El eterno ahora o nunca de tener que echarlos.

No podemos obviar que el último lustro representa un periodo de excepcionalidad, en cuanto que se han experimentado situaciones sociopolíticas y económicas particulares que han derivado en expresiones políticas parcialmente novedosas. Digo parcialmente, porque nada es totalmente nuevo por mucho que sus bondades y virtudes nos deslumbren.
Siquiera el 15M, germen y  expresión máxima de estas nuevas maneras, situándose como el elemento de apertura de lo que se ha denominado nuevo ciclo, y siendo el mecanismo que presenta, digamos, más caracteres novedosos respecto a lo anterior, es inimitable y completamente original.

Y es que de sus formas de organización, por ejemplo, podría decirse que beben en gran parte del asamblearismo y la horizontalidad libertaria, sus estrategias de comunicación  de los movimientos antiglobalización de finales del Siglo XX y principios del XXI, su carácter estratégico de la izquierda tradicional y sus métodos de acción del movimiento obrero y sobre todo del nuevo activismo 2.0, etc. Cada cual podría encontrarle sus áreas de influencia y sus inspiraciones, que no tienen por qué ser estas, evidentemente.

En el hecho diferencial del 15M es más fácil coincidir, y es aquello por lo que se significó como algo novedoso: su afán de transversalidad, su capacidad para influir en el lenguaje y su eficacia para filtrar sus exigencias en la agenda política que hasta entonces se articulaba de una forma totalmente ajena a lo que pasaba en las calles.

Pero el 15M se agotó o al menos dejó de funcionar como elemento aglutinador y desde ese momento volvimos a su terreno previo, el de las candidaturas electorales, el de los procesos de reflexión internos, las luchas sectoriales y la desmovilización parcial.

¿Competir o no competir?

Independientemente de lo que hagamos, independientemente de que compitamos o no en un proceso electoral, sólo por decir que lo que hacemos es diferente, no estamos haciendo, per se, nada nuevo. La Nueva Política no es nueva sólo por tener ese apelativo.

En éste punto, hay personas que han decidido organizarse, participar de la competición institucional, y ser parte de lo que en muchos casos han venido a denominarse candidaturas de unión popular, las cuales tampoco representan por sí mismas una absoluta novedad.
Y es que no es la primera vez que fuerzas paridas por militantes de izquierdas dan lugar a formaciones que compiten en el espectro electoral.

De la misma forma, también existen personas que han decidido no competir electoralmente y organizarse sin afán institucional alguno.
Iniciativas como Construyendo pueblo fuerte” o “Procés Embat” son ejemplos de ello. Las mismas en su inicio, no representan tampoco una novedad absoluta, pues parten independientemente de su intencionalidad o fin último, como procesos de reflexión y planteamiento estratégico clásicos de un sector ideológico, en este caso, el libertario, ante el cambio de paradigma. Pararse después de una larga andadura y reflexionar, no es nuevo. Intentar reformularse, tampoco.

La potencialidad en cuanto a la creación de ese elemento diferenciador, en cuanto a la novedad y al cambio real, la poseerán en la medida en que se profundice más o menos en esta reflexión y en cuanto a que, desde la misma, se pueda dar lugar a una alternativa verdaderamente integradora para todas las personas, y no sólo a una reflexión con validez interna.

Pero hay que echarlos (o la importancia de votar)

Escribía Javier Gallego, director de Carne Cruda, hace unos días un artículo titulado “Hay que echarlos”, en el que entre otras cosas exponía “(…) si los votantes informados e inconformistas no se mueven, se moverá el votante conformista, conservador o desinformado y volverán a ganar los de siempre”,  “hay que votar y hacer proselitismo para que vote esa gente cuyo espíritu crítico les lleva a no confiar en casi ningún partido”.

“Nada nuevo”, pensé, complejo escribir, en mi opinión, algo más viejo, más “régimen del 78”, más reduccionista.

