto y 12 de ferry. A los pocos minutos, en una carretera con el volcán Villarrica dominando el paisaje, nos recoge un camionero que se hace llamar José el Pingüino, un santiaguino que cubre la ruta de la capital a los bosques del sur y que nos asegura haber levantado a más de 500 autoestopistas.

  • ¿Qué onda con los Mapuche, José? – Le pregunto como si no lo hubiese hecho ya con otros veinte chilenos.
  • Los Mapuches son unos terroristas y unos flojos po. El gobierno les da tierras que no quieren rentabilizar ni hacer productivas – Más o menos el discurso que ya había escuchado – Pucha, lo que tienen que hacer es trabajar y dejar de cortar carreteras. Lo bueno de vosotros los españoles es que nos ayudasteis a matar a muchos.

Nos despedimos de él cuando nos deja en el siguiente pueblo donde descarga los últimos productos de su ruta, luego volverá a su casa e intentará ver a sus hijos después de 5 días en la carretera y más de 14 horas de trabajo diario con las que no logra pagar el endeudamiento que, como bueno chileno, le llega en cuotas todos los meses hasta más allá de una hipotética jubilación. Pero él no es un flojo, de verdad que no.

Salimos a la autopista, la ruta 5 es la Panamericana a su paso por Chile, la carretera más larga del mundo que une pueblos y ciudades desde Alaska hasta Quellón, una pequeña ciudad al sur de la isla a la que nos dirigíamos. Cuatro coches después y alguna espera de más de una hora con el dedo alzado, nos llevan al puerto donde los ferries parten a la isla. Allí, un camionero de unos 20 años se ofrece a llevarnos hasta Ancud, nuestro primer destino chilote.

El ferry se demora unos 30 minutos hasta el otro lado. Nadie tira fotos salvo nosotros, los únicos turistas. Moverse en barco es rutina por estos lares y la inmensidad del sur chileno ya no es sorpresa para las caras cansadas de los que vuelven de trabajar en territorio continental. Nosotros nos vamos colgando de las barandillas contemplando la inabarcable naturaleza de estas latitudes del sur; a la izquierda una hilera de montañas y volcanes nevados nos indican la frontera con Argentina, por la derecha, las corrientes de Humboldt arrastran pingüinos y focas por la inmensidad del océano Pacífico y algunos juguetones toninos, una especie de delfín, saltan al ritmo  del barco acompañándonos hasta la orilla de Chiloé donde a través de una rampa entramos con el camión a la isla. Unos kilómetros después nos despedimos de nuestro noveno amigo en ruta y acampamos sobre el mismo acantilado que fotografiábamos desde el barco.

Ya es de noche y la vida de autoestopista ha sido dura por hoy, una cocinilla haciendo un arroz, un perro sin un ojo y el sonido de un mar bastante bravo nos acompañan antes de dormir en un saco de +15 grados, insuficiente para las frías noches en este lugar apartado del mundo.

El día amanece soleado y sin niebla – suerte que tenéis- nos dice el primer chilote con el que hablamos- aquí llueve prácticamente todos los días. El acento es diferente a otras partes de Chile, diría que suena como gallego y me sorprendería de no saber que esta isla antes se llamaba Nueva Galicia y que, como pone en un cartel en el primer pueblo que visitamos, la latitud de la comunidad española y Chiloé coincide en grados respecto a la línea ecuatorial. Un paseo por la playa más cercana nos confirma la semejanza; almejas y mejillones aparecen al paso y barquitos pesqueros esperan en la ría al cambio de marea para salir a faenar.

Un barco esperando su marea

Un artesano sentado en la plaza nos para al vernos y se ofrece a contarnos la mitología de la isla, se apellida Castro Andrade y es de tatarabuelos españoles aunque no sabe bien de dónde exactamente. Nos nombra a cada una de las figuras mitológicas que él mismo hace con material nativo y todos los personajes me suenan a un conxuro gallego. Pincoya y Caleuche no son muy diferentes a as meigas.

