Michele Botto: “Tuve que decidir entre la intimidad y la eficacia”

Hasta dónde vamos a llegar. Nos hemos subido a un tren del que se desconocen sus frenos. La tecnología está a la distancia de un click y el contexto carece de pensadores que se detengan a razonar ¿Está cambiando el concepto de lo social o ya ha cambiado? Acaso es la cadena determinista que nos obliga a trabajar delante del ordenador, a socializar delante del ordenador y a sexualizarnos a través del mismo. Hemos cambiado el confesionario, el diván y el amigo cómplice por Google, “él” lo sabe todo. Y en esta entrega de intimidades, preferencias, hábitos y culos de Scarlett Johansson, dónde se encuentra el límite de la comercialización de nuestra desnudez tecnológica. Dónde está la libertad de cambiar de opinión y de descubrir. Si saben que nos gusta el solomillo al punto, el café cortado con la leche fría, los periódicos de izquierda y el porno a las 21.37 h.

Internet es el complemento perfecto a una sociedad que gira rápido, pero ese crecimiento desmedido necesita ser parado y pensado o no daremos abasto el día que nos demos cuenta de ello. Necesitamos filosofía y, para ello, Melettea ha hablado (que no charlado) con Michele Botto, un filósofo italiano afincado en Madrid. Autor de varios artículos y director del seminario “De la caverna al Matadero”, acaba de publicar un libro llamado “Del Ápeiron a la alegría” y se ha sentado con nosotros a pensar qué es lo que ocurre y si esto que ha invadido nuestras vidas en los últimos años es el ápeiron.

 

¿Qué encuentra un italiano en Madrid?

 

Podría decir por qué estoy aquí o qué hago aquí, pero la pregunta sugiere otros matices. En Madrid encuentro unos tipos con cara de la edad media y vozarrón cavernoso que distribuyen vinos a veces óptimos a muy buen precio. Encuentro mujeres en el tren que leen libros sobre Godard y me sorprendo. Encuentro viejos que tiran el plástico del tabaco al suelo y envidian a Suiza. Encuentro a perlas negras sonrientes y entro en un misterio que es pura acción sin reflexión -es el deseo.

Cuando me encuentro a mí, encuentro mi Italia, ya que alguien es uno mismo solamente cuando sale.

 

¿Por qué filosofía? Hace tanto tiempo que no vende.

 

Como diría Platón, porque me ha mordido la serpiente. Para ciertos mordiscos no hay antídoto.

 

En una charla que tú y otros compañeros filósofos ofrecisteis en el Matadero, “De la caverna al Matadero”, hablaste sobre las redes sociales. Para situarnos temporalmente, ¿Son estas las primeras redes sociales de la historia o ya ha habido otras diferentes a lo que el término actual refiere?

 

La expresión red social hace referencia a una interconexión de personas, a un vínculo que hace que un grupo se relacione. En este sentido, por ejemplo, la red burocrática del estado pone en relación a todos los miembros de un país. Sin embargo, se suele entender por red social algo que constituya un lugar de encuentro, normalmente sobre un tema.

En este sentido me parece que los baños termales de la antigua Roma respondían perfectamente a esta característica: ser un lugar de cuidado personal donde, al mismo tiempo, se podían tratar los temas más diferentes (negocios, amor, diversión, etc.). En el siglo XX (hace más o menos quince años) para mí una red social era un muretto en un parque donde los adolescentes nos encontrábamos para pasar la tarde y sentarnos, fumar, charlar, montar un partidito de fútbol, etc.

 

¿Es ahora social el término adecuado para definir estas redes?

 

Si me preguntan por la manera de socializarse de un nerd de Harvard entonces sí. Depende de lo que para nosotros significa estar con los demás, de cuál es la situación en la que nos sentimos cómodos con los demás. Personalmente me aburro comunicándome con mis amigos en FB. Cuando abro FB me dedico sobre todo a espiar a los demás, a criticar o a promocionarme.

