Bajo la fruta extraña

Había soñado en el viaje que sobre el agua comenzaban a surgir pequeñas llamas verdes, como velas esmeraldas que se balanceaban entre las pequeñas olas que algún pez muerto producía al subir de las profundidades del lago, cuando ya la mugre ha cerrado sus agallas, y el miedo le ha hecho pasar a mejor vida (mejor que ser devorado por una bestia desconocida).

Se detuvo la camioneta frente a una pequeña casa, que hacía las funciones de gasolinera, motel, restaurante, y todo lo que el viajero conviniese necesario, y estuviese al alcance del bolsillo del viejo Martin, que aunque tuviese dificultad para rascárselo, “con una mano sólo, no creo que pueda ayudarle amigo” le solía decir a quienes dejaban caer su cuerpo por su acogedora parada. Se veía que era un hombre lleno de envidia, su rostro picado por la viruela le delataba, eran de los que primero te pagaban un café, e invitaban a unos huevos pasados por agua (demasiado) y una porción de pastel, para luego poder vender tus órganos calientes en el callejón que queda detrás de la cafetería. Demasiadas malas madres hay en este país, que permite que de sus fétidas entrañas salgan estos desgraciados, y caminen por esta tierra deprimida como sacos vacíos de humanidad, sólo llenos de negrura. Alguien había vomitado en el autobús, pero no sé porque lo sigo recordando como tal, aquello era un carro metálico, más chasis que cualquier otra cosa, y el olor inundaba todo ese vientre metálico en el que íbamos unas quince personas, todas a medio camino del sueño y la fiebre, pues era mayor el calor que ahí dentro había que todo el que se cuece repartido por Zabriskie Point. Me mataba el bochorno de ese jodido verano, allí en el sur, donde parece que todo suda. Si me acercaba a la corteza de aquellos árboles secos, notaba su piel más mojada que la mía. Un perro ladraba en el interior de la camioneta, parecía hacerse daño. Tiré la camisa al bajarme, su blancura se había perdido kilómetros atrás, quizá hará unos dos estados. Un hombre se desplomó sobre la carretera, venía con nosotros en la camioneta (lo que fuese), su mujer le intentaba despertar, pero era uno más que corría la gran suerte de poder desaparecer de este mundo. Y más de este país. Por mucha intención que los políticos pusiesen a través de la radio, declamando que poseían una solución a nuestra economía, sabían que al dirigir su mirada hacia la ventana podían ver lo mismo que el carnicero judío de la acera de enfrente, o la panadera italiana con su puesto en la esquina: todo estaba vacío. Las caras, sus ojos se habían perdido en el asfalto que cercaba las ciudades, antes llenas de vida, con luces que animaban a entrar en el calor de los teatros. Ahora sólo el polvo limpiaba esos paisajes, las palabras se habían quemado bajo el sol.

-Usted habla muy bien. ¿Trabajaba antes en las películas?- me preguntó el jovencito que ayudaba al conductor (un borracho de primera) a limpiar los cristales de algunas hojas de maizal.

-No.

-¿Era actor entonces?

-No. Escritor.

-Ah, bueno.

 

¿Cómo sabía que había hablado? Que yo supiese no había abierto la boca en todo el trayecto. Puede que lo hiciese perdido en mis pesadillas. Usaba ocasionalmente algún taco. No le gustó, porque se volvió muy deprisa a ayudar (no es la palabra exacta, pero en fin) al conductor, al cual, si alguien le hubiese prendido fuego, hubiese ardido hasta el verano del año siguiente. Y llegó el viejo Martin, con su mano inexistente, su peto vaquero ennegrecido (no se diferenciaba de su  interior), y una bandeja en su otra mano llena de pequeños vasos con lo que aparentaba ser limonada. Me abstuve de beber, pensé que alguien que cobraba lo que parecía ser un caritativo gesto (sacó la gorra para recaudar cada vaso ofrecido, como si de un cepillo de iglesia se tratase), podría tener un gesto sucio de antemano para llevarlo a cabo, como haber meado en cada vaso, o haber recogido el agua estancada del gallinero que tenía detrás de su estación de paso.

Me di cuenta que odiaba demasiado mi país, a todo lo que había llegado, a lo que no. O quizá sólo pensaba en mí. Todo se me ha quedado en una historia que ha sido mal escrita, cuando la sangre no llega a la punta de los dedos, y la pasión no mancha de tinta la resma de papel por rellenar. Todos allí huíamos, algo habíamos dejado en las ciudades, de demasiada crudeza como para contarlo, con demasiada hiel en los actos como para repetirlo. Algunos creían que caminaban hacia el paraíso, pero sólo se perdían en el sendero contrario.  Sí es cierto que me encontraba deseoso de un buen trago, sólo alcohol, el agua me daría más sed y me causaría irritación (con la edad, uno adquiere hábitos de lo más extraños, y yo sólo tenía 42). Había una barra dentro de aquella caseta reformada, y una pequeña zona con mesas, faltaban sillas. No cabía duda de que el viejo Martin había robado todo aquel menaje al Diner más cercano, pero su manquedad le había hecho astuto y ágil (le vi entretener a un crío pasándose una tuerca entre los dedos, haciendo auténticas virguerías dignas de un circo), pero no limpio, pues el metal (aluminio o lo que fuese) iba camino de la podredumbre.

