Temblad, banqueros, temblad

Hay atrapamientos tecnológicos en los que permanecemos por costumbre, por el hábito de haberles dado un uso durante mucho tiempo, y de allí no salimos aunque más tarde pierdan toda o al menos parte de su eficacia. El ejemplo más palmario que explican los sociólogos es el teclado de nuestro ordenador, un teclado que se ideó para la escritura en inglés y con una disposición de las teclas que evitaba que los tipos de las antiguas máquinas de escribir quedaran enganchados y entorpecieran así la escritura. Hoy no tiene ningún sentido y, sin embargo, los dos intentos de comerciar un teclado más inteligente para el personal computer, ahora ya sin tipos,  han sido un fracaso de tomo y lomo porque estamos demasiado acostumbrados a ese entrapment tecnológico que es nuestro teclado con su extraña y no muy eficiente disposición de unas teclas que sirvieron para otro uso y no para el actual desde el teclado eléctrico en adelante.

            Además de los tecnológicos, hay también atrapamientos lingüísticos muy desfasados, como lo son algunos lugares comunes, que a fuerza de golpear con el estribillo nos nublan la vista y entorpecen la finura del oído para hacernos olvidar lo viejo e inútiles, carentes de realidad, que son hoy en día. Ya no dicen nada. Meros flatus voci (como un soplo de viento al hablar, como palabras vacías de significado) por anticuados y hoy del todo ineficaces. Hay tantos como para escribir una tesis (léase por ejemplo la exquisita Exégesis de los lugares comunes, de Léon Bloy), pero yo me centraré aquí en uno que hoy parece especialmente falso y dañoso, para mi gusto. Ese que, como el otro día oí decir a un profesor de políticas, sufragado por el gobierno, para más inri, reza: “El Poder teme a un pueblo culto”.

Lo grave es que no solo la gente distraída o poco informada sigue insistiendo en este estribillo, que no, que también se dice y mucho por quienes pretenden arrogarse la cercanía del pueblo sin saber apenas ni a qué huele un “pueblo”. Se le oye decir esto a gente con una cultura tan descomunal como despistada de la realidad común, quizá porque estén más cerca de las elites que de la otra mayor parte de sus conciudadanos. Me temo.

El conocimiento nos puede hacer libres intelectualmente. Además es un antídoto contra el aburrimiento, y divierte, qué duda cabe, pero me parece muy ingenuo esperar más del conocimiento en la sociedad actual cuando no se pertenece antes al verdadero Poder de las elites (e innecesario si se pertenece). Conocer es para la mayor parte un disfrute, pero no un capital de poder, nada capitalizable con que conseguir algo más que un puesto laboral mejor o peor pagado, cada vez peor pagado. Si esperamos algo del conocimiento por encima del disfrute y del empleo individual, quedaremos tan engañados como aquel depresivo, podrido de riqueza material, que anhelaba en su capital la fuente de toda su felicidad mientras no sabía muy bien explicarse por qué seguía siendo un infeliz.

Se podrían distinguir muy groseramente dos tradiciones intelectuales en el estudio del Poder, o más concretamente del poder político. La que va desde Maquiavelo hasta Max Weber, sustentada en la idea de poder como monopolio de la violencia, mucho más realista en el mejor sentido, para mi gusto; y la idea de poder como hegemonía consensuada desde Bertrand Russell hasta Michel Foucault, entre otros muchos. Hay todavía quien defiende, con mucha empiria, que no hay algo como un poder sino relaciones de poder, donde se sugiere que el común de la ciudadanía tenga algo que decir. Los medios de comunicación no tienen el poder, pero todo poder pasa por ellos para hacerse realmente efectivo. “El poder está en nuestras mentes”, dice algún sociólogo optimista, con una mezcla de método empírico-estadístico y de terapia de grupo. La idea se sustenta en una creencia que está más que desmentida por la evidencia política y de nuestro día a día. Cuando se explica el poder y el contrapoder como si ambos tuvieran funciones sociales diferentes y defendieran intereses muy distintos, se puede entonces sostener, una vez se ejerza  el-poder-está-en-ti (estoy caricaturizando, lo sé), que con nuestro libre arbitrio y conocimiento docto haremos una nueva revolución. ¿Podremos hacer cambiar estas relaciones de poder en favor del mayor número? ¿En favor de qué? Poder y contrapoder han sido siempre los dos polos de una misma cosa, igual de inaccesibles en términos de decisión para la inmensa mayoría de los mortales, por mucho que en efecto se dé tal alternancia en las relaciones de poder. Tú y yo ni nos enteramos, y hoy, menos que nunca.

Me levanto de la cama cada mañana escéptico convencido de todo poder político y estatal, hasta que llego a la cola del tren, entonces vuelvo a confiar en la necesidad de un Estado protector cuando alguien me mete el codo en la boca para adelantarme y tomar el asiento antes que yo. “Ya organizará todo esto el Estado”, para qué discutir, y así lo creo hasta que la realidad me lo desmiente un día más y me vuelvo a acostar descreído de toda la clase política y también del aparato estatal que la política maneja hasta donde sabe o puede o quiere. Al día siguiente seré yo quien le meta el codo en la boca al paisano. Porque esto, si no lo arreglo yo, no me lo arregla ése. Los curritos, cultivados a deshora, y ya cansados, no tenemos tiempo ni poder ni fuerzas para cambiar otra cosa que, con suerte, una mera supervivencia de precariedad más o menos invariable. Echar una mano al que tengas más cerca, si puedes y tienes tiempo, hacer cola en el centro comercial de forma civilizada mientras discutes con tu pareja o con los niños, o con todos a la vez, y además llevarlo todo con el mejor humor que se pueda. Poco más es tu esfera de lo político. Pensar que hay algo más te dará energía para seguir votando, pero no más razón, creo yo, para seguir creyendo en salvadores para ti.

