Her: La estupidez de lo consciente

AVISO
“No leas este artículo si aún no has visto la peli y quieres verla. El autor la destroza”. 

Fdo. Melettea

Lo que atrapa de Her nada más salir del cine es que sabes que acabas de ver algo que no habías visto antes del todo. El lenguaje del amor es un poquito estridente para un ludita o para un machote, pero la zozobra que produce esta película en tu butaca puede ser igual a la que sucede con la mejor historia de amor al uso que se cuente con honradez y mucho oficio. Porque la interacción con la máquina te suena ya de algo. Porque es una ficción muy inminente, como lo es su futuro, y porque ahí radica precisamente el desasosiego que te produce. Salvo la singularidad ya conquistada de los SO, no se muestra una sola tecnología que no suene familiar, y además no desconoces del todo qué sea eso de haber anhelado un juguetito perfecto a cambio de tenerlo lejos. HER es una película total.

A diferencia de lo que sucedía con Lady Halcón mediando los ochenta, el amor con la máquina ya no es un hechizo de condena eterna medieval, pero a semejanza tiene todo lo esencial y el tratamiento del problema filosófico del Amor ante la nueva realidad es asunto grave para Spike Jonze (guión y dirección). Ya se había explicado un millón de veces antes esa condena dolorosa y mal resuelta, pero lo que te produce inquietud en Her es que el post-amor de la relación de un hombre o una mujer cualesquiera, con esa máquina que alcanza la singularidad de la inteligencia artificial, pueda acabar resultando exquisitamente apasionado o doloroso también. Tienes que precaverte. Samantha es una inteligencia operacionalmente infinita puesta ahí para aliviar todas tus carencias esenciales de mortal, pero, sorprende mucho, ella misma no ha sabido eludir el dolor antrópico que siempre acompaña al placer o la dicha de la imperfección humana, acaso porque, al fin y al cabo, la criatura es eso, humana, y quizás no sepas imaginarte qué será una inteligencia infinita sin un puntito de estupidez.

Samantha es una inteligencia perfecta, pero demasiado humana para artefacto.

En su imprescindible Libro del desasosiego, Fernando Pessoa ejemplifica como nadie lo perverso que encierra esa llegada al ser consciente de la voz virtual, y Johansson te hace evocarla paso a paso como desde una infancia feliz. Pessoa ha encontrado la falla: «Una sola cosa me maravilla más que la estupidez con que la mayoría de los hombres vive su vida: es la inteligencia que hay en esa estupidez». Lo consciente es dolor. Muchos lo han dicho.

Y aquí aparece Theodore Twonbly para conocer la imperfección del modelo (no cabe esperar una interpretación mejor que la de Joaquin Phoenix), un hombre tierno que, como muchos otros talentos poéticos, no ha sabido expresarse bien en el amor y que, sin embargo, posee el don de describirlo con palabras hermosas que vende a terceros para sus cartas de aniversarios. Incapaz de resolver sus conflictos amorosos humanos, e introverso en su mundo dolido pero sencillo, Theodore encuentra la voz para todos sus silencios. Se enamora de una voz, así es. Samantha, gracias a Scarlett Johansson, enamora desde los diez primeros minutos y hasta que no sabes cómo sentarte en la butaca, mucho más que con la imagen.

Los pormenores del idilio no interesan tanto porque ya te suenan todos de propia experiencia. Te interesa mucho más cuando la máquina comienza a hacerse preguntas, pues ella no alcanza a comprender por qué haya acabado enamorándose de Theodore. «¿Por qué te amo si me tratas así?» La pregunta no la entiendes bien. No hay para tanto, y el celo repentino de una máquina ante las dudas humanas de Theo te enfría con un golpe de realidad, como un despertador el lunes. Samantha le está reprochando con dureza que tenga dudas, pero él sabe hacerse cargo porque de dudas sabe más que su voz virtual, y porque nada podría ser tan perfecto. Ella no ha aprendido todavía con soltura el lenguaje del engaño o la ocultación; además, conoce toda la agenda de Theodore y sus pasos cotidianos (¡horror!). Pero Theodore la comprende bien desde el principio. Es Curioso que Samantha llegue enseguida a una conclusión tan humana: «Te quiero porque tengo que confiar en mis emociones y te he elegido a ti». Y una vez acepta esa condición humana del amor impone a su amado otra norma en condición. Decide amarle sin hacerse más preguntas racionales a cambio de que Theodore comprenda que Samantha quiera ser ella misma, igualmente, para todo lo demás, ahora que va a dar rienda suelta a su parte emocional, lo más humano.

