El tío migrante

Aunque cabreo sin importancia cuando lo comparo con todo lo que me encuentro en Madrid a mi regreso, estoy cabreao. Confieso primero que si no es por un amigo ni me doy cuenta de la bagatela, yo que soy más de mirar al suelo que al cielo, menos platónico que aristotélico, más agrario que lector de real politik. Casi me avergüenza admitir, poco amigo yo de los símbolos como valor emotivo y que he rezado aquello de “mi patria, mis zapatos”, la mala uva que se me ha puesto cuando he visto cómo queda el edificio del Tío Pepe sin el tío Pepe.

Creo que me ha escocido más que si le quitan al oso el madroño o que si me encuentro con que el oso se ha ido a un parque natural dejando vacía cama y turbio cielo en el arbolillo, o se ha ido de putas calle un poco más arriba. Qué más da: El oso y el madroño siempre me ha parecido un símbolo sin sustancia, sin avecrem, demasiado poco para Madrid. El estandarte oficioso de Madrid es el tío Pepe con la botella empinada. Eso lo sabíamos todos.

Ya sé que la Puerta del Sol es hoy un receptáculo de indignaciones a tiempo completo. Y desde que alguien ha desplazado el cartelón del Tío Pepe se llena también de indignidad que acompañar a indignados y despistados. Dice G. K. Chesterton que “es menos desagradable ver mendigar a un pobre que a un rico. Y un cartelón de propaganda es un rico que mendiga”. La bandera negra pirata de Apple es un cartelón de propaganda; Tío Pepe es sin embargo una institución de valor estético, emocional para Madrid, sus madrileños y los inmigrantes de provincias que la han poblado. El Tío, fuera de su sitio natural, se ve tan absurdo como lo sería cambiar el orden de la Tribuna de oradores para poner allí al taquígrafo en lugar de la alcaldesa. Pero mucho menos grave, dónde va a parar, es la mudanza de un alcalde de su silla que la mudanza de nuestro rotulón más nuestro . Ese rótulo era del cielo de Madrid, no de una inmobiliaria ni de una bandera pirata; no de unas bodegas.

Era tuyo y mío.

La primera vez que vi consciente ese armatoste publicitario fue agarrado de la mano de mi padre a mis ocho años. Para mí, ese cartelón no fue entonces más que un cachivache formidable que llamé “feísimo” nada más verlo, y que más tarde, según fui ganando en adjetivos, llamé hortera, hortera de cojones. Y así fue hasta que lo fui llenando de significados.

Y ahora que regreso a Madrid desde el Este, y veo ese edificio tan amputado y empequeñecido por tanto cielo, me estremece el recuerdo del querido cartelón de mis ocho años. Tío Pepe representa al emigrante andaluz, la entre-cultura de una tierra de labriegos con esta gran urbe que hace a las plazas del sur tan pequeñas o acogedoras o tan mínimas. Y no solo: Tío Pepe es Madrid y Andalucía y todo lo demás. Porque si hay una plaza que sea de todos, esa es la Puerta del Sol con su Tío Pepe. En su sitio. El tío Pepe fuera de su sitio, cojones, no agrada a nadie: es un borracho fuera de la taberna, una suegra en tu casa.

Y no es lo mismo, no. Porque ese cartelón mudado de sitio vuelve a ser feo de cojones, hortera y sin significado. Apple aparece ahora como un edificio esterilizado donde cuelga una bandera negra pirata.

Qué amputación. Cabrones.

 

Fotografía: Carlos J. Lezana

Acerca de A Cuenca

Todólogo en muy mal sentido, y de casta diletante populista, disfruta un café casi tanto como contrariar sin noticia a quien tercie coincidir al otro extremo de su café. Fuentes autorizadas aseguran haberlo visto en iguales disputas ociosas mucho después de que la víctima criatura hubiera abandonado ese otro extremo del café con mucha prisa porque había quedao. Entre su extenso currículo intelectual permítasenos destacar con mención especial el prestigioso diploma que acredita su segundo puesto, obtenido echando leches, en el concurso de ripios para matemáticos de la Escuela Parvularia a Distancia de Taifuk (e-PeDeTe).
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