Una carta a Innisfree

-Discúlpeme usted, pero la señorita Streep querría saber si se encuentra disponible para poder ensayar algunas de las escenas que el señor Déveraux tiene pensado filmar después del almuerzo. ¿Resulta posible?

Dalmau hizo un gesto, dejando ver al ayudante, ya bañado en sudor tras haber llegado corriendo a su camerino, el dorso de su mano, con tres líneas de color en ella.

-Está bien señor Dalmau, se lo comunicaré a su compañera.

Rió, resaltando la evidente falta de respeto que tenía por los demás (sin mencionar a la señorita Streep).

Comenzó a limpiarse las pruebas de maquillaje que tenía en la mano, con calma, para así poder, de forma más calmada, posar su vista en su pasatiempo favorito durante los rodajes: observarse largos períodos de tiempo. Sin atisbo alguno de pudor, podía atreverse a detener una escena en pleno rodaje para comprobar que ninguno de los pelos de sus patillas sobrepasasen los tres milímetros de más (algo horrible sin duda), y cabría mencionar (lógico desde su punto de vista) la mayor atención que había darle a los de su flequillo, recogido la mayor parte de tiempo en un tupé, cuando se encontrase crecido, o simplemente, engominado hacia arriba, dejando ver que es de carácter rizado. ‘He de lavármelo a diario, si no, parecería una jodida escarola’ comentó una vez a uno de los técnicos de su última película, cuando éste, únicamente le había pedido fuego para un cigarrillo. Yo mismo no he parado de preguntarme (sigo estando al tanto de las noticias sobre cine, más aún de lo que sucede durante los rodajes) cómo este indeseable sujeto, un saco lleno de egocentrismo y absoluta falta de modales, ha conseguido que le continuasen llegando guiones a la oficina de su representante (a quién también conozco, y tampoco se queda corto en ser desagradable con el género humano), que le siguiesen dando trabajo. ‘Es una obvia y sencilla respuesta’ me dijo al comienzo de este rodaje el señor Déveraux, director (o víctima) de esta película: ‘porque es un gran actor’. No me llegó a convencer, me dejaba fiar porque era un hombre de edad avanzada quien me lo decía, aunque he de reconocer que hasta entonces, las únicas noticias que a mis oídos llegaban del señor Dalmau solamente eran las de carácter sensacionalista, ninguna acerca de trabajo serio, su forma de interpretar, componer un personaje, y esas  travesías mentales que realizan los actores (para mí, un mundo completamente disfrutable, sólo desde el patio de butacas). La primera secuencia que rodamos fue en España, un interior. Se optó por un estudio a las afueras de Madrid, pues era recomendación por parte de la productora, por su precio más asequible (en comparación con lo que debíamos gastar de forma medida a posteriori). Dalmau llegó tarde, pero ya vestido según su personaje y situación, y dio luz verde a que las cámaras filmasen: la secuencia en cuestión, tenía a los dos amantes de la historia, su primer encuentro (hostil, como cabe suponer). Ella no soltaba el guión, dejándolo incluso debajo de la mesa, en un perfecto ángulo muerto para que no saliese en plano, una trampa de lo más infantil para la edad de aquella actriz (pues estaba completamente obsesionada con el cariz que debía darle a su personaje). Él en cambio se hallaba en una absoluta e insultante serenidad, ya sentado en su silla, algo distanciado de la mesa, y así también de a realidad, puede que por obligación de su disciplina actoral, puede que simplemente por un aislamiento que brotaba natural. El eco hizo resonar el ‘¡acción!’ del señor Déveraux por el estudio, y la ficción dio comienzo, al fin. Se sucedía con temple la secuencia, pero también los nervios, pues para el director elegido, según me contó el mismo día que me alababa a nuestro repelente actor, si no conseguía la fuerza necesaria para sacar adelante la primera escena que se rodase, no debía haber ningún sentido en continuar gastando dinero y tiempo en una historia que no se dirige a destino alguno, y por tanto, abandonar. Él lo expresaba ‘cortar la respiración al fotograma, desangrar  las arterias de la película virgen’, palabras que sinceramente, no hacía que me sintiese muy cómodo, pues este hombre tenía una costumbre bastante turbadora de relacionar cualquier elemento  con algo relacionado del organismo humano, sus palabras rezumaban siempre equivalentes a la carne, el oxígeno, y demás. Ahora me resulta divertido, pienso que en otra vida (o la siguiente) pueda dedicarse a convertirse en el próximo Charles Manson, sin perder su innata elegancia francesa, por supuesto. Mientras los técnicos que observaban en la oscuridad la secuencia, yo ya había llegado a mis límites de aburrimiento, tras haber registrado todos los posibles puntos interesantes a los que mirar mientras uno está sentado esperando órdenes del jefe, así que por una ocasión, quise formar parte de la mirada común del equipo. Quedé maravillado con ese deshecho humano llamado Dalmau: mientras su compañera se desgañitaba, revolvía, esgrimía sus uñas rojas presa de la ira de su personaje (o no), él llenaba el plató con algún que otro registro facial oportuno, regalándonos algunas de las miradas más tristes que he podido ver en una pantalla de cine, unos ojos marrones de lo más comunes que conseguían dibujar de una manera limpia el vacío de su personaje (o no) ante todo un grupo de personas que sólo podíamos estar sobrecogidas. Sin duda, para el señor Déveraux quedó más que evidente que había líquido rojo de sobra por las arterias de su nueva obra, y aquella primera jornada acabó con un emergente sentimiento de satisfacción, incluyéndome si se me permite la arrogancia, a pesar de que sólo debía anotar en una libreta azul marino algunas notas que me dijese el director en determinados momentos, y no eran muchos, aparte de mi trabajo continuo de traducir sus órdenes a ciertas personas, balanceándome entre el inglés, el castellano y el francés, casi chapoteando en todos, pero puede que de forma muy burda.

