El rezo de Arda

No se lo esperaba, pero el Atlético de Madrid ha sufrido lo suyo para lograr pasar la última eliminatoria en la Liga de Campeones. El Leverkusen no se colgaba el cartel de grande, a pesar de que años atrás hizo sudar al Real Madrid con su Ballack y compañía. Los alemanes, aguerridos y con un físico portentoso, plantaron cara al equipo revelación de la pasada temporada europea.

La tanda de penaltis demostró una vez más la importancia de la fe. Ahí no tiran los mejores, tiran los que creen cuando vale más el corazón que las piernas o la técnica, cuando vale más el valor que la práctica, cuando vale más la fe.

Y si allí había alguien con más fe que nadie, ese era Arda Turan.

Pero ¿Qué fe es esa? Una que le da la espalda a sus compañeros mostrando una evidente falta de respeto hacia el trabajo de ellos. Arda Turan es el ejemplo del fanatismo islámico en el deporte. Una de las muchas imágenes más de cómo se está imponiendo el fundamentalismo de esa religión en los países occidentales y en las imágenes de nuestra cotidianidad.

Un anuncio y volvemos.

En la misma postura que los que aparecen en el telediario y con la misma barba, Arda Turan era la cabeza de turco perfecta, valga la redundancia, para volver a condenar su religión en los medios. El párrafo anterior era sólo el resultado de un prejuicioso análisis muy válido de ser presentado en nuestras cadenas de información cargadas de subjetividad compuesta por intereses. Una imagen, la que se muestra al inicio del post, que bien habría podido acompañar escenas de terrorismo o caras de cordero de Dios que quitas el pecado del mundo en los políticos occidentales.

Pero en esta ocasión, por la posición social del futbolista o por entender su rezo más Neptúnico que Coránico, dejaron pasar la oportunidad de revertir a su favor el significado de la libertad de expresión como ya hablábamos en otro texto aquí en Melettea.

Quizás sea difícil enfocar esa imagen con un tipo de un barrio modesto de Estambul que le paga la luz y el agua a todo su antiguo bloque de viviendas.

Pasada mi euforia por recomendar, a este “incipiente” movimiento anti-musulmán, la utilización de esta imagen como bandera contra el fanatismo en el fútbol, entiendo que al final quedará como una muestra de la casi religiosa, pasión rojiblanca.

Sin embargo, tampoco han aprovechado la ocasión para utilizar el potencial de esta imagen como símbolo de la, precisamente, libertad de expresión que se encuentra en los ámbitos generales de la vida. Quizás es el fútbol un arma demasiado potente para dar muestras del pluralismo que se encuentra más allá de los burócratas y más acá de las personas reales (a pesar de hablar de futbolistas de la élite).

Es además, el fútbol, escaparate de las generaciones más jóvenes. Pequeños procuran imitar a sus ídolos y si bien muchas veces imitan la violencia y la falta de respeto que muestran las veces, la imagen del respeto hacia una religión (y hacia una cultura) que se mostró sobre el césped el pasado martes en el Calderón, es una falta en muchas de las escuelas de nuestro país. Más cuando están bombardeados, valga la redundancia de nuevo, por imágenes de burkas y otros elementos distintivos que ya, desgraciadamente, se asocian al terrorismo.

Ya hubo casos de deportistas abiertamente musulmanes y que actuaron como símbolos por la libertad de pensamiento, como fuera el caso de Muhammad Ali. Y es tendencia en el deporte actual castigar los actos de discriminación racial.

En un mundo gobernado por la imagen y con la cantidad de información que ésta puede transmitir, pues vale más que mil palabras, es objetivo de los emisores seleccionar estos contenidos visuales.

La estética es un arma de gran poder político, pues nos despista cuando realmente el contenido debería ser el rey. Los Nazis ya intentaron imponer una estética con el objetivo de realizar su limpieza étnica. Castigar unas imágenes para con ello premiar otras.

La fotografía de Arda Turan debería haber sido una muestra no sólo de lo angustioso del azar de los penaltis en el mundo del fútbol sino como una imagen bandera que infundiera el respeto en el deporte y en todos aquellos que lo ven.

En la carrera occidental en contra del islam, los grandes productores de contenido obvian imágenes que resultarían productivas para empatizar con individuos que no forman parte de ese sector radical. Individuos que las potencias pretenden meter en el mismo saco de violencia y con ello criminalizar a todos los hijos de una misma cultura. En otro artículo hablamos que sería injusto generalizar a todos los que siguen la misma religión junto con  aquellas personas que bajo la marca de la religión deciden cometer terrorismo.

La imagen que impera nos gobierna y dogmatiza y resulta difícil encontrar un significado propio cuando a la estética le acompaña un discurso subjetivo y controlado por intereses que van más allá de lo religioso y que están más cerca de infundar temores.

La belleza de la imagen de Arda rezando, tanto por su contenido estético como por lo simbólico, podría haber sido mucho más potente que todas las campañas de Say no to Racism e incluso un ying para el yang de odio que se lleva sembrando hacia una cultura como la musulmana, desde (que yo recuerde) principios de este milenio.

Esta vez no quisieron malinterpretarla en favor de perpetuar la persecución musulmana pero tampoco lo hicieron para apoyar la multiculturalidad y el respeto dentro del fútbol y de sus millones de seguidores.

Acerca de Luis Aguilar

Gato al sur del Manzanares, hormiga del globo y okupa del Cyberespacio. Su pasión por la comunicación le llevó a licenciarse en Publicidad y Relaciones Públicas y, aunque es más de esto último, adora el creativo resultado al juguetear con las palabras. Convive con el estrés a la espera de un traficante de tiempo y, mientras tanto, le roba a la vida más de lo que le puede dar. Cuando descansa, coge aire en las comas y a veces, consigue pararse en los puntos.
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