Valiente

Cuando vi su foto en Twitter pensé: madre mía. Ojos oscuros, profundos, un abismo. El pelo negro, su tez morena y ese misterio envolvente en su mirada. Y me hablaba a mí. Me había elegido a mí.

Nunca me hubiera imaginado en esta situación, precisamente yo, que parezco exenta de toda emoción. Pero aquí nos ofuscamos con doctrinas y reglas tan apáticas que me alegro de haberme topado casualmente con él.

No es como el resto de chicos. Él tiene principios. Un objetivo muy claro. Es fuerte, es un héroe. Valiente. Nada que ver con estos críos gilipollas, que solo piensan en fútbol y en sexo. Él es maduro, tiene otras prioridades. Sabe lo que quiere. Y me quiere a su lado. La valentía. Un valor perdido que solo resucita en los libros medievales. Pues él encarna todo aquello. Y yo quiero unirme en su lucha contra el convencionalismo. Es valiente. Y yo también.

Además aquí no tengo nada parecido. A nadie. La gente de mi clase solo me mira de reojo. Mis padres están demasiado ocupados discutiendo y mis hermanos se creen que ya han triunfado. ¿Y por qué debería yo escoger la vía común?, ¿por qué tengo que clavarme tras un pupitre años y años?, ¿para luego qué? Trabajar, buscar marido, casarme, tener hijos, dejar el trabajo y ser una frustrada mientras mi cónyuge se bebe una cerveza. Yo siempre supe que esa vida no me pertenecía. No es para mí.

Con él seré admirada. Querida. Amada. Seré útil y formaré parte de un objetivo. Aquí la gente ya no tiene objetivos más allá de sus narices. Mundo hipócrita.

Solo con pensar en el futuro que me espera me entra un escalofrío. Viviré una aventura con él. ¿Quién de entre los que nos rodean puede afirmar que vive una aventura? Nadie. Coger el coche, trabajar, volver a casa. Coger el coche, trabajar, volver a casa. Y así sucesivamente. Esa sí que no es vida. Allí será desasosiego. Un ácido temblor que ya recorre mis poros. El temor convertido en misión. Me escaparé con él.

Además no estaré sola. Mis amigas me están dando muchos consejos. Me van a enseñar a cocinar, a coser, a cantar. Incluso a pintarme. Seré la reina y no me faltará de nada. Sentiré el estremecimiento del cambio. Y me ahogaré con mis propios latidos. Él es mi futuro, le amo.

No tardó en darse cuenta de que los cuentos son solo tinta.

Su madre, Monique, escondida bajo un burka y más expuesta que nunca viajó desde Turquía y cruzó la frontera con Siria hasta llegar a Raqqa. Y la rescató. Trajo de vuelta a su niña de 18 años de la cuna del fanatismo extremo. Violando leyes. Falsificando pasaportes. Ocultada de la policía. Valiente.

Decenas de jóvenes son captadas por los yihadistas de DAESH. Incluso hay blogs de otras mujeres que olvidaron su inocencia ya casadas con los terroristas, que enseñan cómo convertirse en la buena esposa de un guerrero. Esto sin apuntar las vejaciones, la prostitución, el peligro. El Estado Islámico, el grupo terrorista más sangriento. Y esa sábana de heroicidad y valentía con la que cubren sus atrocidades corrompe a los más vulnerables. La propaganda es el arma más letal.  Y se empapan de falsas hazañas creando historias medievales. Dicen que salvan a bebés de las garras del dictador sirio. Mienten. Ellos son los dictadores de la vileza.

Y parece absurdo que una chica de 18 años, rubia, de ojos azules, con estudios y formación, sea capaz de dejarse caer en sus entrañas. Pues son decenas las que dejan morir su conciencia. Y así, como ella, se olvidan de existir.

Acerca de Giulia

Guiri por naturaleza, le gusta perderse entre submundos para hacerlos reemerger. Silenciosamente incómoda y discretamente enfadada. Mente freelance dispuesta a mancharse los dedos de vidas. Salpicando ideas aquí y allá, espera ser útil para alguna pupila. Quiso ser abogada, cineasta y agente secreto. Se quedó en periodista. Pero es una fiel conservadora de ese antiguo oficio, aquél que se ejercía en humeantes madrugadas con olor a café.
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