Disfraces

“El huevo es una cosa que necesita cuidarse.

Por eso la gallina es el disfraz del huevo.

Para que el huevo atraviese los tiempos,

la gallina existe”

“Y tener tan solo la propia vida es,

para quien ya vio el huevo,

un sacrificio”.

Clarice Lispector, “El huevo o la gallina”

Cada vez se ganaba menos trabajando de Piolín en la plaza del Sol y estaba más crudo lo de cambiar de traje, porque nadie quería dejar ni a Pocoyo, ni a Micky Mouse (todo Disney, en general, estaba peleado), mientras que vestirse de Pitufo era una mala idea. Si al menos hubiera llegado el invierno, Juan Manuel podría soñar con disfrazarse de un Papá Noel un tanto tostado por el sol o un Baltasor dignamente negro, no uno de esos blanquitos pintarrajeados de tizón que se veía en los pueblos, situación que no sucedía en la capital, pues sobraba mano de obra barata y hambre.

Claro que tampoco era sencillo conseguir los trajes, y la posibilidad de repetir disfraz no era ni siquiera improbable, con toda seguridad imposible, pues cómo podrían entender los chiquillos que Goofiese había duplicado o que había más de una Daisy paseando entre Calle Mayor y Carretas en busca de unas monedas, a cambio de unas sonrisas y una fotografía. La multiplicación estaba limitada a Jesucristo, que sostenía una cruz en Arenal, mientras la chica de las rastas tocaba la guitarra para seguir viajando y el pintor se dedicaba a hacer postales cuyo paisaje cambiaba según la estación: en verano, días claros situados en entornos cálidos y abiertos, playas de la costa brava que se reconciliaban con el estado en la mano del creador; en invierno, cafés de luz tenue inspirados en los de Huertas y bares del barrio de Malasaña servían de escenario a conciertos y recitales que cabían en una cuartilla.

Por todo lo dicho anteriormente, Juan Manuel tenía claro que debería contentarse con las pocas monedas que recogía a diario y seguir trabajando en casa del señor Nicolás Quintilla, antiguo patrón de la Mahou y actual viejo necesitado de la ayuda de dos cuidadores, uno a la mañana, Caridad, que le hacía compañía, paseaba junto a él, cocinaba y entretenía jugando a la videoconsola; y otro de noche, Juan Manuel, que le contaba historias (las noticias del periódico quedaban para la mañana, cuando había cuerpo para aguantar los males que traía el diario), arropaba, limpiaba la bacinilla y protegía en caso de robo, ya que Juan Manuel se había presentado como un antiguo comandante militar de su país, relato que se vería desmentido en el mismo momento en que alguien le viera empuñar un arma.

No estaba del todo mal trabajar con el viejo, si bien la cuestión se estaba tornando un poco más complicada a medida que iba perdiendo la memoria e iban aumentando los desvaríos. El primer desliz se produjo una tarde en que Nicolás había olvidado para qué servía el círculo en el Call ofDuty, y mira que el patrón no solía perdonar una vida en el juego y tenía unos reflejos dignos de tenista. La cuestión se había agravado, lo que se ponía de manifiesto en las consecuentes derrotas en el modo uno contra uno y la decisión final por parte de don Nicolás de dejar de jugar, momento en que empezó a contar que cuando era joven él ganaba en todo el barrio, como si cuando él era joven hubiera más que un juguete de trapo para todos los niños de la vecindad.

Juan Manuel y Caridad se habían puesto en contacto con Lucrecia, la hija del señor Nicolás, para avisarle de que la memoria de su padre estaba haciendo aguas, como sus esfínteres, cuyo goteo se veía contenido por un pañal que parecía una esponja. Lucrecia, que trabajaba en Oslo cuidando de un señor mayor, se había limitado a escuchar en silencio, a decir “vale”, a decir “adiós” y a ingresar el mes siguiente la paga. Juan Manuel y Caridad, extrañados, habían dedicado una tarde entera a imaginar los motivos por los que una hija se podía desentender de esa manera de un padre, pero por ser que sus familias estaban lejos (Ecuador y Argentina, respectivamente) habían preferido dejar el tema a un lado cuando las similitudes entre historias formaban constelaciones que se parecían en los cielos de ambas latitudes.

