Los héroes existen en los libros que no son de papel

 

Últimamente vivo mucho más feliz. Qué digo vivo, sobrevivo. Pero sobrevivo con una cabeza que no recordaba que podía estar tan alta, que al principio tenía vértigo al estar sobre mis hombros, porque estaba más acostumbrada a agacharse. Desde pequeña me dijeron que lo que más llamaba la atención de esa dichosa cabecita, eran los ojos. Marrones para unos, verdes para otros. Bien, pues mis ojos han pasado por ser veletas, por ser simplemente un elemento más de la cara de cualquier humano. Por ser unas persianas que estaban deseando cerrarse, que no querían que por ellos entrara más de esta realidad tan “particularmente difícil”, por no decir otra cosa que mis manos, que siempre han sido precavidas y han pensado demasiado, no se atreverían a escribir.

Mis orejas guardan unos oídos que están cargados de negativas. Es casi increíble, pero dos letras como la “n” y la “o” pueden llegar a colapsar tu sistema, hacerlo resistente al resto de sonidos que se producen alrededor. Porque antes los pájaros no cantaban, se quejaban y gruñían. Mi nariz ayudaba a mis pulmones a coger un aire contaminado que salía en forma, siempre, de suspiro. De suspiro agónico. Y mi boca ya no daba tantos besos, resoplaba. Las manos precavidas retiraban y agarraban contra la cabeza un pelo que –menos mal que son cautelosas- bien podría haber acabado arrancado.

Pero sobreviví. Y sobrevivo. La cabeza, que ya no tiene vértigo, ha empezado a creer en los héroes. Nadie va a venir a salvarnos, nadie va a sacarnos de un pozo que interesa más abierto que tapiado. Y menos cuando te hacen sentir la propia cava de tu propio pozo. Y vais a entender porqué: estudié periodismo. Quien quiera que se ría, quien quiera que me compadezca, ojalá alguien me valore. Desde los 15 años he soñado con comunicar, con ser el aparato digestivo de la gente para que entienda y asimile las noticias. Para salir a buscarlas, para crearlas. Para escribirlas con elegancia o picardía. Soñaba con mirar un objetivo y ver cientos de ojos sedientos de lo que yo pudiera contar. Y sí, gracias a Risto Mejide también sueño con sentarme en un Chester y abrir la cartera.

¿Qué culpa tengo yo? ¿Qué culpa tiene una niña de 15 años en creer y en soñar? ¿En confiar en que las cosas salen y que son sencillas? Pero eso no es lo único, y ya no cabe la excusa de la edad. A los 22 años decido especializarme en Teatro y Artes Escénicas. Adelante, os podéis mofar. Os podéis mofar porque decido dedicarme a la cultura cuando vivo en un país que le pone un IVA del 21%. Porque sí. Porque no es tan necesaria. Y no me dejan demostrar con mi trabajo que hay personas que respiramos porque el arte existe. Nos gusta contemplarlo, nos gusta sufrirlo, nos gusta pinchárnoslo. Nos droga, nos vuelve locos, lo queremos contar. Y contarlo lo cuento. Pero además de ser una yonki de la cultura, me gustaría comer con mi propio dinero.

Y parece que cuando lo pido, pido la luna. Aquella que miramos los bohemios para escribir una frase nostálgica todas las noches antes de dormir. Ay si supiera la luna lo que se cuece en la Tierra…

Siempre fui una romántica, pero ahora más que nunca. Porque trabajo por amor. Trabajo por amor a mi(s) trabajo(s) sin remunerar. Trabajo por amor a mí misma, por amor a ese futuro que me está esperando en algún lugar. Amor a mi suerte y amor a mi desgracia, que de vez en cuando hay que alimentarla un poco. Así que definitivamente sí, creo en los héroes. Porque si este país aún no se ha caído es por héroes y heroínas que luchan cada día. Y que se enderezan y ponen su cabeza sobre sus hombros, porque de momento nadie más lo va a hacer. Nosotros sí que somos “Héroes del Silencio”. Por todo lo que hemos tenido que callar.

Pero sí, ahora sobrevivo mucho más feliz. Se que algún día se van a escuchar todas esas voces que hemos tragado y no hemos exteriorizado. Esos gritos que nos hemos encargado cuidadosamente de envasar. La recompensa está cerca. Y, si no, no me importa. Va a llegar, y hay que aprender a disfrutar de la incertidumbre. Del poder hacer, del deshacer. De tirar el mantel y mancharnos. De limpiarnos y volver sucios, con heridas de guerra que sanan al sol de la juventud que tenemos dentro.

Yo no quiero héroes de Lorca ni de Camelot. Nos quiero a nosotros. A los que hemos salido de los mejores pergaminos y andamos o deambulamos por las calles. Porque abandonamos la comodidad de vivir en un libro para saltar al asfalto y quemarnos con él. Olemos a tinta también, y de la que no se compra con dinero. Aquella con la que estamos escribiendo nuestra historia. Disfrutemos del proceso de creación.

 

 

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Un comentario

  1. La realidad, tan bien contada que casi me haces llorar

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