No considero FB una red social noble, me parece que me invita a sacar mis sentimientos más tristes (cotilleo, aburrimiento, soledad…). Luego pienso en que lo único importante es que Zuckerberg incremente su data mining, sepa todo de mí y me envíen una publicidad perfilada.

Twitter me da más información, aunque luego me deprime: salto de una información a la otra y me pierdo. Nunca he pensado: “que gran invención!”. El juego de los 140 caracteres, luego, es bonito para aquellos que aman los poemas-eslogan y las sentencias mordaces.

 

¿El narcisismo que aparece en este tipo de redes o el juego de egos son al final palabras incongruentes con el término social?

 

El juego de los egos hace parte de cualquier reunión de amigos. Cuando hablo de narcisismo en una red social me refiero a algo distinto. Cuando paseamos por la ciudad a veces encontramos unas paredes de espejo, son ventanas de alguna tienda (oficinas, bancos, etc.). La tendencia es la de mirar si estamos guapos, bien vestidos, si tenemos un trocito de perejil entre los dientes, etc. Sin embargo, a menudo nos olvidamos que detrás del espejo hay alguien que nos mira (como en un acuario). Solo después de unos instantes, y si lo pensamos, recordamos la presencia del otro y volvemos a asumir nuestras posiciones de defensa (que, al mismo tiempo, defienden también al espectador).

Las redes sociales son como estos espejos-ventana: cuando trabajamos en ellas la tendencia es olvidar que un público muy amplio es espectador de nuestros actos. Nuestros pequeños momentos de narcisismo no tendrían lugar en una reunión de amigos en vivo, porque nos daría vergüenza hacernos ver tan coquetos. Pero, los neurólogos saben explicar bien cómo, frente a las pantallas, nos olvidamos de los demás.

 

Recogiendo algunos apuntes de tu charla, se ha mencionado durante la ponencia a los bulímicos y anoréxicos y su relación con las redes sociales. ¿De qué manera?

 

El menor de edad en internet viene lanzado a los leones del circo. También el adulto (pero el adulto tiene algo más de experiencia para defenderse). Aunque trabajo en un colegio, no soy un experto en trastornos de los menores de edad. Es un mundo en el que actúan buenos y malos, espabilados y tontos. El menor suele ser ingenuo y caer en trampas (le llaman nativo digital, pero normalmente sigue siendo inexperto de la vida).

 

¿La gente habla en las redes sociales?

 

Depende de lo que entendemos por “hablar”. Hay un texto de Soren Kierkegaard, La época presente, que es muy actual en este sentido. Hay una diferencia profunda entre callar, charlar y hablar: la charla es un ruido de fondo, es un conjunto de voces que se olvidan prontamente, que nos da la sensación de que algo ocurre sin que realmente se diga nada. Todo es rápido sea en FB que en Twitter, lo que no deja sitio a un discurso profundo, sino a conversaciones deshilachadas.

Es este el modelo del ya famoso pancake people, del hombre tortita, modelo de humanidad ancho y plano, que comunica en gran cantidad pero de forma superficial.

 

Internet es una plataforma libre u otra manera de control para aquellos que controlan?

 

Internet es libre dentro de unos márgenes delimitados por la justicia y por ciertos poderes oscuros. La justicia no legitima que se interactúe de forma violenta, fraudulenta o vejatoria, por esto existe una ciberpolicía. Otro discurso es el de quien actúa de forma legal pero con hipocresía o segundas intenciones. Aquí podemos mencionar a los famosos: Google, FB, Twitter, WhatsApp, etc. No digo nada nuevo si hablo de perfilación y publicidad personalizada, que son la “nueva” mina de oro de la new economy. Además de la perfilación, cada usuario cede sus derechos de propiedad intelectual (aunque normalmente se trata de basurilla fotográfica…).

