Un beso en el Dos de Mayo

It’s nine o’clock on a Saturday”. Hace ya media tarde que estoy sentada en esta pequeña mesa del Café Comercial, contemplando si el sol es capaz de abrirse paso entre las nubes. Parece que ha desistido y está empezando a ocultarse para dejar paso a la noche. Un salón habitualmente abarrotado de gente que queda para cenar o tomar café está sorprendentemente vacío hoy. Los camareros, vestidos de un blanco impoluto, van y vienen recogiendo y limpiando mesas. Les da tiempo a intercambiar sonrisas cómplices, bromas o alguna palabra desenfadada.

Contemplo los posos de mi café en el fondo de la delicada taza de porcelana y a continuación, giro la cara hacia el papel en blanco y el solitario bolígrafo que le acompaña. Nada. Ni una sola palabra. A pesar de que he venido a inspirarme a un café puramente literario, no ha fluido absolutamente nada. Detrás de la cortina que da paso al salón, escucho parlotear a uno de los camareros y al que parece ser su jefe:

  • ¿Qué has escrito hoy?- pregunta éste último.

Por el espejo, veo que el camarero, un hombre de mediana edad y aspecto amable, le entrega varias servilletas dobladas unas dentro de otras. El otro se toma su tiempo para leer su contenido. Finalmente dice:

  • Ojalá lo hubiera escrito yo.

La frustración me retuerce las tripas. Maldita sea, ¿qué ha sido de aquella niña que era capaz de inventar historias fantásticas y amigos imaginarios para llenar vacíos y terminaba atrayendo a todo un patio de colegio a su alrededor? Antes escribía como quien respira. Tengo mil ideas, pero no soy capaz de plasmarlas. Me froto los ojos y la frente con insistencia para despejarme. Tal vez va siendo hora de dejarlo y volver a casa…

  • ¿Se encuentra bien?- dice una voz.

El camarero de las servilletas me mira detenidamente y a continuación, contempla el instrumental de escritura que yace aburrido a mi lado.

  • He visto pasar por aquí a muchos como usted- me dice-. Desde actores hasta pintores, pasando por cantantes y escritores. Le aseguro que ése es un sentimiento muy común. No se agobie.

El cuerpo me pide recoger mis cosas, darle las gracias y salir corriendo, pero el camarero, de nombre Juan, según pone en su solapa, me ha calado bien y no parece por la labor de dejarme ir por la tangente. De hecho, se ha sentado en la silla que quedaba libre.

  • ¿Sabe? El mundo de la escritura es muy parecido al amor: hay que dejar de buscar para que llegue algo bueno. Cuanto más busques, peor saldrá, créame. Llevo 30 años siendo camarero y escritor en mis ratos libres. Mi única suerte es haber estado en el sitio adecuado en el momento adecuado. Eso y tener una libreta para tomar nota a los clientes, y de paso tomar apuntes de su personalidad y las historias que me sugieren. Así escribo yo.

El hombre me está dejando muda.

  • ¿Lleva mucho tiempo en el Comercial?- logro preguntar.
  • Unos cinco años- responde-. Estoy acabando un libro sobre todas las historias y novelitas cortas que baso en los clientes que pasan por aquí. Antes trabajé en una cafetería de la Plaza del Dos de Mayo. Allí también se veían muchos episodios dignos de contar.

Hasta ese punto, llevaba dos capuchinos en mi cuerpo. Me había jurado no pedir otro, pero Juan hace una seña a uno de sus compañeros y le pide dos más. A continuación, me coge la mano y me coloca el bolígrafo en ella mientras me acerca el folio.

  • ¿Conoce usted Piano man?

Sí. La conozco.

<<Así era mi vida antes de llegar al Comercial. El Dos de Mayo era un hervidero de gente totalmente distinta que coincidían en apenas cincuenta metros cuadrados para gritar al mundo quiénes eran. Yo había intentado vivir de ser actor o cantante, pero ni entonces se podía comer de ello. Terminé en una cafetería de la plaza que ya ni siquiera existe.

Siempre ves a las mismas personas. Y juegas a imaginar de dónde vienen. Y un día te lanzas a descubrirlo de verdad. Una joven se sentaba a diario en un banco delante del monumento a Daoiz y Velarde. Siempre llevaba una maleta de donde sacaba un caballete, pinceles y pinturas. No se movía de allí en toda la mañana. Un frío día de noviembre, me acerqué a llevarle un café para que entrase en calor. El vaho casi congelaba sus pinturas.

