Día Internacional del Tuitero

Fugaz, fugaz en tu día.

Volátil como un Fast Motion que deja mirar pero no ver ni observar, superficial, escaso como un vermú con aceitunas o como un par de tapas sin ración. Rápido que cansa, cargado dentro de toda su brevedad y rincón de ermitaños que entienden la poesía como carente de modernidad, como llena de contenido, como eterna y por ello aburrida, como que no tiene sitio en esta red social que, si algo apremia, es la lírica.

No se les ocurrió a los de Twitter poner un búho como logotipo, famoso animal que representa la quietud y la sabiduría. Le alargaría yo el pico a ese pájaro que tiende, por sus formas, a ser más bien un colibrí.

Pero “ha sido un pájaro” al adaptarse al mundo en el que vivimos. Ya no hay tiempo para que los padres se metan al baño a leer al Marca cuando los dominicales ganan enteros, si es ganar la palabra, respecto a los diarios. Diarios que se han quedado para jubilados que lo leen en la cafetería de turno. El café con la leche fría para el adulto, no vaya a perder mucho el tiempo en este frenesí de vida. Ya me enteraré de lo qué pasa o de lo que me quieran decir que pasa a la orden de un tweet.

¿Quién os felicitará hoy? Tuits como espasmos neuronales en una sinapsis que se pierde en la red y no vuelve. Creatividad que se esfuma en un tablón que cambia como de bragas. Fugacidad en vuestro día, estética sinsentido, enlaces que se pierden en la profundidad de la cuarta dimensión que supone internet.

Un estudio de la Universidad Jaume I de Castellón demostró los niveles y la forma en la que los jóvenes de hoy en día llegamos y consumimos información. Las ventajas se pueden ver en el contraste, solo en el caso de que los que consumimos lleguemos al contenido. Leer opiniones de puntos de vista planetarios abre las posibilidades de conjugar pensamientos libres pero es tan fuerte el consumo de titulares y el acople de éstos con nuestro estilo de vida, que al final nos quedamos con ellos y con el juicio que su escueta capacidad informativa hace engañar al Homo Whatsappiens.

Vivimos en una cultura de inmediatez que castiga el aburrimiento.  En una entrevista concedida a El País, Joaquín Reyes nombra a un profesor suyo que le aseguraba que el aburrimiento era bueno. Primero, es al fin y al cabo, una actividad que conlleva el pensamiento, pues en ese estado aletargado, tu mente intenta reflexionar el porqué de éste e intenta de la mejor forma posible GENERAR o CREAR algo a raíz de su mente que le invite a salir de dicho estado.

En este constante ir y venir de títulos y eslóganes que distraen, le hemos cogido miedo al “Pienso luego existo” de Descartes y a descubrir la gravedad bajo la sombra de un árbol. Hemos llegado a tener la dificultad de ser yo y mi mente, de dejar de mirar pantallas y rescatar de nuestro conocimiento, construido a base de pantallas, las conclusiones de todo el bombardeo informativo. Sino, seremos muy hábiles construyendo originalidades lingüísticas pero incapaces de razonar, estructurar y al final lo más importante para cualquier avance humano: argumentar.

Twitter te hace saber de terremotos cuando antes pensabas que era el vecino de abajo cambiando una bombilla o llegando de la rave de Benagéber pero no profundiza en las causas y aunque te lleve a ellas, hay inmediatez en una multitud de cosas dispares que te distraen en lo que podría ser el bonito aburrimiento de entender de fallas y escalas Ritzer para, así, poder hablar de ello cuando bajes al bar y todos hablen de la superficialidad de un Haghstag.

También ha ayudado a que la masa de tuiteros se una a una protesta, pero si esa masa se moviliza sin comprender el por qué, sin husmear en el contenido, al final será una masa vacía, estética, superficial. Twitter no da espacio a la comprensión, a la institucionalización de las ideas, a homogeneizarlas, buenas, pero que son avionetas publicitarias volando cerca de la playa con ofertas de productos frescos en el corte inglés del paseo marítimo. Irán todos allí a comprar sí, pero porque el Día no se permite la avioneta.

Lingüísticamente, el hecho de que un tuit sea una parte de un algo más completo, genera parcialidad y con una autoridad sorprendente. Con ello, el rumor, el bulo y la confusión.

Pero no os quiero seguir increpando en vuestro día. Twitter también tiene cosas buenas, como la capacidad de lavar la imagen de cualquier personaje público, incluso cuando no saldría ni con lejía. Geolocalización informativa; te puedes enterar de que están arreglando el socavón de la calle de atrás (menos mal, me estaba fastidiando los bajos). Puedes silenciar en tu televisión, mientras sigues el partido, a Carlos Martínez y a Michael Robinson (ese maldito inglés) y así leerlo en Twitter. Y puedes reducir tu visión del mundo a 140 caracteres ¡Economía vital! Que no está el Fordismo para perder el tiempo en largos menesteres.

Encuentro el humor y, como publicista y amante de la poesía, la lírica en esta red. Pero a veces veo a Narciso mirando un espejo lleno de reflejos momentáneos en los que sólo destaca él. Twitter es como un pájaro al que le tiras pan, lo coge y se va sin saber de dónde ha venido.

Lo bueno, lo mejor: que nosotros, como pajarillos digitales, elegimos quién nos echa la miga.                                    O no…

Acerca de Luis Aguilar

Gato al sur del Manzanares, hormiga del globo y okupa del Cyberespacio. Su pasión por la comunicación le llevó a licenciarse en Publicidad y Relaciones Públicas y, aunque es más de esto último, adora el creativo resultado al juguetear con las palabras. Convive con el estrés a la espera de un traficante de tiempo y, mientras tanto, le roba a la vida más de lo que le puede dar. Cuando descansa, coge aire en las comas y a veces, consigue pararse en los puntos.
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