Y lo mejor: no se llama amor

Fuiste un terremoto que, en lugar de devastar, me volviste a dar la vida. Sin saberlo, me sacaste de una espiral de tristeza, de amargura, de falsas amistades, de mirarme cada mañana al espejo y no reconocerme. Una simple pregunta inocente sobre el trabajo con el que nos conocimos desencadenaba un torrente de conversaciones que parecían efímeras, como quien habla con cualquier colega sobre el tiempo, sobre el empleo, sobre anécdotas en la calle… y acaban convirtiéndose en charlas profundas, largas, de horas de duración. De repente, pasas de no conocerme de nada a ser la persona que mejor me conoce. Esas conversaciones están a punto de cumplir dos años sin interrumpirse un solo día. Trabajo, familia, salud, dinero, preocupaciones, futuro, amistades, aficiones, amor, sexo… Así hasta conocer el último centímetro de piel y pensamiento del otro.

Hasta tal punto la simbiosis es nuestra mejor amiga que terminé por saber que yo también llegué a tu vida cuando tú atravesabas también un momento algo duro en el plano personal. Nunca hemos hablado de ello, no me he atrevido jamás a preguntarte porque sé que odias hablar del pasado. Ignoro el papel que yo jugué, pero me alegra comprobar que ambos dimos el paso de quitarnos lastres de encima, salimos victoriosos y nos apoyamos el uno al otro sin quererlo, ni saberlo, ni teniendo la más mínima intención de convertirnos en uña y carne.

Te echo de menos a diario, pero me queda el consuelo de saber que la distancia física no importa cuando cada día estás más cerca del corazón de la otra persona. Cómo tu nombre ya tiene un lugar y un significado propio. Alguien dijo una vez que un amigo es quien lo sabe todo de ti, y a pesar de eso, te quiere. Ay, cuántas broncas… y qué duras a veces. Esos días sin hablarnos por un malentendido… se hacen muy cuesta arriba cuando estoy acostumbrada a contártelo (casi) todo a ti.

– ¿Tú tienes alguna virtud?- bromeaste un día-. ¿O por qué te compré?

– ¿Yo? Tú ya sabes que yo soy toda defectos. Tú sabrás por qué me compraste- te seguí el juego.

– Entonces será que me gustan tus defectos.

Pero ni esos innumerables defectos, ni mi altivez, ni mi mal carácter, ni mis modos raros te han echado nunca atrás. Más bien al contrario. Después del último encontronazo, fortísimo, creo que ya no habrá (casi) nada que termine con nosotros. Pero no hace falta que lo comprobemos, tranquilo…

Y ahora es cuando te reconozco que una discusión contigo me afecta más que cualquier otra, que deja de importarme automáticamente por la certeza de que te la cuento y tú estás ahí.

– Estoy mal.

– ¿Por? ¿Qué te ha pasado?

Y te lo cuento. Y me consuelas.

– ¿Sabes qué me ha pasado hoy? He perdido un calcetín y llevo todo el día calzado y con un calcetín sí y el otro no.

Y me río. Y lloro de risa. Y de ahí, a otra, y otra y otra… Así hasta que se me olvida por qué estaba tan mal. Llevas dos años demostrando que me aprecias y me respetas.

No creas: tú también tienes lo tuyo. Amante del “facta, non verba”, me quedo con las ganas de gritarte, de zarandearte, de llorar, de reír, de enfadarme y luego calmarme, de besarte, de abrazarte con todas mis fuerzas. Todo eso tú no me lo admitirías. Tú eres la parte racional; yo, la sentimental. Y combinadas, el cóctel puede sentar demasiado fuerte al estómago.

Tenemos pocas fotos juntos, pero mil recuerdos. No conocemos a nuestros respectivos amigos ni familia, pero ya sabemos quiénes son y cómo son. Hemos tenido amores, desamores y desilusiones, cada uno por su lado, pero siempre con una palabra de aliento de la otra parte. Vemos los festivales de amor y pleitesía que rinden otros en los lugares públicos y las redes para dejar muy claro que tienen muchos amigos y que los aman con todas sus energías. Nosotros no. ¿Qué importan los likes mientras lo tengamos claro nosotros? ¿Qué aporta una foto o toda una declaración de intenciones cuando lo que de verdad importa es lo que hay detrás?

Y lo que hay detrás es una admiración y confianza ciegas y mutuas. Una paz interior que me invade al saber que la decepción no es una palabra que contemplemos en nuestro diccionario. Una serie de bromas y chorradas que sólo nosotros entendemos. Una relación al nivel de poder entrar en mi casa y ponerte algo de beber mientras hablas con mi familia y ellos te dan dos besos, como si fueras su hijo.

Lo que hay detrás también es una sensación de desorden al escribir este texto pensando en ti – igual que pienso en que a todo el que tenga un alma gemela le pasará lo mismo- y en todas las cosas que quiero que sepas. Son tantas que no soy capaz de darles una mínima coherencia. Lo que hay detrás es una persona en mi vida que, a la vez que ordena todos mis caos y mata mis fantasmas, pone patas arriba mi capacidad de expresarme. Y ello a la vez me inspira para crear. Fíjate si es raro todo.

Cuando ya no vale nadie más que no seas tú, la gente nos cree juntos. Pero no se llama amor. Eso es lo mejor. Es sólo que resulta imposible vivir sin tu amistad.

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