Hasta que el Wifi nos separe

“El teléfono te acerca a los que tienes lejos,

y te aleja de los que tienes cerca.”

 

 

Llevo tiempo – años – dándole vueltas al tema del móvil, buscando una conclusión que me refuerce lo que pienso de él. Ha tenido que ser ahora, oyendo en el oráculo de la sabiduría (la caja tonta) la cita con la que encabezo estas líneas de uno de los grandes pensadores de nuestra época: Carlos Baute. Posiblemente él la habrá leído (oído) en otra parte, pero de su boquita salieron esas palabras que resumen lo que llevo tiempo pensando, y no sólo yo.

Fui el último de mis amigos en tener conexión a internet en el móvil, o más bien en tener móvil con la posibilidad de conexión. Por convicción propia. Me costó meses de no entender bromas internas, de enterarme el último de las noticias frescas, de aprenderme de memoria los techos y pavimentos de todas las cervecerías cuando todo el grupo entra en ese “impasse” religioso de comprobar-leer-contestar…

Pero seguía mirando al frente por la calle, seguía disfrutando de las pintas de los personajes que pululan por esta ciudad,  seguía viendo en el metro más cuellos de camisa que cordones de zapatos, seguía disfrutando de esos minutos de falsas esperanzas que había entre mi sms y el suyo dándome calabazas…

Pero yo también caí. Me regalaron un móvil con internet, más viejo que el pedo, y decidí no pagar datos, probar con el Wifi de casa, empezar con las drogas blandas. El enganche fue una decisión que tomé con firmeza. Me iba bien, estaba más conectado con el (mi) mundo. Pero fuera de casa… eso seguía igual, era un antiguo, esos “impasses” eternos, no poder escribir ese utilísimo “ya estoy entrando al bar” cuando el resto están dentro, enfrente, viéndote escribirlo… Total, que estaba entrando en Matrix, pero aún seguía en el recibidor.

Una cosa llevó a la otra… una oferta llamó a mi puerta… y acabé teniendo datos en el móvil. Ya era un jonky. Ya paseaba por la acera viendo el suelo desenfocado alrededor de la luz endiosada de la pantalla, ya me paraba o no en los semáforos confiando ciegamente en la masa ciudadana, ya dejaba de guardar para la almohada mis conclusiones y estertores mentales y se las contaba en cualquier momento al pajarito ése azul, ya chateaba más que hablaba con la gente… Ya había caído en el pozo.

Ya formaba parte de esos “impasses”, ya era uno más dentro de la burbuja, pero no acababa de convencerme. Y es que esta mierda engancha. Tenemos una necesidad que nos han creado, que antes no estaba ahí. Ni la persona más enamorada de la Tierra necesitaba, hace ni 3 años, estar en contacto 24-7 con el objetivo de sus anhelos. Y me he cansado.

Me saltó la chispa una tarde cuando, después de comer, mis hermanos y yo invadimos el sofá, cada uno con el móvil en la mano, como el burro con el palo y la zanahoria, y me di cuenta de que ya no hace falta ni la tele (y eso me da igual), pero pensar que en pocos años una frase del calibre de “¿Que no tienes tele? ¿Y hacia dónde miran tus muebles?” del grandioso Joey Tribbiani pudiera dejar de tener gracia… Eso ya no, por ahí no paso. Y me estoy desenganchando, y procuro (paso a paso, partido a partido) usar internet en el móvil sólo cuando estoy solo.

Y no he jugado nunca al Candy Crush. Y no pruebo por si acaso. Y el Angry Birds me aburre. No me engancha. Al menos esas drogas no van conmigo. Pero hay que parar ya, hay que darle la utilidad que tiene – que la tiene, no digo que no – pero en su justa medida. No me sorprendería leer pronto una noticia sobre clínicas de desintoxicación para estos vicios.

Alguien me contó lo que acordó con sus amigos cuando estaban de cañas: montaña de móviles sobre la mesa, y si alguno lo cogía para algo, pagaba ronda. Y ésas son las cosas que hacen falta.

Ya es casi una cuestión de educación, de respeto. De mirar a la cara cuando te hablan. De escuchar, incluso, cuando te hablan. A esos límites estamos llegando, o hemos llegado ya. Dejar de hacer caso a quien te habla para comprobar si alguien te ha hablado. Suena ridículo, pero sabes que no lo es. Y el problema es que lo estamos convirtiendo – y no precisamente poco a poco – en algo normal.

En fin, que si seguimos así, seguiremos en contacto… hasta que el Wifi nos separe.

Acerca de Pablo Abad

Madrileño que no chulapo. Creativo de nacimiento. Sembró licenciándose en Arquitectura y siguió cultivándose en otros campos del diseño, la fotografía, la escritura para… en el fondo, germinar poco a poco en la expresión propia de la visión personal de todo y nada. Hijo adoptivo del proyecto Melettea, se centra en el diseño y preciosismo visual de los conceptos con los que Lu&Lu hacen malabares.
Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.