  • Se le da muy bien- me atreví a juzgar su pintura-. ¿Es usted estudiante de Bellas Artes?
  • De Historia- respondió cogiendo el café y bebiendo con avidez con una mirada de agradecimiento-. Esto es un trabajo sobre el Dos de Mayo. Las redacciones ya me salen por las orejas, así que…

Durante días y días la vi sentada en la plaza, bordeando el monumento, intentando dibujarlo desde todos los ángulos. La gente se paraba a contemplarla y algunos atrevidos le dejaban monedas a los pies. Ella las aceptaba y al final de la jornada, se acercaba a un muchacho que tocaba un pequeño teclado unos metros más allá. Y le daba las monedas a él. Esa mañana habían estado mirándose de reojo continuamente y ella no dejaba de tararear Piano man. Él la había estado tocando y tratando de cantar. Pobrecillo… aún recuerdo cómo desafinaba.

  • ¿Por qué no te acercas a ella?

En un principio, el muchacho me miró como si estuviera loco. Pero cuando la chica fue a entregarle las monedas de ese día, finalmente se armó y comenzaron a hablar. Unas semanas después, ya llegaban y se marchaban juntos de la plaza.

  • Creo que hoy voy a lanzarme, Juan- me confesó el chico un día cuando fue a por café para ambos-. Deséame suerte.

Y se lanzó. Esa noche, cuando todos recogíamos, miré con discreción. Daoiz y Velarde arropaban el beso de ambos jóvenes, como arroparon los que cayeron ya a diario. Algunas personas los miraban con reprobación, por los años que eran…

Uno de ellos, un anciano de muy mal genio. Se paseaba alrededor de la plaza con un vasito de orujo. Miraba los comercios, a las mujeres, refunfuñaba, dejaba monedas al chico del piano y a la chica que dibujaba, se metía a afeitarse a la barbería y se paseaba por la Parroquia de Nuestra Señora de las Maravillas. Y me marchaba yo a casa y aún seguía en la calle, hiciera frío, calor, lloviera o nevara.

  • Deme un orujo, joven- me pidió un día.

No le hice caso y le serví un café con unas gotitas de carajillo.

  • Tiene que entrar usted en calor, ya que no quiere usted entrar en su casa…- contesté.

Me contempló de hito en hito y salió de nuevo a la calle. No dejaba de mirar a la buhardilla del número 3. De vez en cuando, se asomaba una mujer que llamaba a gritos a un tal José. Mientras todo el mundo la miraba anonadado, el anciano corría a esconderse. De ahí deduje que el hombre del orujo que pasaba la vida en la calle hasta que toda la plaza dormía era el tal José.

  • No quiero verla- me confesó un día que ya iba bastante chispado-. Hace mucho que las cosas no van bien. Se despierta por las noches y me empuja para ver si duermo. Me da pastillitas con vasitos de leche y cara de demonio. No me deja respirar.

Hasta que un día se acercó un niño muy pequeño corriendo por la plaza. José lo cogió en brazos y le dedicó una amplia sonrisa. El niño le besó muy fuerte en la mejilla y le llamó abuelo. Detrás iba una mujer madura acompañada de su marido. Debía de ser la hija del anciano y madre del niño. La buhardilla del número 3 se abrió y se asomó la mujer que gritaba. Pero esta vez no gritó porque vio a su familia meterse en el portal. A su marido también.

Y llegó la primavera y conocí a la hija, que había descubierto el problema con el alcohol que tenía su padre y lo poco que ayudaba el comportamiento de su madre. A diario se sentaba en un banco, al sol, junto a la chica que pintaba, con la que había llegado a entablar más de una conversación. Leía. Leía muchísimo sobre la Plaza del Dos de Mayo y de vez en cuando, deleitaba a la joven, al pianista y a todo el que pasaba por allí con textos de Benito Pérez Galdós.

  • He ido a rezar a la parroquia- me comentó un día como quien no quiere la cosa-. Mi padre está mucho mejor y ya se anima a salir. Pero yo no me atrevo a dejarle solo aún. He pedido una excedencia en el trabajo y no volveré a él hasta que no esté bien del todo.
  • Es usted una santa- le dije.

Y paseaba a José por la plaza, y lo llevaba hasta Olavide, y a los alrededores de Chamberí. Luego lograba que el hombre subiera a comer a casa. Y después paseaba con sus padres hasta caída la tarde. Un día, la mujer se pasó todo el día esperando sentada con su libro. Pero no salió nadie del portal. Lo observé durante varios días. José nunca volvió a salir ni su hija volvió a subir. Sólo acudía allí para recordar a su padre, que había fallecido>>.

  • Ya ves que no es el qué, sino el cuándo, el cómo y el dónde- remata Juan la historia-. No busques; no lo encontrarás. Lo que sea te encontrará a ti.

Mi papel ya tiene garabatos. No hay ni una esquina libre y me duele la mano.

  • ¿Me enviarás tu historia cuando la publiques?
  • ¿Y tú? ¿Me dedicarás tu libro cuando lo termines?
  • Sólo si me permites colocar en el prólogo la historia que hemos construido tú y yo esta tarde.

Sonreí de buena gana. Había trato.

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