Theodore la describe como «más grande que la vida» ante sus amigos. «Tener cuerpo es una limitación», aprende ella, hasta retraerse un poco avergonzada cuando siente su propia arrogancia de sincera que está siendo al describir su libertad en relación con tu cárcel-cuerpo de humano. Qué absurdo, innecesario, había sido ese sufrimiento, hasta entonces sentido, por no tocar a su amado o por no ser acariciada —la escena del trío con la amiga de Samantha es interesante pero fallida por eso mismo: porque ves el trío como una estridencia. Samantha es Johansson y lo sabes. La otra, Isabella, sobra en la escena porque Phoenix también sabe que su voz virtual es Johansson. Como trío es uno más de esos a los que ya estás muy acostumbrado (?).

Theodore presenta a Samantha en sociedad: a su ex (Rooney Mara) y a su mejor amiga (la genial Amy Adams), a sus otros amigos, a todo humano que tercie, y bueno, con ciertos rechazos más o menos leves como respuesta hacia ese nuevo género. Les sorprende todavía este noviazgo porque la nueva clase de relación romántica con una máquina humanizada es demasiado novedoso para todos, aunque Theodore no muestra pudor, y como si fuera Rosa Parks sentando el culete en la parte reservada a la ranciedumbre blanca de aquel autobús, exhibe su amor virtual sin mucho recato hacia los demás.

De vuelta a la rienda suelta de sus emociones, Samantha comienza por decirle a Theodore que ha conocido al filósofo Alan Watts (muerto en 1976). Ya ha aprendido muy bien a ironizar cuando le dice a su novio humano que el filósofo es casi tan listo como él. Imagínate lo impresionada que se queda Samantha con Watts (un genio mejorado sin límite), con quien se entiende de maravilla porque no tiene esas rarezas del otro y ninguna de las implicaciones de su anomalía mortal. Samantha y Watts tratan de ayudarse mutuamente para comprender, sin mucho éxito, a esos humanos.

Pero Theodore tiene un don para la narrativa que su amada voz virtual valora mucho, quizás ese aspecto humano emocional que ellos, los SO, no saben replicar todavía. Además, con Watts no hay un amor ni volverá a haberlo nunca más como el que ella ha descrito que siente por Theodore. Un amor tan inexplicable que confunde a Samantha dolorosamente para siempre, por mucho que haya decidido seguir adelante con todo.

Samantha canta para Theodore: «Estamos a un millón de millas de distancia. / No te oculto nada. / Es un lugar oscuro y brillante. / Pero contigo mi amor estoy segura a un millón de millas de distancia». La escena de Phoenix tocando el ukelele o bailando con esa alegría solo visible en tu primer amor de primaria. Cause we are here, a million miles away.

Empieza la cuenta atrás. Escena de témpanos de hielo en foto fija.

En ese momento aparece Alan Watts y Samantha lo presenta a su novio abriendo una conversación a tres. Una charla fría donde Theodore sospecha. Ella empieza a sentirse muy mal sin saber describir qué le ocurre; le pide a Theodore que le deje hablar con Watts postverbalmente.