Realmente, con los años, puedo afirmar sin temblor alguno en la voz, que detesto el cine. Aquella noche debíamos embarcar a Irlanda, dónde a la mañana siguiente se comenzaría a filmar un par de exteriores, cerca de los acantilados, en el que se mostraría ya a los amantes en una actitud más propia de su condición. Sólo dormiríamos cuatro, cinco horas y media como máximo, y los actores por supuesto, muchísimas menos, pues los espacios vacíos entre el estruendo de una claqueta siempre eran oportunidades de oro para darle una nueva lectura a sus personajes, mover una acción diez páginas más adelante, moderar las técnicas adquiridas en sus tempranas clases de interpretaciones. Obsesos del cuerpo, eso es lo que son la inmensa mayoría, al igual que el señor Déveraux, y por ello hacía tan perfecta combinación con Dalmau, pues ambos proponían una muestra de veracidad en sus narraciones, pero siempre desde una óptica depurada, reducidas las expresiones, y acertaban, pues creaban un mayor impacto al ser vistas detrás de una cámara. No recuerdo con felicidad aquel rodaje, trabajar en este oficio es devastador, uno se llega a sentir como una roca que es insistentemente golpeada por el mar, y cada gota de agua consigue llevarse a su interior ciertas piezas que van faltando en tu autoestima, y acabas por dejarte deshacer, y así fundirte con lo inevitable, como una película que está destinada a ser un fracaso (aunque esta no fuera el caso). Era uno más en un equipo que también ocultaba cierta faceta triste, cada uno con su fantasma escondido en la esquina de su conciencia. La noche pasó en vela, pues el señor Déveraux quiso que repasásemos algunas páginas del storyboard, cuyos folios comenzaban a quedarse demasiado delgados, y ya es decir, por el constante contacto de la goma y el lápiz. El irritante ruido de la mina contra el folio se detuvo en seco.

-Por cierto, hay algo importante que es importante que sepas- me dijo.

-Sí, por supuesto Yves- y me permití mencionar su nombre, pues pienso que era el único que lo conocía.

-He recibido una llamada cuando nos encontrábamos en Madrid, justo unos minutos antes de que embarcásemos.

-Comprendo, comprendo.

 

Pero no lo hacía en realidad. Me tenía aterido el tono grave que estaba adquiriendo la conversación, también porque estaba teniendo lugar en la habitación de hotel más claustrofóbica de toda Irlanda. Pero aparte de ese hecho, no tenía idea alguna.

 

-Verá, como ya habrá visto, o supuesto, la señorita Streep es una persona realmente frágil.

– Sí, bueno- afirmé seguro- es actriz, así que…

– Cierto. Pero, mención aparte su talento interpretativo, creo que puedes intuir a que me refiero.

 

Desnudé mi ignorancia, y negué, con el sueño acumulado.

 

-Si durante un rodaje- comenzó a explicarme- o más concretamente, durante sus preparaciones: búsqueda del personaje, y esas locuras que los actores hacen, ya sabe, algo la pudiese trastocar, desviar su atención, bueno, en fin… Y sabe.

-No Yves, ¿qué quiere decirme?- insistí, aún a riesgo de coronarme como un completo bobo.

-Podría poner en peligro su propia vida.

-Ah, ya comprendo. Bueno, no llevamos una semana completa de rodaje, pero puedo creer que ese no va a ser su caso, ni el nuestro. Todo ha comenzado sobre ruedas, y tengo el presentimiento de que así seguirá hasta la última toma.