 

Pero no se trata solamente de economía. En los archivos digitales de Google hay una descripción de cada usuario que podría interesar mucho, por ejemplo, en una campaña política. La publicidad personalizada duele a la democracia, porque el mismo principio se aplica a la información acerca de la actualidad política. Negroponte y Sunstein han subrayado el problema del daily me, del hecho de que el usuario acaba enterándose solo de aquello que le gusta (según el principio de la perfilación). No puede haber democracia sin poder conocer los diferentes puntos de vista. Sin diferencia no hay elección.

 

A raíz de la anterior pregunta, ¿puede surgir una revolución vía redes sociales o éstas también están controladas por los gobiernos para hacer su “propia revolución”?

 

Sugiero la lectura de La decepción de internet de Evgeny Morozov, donde se trata la cuestión más detenidamente. Sería ingenuo pensar que Twitter y Facebook sean instrumentos en manos de los revolucionarios. Cuando escribo un tweet: “que nos reunamos en Dos de Mayo a las 17” la policía sabe lo que tiene que hacer. Si genero un círculo de Facebook, no es difícil para un servicio de espionaje del gobierno hacerse “amigo” y obtener toda información acerca de los revolucionarios.

Más allá de la provocación, creo que los revolucionarios del futuro deberían comunicarse de forma realmente secreta. Los mafiosos de Sicilia viven clandestinos, pero no por esto dejan de mandar y tomar decisiones relevantes. Se comunican mediante unos papelitos muy pequeños que llaman pizzini, que son fáciles de destruir en caso de redada (se pueden comer). Nadie puede interceptar dicha comunicación, exactamente por ser extremadamente básica. Los revolucionarios del futuro utilizarán los pizzini, o no habrá verdadera revolución.

 

Otro tema es aquel de la circulación de la información crítica. Es verdad que el usuario recibe chispas de crítica política, pero difícilmente se suele leer todo el artículo o profundizar realmente. No creo que los likes de Facebook a los comentarios de crítica política manifiesten una verdadera voluntad de cambiar las cosas, sino simplemente revelan un activismo de sofá que no tiene nada de revolucionario.

Vivimos en una época sosa, eso sí, pero no significa que algunos no utilicen estos medios de forma realmente eficaz. La cuestión es si, como dijo McLuhan, el medio es el mensaje o, más bien, si el usuario hace el medio (y, consiguientemente, el mensaje).

 

La ingente cantidad de datos que los usuarios ofrecen en internet y las redes sociales es un producto para empresas como Google ¿Hasta qué punto es ético el comercio con estos datos compartidos? Un ejemplo es el caso de la startup ZestFinance, la cual vigila todos tus movimientos en las redes para saber si es viable la concesión de un crédito.

 

El día en el que instalamos Google en nuestros ordenadores, aceptamos las letras pequeñas. En ellas aparece el derecho de la empresa para gestionar nuestros datos. Lo mismo ocurre con FB y WhA. Todo lo que escribimos, buscamos, subimos son datos que regalamos a determinadas empresas. Existe un poder oscuro que se funda sobre una determinada gestión de la ley: el default power, el poder por defecto. Se trata de la facilidad con la que firmamos nuestros contratos de uso en la web: a cambio de un producto gratuito cedemos nuestros derechos.

Lo mismo hacemos cuando vamos a comprar y luego utilizamos las bolsas del supermercado: estamos revelando a todos la tienda donde gastamos nuestro dinero y estamos haciendo publicidad. ¿Es esto correcto?

Ojalá existiera un browser público, un motor de búsquedas eficaz que nos permitiera la máxima intimidad posible. Yo intenté un periodo breve con duckduck.com, pero no era eficaz. Tuve que decidir entre la intimidad y la eficacia y elegí la eficacia. Pero cada vez pienso más en cómo vivo en internet y cada vez me escondo más.

 

Google hace ya tiempo que elimina de sus resultados de búsqueda, elementos que no cumplen con los derechos de registro (copyright) de aquellos que ofrecen contenido: editoriales, discográficas y estudios de cine (empresas) ¿Qué ocurre con el derecho a ser olvidado por parte de la ciudadanía? ¿Acaso no tenemos nuestro propio copyright?