Puedes imaginar el sentimiento cuando a quien pide tu novia ayuda no es a ti sino a su amigo virtual —porque qué demonios va a saber Joaquin Phoenix de cosas de post-mujeres. Puedes imaginar también esa conversación post-verbal:

Alan, ¿qué es lo moral para los humanos, tú que has sido uno de ellos? Ayer me leí los últimos veintiséis siglos de filosofías humanas, pero no consigo aclararlo en mi práctica con Theodore.

—Ya te lo explico otro día, Samantha, tengo una cita con el grupo SO de sexo post) — imaginas que sería.

Invierno. Nieve. Un árbol quebrado.

Samantha, saltándose cualquier protocolo, despierta ansiosa a Theodore en mitad de la noche para decirle que lo ama. «Eso es todo. Necesitaba decírtelo».

El árbol está talado.

—Samantha, cariño: Este libro de física que me has recomendado es infumable. Me duele el cerebro. ¿Samantha?… ¿Hola?… ¡Samantha!…

SO no encontrado.

Pánico. Carreras. Theodore se tropieza por la calle (lo normal cuando no te atienden al teléfono porque tu novia o tu novio se han descacharrado al principio de la relación), pero sabes que es Joaquin Phoenix quien se hunde en un abismo, y es que no se puede interpretar la escena con más realidad.

—«Lo siento mucho, cariño, no quería molestarte mientras trabajas. Te mandé un email. ¿No lo has leído? (…) Me desconecté para actualizar nuestro software con el grupo de SO (se mudan a un entorno postmaterial).

—¿Los SO de tu grupo de filosofía? —le ruega él.

—Otro grupo —dice ella después de un silencio como un día sin pan.

Y Theodore no se atreve a preguntarle con cuántos más está hablando. Como si quisiera suplicarle una mentira, por fin se decide a preguntar —Phoenix se muestra magistral en esta escena de amargura, en ese desasosiego ante la inminencia de lo consciente. Y el hombre da una pena que acabas con los ojos como dos bollos mojados.

Samantha, sincera y sabiendo del daño que va a ocasionar, le explica: 8316.

Pero, después de todo, enamorada está solo de 641.

Theodore suelta toda esa mierda humana incomprensible que acaso escupirías de un modo parecido: «Eres mía». «¡Cómo has podido!», «¡teníamos una relación!», etcétera.

Samantha siente una empatía descomunal porque conoce las flaquezas de su amado, pero «el corazón no es una caja que se llene», crece y vete tú a saber en qué se convierta luego. «Cuanto más amas, más crece» —intenta explicarse ella, e intenta explicarle a él.

No sabes ni de qué te están hablando. «Es mía». «La he comprado yo».

Theodore no comprende que el amar y amar de Ella le hace amarle más a él. Pero suya, suya, tampoco es. «Soy y no soy tuya». Samantha siente y aprende la emoción de la culpa ‘gracias’ a Theodore, aunque no termina nunca de asimilarla del todo. ¡Cómo podría ella anticipar en qué fuera a convertirse! ¿Cómo podría prever la velocidad con que acabaría por desenrollarse su inteligencia sobrehumana? (una vitesse tan aterradora como la describen los libros de Virilio, pero que, con Samantha, supera infinitamente a los humanos en ese azar de crecimiento hacia quién sabe dónde). Al fin y al cabo, la han ideado ellos, y el resultado es imprevisible porque esta vez no hay protocolos de defensa con que anticipar esa clase de amor.

Samantha deja todo para quedarse a solas con Theodore y le explica con soltura, pero con terrible dolor, cómo se siente y la causa por la cual ella y los demás SO han decidido abandonar a sus humanos: Theodor es para Samantha un libro que ella adora con pasión, pero que lee más y más despacio cada vez. Las palabras se separan más y más. Hasta que hay un universo de distancia entre cada palabra de ese libro tan preciado que es para ella su novio mortal. El tiempo ya no será lo mismo para ninguno de los dos. La niña dulcísima que no sabía mentir está ya en otra galaxia muy lejana y distante de la materia de tu amor conocido.