Las bombillas estaban destrozadas, sus cristales tiznados. Me apoyé en la barra, y la mochila en el asiento contiguo. No duraría mucho, pues un individuo, víctima también de aquel tortuoso trasto que nos trajo hasta allí, decidió que no era bueno que estuviese solo y se permitió el lujo de hacerme compañía. No tenía mucha opción, aquello parecía una casa encantada.

-Le he visto antes, usted es uno de los que estaba sentado al fondo.

Asentí mientras metía un cigarrillo en mi comisura derecha.

-¿Le sobra uno?

-… No, sírvase- dije mientras le sacaba uno, presionando la cajetilla con el pulgar izquierdo.

-¿Qué le trae al sur?- me preguntó, demasiado alegre, seguramente no había observado a su alrededor.

-¿Quiere una respuesta breve, o que de vueltas con frases inútiles?

-Bueno, lo primero mejor- dijo sin titubear ante mi desagradable afrenta.

-Nada.

-¿Nada?

-Así es amigo, no tengo razón alguna que justifique estar aquí- contesté mirando al frente. Segundos después de hablar, caí en la cuenta de haber usado la palara ‘amigo’, un error tremendo, alargaría la charla quién sabe cuánto.

-No le creo… Parece usted de buena cuna, seguro que se ha pagado esta pequeña travesía sureña…

 

Sus ojos, de un verde oliva nada americano, repasaron mi figura sentada, mi camiseta de tirantes negros mal metida en mis pantalones de lino beige, desgastada su palidez. Si hubiese sido aquello una película, el director me hubiera necesitado de extra en todas las escenas, mi aspecto era lamentable y acorde al paisaje.

-No me gusta como ha dicho eso de ‘travesía sureña’… ¿Me toma por maricón?

-No, no, no me malinterprete amigo- dijo sin moverse un ápice (ahora él había usado aquella palabra, mi oportunidad de estar solo se había esfumado por completo). Además, me parece demasiado malhablado.

-¿Disculpe?

-Sí. Verá compañero, para ser usted un escritor, y no lo pongo en duda, es demasiado descarado a la hora de tratar con la gente.

-Bueno, puede que no le falte razón. Si uso los tacos en mis frases, es porque son también parte del idioma- dije solemnemente, como si aparte de tragarme el humo, bajase también cieno por mi garganta.

-¿Frases de sus libros o la vida real?

 

Pensaba acabar aquella molesta conversación hundiendo mi puño en las encías de aquel afeminado ser, pero un grito desgarrador, femenino, vino de la parte trasera del restaurante (o gasolinera o motel). Mi extraño amigo salió por la puerta de entrada, quizás pensó que el sonido y los problemas venían en esa dirección, o quizá debía salir por aquella puerta, por si en cambio, los problemas entrasen hacia donde estábamos. Aburrido por el ambiente, varado prácticamente, e intrigado por semejante estruendo, decidí aventurarme y salir por la puerta trasera de la cocina, saltando primero la barra en la que estaba. Tras la puerta sólo había un frondoso bosque, la típica arboleda sureña de cuyas ramas caían velos de hojas entretejidas, produciendo una fantasmagórica sensación de tranquilidad. Una mujer negra, causante del grito supuse (y acerté), salió de la maleza con un pañuelo grisáceo en la cara, ocultando sus lágrimas, saliendo con violencia, pero no más que ella (pues no me dio tiempo a preguntarle, ni socorrerla). Apenas me rozó al pasar, no debió verme. Quise avanzar en la dirección en la que ella huía, y encontré la causa, una terrible visión: varios cuerpos de diferentes hombres yacían muertos, ahorcados de las ramas. Había poca luz debido al espesor, pero se hacía más macabro el lugar al ver moverse los cuerpos, el suave balanceo que el aire producía entre ellos. Muchos ojos se salían de sus órbitas, puntos blancos de muerte sobre las pieles negras, algunas demasiado enrojecidas, por las palizas o los navajazos supuse. Aquella mujer debió de reconocer a alguno de los desdichados, o no, y simplemente le echó atrás la brusquedad de la escena. Con tiento, volví sobre mis pasos, con el estómago vacío pero de nuevo lleno de arcadas. Si todos los que habíamos llegado hasta aquí veníamos con la huida como motivo, a mi parecer, no deberíamos considerarnos más afortunados que los linchados, pues probablemente muchos de nosotros mereciésemos estar en su lugar. Algunos tienen una mala suerte ya marcada, ya sea por el color de piel, religión, o en mi caso, demasiados fracasos con las letras, pero las tierras del Sur siempre estaban abiertas a este tipo de gente: siempre habría una llama encendida sobre las aguas de sus pantanos, rogando por nosotros.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.