Carta a un paisaje

Tú, que tanto demoraste la respuesta a mi anterior escrito, has de saber que te entiendo, que a mí también me ha costado hallar las palabras exactas para poner remedio a nuestra situación, después de tantos años de silencio.

Por terceros supe que finalmente abandonaste tu casa natal en el pueblo, que liaste el petate como quien dice. Partiste a la capital, y después a otra y otra. Me has puesto difícil la tarea de encontrar tu dirección. Pero, superada esta prueba mínima, viene ahora la parte difícil.

Han cubierto la cancela del cementerio con pintura  negra, parece grasa o betún, y al sol da la sensación tanto de calentura como de derretimiento. Los brochazos han sido torpes, como es habitual allí todo, quedaron salpicaduras en el muro. Entré de lado para no rozar mi chaqueta, con gran asombro de salir inmune, pero mayor fue mi sorpresa cuando vi la tumba de Natalia. Estaba limpia. Se habían ocupado de arrancar los hierbajos y pulir su placa. ‘¡Alguien se había acordado!’, me dije,  quise gritar de alegría, pero me calmé pronto. Pensé en ti, volviste a mi recuerdo. Supongo que por el tiempo transcurrido, no pude evitar visualizarte con la estatura de entonces, más alto que yo por supuesto, vestido con tu pantalón grueso marrón y camisa mal abrochada. Sonreí, pero me calmé pronto.

Cuando te pienso y hago lo mismo con aquellos días, revivo la excursión a las charcas; el cruce que nos parecía abismal y teníamos que saltar obligatoriamente, que no he vuelto a visitar por cariño a las risas que nos producía el miedo a caer dentro del riachuelo. Un hilo de agua, estoy seguro que no era más que eso, pero nosotros lo exagerábamos todo. A Natalia no le aterraba hasta que llegaba el momento del salto. Se hacía una coleta, se frotaba en sus perneras las zapatillas. En aquella tarde, cuando insististe tanto en que ella saltara antes que yo para así poder darme la mano y ayudarme, supe que te importaba. Algo más de lo que creía. Con una navaja robada a alguno de los pastores, ibas segando los tallos de trigo a nuestro paso. También hacías ramilletes con la flor de las jaras, se los dabas a Natalia y evitabas mirarme. Pero yo nunca te iba a reprochar nada, ni lo pensaba.

En el baile todas querían sacarte de pareja. Tú acababas agotado porque no sólo eras requerido por las lugareñas. También las que venían de otros pueblos, en cuyas plazas te habían mencionado e idolatrado, incluso en los silencios de las misas.

Te escuchaba cortejarlas, el jaleo, las llevabas bajo mi ventana. No sé si lo hacías adrede o la oscuridad del momento resultaba un verdadero impedimento, pero no había noche de baile en la que, tarde o temprano, te apoyaras bajo mi tapia, bajo mi cama, y empezaras a besarlas a todas y enredarles las manos. Pensé una vez hacerte fotografías, o escribir lo que hasta mi ventana llegaba en forma de susurros, pero tenía demasiado sueño.

A principios de un agosto de bronce, me pediste que te acompañara a buscar agua del pozo, pues se metió entre tus cejas la peregrina idea de regar el huerto de tus abuelos con cubos, ‘porque así la tierra se mojaba más abundantemente’, decías. El calor nos abrumaba, nos resguardamos a la sombra de un porche. La casa estaba abandonada, a las afueras del pueblo. Los botones de tu camisa llegaron a un nivel superior de desorden, algunos se cayeron por el camino, enterrados en el arcén de la carretera. Me frenaba el impulso por decírtelo, quedaba prácticamente al aire tu pecho. Dirigí mi mano, cobarde, para indicarte el desarreglo y saciar mi deseo de rozar, al menos señalar, algo de tu desnudez. Reparaste en lo que pensaba, me llevaste la mano hasta el centro y noté cómo sudabas. Se me contrajo el corazón y quise acercarme. Tú me pasaste el brazo por encima, en señal de abrazo, pero había algo más, como un fulgor de fruta prohibida. Te empezaste a reír e insististe en reanudar la marcha, si no se nos echaría la tarde encima.

Por suerte, esa noche no hubo más bailes, y tu figura en sombra no se dejó caer por mi pared. Yo no pude dormir nada.

¿Debí atreverme, Gonzalo, debí hacerte la pregunta que causaría una falla insalvable en nuestra amistad? ¿Aflojarme el nudo de una corbata invisible cuando pensaba en ti de otro modo, en aquel agosto agotador? ¿Me habría sentado mejor hacer que tu silencio me supiese amargo para el resto de los días de verano, y los próximos que tendríamos que compartir hasta que nuestras edades se hiciesen desmedidas? Parece ser que el desengaño era eso, un amago de muerte sin dolor. O sí.

En el entierro de Natalia, dos veranos más tarde, me pediste que te abrazara fuerte, que no te dejara solo, pero yo ya me sentía de tal modo desde otro fatídico momento, cargado con cubos de agua. Vi inútil seguir acompañándote, le pedí a mis padres que no me trajeran más. Nuestro último encuentro tardó en llegar unos años más, sí, pero no me arrepiento. Te liberé de mí, lo necesitaba.

La última imagen que tengo de ti, antes de que el coche arrancase, fue cuando venías hacia mi puerta. A través de la luna trasera, te vi acercarte para buscarme y dar un paseo por los prados o el bosque, a saber. Llevabas un traje parecido al del entierro, en una mano arrastrabas una especie de trineo para la nieve. ¿Qué querías? Todo en esa imagen remitía los adioses, encajados como pliegues de una falda.

Hablo con pocas personas, éramos más pero nos hemos ido perdiendo. Son las circunstancias y excusas habituales, ya lo debes saber. No voy a escribirte más. No contestes a esta carta si no quieres. Me prometí dar rodeos y no mencionarte apenas. He fallado. Te confesaré algo antes de la despedida: he escrito todo de pie, con la espalda en la pared, y por instantes he esperado la noche. Lo único que me queda.

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Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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