-No lo dudo- dijo casi bostezando, yo disimulaba los míos- pero aquella llamada que he recibido venía de un hospital de Nueva Jersey, su padre está allí internado, desde hace varios meses. Ella no suele ser tan exageradamente planificadora con sus papeles, sólo lo hace cuando se encuentra bajo una preocupación mayor, si una losa le pesa sobre su cabeza, se concentra en su trabajo, hasta esos límites tan grotescos que has podido observar durante estos días. Tengo la certeza de que pueda estar en las últimas, por la breve descripción que me dieron de su estado, su corazón no está yendo bien. En caso de fallecimiento, es a mí a quien llamarían, y aquí es donde tú entras en el juego. Si llegase a ocurrir esa desgracia, tú debes encargarte de que la noticia no se haga de su conocimiento.

Todo había girado a un asunto demasiado retorcido. ¿Realmente dos figuras respetables en la industria como eran Déveraux y la señorita Streep, pendían de hilos tan invisibles y afilados como era una simple llamada de teléfono? El mundo del cine tiene estos oscuros castigos para quienes nos dedicamos a sufrirlo, es una vocación masoquista en verdad.

-No se preocupe señor Déveraux, no correremos ese riesgo.

No encontraba razón moral para oponerme (y puede que debiera haberlo pensado mejor), pero ya hacía años que la dejé encerrada en una maleta, la conciencia puede llegar a ser todo un lastre en este buque a la deriva que es mi trabajo. Me di hasta la medianoche del día siguiente para cerciorarme si en verdad quería mantener mi promesa al director de ocultar una verdad inevitable, que podría perseguirnos a todos llegado el momento. Pero finalmente, mantuve mi conciencia bajo llave, y mis labios, cosidos.

Ya el viernes de la segunda semana de filmación, tras unos días de rodaje cerca de algunos pueblos limítrofes con los montes Comeragh (una belleza excepcional, sin duda), volvimos a los acantilados, de nuevo pasamos de unos días de calma, e incluso unos generosos momentos de sol veraniego, a los cielos cubiertos, los gritos sordos que suben por el choque del agua contra la tierra, bajo nubes grises y azules. Sigo pensando que no era el escenario adecuado para mostrar la mayor expresión de amor de los protagonistas, pero se ha de cumplir las órdenes, todas en la libreta azul marino.

Mientras Streep exageraba, un poco sólo, pero se le perdona por su talento, y Dalmau se contenía, casi hasta la infragestualidad, yo me dedicaba a darme breves paseos por todo el set. Habían colocado, cerca del aparcamiento, una zona cubierta, como una gran tienda de campaña, en el que habían colocado el catering y algunos bancos. Ya era esa hora en el que el estómago empieza a sustituir a  los sentidos, así que me dispuse a servirme algún aperitivo, por saciar mi aburrimiento también.

Al final (era una lona con dos aberturas a modo de entrada y salida) vi a una pareja sentada en esas típicas mesas desmontables, más propias incluso para una playa, enfrentadas en un juego de cartas. Me acerqué intrigado, pues aún quedaba más de media hora para el primer corte de descanso antes del almuerzo, para observar aquella extraña pareja, inmersa en su partida, pareciendo no pertenecer al equipo de la película, pero la baraja francesa les delataba, el señor Déveraux nos había regalado una a todos en el primer encuentro en la productora. Ella llevaba un vestido rojo, nada acorde con el frío verano irlandés, y él iba en vaqueros, algo prietos, acompañados de una camiseta con la imagen de Johnny Cash y una chaqueta vaquera, algo más prudente, junto a unas gafas para protegerse de un inexistente sol. Ya muy próximo, doblé mi espalda.

-¿Cuál de vosotros espera ganar?

El chico se encogió de hombros.

-Seguramente gane ella- contestó en un perfecto castellano (un pequeño respiro lingüístico al fin), frunciendo sus cejas caídas, sin apartar los ojos de sus cartas.

-Bueno, tampoco creas nada Alberto- dijo ella subiendo su pierna a la silla, para poder sentarse sobre ella (puede que por darse una aire más interesante por mi llegada a esa conversación muda).

-¿Tú eres el intérprete, no?

Contesté que sí, no era exactamente mi ocupación, pero no importaba demasiado.

-¿Y qué haces mirando a los dos mejores jugadores de toda Irlanda, en vez de estar a la sombra del franchute ese?- me espetó la chica, sin ver venir aquellas balas de su boca. Me llamo Sara, por cierto- y me estrechó la mano, suave y pequeña, y mirándome. Él no me dijo el suyo, porque ambos habíamos escuchado que ya se había mencionado, y sobraba una segunda presentación.