La pregunta que se hacía Juan Manuel mientras caminaba por la plaza Jacinto Benavente en dirección a Tirso de Molina, era si cabría presionar un poco a Lucrecia para que les diera un aumento de sueldo, porque el señor Nicolás se estaba poniendo más difícil con tanto desliz de memoria, y él se estaba cansando de tener que hacer Rewinden la cinta de vhs titulada “todo tiempo pasado fue mejor”, por no hablar de que, como no se sabía todos los capítulos de la serie de la vida del viejo, se inventaba con frecuencia nuevos episodios, como aquel día en que el rey lo felicitó por su trabajo en la fábrica, la noche en que escuchó en directo a la Piquer y la tarde en el lago de la Casa de Campo en que Lucrecia y él habían remado juntos sin que la niña echara de menos a su madre, sin que ser padre e hija fuera un error.

– Hola, Caridad.

La argentina y él se dieron un abrazo.

– ¿Cómo estuvo el patrón durante el día?

– Medio chocho. Se quejaba de que se le habían perdido unas fotografías que había puesto en un cajón del placard. Se puso horrible porque no encontraba el coso y no se quedó tranquilo hasta que me vio jugar una partida, che, todo para criticarme que si me había dejado muchos enemigos no sé dónde, pero vos sabes que yo la maquinita… Si me vieran el Nico y la Agus lo que se iban a reír.

– ¿Y aparecieron las fotografías?

– ¡Qué se yo! Seguro las inventó.

Juan Manuel fue hasta el salón y le dio la mano a Nicolás, que no le devolvió el saludo. Cansado de ver a Caridad matando japos, lo único que deseaba era que él se sentara a su lado a leerle un libro de cuentos. Así procedieron.

En su oficio de Sherezade, estuvo hasta las doce de la madrugada entreteniendo al señor, contándole historias y relatándole otras inventadas, mientras pensaba en que no había comido desde el almuerzo y en si habría sobrado algo de la comida que preparaba Caridad. Cuando Juan Manuel comenzó a trabajar hacía ya dos años, al señor Nicolás no le dolía compartir la cena con su empleado nocturno, pero con el paso del tiempo su afición a los videojuegos había incrementado, así como el gasto mensual empleado en este entretenimiento, que le servía para rellenar con medallas algunos de los huecos de la red de su memoria.

Una vez se quedó dormido el patrón, el que hace unas horas fuera Piolín se acercó al frigorífico, lo abrió y sacó un tupper que contenía los restos del mediodía: un caldo de lentejas. Lo puso en un plato hondo y lo metió en el microondas para calentarlo. Cuando sonaron los tres pitidos que avisaban de que ya estaba listo, lo sacó y se sentó en la mesa del comedor, donde había puesto una sarta de chorizo, pan del día anterior y un cuchillo romo. Como pensaba en su familia, seleccionó una aplicación de su móvil que le servía para hacer videollamadas y envío un mensaje a su sobrinoTomás; el chiquillo, al que le encantaban las tecnologías, solía estar atento a las redes sociales. “Última conexión. 7 minutos”. Le envió un emoticono de saludo.

Juan Manuel pensaba que tendría que terminarse toda la comida sin hacer mucho ruido, que el viejo podía despertarse y no había quien lo durmiera después sino con muchos esfuerzos y utilizando algunas mañas que prefería evitar. Comer deprisa le generaba nervios e inquietud, no le gustaba verse volcado a un plato que de tanto acercárselo a la cara le manchaba desde la comisura a los mofletes, con la ayuda de una cuchara que por momentos no embocaba directo sino que se tropezaba en los labios. Pensaba que no debía estar comiendo; pensaba también que cuando empezó a trabajar con el viejo debería haber aclarado si le iba a dar alimento o no, pero como en un principio la relación era tan positiva y relajada no había sido necesario hablar de concretos.

