Quédate en Madrid. O vuélvete a enamorar.

Recientemente, he vuelto de un viaje a París, ciudad preciosa donde las haya, poderosa, grandilocuente, poética… una joya en suma que todo el mundo debería visitar al menos una vez en su vida. Al regresar a Madrid, se apoderó de mí una sensación de vacío, como si la ciudad se me hubiese quedado pequeña, echaba en falta aquella suntuosidad, aquel bullicio, aquella sensación de poder y supremacía que poniéndola en comparación con Madrid parecía muy distante de lo que ésta podía tan siquiera aspirar. Pero a raíz de una conversación con unos amigos, esta percepción ha cambiado sustancialmente. Siempre he amado Madrid y me considero muy orgulloso de haber nacido aquí, pero es muy cierto eso de que uno no aprecia lo que tiene hasta que no se lo recuerdan, ya que al comentarles a mis amigos esto que me rondaba por la cabeza, varios de ellos me dijeron ¡pues yo me quedo en Madrid!

La razón que la mayoría me dieron para argumentar su posición, es el carácter de esta ciudad. Para ellos, Madrid poseía algo de lo que París carecía, y es autenticidad. Dándole vueltas a esto, la verdad es que llevaban más razón que un santo. Ya que desde la experiencia, París, si bien es como la chica guapa de la clase, no por ello resulta la mejor. Desde el momento en que volví aquí me he sentido en casa, sus calles y sus gentes, sus olores, su contaminación, el bullicio… todo era familiar, y he permitido el lujo de volverme a dejar conquistar por esta dama castiza de granito y alquitrán, cuna de cultura, arte y vida.

Me he arrastrado por sus callejuelas, desde la plaza de Oriente, con su magnífico palacio y sus hermosos jardines, oyendo de fondo a Verdi sonar en el Real, hasta rincones mágicos como la Plaza de la Paja o la de Santiago, con su iglesia que es un verdadero tesoro. O en calles como la Cava Baja o Alcalá, en donde el pasado y el presente se conjugan en un orden caótico de formas, colores y olores que embriagan el corazón y la mente. Madrid, amigos, es arte, no grandilocuente y fastuoso, sino íntimo y penetrante, persiguiendo no enamorar a primera vista, sino dejarse disfrutar, descubriendo así sus rincones, museos e iglesias, como la de San Antonio de los Alemanes, Jerónimos, Encarnación, las Salesas Reales, San Francisco el Grande o la del Carmen, que componen un patrimonio privilegiado del que debemos enorgullecernos y protegerlo.

Pero Madrid no es solo cultura material, Madrid es la gente, siendo además esto un punto a su favor como ciudad. Madrid es de todos y no es de nadie. En pocas ciudades europeas encontraremos un ambiente más abierto que aquí; dejarse caer por 2 de mayo un viernes por la noche compartiendo unas cervezas o darse un garbeo por Lavapiés cualquier día de la semana nos hará ver que esta villa es mucho más de lo que uno cree. La comida como no podía ser de otra manera es un punto y aparte, sus vinos y sus tapas, así como la casquería varia, para los más tradicionales o los que tengan gustos tarantinianos, componen una oferta gastronómica escandalosa, que además podéis atreveros a probar en breves, si no lo habéis hecho, aprovechando las próximas fiestas de San Isidro.

Con todo esto, que no pretende ni quiere ser propaganda, quería renovar mis votos de amor informal a esta ciudad, que ocupará hasta el día que me muera un lugar en mi corazón, y como bien rezaba Miguel Hernández en un fragmento de su poema Madrid perteneciente al libro El hombre acecha:

Una sonrisa que va esperanzada

desde el principio del alma a la boca,

pinta de rojo feliz tu fachada,

gran ciudad loca.

Esa sonrisa jamás anochece:

y es matutina con tanto heroísmo,

que en las tinieblas azulmente crece

como un abismo.

No han de saltarle lo triste y lo blando:

de labio a labio imponente y seguro

salta una loca guitarra clamando

por su futuro.

Desfallecer … Pero el toro es bastante.

Su corazón, sufrimiento, no agotas.

Y retrocede la luna menguante

de las derrotas.

Sólo te nutre tu vívida esencia.

Duermes al borde del hoyo y la espada.

Eres mi casa, Madrid: mi existencia,

¡qué atravesada!

 

Acerca de Carlos Castillo

Siempre he soñado con utopías y he sido muy cobarde para intentar llevarlas a cabo, pero como todo en esta vida, cambié y empecé a tomar conciencia de que ver la vida desde detrás del burladero no era vivir, con lo cual y también presionado por las circunstancias me he dispuesto a contribuir un poco en esta tarea de compartir mentes desde el corazón. Estudié Historia y siempre he tendido a ver el mundo desde una complejidad que me condena a la eterna frustración, pero sin la cual no existiría esa llama que nos hace humanos, la voluntad de sentir, pensar y luchar, y que a la postre es nuestra mayor virtud
Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Un comentario

  1. La seguridad de que cada cierto tiempo descubrirás algo nuevo de esta ciudad y que probablemente nunca la conoceremos del todo…

    Allá donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, donde regresa siempre el fugitivo, pongamos que hablo de Madrid…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.