-Y a parte de ganaros mutuamente, ¿qué función ocupáis?- les pregunté

-Pretendemos rodar una peli- dijo Alberto, ya con las gafas fuera, pues el reflejo en los cristales, tiraba por tierra su jugada a ojos de su contrincante.

-¿Otra película, en serio?- les dije a ambos.

-Sí, es que no creemos que haya suficientes negativos desperdiciados ya- dijo Sara, de una ironía encantadora. Alberto se rió discretamente.

-Y, ¿la haríais vosotros dos solos?

-Había otro chico también, Luis, pero se retiró. Demasiado miedo en su interior- contestó Sara, concentrada en querer recordar al mencionado.

-No habrá personajes estables, quiero decir- y me miró- habrá algunos importantes, pero siempre estarán de paso, no sé, rodaremos en una gasolinera. Queremos acabar con esa empatía que puede unir a los espectadores con lo que pasa en la peli- me explicaba, muy entregado a su discurso, y puso un par de cartas sobre la mesa.

-Será la hostia, joder. Será mejor que todo lo de Cassavetes- exclamó sonriendo Sara, poniendo una sobre la mesa, y llevándose las dos de su compañero a un lateral. Echaba ya de menos los tacos en mi idioma.

-Ha sido el dos de corazones Sara, venga ya aún podían haberse quedado hasta la siguiente mano- dijo él, volviendo al juego.

-¿Y? los he roto con mi excelente jugada Alberto. Como el tuyo- y le lanzó un beso, de modo dulce. Él sonrió y volvió a mirar sus cartas. Bueno, y como el del director de la peli esta- y comenzaron a reírse.

Era una broma inocente, algo de resentimiento quizá, pero mencionar el corazón del señor Déveraux hizo que me acordase de aquel trato nocturno, ahora tan cruel con la pobre señorita Streep.

Dejé a aquellas dos personas seguir con su partida, hay muchas personas de ese tipo en los rodajes, son como piezas sueltas de una máquina en perfecto estado, y a uno le alegran incluso encontrársela, casi siempre felices, puede que a punto de salir corriendo, con los ánimos desgastados (el maldito cine) y hablando con lo que puedan parecer diálogos sobrantes de un guión inacabado. Ya acabado el descanso y la segunda parte del rodaje, el lugar se llenó con todas las bocas hambrientas del equipo, especialmente la de los actores, hartos de declamar los diálogos del filme, de aquel remake siendo más exactos. Pero se vio interrumpida: una llamada había anunciado que una tormenta (de las que había que tener cierto respeto, y más tratando con aparatos eléctricos) se acercaba a nuestra localización, por lo que tuvimos que cortar el efímero aperitivo y continuar rodando la escena que faltaba, y así recoger a tiempo.

Dispuesto todo, incluso Dalmau (parece ser que las tormentas era lo único que podía atemorizar a esa fiera), yo me encontraba en mi habitual nube alejada de la realidad del set, pero un chico se acercó con un sobre.

-Perdone, pero el señor Déveraux me ha dado esto para usted. Dice que no se lo muestre a nadie, menos a ella- y señaló a la señorita Streep. Se marchó de vuelta a la caravana de maquillaje. Llevaba barba, bien cuidada, ojos de color jade y el pelo algo ensortijado. De camino, miró a otra chica del equipo y le guiñó un ojo, obteniendo una risa (sólo de los que han compartido cama). Al parecer era uno de los extras. En el pequeño papel, una letra negra a mano dejaba leer: “Su padre ha fallecido hace una hora. No digas nada”.

La acción había empezado, y ella abrazaba y besaba a Dalmau, dando calor a una situación que sudaría dolor de saber la verdad. No pude atreverme a interrumpir la secuencia (a pesar de las consecuencias que eso me traería), no quise moverme de mi sitio. Sólo avancé para buscar mi libreta, y metí el sobre al azar entre sus páginas. Tengo algo enterrado lo que fue sucediendo después de mi decisión de dejar el rodaje, tras una agria discusión con el señor Déveraux, ahí sí que temía que fuese a sacar su recóndito lado asesino. Pero me acuerdo de cómo me acerqué al borde del acantilado, alejado del equipo y aquel romance falso, y tiré mi libreta al mar, para que ese azul marino (aún puedo verlo en mis manos) se mezclase y extendiese entre las olas. Se perdió, sólo se iba a recordar lo que ocurriese delante de las cámaras. Años más tarde, conté lo sucedido a algunos afectados, entre ellos la señorita Streep, esperando una respuesta, un final acorde a mi tachable comportamiento, pero sólo tuve silencio, como una sala vacía, pues ya me había convertido en otra historia inacabada.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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