El escenario electoral se plantea por gran parte de los contendientes en su pugna como una especie de “ahora o nunca”. Y es que para muchos de ellos sólo podremos tumbar el “monstruo” si hay alternancia, sólo caerá el Régimen del 78 si nuevos actores asaltan y toman la Institución abriendo  las puertas de las mismas y dejando entrar, tras el ariete de sus cabezas de lista, a un Pueblo que ansía autoorganizarse, y que será quién, posteriormente, gobierne en pos del interés común.

Y este razonamiento como digo no es nuevo, su reduccionismo es más que antiguo.
El llamamiento al voto por el voto escondido detrás de ese hay que echarlos es tan falaz y poco elaborado como la apelación al voto útil de la izquierda por parte del PSOE durante décadas.

Es en éste punto en el que me interesa poner énfasis, en este reduccionismo que se enuncia tras “la importancia de votar” y que se repite como un mantra en campaña.

 

A éste respecto, no existe en mi opinión ese  “ahora o nunca” que muchos enuncian. Ni será ahora (no es un deseo, es una perspectiva y opinión política, evidentemente), ni tiene que ser nunca.
La visión cortoplacista, la capacidad, casi “superpoder” diría yo, de muchos para tener una mirada preclara ante lo actual esconde en multitud de casos la incapacidad manifiesta de prever el escenario futuro y comprender el pasado, y por ende, revela una miopía a largo plazo, que no tiene en cuenta siquiera en sus diagnósticos políticos actuales la vigencia de sus errores.
Hago mías las palabras de Juan Vadillo, en un artículo de publicación reciente,“compruebo con sorpresa como muchos defensores de la apuesta electoral municipal hablan de un “ahora o nunca”. Si es ahora, estupendo. Pero, si no se consigue, ¿es nunca? ¿Qué mayor desmovilización que decir que si no se consigue algo ahora no lo lograremos nunca?”
El ultimátum ahora o nunca no pasa de ser en éste caso una excelente estrategia de marketing, una herramienta, intencionada o no, de movilización para el voto, que no pasa de ser eso.
La oportunidad histórica que encontramos para formar ayuntamientos verdaderamente democráticos ¿es acaso mayor a la que se dio en los primeros procesos electorales de los años 79 y 83?
Es evidente que la entrada en las instituciones de gentes y fuerzas políticas progresistas no acarrea por defecto la democratización de las mismas y no elimina tampoco su carácter perverso y corruptor.
No es la primera vez, y pienso que no será la última, que personas bienintencionadas participan en estos procesos, se organizan y forman parte de ellos.
A éste respecto, sería una falacia afirmar que todas y cada una de las personas que participaron en la constitución de los primeros ayuntamientos democráticos en el año 79 tuvieran como último fin convertirlos en lo que son el día de hoy; de la misma forma que lo sería decir que, todas aquellas personas que abandonaron el asociacionismo y los movimientos de base a comienzos de los 80 para partir a lo electoral, tuvieron como último fin convertir lo vecinal en un apéndice más del fraude que representan hoy en día las instituciones.

Pero en buena parte la experiencia municipal ha sido y es la que sufrimos. Lo electoral ha tenido y tiene unas evidentes limitaciones y vicios que nos han conducido en buena parte a la situación que sufrimos en la actualidad. La “política de baches y farolas” ha sido el combustible y producto de la política institucional durante décadas, y en buena medida lo ha seguido siendo incluso en los ayuntamientos gobernados por mayorías progresistas que ahora han decidido sumarse al llamamiento de la confluencia.
¿Será esta vez distinto? Es difícil preverlo, gentes bienintencionadas las hubo y las habrá y las limitaciones del institucionalismo en general y de lo municipal en particular siguen encima de la mesa. Por eso creo que debemos ser responsables e insistir en esto, debemos ser honestos, críticos con nosotros mismos y con nuestros compañeros que participan de estos procesos, estemos o no en ellos.

A estas alturas deberíamos tener claro que ni la gente es del todo necia, ni requiere y terminará aceptando una vanguardia que les guíe en el camino hacia “el cambio· (ni a la urna), pero por otra parte lo que también es cierto es que tampoco nos encontramos ante el momento histórico contemporáneo en el que las personas se encuentran en un mayor grado de politización.