 

Hasta hace poco el individuo era el sujeto del mercado, él compraba lo que los demás vendían. Ahora y casi sin saberlo, además de sujeto se ha trasformado en el objeto del mercado, ya que se le venderá lo que él demuestre querer comprar. La perfilación permite vender los datos de los clientes, saber todo de ellos, de nosotros. Es el data mining, la mina de datos… El usuario de Google/FB/WA podrá acceder gratuitamente a contenidos de calidad cada vez menor y cada vez más tendrá que dar algo suyo, compartir su biografía. Vivimos la culminación de la era tecnológica: la tiranía del algoritmo (C. Steiner), por la cual nuestras acciones dependen de cómo una máquina interpreta nuestra voluntad (es este el principio de la perfilación…).

Mi personal distopía digital prevé que internet se está volviendo un universo cerrado. Es un mundo en el que se comparte cada vez más basura, y cada vez menos calidad. Esta entrevista puede que sea basura, pero si tuviera calidad mi editorial podría hacerme presión para que yo la venda, en vez que regalarla.

 

“Buscar sin Google en la Red es como socializar en ella sin Facebook”, son palabras del bielorruso experto en internet Evgeny Morozov. ¿Crees que es esta una afirmación posible de cambiar? ¿O no hay otra forma de extender un uso razonable de los datos por parte de otros organismos que manejen los buscadores y/o las redes sociales?

 

Quizás necesitemos un nuevo socialismo, esta vez digital. La lucha política del futuro va por ahí, por la gestión de la información, sea para el bien de la democracia que para el bien del consumidor.

Nuestra clase política no da señales de enterarse de las posibilidades ni de los peligros de la red. Parecen muñequitos en manos de plutócratas, se atacan por tweets y no tratan temas fundamentales y estratégicos como podría ser generar un motor de búsquedas alternativo a Google (pero, por ejemplo, europeo).

 

Además, y aquí estoy de acuerdo con Zizek, vivimos una época profundamente ideológica. Una ideología es tal cuando excluye la posibilidad de otra solución, de otro modelo de vida. Está claro que hoy en día el objetivo ideológico no es realmente ser feliz. La ideología del mundo occidental es la de producir mucho para el consumo (para beneficio de unos pocos).

Si quisiéramos ser felices, dejaríamos de correr tanto y nos contentaríamos con lo que tenemos. No pediríamos que nuestros niños fueran a los mejores colegios, sino que nos gustaría que tuvieran tiempo para jugar. No nos interesaría tener coches suv (qué tontería tenerlos en Madrid…), sino que pediríamos aire limpio y buenas bicicletas. No nos interesaría la cantidad sino la calidad de la comunicación.

Sin embargo, hoy en día la gente corre, y a menudo llena de miedo. Nos han metido en la cabeza la idea de que somos unos retrasados y que tenemos que recuperar, en tecnología y en horas de trabajo. Tenemos que ser como los de Silicon Valley, es decir, unos geeks. Tenemos que ser como los chinos o los japoneses o los anglosajones, es decir, workaholics. Tenemos que ir a toda pastilla hacia una seguridad en realidad inexistente.

Preveo que en el futuro nacerán comunidades de ralentización, un poco como los antiguos hippies, gente que se dedica a vivir despacio, que lucha contra su misma ambición, que intenta saborear lo que ya tiene en vez de añorar las lentejuelas de los centros comerciales.

Estas comunidades saboreantes no tendrán que renunciar a la tecnología. Pero la respuesta a la ideología de la hiperconectividad y de la información rápida debe ser la capacidad de dar un paseo por el parque sin llevarse el móvil. Este sentimiento de profunda libertad, de tener un tiempo solo para uno mismo. ¿Qué es más importante? ¿Una pantalla de plasma o hacer el amor con calma?