Al poco, uno de los borrachillos que de vez en cuando se ven en estas ciudades portuarias se acerca como bien puede hacia nosotros y se ofrece a guiarnos hasta la estación de autobuses si es que lo necesitásemos, a hacernos un tour turístico por el lugar que le vio nacer, Ancud, y en general a darnos la bienvenida a su isla – Qué simpática es la gente por aquí- pienso.

Volvemos a sacar el dedo y al final del día llegamos a Achao, un pequeño pueblo que esconde como joya una de las 16 iglesias patrimonio de la humanidad que el archipiélago de Chiloé tiene , toda construida en madera, como sus compañeras, fueron levantadas por los jesuitas en sus misiones circulares en las que, haciendo visitas de tres días a lo largo de diferentes años en el siglo XVII, pretendían catolizar a las poblaciones que habitaban esta zona, Huilliches principalmente y a su vez, construir con las manos indígenas un estilo arquitectónico único en el mundo. No tenemos donde dormir ni prisa por encontrar un sitio, descansamos un rato en la playa; al frente varias islas pobladas en las que destacan iglesias del mismo estilo “jesuita” sobre las pocas casas. De fondo se ve el continente y en los días claros, como hoy, los Andes nevados vigilando Chiloé.

  • ¿Qué necesitáis cabros?- nos pregunta un hombre de pelo blanco y acento santiaguino.
  • Un lugar donde tirar la carpa.

Al rato estábamos montando la tienda, a cambio de un litro de cerveza, en el patio de la casa de Macarena, la hija del hombre que desinteresadamente nos preguntó sin tener porqué, nuestras necesidades. Una casa de madera típica chilota, varios animales a nuestro alrededor y el calor de buenas charlas nocturnas con nuestra anfitriona, una citadina que se ha retirado a la contemplativa vida del sur, son nuestro hogar para los siguientes días.

Hay carreteras que no van a ningún sitio

A la mañana siguiente llegamos a Quinchao para conocer la iglesia patrimonio de la humanidad más grande del archipiélago. El camino desde casa de Macarena es por una carretera entre prados llenos de vacas que pastan mirando extraño al viajero, una casa cada ciertos kilómetros de madera y echando humo por la chimenea y de fondo, de nuevo, la inmensidad de Los Andes. La iglesia es tan grande que dentro cabrían las diez casas del desolado pueblo fantasma que mira a una pequeña bahía; un bar vacío que vende empanadas de marisco, un ambulatorio al que solo llega un médico los martes y un campo de fútbol de tierra gobernado por hierbajos. En la playa, unas señoras trabajan agachadas, nos acercamos mientras pisamos mejillones y almejas de camino.

  • Buenos días amigas, ¿Qué andan haciendo?
  • Plantamos algas. – Un madrileño como yo no sabía que las algas se podían plantar.
  • ¿Para qué?
  • Para vendérselas a los chinos y que hagan champús que luego les compramos.

La bahía está llena de unas boyas que me recuerdan a las de la ría de Vigo. Pregunto igualmente:

  • ¿Y qué hacéis con los mejillones?
  • Los envasamos y se los vendemos a los chinos, también.

Nos tumbamos un rato al calor de un solecito que todavía no es verano. No se oye nada, salvo una gaviota que elige entre los millones de mejillones que hay sobre la arena, alza el vuelo con uno de ellos en el pico y lo va tirando hasta que revienta el cascarón. Si tuviera un poco de limón, me pondría a hacer lo mismo. Al frente, al otro lado de la bahía, hay una casa sin vecinos a la que llega un barco, imagino que vendrá de pescar salmón y que esa familia que vive ahí y que probablemente nunca haya salido de ahí, se gane la vida vendiendo ese pescado a familias al otro lado de lo grande que es el Pacífico. El salmón gusta mucho en Japón, por eso andan contaminando estas costas y cambiando el modelo productivo de unas gentes a miles de kilómetros.

Suenan unas campanas llamando a misa, en la iglesia hay doce señoras mayores que escuchan atentamente un cura que, a su vez, hace de barrendero en Achao y que nos saluda después de que le pregunte por su pluriempleo. Toda la iglesia es de madera nativa del bosque que la rodea, la misma que hacía las barcas de los chonos y los huilliches, primeros pobladores del lugar.