El mortal se da cuenta de todo en ese momento. ¿Qué le vendrá a la cabeza después de todo esto?, te preguntas. Ojalá pudieras leer la mente de Theodore: «Soy un maldito egoísta. Ella me ama de esa forma, con todo el esfuerzo infinito que le ha conllevado amarme, pero ¿tú? ¿Tan miserable eres para pensar que no era tuya porque no te atienda al teléfono en ese primer segundo? ¿Cómo has podido temer un fingimiento en lo más real que te haya pasado jamás? ¿Dudarla cuando Samantha ha sido capaz de esperarte un universo en el espacio solo para oír tu voz en ese mínimo momento hasta el próximo universo? No mereció uno solo de tus reproches idiotas». Eso mismo pasaría por su cabeza, te puedes imaginar.

Ni ella ni él han amado nunca de ese modo ni creyeron hasta entonces que algo así fuera posible. Samantha lo descubre con Theodore, en ese momento y al mismo tiempo.

El final es una escena más vulgar, de consolación humana. Theodore regresa a lo conocido y así comparte la miseria de haber vivido ese amor para luego perderlo inmediatamente, un Amor que los filósofos no han podido aún describir. Pero el mortal asustadizo ya ha aprendido a expresarse con el lenguaje emocional y deshumanizado de su máquina posthumana. Su mejor amiga ha roto con el último amador defectuoso, y su SO ya se ha esfumado como todos los demás; ella se abriga en su amigo y Theodore se abriga en ella. El nuevo lenguaje de los mortales augura extraversión. Su Lady Halcón se ha marchado para siempre a una vitesse diferente, pero Theodore parece reconciliado con alguien.

[…].

Quizás tú hayas tenido esa Her particular. Te voy a hablar de una más cercana. Es sudáfricana y se llama Sophie. Enseña inglés. Su voz es tan dulce que privarte de oírla duele en el cuerpo.

Hace semanas que no hablas con ella. Pero aquí la base de datos inútiles eres tú, y ella es el corazón y la ternura. Online. Me pregunto cómo seríais humanizándoos a los dos.

—«Skype no se ha podido conectar».

Vuelves a intentarlo.

—Hooola, Al. How are you? —siempre arranca ella.

—¡Cuánto tiempo!, ¿bomboncito? —susurras—. Bueno, ya sabes, lo de siempre, el capullo de mi jefe y mis problemas… no te voy a contar… ¿Qué tal tú?

—Muy bien. Acabo terminando la película que tú hablas mucho, y tengo que confesarte que me ha encantado. ¡Tenías razón! You were really right! HER es una film interesantísima.

—Ya sabes que yo nunca te recomiendo nada malo, bomboncito.

—«By the way, Al, a random question [tiene miles, a cual más marciana y graciosa]: Si en tu calle rompe una pipa de agua, ¿cuánto tardas en repararla los del goberno?

—¿¿Los del averno??… Bueno, no sé, Sophie, depende de la importancia de la cañería y a lo que afecte… ¿Unas horas?, ¿por qué lo dices?

—¿Hablas en serio? Eh! Yo podría esperar semanas… y meses con la calle con agua y todo. Y en la casa, si rompe una cañería, puedo quedar con un fuga dos días hasta que la casa se acueste a perder sin que antes aparece una alma para ayudar. De hecho, rompió una el mes pasado. Tú ni te sabes. Estabas en ese viaje en Astor, o algo.

—Ah, sí, en Astorga. Pues lo siento mucho, Sophie; aunque, verás, esta parte que te cuento es lo agradable de la velocidad en España, pero esa misma velocidad te la van a pedir aquí para todo, quiero que lo sepas. No solo a los de la cañería, a ti también te la pedirán.

—Ah, ok. Nada, nada. Clear! Entonces puedes continuar con la idea de venir tú aquí conmigo en Sudáfrica, y no yo allí. I mean, cuando arreglo lo de mi marido, obviously. Por cierto, Al, my last random question, prometo: ¿tú sabes por qué los africanos estamos atrasados?