Se terminó el plato y se cortó un trozo de chorizo y otro de pan, con los que se hizo un bocadillo, y de nuevo un mordisco tras otro, los dientes masticando una masa blanquiroja, mezcla de la harina y del pimentón que daba sabor a las tripas de cerdo curadas en el menor tiempo posible, así más baratas, y otra mordida, espero que el viejo no se dé cuenta, menos mal que Caridad me echa una mano, y unas cuantas más, de pequeñas a grandes, a ver si el despistado de mi sobrino “Última conexión. 12 minutos”, pero que no lo ha visto, y por qué no lo ha visto, y ya solo le queda la parte final, que se termina de una, y la mezcla de satisfacción y vergüenza, de ahí a lavar rápido los cubiertos, el plato, el tupper, y pasar una bayeta por la superficie, y empezar a escuchar el móvil, mierda que no le quité el sonido, y tratar de atender la llamada que llega del otro lado del océano, y que con los dedos mojados la pantalla no funcione, mientras el volumen alto y la casa en silencio.

Nicolás se despertó, pero no se movió de la cama, sino que se dedicó a escuchar los ruidos que había en la base militar. Lo último que sabía era que, malherido en contienda, unos brigadas lo habían llevado hasta un campamento a recibir curas médicas de parte de una enfermera argentina; lo que no le quedaba claro era qué hacía ella alistada a la causa española en la isla del Perejil, si bien había algo que inquietaba más aún al comandante Quintilla, y esto era la desinformación de los medios nacionales y europeos, que omitían los detalles del conflicto: el fuego abierto, los heridos en uno y otro bando, los intereses reales del gobierno marroquí, que, mediante la apropiación del islote, pretendía reconquistar el territorio que por siete siglos se llamara Al-Andalus.

00:27 -Juan Manuel se pone una bata del viejo, se sienta en la butaca del salón que queda delante de la estantería y llama a su sobrino; su hermana responde.

00:28 –Nicolás escucha palabras cuyo idioma no reconoce. El enemigo ha tomado la base. Debe actuar.

00:29 –La hermana de Juan Manuel elogia su ropa; él le cuenta que la ha comprado en unos grandes almaces de la ciudad.

00:30 –Nicolás se calza las pantuflas. Lamenta no encontrar su rifle. Evalúa la utilización de otras herramientas de ataque.

00:32 –Juan Manuel informa a su hermana de que es otoño, pero todavía hace calor. Quién se hubiera imaginado que Madrid en noviembre pareciese verano.

00:34 –Nicolás rompe una percha de las que se pueden colgar pantalones. Al separar las dos partes de madera con las que están hechas, deja al descubierto unos clavos terminados en forma de punta.

00:36 –La hermana de Juan Manuel se alegra de escuchar las historias de su hermano, al que tan bien le va en España gracias a su esfuerzo y a que se hizo amigo de un abogado que le ayudó en la convalidación del título y lo recibió en su casa por unos días. Míralo ahora, apenas en unos años ha conseguido una casa propia que una muchacha de Argentina le limpia.

00:37 –Nicolás arrima la oreja a la puerta. Como no oye bien, la abre sin hacer ruido; como tampoco ve bien, no distingue al contrario, aunque puede apreciar que ha tomado el a la derecha de la base.

00: 38 –Juan Manuel, relajado por el cansancio, dice que el viejito está cada vez peor. Su hermana le pregunta que quién es el viejito.

00:39 –Nicolás considera la posibilidad de avisar a sus altos mandos, pero no encuentra la manera de comunicarse. Deberá actuar en solitario, considera. Se decide a hacerlo.