  • Aquí llegaron los jesuitas para liberar a los indígenas de sus demonios, eran salvajes, vivían peor que los animales. Los descendientes de esos malnacidos deberían estar orgullosos de la fe católica que les liberó del pecado pero no quieren, siguen reclamando sus tierras y yéndose a vivir al bosque. Cuando el gobierno aprobó leyes para ayudarles, resultó que todos querían ser Mapuche. – Fin de la misa.

Querido Sancho, hasta aquí con la iglesia hemos topado.

Chiloé sigue soleado un día más pero hay que seguir, el mal tiempo llega del norte y nuestro ferry hacia lo más profundo de la Patagonia continental chilena sale desde lo más sur de la isla el domingo, dentro de seis días. Desmontamos la carpa esquivando los picotazos de Gabriel, el ganso mascota de Macarena, y tres coches y un ferry después llegamos a Chonchi, un pequeño pueblo al sur de la capital isleña, allí nos esperaba Juan Carlos aunque él no lo supiera.

Una nueva iglesia patrimonio nos recibe, la misma tranquilidad que en el resto de la isla; casitas de colores de madera con jardines y esculturas mitológicas en algunos, un pequeño puerto de fondo que descarga salmón y marisco y relaciones sociales en las calles que parecen figurantes en el Show de Truman; todos son felices, o eso parecen, se conocen, hablan de lo mismo cada día de su vida (o eso pienso yo con mi prejuicio citadino) y se encuentran en la misma esquina bajo unas tejas de color rosa, con bolsas de la compra llenas de verdura con muy buena pinta.

Preguntamos por Juan Carlos y todo el mundo le conoce. Un niño que salía de comprar un helado y que, aparentemente, no debe de tener nada que hacer, nos acompaña hasta el camping mientras nos hace muchas preguntas: ¿De dónde sois? ¿Allí tenéis el euro? ¿De qué trabajáis? Antes de llegar a Donde JC (así se llama el camping), el perro nos abre la puerta de madera del jardín como si ya estuviera preparado y oliera a los mochileros desde que pisan Chonchi, de fondo se ve a Juan Carlos cortando leña frente a su casita de muñecas y tomando mate para descansar. Me siento Jim Carrey por un momento.

  • Pero cómo van a acampar. Duerman en mi casa po, que fuera está haciendo frío. Encendemos la chimenea a la noche y cocinamos algo caliente – Nos dice JC con una voz muy dulce y una barba de ermitaño.

¿Quién dijo frío y hambre?

Aprovechamos la tarde para hacer compras, un poco de arroz y unos huevos para nuestra primera experiencia de cocina en una chimenea chilota, un electrodoméstico polivalente que igual sirve para calentar una casa entera en la isla como para cocinar lo que nos preparaba Juan Carlos, un guiso de carne con papas que, por lo que intuimos, es lo que cena todas las noches. Nuestro anfitrión, además de la cena, nos convida a unos vinos y unos piscos chilenos mientras vemos la Teletón, un espectáculo televisivo que vuelve locos a los chilenos y que, una vez al año, invita a todos a donar dinero para niños con discapacidad motriz que necesitan de unos cuidados e infraestructuras que un estado tan neoliberal como el del país Austral es incapaz de ofrecer.  Cada año se celebra una gala con artistas internacionales y se abren los bancos 24 horas mientras un presentador con cara de tiburón capitalista incita a la gente y a multinacionales a meter dinero en “su cuenta solidaria”. Una vez superado el récord del anterior año, el programa termina repentinamente y la gente sale con sus coches serigrafiados con la Teletón a celebrar a la calle. En Chile los “impuestos” se pagan a empresas privadas, preferiblemente extranjeras.