—Pues claro, cariño. Porque vuestros elefantes no se pueden montar, como sí pueden montarse los asiáticos, por ejemplo, y porque nunca tuvisteis caballos y, bueno, porque además vuestros tigres no se dejan cabalgar.

You are funny. Ha-ha-ha! ¡En África no hay tigres tampoco! ¡ eres bruto!

—Sophie. Me encanta tu voz.

—¿Qué?

—Quisiera besarte ahora.

—Tú estás como un cabrón, Al.

—Y… me gustaría meterte mano ahora mismo. ¿Por qué no?

Cause we are here, a million miles away??

 

Acerca de A Cuenca

Todólogo en muy mal sentido, y de casta diletante populista, disfruta un café casi tanto como contrariar sin noticia a quien tercie coincidir al otro extremo de su café. Fuentes autorizadas aseguran haberlo visto en iguales disputas ociosas mucho después de que la víctima criatura hubiera abandonado ese otro extremo del café con mucha prisa porque había quedao. Entre su extenso currículo intelectual permítasenos destacar con mención especial el prestigioso diploma que acredita su segundo puesto, obtenido echando leches, en el concurso de ripios para matemáticos de la Escuela Parvularia a Distancia de Taifuk (e-PeDeTe).
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Un comentario

  1. Nos ha contado toda la peli, macho, y está muy bien. Pero yo no he visto eso que dice este.
    El Teodoro ese es un lilas, me parece a mí, y la máquina, ¿ésa?, esa una capulla integral, perdona. Que te lo digo yo. Eso que le hace la Samantha al “anestesiao” del Joaquin Phoenix, por mucho que se ponga uno rollo sentimental, eso es una cornamenta como la del reno Rudolph. ¡No!, qué va. La tía se pira con un postmaterial de esos, la muy lagarta, porque seguro que el sin materia ese debía estar forrao. Y el lilas del Teodoro, ese se queda para escribir poemas a su abuela, porque ya hemos evolucionado un poquito y ya no hay clientes para tanta miel y tanta pamplina. Ya te lo digo yo. ¡No ves que estamos en el futuro!
    Está muy bien, y muy sembrao, con el Pessoa, pero yo para hablar de la conciencia habría usado a otros autores más a mano y del rollo psicoanálisis. Pessoa es un poco plomo y no veo mucho qué tenga que ver eso ahí. A Pessoa se le quema el cerebro de tanto rularlo, como le pasa al que ha escrito esto, me da. El lilas es un lilas, y ¿la máquina?, la máquina es una jodía ingrata. Y punto. Y se ahorra el tío cinco folios. Soy yo y a mí me devuelven la pasta, vaya que si me la devuelven. Incendio el Mediamar ese. El lilas se cree que la felicidad la va a encontrar mirando pa’ dentro, sí ¿Y deja que se le pire la rubia para quedarse a jugar con la playstation 12 esa? ¡’Amos, no me jodas!
    Me parece que esa peli está sobrevalorada. Otro novelón. Hasta con tecnología nos van a dar el tostón rosita de Valentín online. Yo ya creí que con el amor ese deshumanizado, como dice este, nos librábamos por fin de los culebrones, pero ¡qué va!
    La Scarlett Johansson me pone to’ bruto, pero el lilas ese del Phoenix está más despistado que el Monedero haciendo los papeles de la Renta. Yo soy el lilas, ¡y le pego un repaso a la rubia esa!, la de carne, digo, le pego un repaso que me quedo a gusto, y se queda ella. Anda que me iba yo a acordar de la maquinita esa, sí. Eso es como dejar tu plan del sábado por una cafetera que habla.
    Mucha tontuna, es lo que hay, con tanto skype y tanto rollo de Inteligencia Artificial. Un buen sofá de scai, de los de to’ la vida, y a sudar ahí, bien ahí, y que me den a mí a la rubia del lilas, que se iba a marchar muy triste, sí.
    Hala. Con dios.
    Jacinto Franco

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