Introducción. Llueve en Buenos Aires

Desde mi balcón de Congreso veo una porción de Buenos Aires que es el Buenos Aires entero. Desde mi balcón atisbo pobreza y riqueza, lluvia, sol, sequedad y humedad, trabajo y holganza, amor y odio, guerra y paz.

Desde ese balcón, compañero de soledades, cervezas frías, café caliente y tabaco español se puede ver todo y se puede no ver nada.

Mi balcón no es un balcón, es un estado de ánimo. Es un viaje al pasado sin camisa, cigarrillo en mano y de pie sobre su baranda. Es un sueño de futuro, tercera cerveza en soledad, adonde camina mi alma despacio, sin compañía alguna.

Pero mi balcón no es solo eso. Es mucho más. Es la libre imaginación de un mundo mejor o un escupitajo en la cara desde la cruda realidad de un país que, sin equilibrio, agoniza pero se aferra a la vida. Mi balcón es el espejo de mi mismo pero también tu reflejo y el de todos nosotros de algún modo. En mi balcón tengo tres macetas grandes con geranios rojos y tres macetas pequeñas con algo parecido a la albahaca pero sin fragancia alguna. Son mis compañeras de terraza como la pequeña mesita de madera y el banquito con respaldo, regalos de mamá.

En las sofocantes noches de verano porteño me siento relajado después de la cena y me fumo medio paquete de Ducados, ese tabaco negro español, inseparable amigo, que hago me traigan de vez en vez desde Madrid. De la baranda a la mesita y viceversa. Me asomo, apuro mi pucho y respiro. Miro alrededor, vuelvo a mi mesita, me relajo, pienso.

Es Agosto y esta noche llueve. Cae un torrente de vida desde el cielo y el ligero viento salpica un olor a ciudad partida que me llega nítido.

Buenos Aires enloquece cada noche. El tráfico no cesa, la gente se agita.. El trabajo continúa para algunos después de las 20 horas. Otros solo pasean bajo la lluvia. Es hermoso. Foráneo, disfruto de esta bella capital americana, frenética, pasional y única..

Ayer jugó River. La contienda dejó en el barrio dos jóvenes heridos y una masacre de suciedad incontrolada que ahora se mueve libremente por las veredas y el asfalto de la calzada, asistida por el aguacero que, vertiginoso, se dirige calle abajo hacia Nuñez.

Arrecia. Por momentos mi calle se vacía. Marcelo acaba de cerrar su negocio, así como el kiosko de la esquina y la pastelería de Caro. Sólo mi amigo Michael, de nombre occidental y chino de nacimiento, aguantará unas horas más antes de dar por terminadas otras catorce de dura jornada. Lleva once años en el barrio y aún no habla español.

Michael es un buen hombre., trabajador y honrado. Su hija vino con cinco añitos al país y ahora tontea con un boludo de Quilmes que no desaprovecha ocasión para saquear la tienda del pretendido suegro con la excusa de un noviazgo fugaz que solo Dios sabe a qué suerte de embarazo no llevará a la princesita oriental.

Yo los veo a todos. Fumando, los observo desde mi terraza. Los desgrano y analizo. Me regodeo en mi soledad presuntuosa y aventajada. La gente ya no mira hacia arriba al pasear. Van a lo suyo, todos con prisa. Pero yo cuando estoy en mi balcón no la tengo y saco partido. Los escruto y me deleito en esa libertad que solo te da un balcón vacío, cigarrillos, café y eventualmente como hoy una lluvia fresca que mueve la ciudad y mi barrio a otro ritmo.

Ya no queda apenas nadie. Dos aterradores truenos auguran una noche movida de bomberos, árboles caídos y accidentes de tráfico en toda la ciudad. Comienza a hacer frío y oscurece. No recuerdo un solo día de los pasados aquí en los últimos cuatro años donde todos los faroles de mi calle, solidarios, alumbraran a la vez. Son viejos y están enfermos. Ya no cuidamos de los mayores.

Hoy es un día más de invierno, sin embargo algo llama mi atención: a escasos metros de la esquina con Cabildo y apoyados contra un cartel del súper que anuncia una oferta imposible, dos adolescentes se hacen uno. Él no está mojado, es pura agua. A ella, campera corta y falda de jean, se la ve más seca, vaya usted a saber por qué. El muchacho, espalda contra la pared, la trae para sí violentamente y ella se deja hacer bajo el chaparrón. Entre apretones estremecedores y besos salvajes ambos jóvenes aparentan devorarse. Me parece oí gemir a la joven pero no sé si es real o un eco del pasado, regusto de mi propia adolescencia donde no había clima, sino climax, donde no llovía ni hacía calor; donde no había nadie o estaban todos pero no importaba. Es una jauría de amor y deseo tan intensa que parece haber detenido la lluvia. Ahora es un único y tímido relámpago el que adereza la escena. Las manos del chaval no se ven, se imaginan. Las de la chica desaparecen detrás del muchacho. Y ya no es Buenos Aires, ni llueve ni miro desde mi balcón, ni caen rayos ni se escucha el cielo. No hay nadie. Solo ellos y un erotismo tan brutal como descarado.

Se acaba de oír un frenazo de auto y seguidamente a alguien blasfemar. Dos octogenarias de lino y misa de once se detienen ante la escena implorando a los jóvenes. Qué vergüenza !  Y yo desde mi balcón les doy la razón. Es una vergüenza. Es todo un despropósito el discurrir del tiempo que convierte en reproche la magia y en envidia el amor ajeno. Es todo un error dejar de caminar y observar sin pretender avanzar. Es una desgracia abandonarse a la suerte de esta obra de teatro sin imprimirle una acción en primera persona.

Los jóvenes continúan besándose más apasionados que nunca entre un chorreo de agua, envidia y comentarios. No están en Buenos aires. No están en ningún sitio. Sólo están. Y yo desde mi balcón soy testigo mudo de este teatro mágico llamado vida que sin duda alguna y pese a las tormentas, no quiero perderme de ahora en adelante por mucho que llueva, truene o clame el cielo.

 Llueve en Buenos Aires. Apuro mi último Ducados y remato la taza de café. Qué demonios !

Fotografía: Xava Du

Acerca de Vicente Aguilar

Como dice mi buen amigo Joaquín la pasión deja cicatrices. A mi no me queda piel sana ya entre tatuajes y ‘pasionaduras’. Nací de la pasión y apasionadamente (estoy seguro, aunque nunca me lo dijeron). Esto sucedió en Madrid el siglo pasado. Vivo pues desde la pasión, para la pasión, por la pasión, tras la pasión …. y podríamos acabar casi con todas las preposiciones pues encajarían como un puzzle en el día a día de mi agitada vida. Cocino, como, hago el amor o follo (según se tercie), río, lloro, trabajo o escribo con pasión y eso es todo lo que puedo ofrecer. No entiendo de otra cosa. Es por ello que, desde aquí quiero comunicarme apasionadamente y recibir el calor de vuestra compañía que confío esté a la altura de este secretillo mío que ahora acabo de desvelar.
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2 comentarios

  1. BELLISIMO CUENTO, nunca tan bien descripta una mirada de Buenos Aires.

  2. Se nos olvidó poner “Continuará” al final de éste. Estamos seguros de que Buenos Aires merece la pena ser mirada y, por ello, seguiremos contando cuentos.

    No te lo pierdas Cristina, muchas gracias por seguirnos en esta aventura de la letra y el pensamiento.

    Un saludo, nos vemos en la literatura.

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