00:40 –Resulta ser que el viejito es el padre del amigo abogado que lo ayudó cuando llegó a España, y es que está perdiendo la cabeza, y su hija está lejos, y… “Pero qué tiene que ver la hija”. “Pues que está solito”, contesta.

00:41 –El ejército español, liderado por el comandante Nicolás Quintilla, procede a recuperar la base militar invadida.

Seis palabras fueron suficientes para enardecer el espíritu anquilosado del anciano comandante; estas fueron “Por la patria” y “Viva la muerte” que, repetidas en su cabeza, le infundieron del ánimo necesario para llevar a cabo la operación. El mando militar caminó por la base hasta llegar al lugar donde se reunía la fuerza enemiga. Afortunadamente, las tropas contrarias solo estaban representadas por un militar distraído que se comunicaba por un walkie-talkie extrañamente fino. Por unos momentos, Nicolás se puso nervioso. Cerró los ojos para calmarse, hizo unas respiraciones hondas, y trató de visualizar un lugar que le infundiera calma, por ejemplo, la casa de su madre, pero no la encontraba en ningún rincón de su cerebro y eso lo inestabilizó más todavía; en una mezcla de tristeza y desconcierto, rabia y valentía, hizo su grito de guerra a un volumen similar al de un altoparlante en una discoteca, mientras que en la mano derecha sostenía el arma terminada en punta. A Juan Manuel apenas le dio tiempo de cubrirse detrás de la butaca, que recibió las arremetidas del viejo.

La videollamada seguía en curso, por lo que su hermana fue testigo de unos hechos que no entendía: imágenes pixeladas de una cámara en movimiento, el grito de sorpresa de Juan Manuel, al que el ataque le pilló desprevenido, la imagen en negro, una vez se perdió la señal. El teléfono calló debajo de la butaca, que recibió varias heridas de guerra en el cojín de la espalda y los brazos. El viejo escupía saliva de la boca mientras exigía que le devolvieran sus fotos. Sin saber qué hacer, Juan Manuel esperó a que el Nicolás se cansara y, cuando este se sentó, salió de su escondite. El comandante había caído rendido en el butacón que él mismo había agujerado: la respiración era forzada y las palabras le salían pastosas de la boca. “Mis fotos”, repetía, con unas “s” difuminadas por donde se le escapaba el aliento. “Mifoto, mifoto, mifoto”. Se quedó dormido.

Juan Manuel decidió que llamaría a la mañana siguiente a Lucrecia para que le diera más información sobre las fotos y para exigirle un aumento de sueldo; le contaría todo el incidente con detalle, cómo su vida había corrido peligro después de que el señor Nicolás Quintilla hubiese perdido la cabeza y lo empotrara contra la pared con un cuchillo de carnicero, una navaja y una pistola; si se había acabado salvando, era porque Juan Manuel había prometido que con su rendición le devolvería las fotos que tanto ansiaba.

En la llamada del día próximo, quizá Lucrecia le diría la verdad, que ella las tiene, y quizá le acabaría contando que en esas fotos aparece su madre agarrada de otro hombre, el que fue padre biológico de la niña; si Nicolás llegase a escuchar esta historia en boca de su empleado, puede que omitiera el hecho de que él nunca se acostó con su mujer, y que la misma noche de bodas la pasó en una habitación de hotel con su amante, a la que siempre quiso y con la que nunca tuvo un hijo, pues bien se cuidaban de que esto no sucediera; en cualquier caso, por lo que sé de Juan Manuel estoy seguro de que nunca le recordaría estos sucesos, más bien le hablaría de la celebración universitaria en la que le otorgaron el diploma con las mejores notas de su promoción, de la vez en que, recorriendo el mundo en canoa con su familia, salvó a Lucrecia del ataque de unas pirañas, de la ocasión en que se infiltró en la línea enemiga y descubrió sus planes de guerra, mientras que el señor Nicolás Quintilla diría: “Sígueme contando esa historia”.

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