Después de todo, seguiremos oyendo decir, con insistente martilleo, aquello de que al poder no le interesa la gente culta. Que si el poder tiene miedo de que la gente adquiera conocimiento;  que si nos quieren mantener ignorantes para campar a sus anchas; que si el conocimiento esto, que si el conocimiento lo otro, etcétera.  Este sonsonete es hoy ya claramente un atrapamiento lingüístico, una frase hecha, hoy más que un desecho ante la realidad visible desde internet, si no ya desde la biblioteca pública. Lo más paradójico es que llegamos a oír esta sentencia tan manida de gente de “la cultura” quienes, además, mantienen conversaciones absolutamente gremiales, con los suyos y para los suyos, y quienes solo escriben para ellos, pero nunca al alcance de la gente común, no, y no obstante, lo hacen todo gracias al sufragio del Estado y mediante la mano de un gobierno u otro cualquiera del que piden sus favores. Luego hay los que se dicen estar de tu lado y que, mediante el conocimiento y la orquesta de buenas voluntades, quitarán a los malos para ponerse ellos, que son como , de los tuyos y para ti. Son los tuyos.

Seguir despachando, en presente y futuro, este pedazo cliché del poder del conocimiento no me parece que esté a la altura de las grandes cabezas profesorales cuando quieren hablar con lucidez; cabezas de quienes cabría esperar algo más de precisión y por supuesto oportunidad y justicia en lo que se dice. El miedo del Poder al conocimiento popular tuvo sentido, y mucho, en la Edad Media y en algunos otros hitos importantes de nuestra historia revolucionaria, sin duda. ¿Hoy? ¿Hoy donde el acceso al conocimiento es cada vez más libre en los países desarrollados? ¿Hoy cuando la precariedad allá donde se mire refuta el lugar común a poco que uno se esfuerce en mirar a su vecino? ¿Hoy cuando los muros de la nobleza no son físicos sino meras notaciones digitales en una atalaya metafísica de poder total? Hoy esta sentencia no tiene un maldito sentido de realidad y nuestro conocimiento no ha dado esos frutos prometidos ni parece que ya pueda darlos. Más preparados que nunca y más inermes que antes. Porque el poder ya no está en manos del pueblo ni del gobierno al que cándidamente votamos.

Creo que era el economista Joseph Stiglitz quien decía que el trocito de soberanía verdadera que le queda al poder ejecutivo, que le queda a un gobierno cualquiera, incluso de un país desarrollado, no excede del treinta por ciento en ningún caso. Es decir, que el poder financiero y las élites privadas (los tontos por ciento del cuento del business financiero, por decirlo con Sabina, aunque muy listos) decide en un setenta por ciento buena parte de tu suerte y decide lo mismo en su manejo del gobierno que tú votas. Si el gobierno de tu país tiene un poder de hecho que no pasa de un tercio en la capacidad del total de su acción en lo público, si además está endeudado hasta las orejas con sus jefes financieros, este gobierno y el que venga, tanto da, si esto es así, como de hecho lo es, me imagino yo a la banca acojonada porque tú te sepas las leyes de Newton o los poemas de Garcilaso, o la murguilla marxiana o la neocon.

La ciencia no es un producto cultural más, pero tampoco está en nuestras manos el uso de la ciencia práctica ni de la tecnología que mueven el mundo y lo revolucionan. Para más ahondamiento en el disfrute, las fundaciones culturales y las universidades podrán seguir funcionando por placer intelectual o por recreo individual,  o gremialmente colectivo, para dar pérdidas, y ojalá que les dé para vivir y pervivir por muchos años, antes de que la universidad sea un disfrute totalmente gratuito y virtual. Pero parece que son pocos los que saldrán a la puerta-la-calle para ver lo preparadas que están hoy esas criaturitas a quienes tanto subestiman; mientras que al gobierno, no digo ya al poder realmente existente, le importará una higa, hoy y mañana, lo mucho que tú y yo sepamos de productos culturales o de libros de ciencia o de política o de economía o cuántos títulos exhibamos en linked-in.  Conseguir una ración de poder suficiente como para cambiar tu vida y la de los tuyos en sociedad requiere una inteligencia maquiavélica pero que exige una energía tremenda, cuando no mucha cara dura también, que te permita constituir una elite de poder para defender a un pueblo mediante el uso de las mismas armas y artificios para masas que a su vez (oh, paradoja) te alejan y distinguen de ese mismo pueblo.

Cioran lo explica mejor y más rápido que yo en su Adiós a la filosofía:

«La sociedad es un infierno de salvadores. Lo que buscaba Diógenes con su linterna era un indiferente. […] Me basta escuchar  a   alguien   hablar   sinceramente   de   ideal,   de   porvenir,   de   filosofía, escucharle decir “nosotros” con una inflexión de seguridad, invocar a los “otros” y sentirse su intérprete, para que le considere mi enemigo. Veo en él un tirano fallido, casi un verdugo, tan odioso como los tiranos y los verdugos de gran clase».

 

Fotografía: Película Qué verde era mi valle (1941)

Acerca de A Cuenca

Todólogo en muy mal sentido, y de casta diletante populista, disfruta un café casi tanto como contrariar sin noticia a quien tercie coincidir al otro extremo de su café. Fuentes autorizadas aseguran haberlo visto en iguales disputas ociosas mucho después de que la víctima criatura hubiera abandonado ese otro extremo del café con mucha prisa porque había quedao. Entre su extenso currículo intelectual permítasenos destacar con mención especial el prestigioso diploma que acredita su segundo puesto, obtenido echando leches, en el concurso de ripios para matemáticos de la Escuela Parvularia a Distancia de Taifuk (e-PeDeTe).
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