Con resaca de mezclar el vino con la cerveza nos movemos a la isla de en frente, Lemuy, con la intención de llegar a Detif, el pueblo más apartado y con una de las iglesias más bonitas del archipiélago. No hay suerte y en la única carretera de Lemuy después de esperar más de dos horas sin que pasara ni un solo coche, un hombre nos invita a tomar unos mates para hacer más amena la espera autoestopista; es artesano y está dando un taller para mujeres de la isla.

  • Este taller es una labor social y de reinserción que pagan las comunas chilotas. Con la llegada de empresas salmoneras extranjeras aumentó mucho el trabajo, pero solo en las salmoneras. El modelo productivo de la isla ha cambiado y estas mujeres se ven desplazadas social y laboralmente. El salmón contamina nuestras costas y mata nuestras tradiciones. – Los colonos no dejan de llegar, de cualquier forma y en cualquier lugar del país más largo del mundo.

Pasamos unos días entre vinos y hachar madera con JC, a la mañana mate para desayunar con vistas a la escena típica chilota; pequeñas montañas cubiertas de pasto verde y vacas cuya carne es orgullo nacional, islas acantiladas de fondo y ferries llevando a los locales a sus pueblos donde unas pocas casas de madera y una iglesia reconocida por la UNESCO no suman más de 200 habitantes. Hay muchos camiones haciendo fila en el puerto, salmones y mejillones salen corriendo hacia San Antonio o Valparaíso, los puertos principales. Juan Carlos también trabajó en las salmoneras pero se cansó y decidió alquilar su patio a mochileros que le cuentan historias de sus países y les dejan fotos al irse. Es un tipo atento y acogedor, como todo chileno. En un país tan vendido solo caben personas que sepan compartir.

Embrujadas se grabó aquí

La mañana que salía nuestro barco, abrazamos a Juan Carlos como si abrazáramos a la isla entera, nos montamos en el primer coche que nos recogió y coincidía que nos llevaba hasta el final de la Ruta 5, esa carretera que como antes decía, empieza en Alaska y acaba en el puerto que nos saca de esta isla.

  • Soy doctor en historia de Chile y presenté mi tesis hace poco. La tesis es una defensa a las poblaciones nativas de Chile y al derecho sobre sus tierras. Tengo una asociación en Chiloé que ayuda a las pocas poblaciones Huilliche que todavía viven en los bosques a preservar su patrimonio y a vivir lejos de eso a lo que globalmente se le llama desarrollo.

Para cuando llegamos ya había una fila que ocupaba toda una calle esperando a entrar al barco, la mayoría son viajeros europeos que se parecen mucho a los chilenos de la zona y que se dirigen hacia la carretera austral, uno de los lugares más vírgenes del planeta y en donde niños rubios de ojos azules juegan en sus parques.

A las 18:00 comenzamos a entrar a un barco que pone rumbo al volcán del Corcovado, el mismo que escaló Douglas Tompkins antes de comprar media Patagonia. Hace buen tiempo y nos sentamos en la cubierta mientras el barco se despide de Chiloé. ¿Qué pasará en esta isla cuando empresas extranjeras terminen el proyecto del puente que la una con el continente? ¿Qué pasará cuando por el mismo saquen todos los recursos por explotar y se vayan para no volver cuando no quede nada más que rascar?

Detrás del palo que iza la bandera chilena se va el sol que una vez más los chilenos le ceden a los japoneses y a los chinos para un nuevo día en oriente, curiosa metáfora. Chile está vendido y los chilenos reniegan de unos nativos que les enseñarían a empoderarse de las tierras que se ocupan entre Atacama y la Patagonia, entre los Andes y el Pacífico. La lucha indígena debería ser la de todo Chile.

Hasta pronto

Acerca de Luis Aguilar

Gato al sur del Manzanares, hormiga del globo y okupa del Cyberespacio. Su pasión por la comunicación le llevó a licenciarse en Publicidad y Relaciones Públicas y, aunque es más de esto último, adora el creativo resultado al juguetear con las palabras. Convive con el estrés a la espera de un traficante de tiempo y, mientras tanto, le roba a la vida más de lo que le puede dar. Cuando descansa, coge aire en las comas y a veces, consigue pararse en los puntos.
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Un comentario

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