Agentes del Caos

Decía Nietzsche que el filósofo encontraba la inspiración durante el paseo. Que el escritorio y la quietud de éste no acompañaban a la imaginación y al desarrollo que esta profesión requiere. Muy lejos de esta profesión, me siento en mi escritorio, un domingo, en la quietud que las cañas devenidas del vermú madrileño me permite. Repasando, entre canciones que el día del señor requieren, entre canciones que predicen, en la antesala de la normalidad y de la rutina, la llegada del lunes.

Este viernes/sábado/domingo no bailé. A pesar de que anuncios, cine y algún que otro adult (ero) me lo recomendaran, no bailé.

Pero si vi bailar. Si escuché bailar. Y sobre todo oí como cantaban algunos por la libertad del cante y del baile. Bendito Youtube y su afán por recopilar la audiovisualidad histórica.

En mi ordenador suena Hombres G y algunas veces Metallica. Pero también hay sitio para el jazz que acompaña Kase-O y para la psicotrópica producción de Aphex Twin entre muchos otros. Pero hoy, a cabezazos, abrazos, desengaños y sobre todo, rollos de una noche, me acordé de la musicalidad de aquí donde vivo: Madrid.

Y me acordé en mi escritorio, maldito Nietzsche, el no conoció Google, de cómo la marca España se abría hueco entre los barrios, bares y salas de ensayos de una ciudad que se escondía de lo gris de su existencia y de los gris de las gabardinas de aquellos que los perseguían.

Y yo no, no tengo excusa para pasarme el día bebiendo y, menos, para pasármelo bailando, no tengo por qué. Lo pude hacer ayer y hoy. Y estoy casi seguro que de aquí a dentro de bastantes años lo podré seguir haciendo.

No pueden decir lo mismo algunas y cercanas generaciones anteriores. Por eso hoy, y tras escuchar a Alaska y los Pegamoides, entendí porqué se pasaron el día bailando.

Tras años de hacer metáfora rebuscada a toda posible creación, la explosión democrática se vivió en las crestas de punta, los pantalones rosas y algunos mofletes hundidos víctimas de extasiadas venas condenadas por los vicios ochenteros.

La transición no fue determinar con buena letra las bases de nuestra democracia, más descubriendo, tras la experiencia, una constitución que deja bastante que desear, principalmente, por la inamovilidad de la que es característica. Quizás la transición fuera cantar unas letras verdaderamente representativas de lo que todo un pueblo quería.

O Quizás la transición fueran cuatro rockeros de Carabanchel cantando en la calle como nunca lo habían podido hacer, a su manera de vivir. Cuatro homosexuales enamorados de la moda juvenil o algunos directores de cine que, tras años de viajes a Perpiñán, enseñaron alguna teta en la casta Televisión Española.

El discurso estaba más organizado de lo que aparentemente, su preocupación excesivamente estética, daba a entender. Pues la movida se basaba en un valor, quizás el más importante de cualquier ideal y forma de sentir. Y sobre todo el más importante para dar lugar al cambio: la libertad.

El desorden del que se componían, por la falta total de intencionalidad de generar una institución, era el motor que hizo de Madrid una ciudad admirada en toda Europa porque, lejos de grandes avances en políticas reales, la ciudad se movía a golpe de apertura y revolución cultural.

Y no les importaba lo que pensaban qué hicieran o lo qué dijeran, seguramente ellos mismos no supieron la importancia que tuvieron en hechos tan simples como sacar a la juventud de sus casas, no para gritar por la libertad que aparentemente ya habían conseguido con la muerte del general, sino a gritar por todos los años que éste último no les había dejado. Y no con palabras contra los 40 años de franquismo sino a favor de todo aquello contrario a lo que representaba: sexualidad, drogas, libertad, arte, cultura, conocimiento.

Eran jóvenes llevados a cabalgadas sin frenos por el consumo vicioso y exagerado de libertad.

“¿De verdad tengo pinta de tener un plan? ¿Sabes qué soy? Soy un perro que corre detrás de los coches. No sabría qué hacer si alcanzara uno. Actúo sin pensar. […] Instaura una pequeña anarquía, altera el orden establecido y comenzará a reinar el caos. Soy un agente del caos. Y ¿sabes qué tiene el caos? Que es justo.”

El caballero oscuro. Escena Joker y Harvey Dent.

Y ellos mismos no sabía lo que aquel caos, que su propio alcalde defendía, supondría para su propia generación y para todas las que somos venideras:

“Bendito sea el caos, porque es síntoma de libertad” Enrique Tierno Galván.

Acerca de Luis Aguilar

Gato al sur del Manzanares, hormiga del globo y okupa del Cyberespacio. Su pasión por la comunicación le llevó a licenciarse en Publicidad y Relaciones Públicas y, aunque es más de esto último, adora el creativo resultado al juguetear con las palabras. Convive con el estrés a la espera de un traficante de tiempo y, mientras tanto, le roba a la vida más de lo que le puede dar. Cuando descansa, coge aire en las comas y a veces, consigue pararse en los puntos.
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3 comentarios

  1. Muy bueno
    Me gusta ,no bastanta,sino mucho
    Alto nivel
    Digno de publicarse en algún medio de mucha difusión
    Hace falta otra movida madrileña para ” liberarse” de la dictadura democrática en la que vivimos gracias a los herederos del franquismo y los ciegos que les votan

  2. Soberbio artículo Luis, me ha encantado

  3. Muchas gracias a ambos. Para toda Melettea es un honor reflexionar para hacer reflexionar. Es, de hecho, el objetivo de este proyecto. Seguimos reflexionando.

    Un saludo

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