 

Y es que de ser así, de encontrarnos en un período en el cual la población en general suspira por una democracia radical, seguramente yo no estaría escribiendo esto, y tampoco las candidaturas que abanderan la misma estarían metiendo el hocico en el mismo morral en el que escarban partidos continuistas y conservadores del status quo como Ciudadanos.

Que muchas de los electores de estas candidaturas de unidad popular para el próximo día 24 de mayo, tengan en la mano derecha la papeleta de Ciudadanos es sintomático del uso y la utilidad del voto en estos tiempos. Y en ese punto estamos, mal que nos pese, por avanzadas que sean nuestras propuestas, estas compiten en el mismo mercado y tienen, en parte, el mismo público objetivo que sus antagonistas.
Podría decirse que, siquiera desde la perspectiva marxista, nos encontramos con un instrumento de mayorías que logre aunar a las clases populares, por eso se hace política de partido “catch-all” y por eso se rebajan y se deberán rebajar aún más las expectativas programáticas.
Escribir sobre esto no es ser pesimista, obviarlo es ser, a mí parecer, irresponsable.

 

Queremos echarlos, eso está claro, pero ni entre la militancia organizada se tiene un proyecto común sobre cómo hacerlo y qué hacer después de ello, ni las clases populares en su conjunto inician el asalto institucional con una perspectiva de emancipación política personal. Los riesgos de que la representación termine una vez más en delegación son de plena vigencia, y los peligros de la disgregación de los agentes políticos unidos con simple pegamento electoral para la gran coalición de la confluencia flotan en el ambiente.
Entonces, ¿hay que echarlos?

Definitivamente sí.

Hay que echarlos, sacarlos a gorrazos, acabar con su terrorismo económico, con su hegemonía cultural,  con su régimen. Hay que sacarlos a patadas de esas instituciones que utilizan como refugio y todos debemos comprometernos a ello. No obstante, hay que tener claro que el voto no es en estos momentos condición sine qua non para hacerlo.
En absoluto lo es, y reducir esta cuestión a lo meramente electoral es un simplismo. Conviene recordar que en las últimas décadas los hechos que han movido más el árbol, lo poco que se ha movido, lo han sacudido desde las calles y desde la organización de las personas, hubiese o no elecciones de por medio.

¿Votar para botarlos y que dejen de hacer lo que hacen porque los votamos hace solo unos años?
Cada cual que haga lo que considere oportuno, pues esto no es una llamada a la abstención, o sí, ni siquiera lo sé. En todo caso sí es una llamada a la participación ciudadana, a través de todas sus formas posibles y no estrictamente las institucionales. Sólo esta participación, la implicación de las personas en la gestión de sus problemas, hará posible no tener que plantearse cada proceso electoral como un ultimátum.

La política está ahí todos los días, solo hay que levantarse y jugar con ella. De esta manera no tendremos que hacer los deberes a última hora, en el último año de la legislatura, adaptándola a unas reglas del juego, las electorales, que no han sido creadas para facilitar el empoderamiento de las personas.

 

Acerca de Fernando Martín

Vivo en el Madrid que se descompone. Estudié Políticas por vocación y Derecho por qué se yo, para acabar tecleando esto que lees en una oficina random. Desobedezco, ejerzo el activismo y me posiciono, mas no cultivo mis propias verduras ni coso mis propias ropas. Escribo y protesto porque mi vida y mi entorno requieren de lo uno y de lo otro. Al igual que tu vida y tu entorno, exactamente igual.
Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Un comentario

  1. ¡Excelente comentario!
    Las paradojas de la institucionalización se han visto incluso en quienes trataron de evitarla y emular los falansterios de Fourier en la península. Siempre llega un cabecilla y otro que le sigue para repetir el modelo desde un poco más atrás. ¿Para qué? Para luego joderlo todo otra vez con idéntica o parecida humanidad.

    Yo me quedo “fuera de servicio”, y, con L. E. Aute, digo: “Por no ser ya no soy ni -hilista”.

    Un saludo cordial.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.