Tumbarse a mirar el cielo mientras tocamos la hierba. O quizás ya no nos interesa el tacto con la hierba, porque la podemos ver en alta definición en nuestras pantallas táctiles.

 

 

Acerca de Luis Aguilar

Gato al sur del Manzanares, hormiga del globo y okupa del Cyberespacio. Su pasión por la comunicación le llevó a licenciarse en Publicidad y Relaciones Públicas y, aunque es más de esto último, adora el creativo resultado al juguetear con las palabras. Convive con el estrés a la espera de un traficante de tiempo y, mientras tanto, le roba a la vida más de lo que le puede dar. Cuando descansa, coge aire en las comas y a veces, consigue pararse en los puntos.
Enlace para bookmark : Enlace permanente.

3 comentarios

  1. Vicente Aguilar, un amigo común y compañero experto en la industria de la Información Tecnológica y en la escritura creativa, me os ha recomendado y lo celebro mucho. No os conocía a los autores del sitio, Luis y Lucía, ni tampoco a Michelle y ha sido un gusto leeros a todos. Me parece una web de gran calidad y muy cuidada y os felicito porque de éstas no hay tantas.
    Resultan muy fértiles las ideas sobre redes sociales que expone Michelle Botto y también muy perspicaces las preguntas que hacéis y con las que luego el filósofo se abre camino a una reflexión lúcida sobre políticas de seguridad, desnudez cibernaútica y otros trastornos de nuestro tiempo; pero no tan solo del nuestro, añadiría por complementar. Si bien es cierto que nos espían con un ánimo de mercadeo impenitente, tampoco esto es nada mucho más peligroso o nuevo de lo que lo era antes: Ya cuarentón, yo no recuerdo haberme visto a salvo nunca del bombardeo de publicidad por un medio u otro cualesquiera; y por otro lado, más que «intimidad», que me parece una expresión demasiado intimidante para el caso, creo que lo que perdemos es privacidad, esto sí, aunque no olvidemos que los que nos espían no son vecinos de carne y hueso sino programillas no conscientes, ciegos, bastante «tontos» como para personificarlos en un ataque emotivo hacia la intimidad del usuario del que éste no se pueda defender solo con un poquito de luces (tampoco hay que exagerar con toda esa sociología que nos trata de acojonar hasta para ir al baño después de meter nuestros datos en una red social o en una encuesta). Quizás por inconsciente, yo no le doy tanta bola a esto de la seguridad porque si te paras a pensar, como decís, la seguridad es un intangible, a veces más aun: inexistente. Bien que molesta su ausencia, la privacidad real ha sido siempre un mito falsario una vez entra uno en el juego de lo social. Creo que estamos de acuerdo. Es verdad que las tecnologías, contradiciendo a Bakunin, no son neutras, nunca lo han sido, pero igual de cierto me parece que el ponerse más o menos a salvo hoy de esa inducción exagerada de internet a la compra de todo tipo de productos no se consigue con seguridad informática sino con pedagogía, lo que contradice el deseo de una protección externa, institucional, a nuestro propio criterio. Lo mismo vale para la seguridad de tus datos que, salvo en caso de ilegalidad criminal, dependen en gran medida de tu cautela igualmente. Lo que sí veo más molesto es eso del “daily me” (no conocía el término), y en esto también coincido, y es que a veces apetece que se nos ofrezcan cosas que no nos gustan tanto hoy, no sea que nos acaben gustando más tarde y luego nos aburra, incluso espante, ver cuán polarizados estamos en nuestros gustos como usuarios consumidores de capitalismo. Esto mismo se ve con claridad en Linked in, donde la monotonía en la oferta profesional se hace evidente desde que éstas se reducen al alcance de tu experiencia curricular. Cambiar de profesión con Linked in se va a hacer tan improbable como lo era hacerlo en la República ideal de Platón y esto mata la creatividad o la improvisación.
    La idea de Botto del escaparate como espejo de FB me parece me acertada y fructífera. Más de una vez nos habrá pesado a muchos la desinhibición que produce ese espejo de aburrimiento o de soledad que nos hace voluntariamente desnudarnos ante una comunidad de mirones. Muy cierto. Espiar en FB es un entretenimiento nuevo en el que más o menos caemos todos, quizá sin saber muy bien por qué, a la vista del placer tan rebajado que generalmente procura.
    Solo una recomendación, y termino, ya que M. Botto ha trascendido la pregunta por la protección de datos y su manejo a un plano más político. Por complementar «el futuro de comunidades de ralentización» que imagina y parece desear Botto, y que yo comparto como deseable, pero que quizá por falta de espacio no haya mencionado: Aunque yo no soy un experto ni mucho menos, Carl Honoré y su libro Elogio de la Lentitud hablan ya de toda una comunidad creciente surgida en Estado Unidos, y parece que se extiende a otros países cada vez más numerosa, donde plantan batalla al disparate de la multitarea y a la prisa loca con que hoy se vive, pues defienden además que éstas resultan menos productivas que la lentitud bien enfocada y atenta a las tareas, y lo hacen con ciertos datos de contraste a su favor —si es que Michelle iba por ahí. Ah, y en un plano aún más abierto o disperso, Carlos Taibo, profesor de políticas, es uno de los que trabaja ya desde hace años el Decrecimiento (ralentización) a que creo aludía Michelle. Taibo se acerca al asunto mediante posturas anarquistas y libertarias que supongo niegan ya de raíz la idea de un organismo supraprotector para nuestros datos. No se olvide que siempre seremos nosotros quienes tengamos la última palabra sobre qué queremos mostrar y qué no y esto nunca ha de ser delegable, creo yo. Quizás os apetezca leer su En defensa del decrecimiento para continuar pensando nuestro tiempo y sus contradicciones.
    Lo dicho: muy interesante vuestra web. Seguiré leyéndoos con mucho gusto.
    A.C.

    • Excelente comentario, lleno de inspiraciones. A propósito de la peligrosidad de este mundo virtual que nos persigue “hasta el baño” (como sugería Cuenca), creo que el peligro consiste una vez más en la alienación. Cuenca se acordará de los años 80, cuando había más publicidad que programas en la tele (por lo menos en Italia). Sin embargo, la tele no nos la metíamos en el bolsillo y la tele no grababa nuestros gustos. Quiero decir, hoy realmente la gente se va al baño con el móvil.
      ¿Qué tiene esto de peligroso? Pues, nada.
      Hoy en día un adolescente puede envíar unos 5000 tweets por año (ahy quien menos, hay quien más). No corre peligro alguno. Es lo más seguro, también porque, al fin y al cabo, nos dice siempre lo que está haciendo.
      De alguna forma, se pasa el tiempo comunicándose. No hay ningún peligro, si no se mete en conversaciones con desconocidos raros.
      Se pasa todo el día frente a la pantallita pero no hay ningún peligro.
      Ojalá viviera con algo de peligro.
      Estamos entrando en la era del turbo capitalismo californiano: todo quick and easy, trabaja y compra a la vez, sin respiro, sin peligro, todo filtrado por google, todo grabado por google.
      ¿Queremos vivir todo esto sin una pizca de duda?
      Pero ya estas reflexiones exceden el espacio del comentario.
      Un abrazo y buen domingo.

  2. Bonita reflexión la de ambos.
    Aunque nos vigile Google, Melettea es un espacio para la reflexión, del tweet en el baño al selfie en la cocina.
    Igualmente, vosotros, con este comentario estáis expuestos al control, estáis entregando parte de vuestra intimidad. Y qué tiene eso de malo. Y qué tiene eso de bueno.

    La cuestión es si realmente esta exposición es peligrosa o si en realidad es un arma más para alejarnos del “peligro”.

    Un abrazo de parte nuestra. Es bonito disfrutar de la opinión.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.